Cascada de Tamushal, formada por el curso del río Shilcayo (Cordillera Escalera, Perú)
Mis risas hicieron eco en los alrededores de la cascada Tamushal. Me disculpé de Meyer. Aceptó con desgana. Y para suavizar lo cómico de la historia que nos contó a Dante y a mí, traté de concentrarme en la relajante floresta amazónica que envolvía a la caída de agua del río Shilcayo. Dio resultado. Sin embargo, ya no hablamos mucho, hasta que Gina, desde el otro extremo de la poza, levantó la voz increpándome. “¡Eres más bullicioso como pavo en vísperas de Navidad!”, gritó. Luego, más silencio.
Regreso de las cascadas del río Shilcayo, Vestido de la Novia y Tamushal (Cordillera Escalera, Perú)
De golpe me vino una de las sensaciones que siempre me coge desprevenido: el deseo de estar solo. Solitario. Así que, me aparté de mis compañeros de caminata, hacia un espacio rocoso, sombreado de arbustos nudosos, como a treinta metros a la derecha de la poza aproximadamente. Nadie merodeaba o descansaba en las cercanías. Todos se reunían en la orilla izquierda del estanque de agua, en una zona en la que también no chocaban los rayos solares. Me quité el polo y me senté sobre una roca lisa. Boca arriba, tan horizontalmente como la llanura de la piedra lo permitía, mi espalda, del cuello a la cintura, sintió el adormecedor frío que caracteriza al suelo de la naturaleza. Me estremecí. Cerré los ojos y volví a abrirlos al segundo. Aspiré el purificador aire que ventilaba la Cordillera Escalera, como las anteriores veces, a grandes bocanadas. A través de la copa de los arbustos, donde pendían algunas bromelias, podía ver a los pájaros volar, pequeños en su mayoría; y traspasando mi campo visual, de cuando en vez, más arriba aprecié las etéreas nubes, flotando y cambiando de forma bajo la gran bóveda celeste, iluminadas por el astro rey. Por un cuarto de hora poco más o menos, me entretuve imaginando toda clase de figuras gaseosas: uno de mis juegos favoritos mientras me encuentro en paz conmigo mismo y alejado de la ciudad. Un juego que practico desde niño. Un juego fantástico. ¿Y por qué…? Imagínense que distingo desde elefantes hasta droides de Star Wars, o, desde sombreros hasta un partido de Quidditch (Deporte de Harry Potter), o, desde tazas de café hasta los Guerreros Z (Anime Dragon Ball).
Árboles madereros en la Cordillera Escalera (Shilcayo, San Martín, Perú)
De manera que, yacía en mi improvisado lecho, tan absorto en las formas que mi cerebro creaba en las nubes, cuando de pronto, una gruesa voz hizo que volviera a la realidad y recuperara la consciencia de dónde estaba. Era Abel haciéndose escuchar por el grupo entero: “¡Regresemos! ¡Alístense todos!”. Ya tenía su mochila al hombro cuando me reincorporé. Nadie se negó. Todos estuvimos de acuerdo, y, sin decir más que algunas palabras, nos preparamos y empezamos la caminata de retorno. Quizás corría la 1 o 2 de la tarde. El sol se tornó abrasador en los claros, pero no era nada de que afligirse, pues la humedad del ambiente ayudaba a oxigenar los poros y evitar que sudáramos mucho. La mayoría de los aventureros nos mostramos soñolientos a la hora de dar inicio la partida y despedirnos por completo de la acogedora cascada Tamushal. ¿La veríamos de nuevo? ¿Alguien de nosotros regresaría a este lugar? Yo, en mi caso, aquella tarde fue la última vez que la vería. Todavía me pregunto: “¿Cuándo la volveré a visitar?”. Espero hacerlo en compañía de mis familiares y/o amigos. Ojalá se repita una experiencia similar. Ojalá.
Dante y El Caminante de regreso de las cascadas del río Shilcayo (cerca al Vestido de la Novia, Cordillera Escalera)
Dejé que más de la mitad del grupo se adelantara. Dante fue el último de la fila, lo cual le permitió filmarnos mientras caminábamos, teniendo de primeros planos a nuestras espaldas por tres minutos o algo más. Podía darme cuenta de ello, ya que andaba cerca de él, unos pasos detrás de Abel, que también se había quedado al final de la cola de exploradores para asegurarse que nadie se rezagara ni olvidara alguna pertenencia en las rocosas orillas de la poza de la caída de agua. Las chicas encabezaban la fila. Abel no se contuvo por mucho estar distanciado de su enamorada, Maju, así que apretó el paso para alcanzarla y de esta forma regresaran de la mano. Cerrábamos la hilera, Checa, Dante y este narrador. Caminamos casi a la par por unos momentos. En medio, según desde donde lograba ver, Meyer y Gina dialogaban amenamente. A mi primo parecía no importarle que su pareja conversara con el susodicho. Estaba a leguas de sentir celos, tal vez porque sospechaba que era homosexual. (Leer el último párrafo del post anterior, clic aquí).
Cascada Vestido de la Novia vista a través de la floresta (San Martín - Perú)
Un poco más adelante, mi hermano —Juanito— y Paquita —la risueña— iban canturreando una melodía ininteligible para mis oídos a esa distancia, como quince metros cuesta abajo. Y digo cuesta abajo, porque ahora el camino descendía suavementeLos nueve “protagonistas” de este relato volvíamos a casa sin una mínima muestra de agotamiento o embotamiento. Reíamos, bromeábamos y hablábamos con quienes mejor simpatizábamos. Luego de aquella caminata me enteré de muchas cosas. Me vinieron con las noticias que mi hermano tuvo una relación pasajera con Paquita y que Meyer compatibilizaba bastante con Gina. Aficiones femeninas; lo que me hizo desconfiar sobre la orientación sexual de este tipo, que por cierto, jamás me volví a cruzar. Y es que Gina se lo contó días después a Checa y éste posteriormente al quien escribe. No me consta, pero dijo que su compañero de regreso de la cascada Tamushal, por ratos, se le hacía muy difícil ocultar sus delicados ademanes. —Me raspo la barbilla—.
Cascada Vestido de la Novia del río Shilcayo (Cordillera Escalera, Perú) - 1
Diez minutos antes de pasar de nuevo por la cascada Vestido de la Novia, la primera del Shilcayo, los seis, las tres parejas que retornaban juntas, se detuvieron. A alguien, ignoro con exactitud a quien, se le ocurrió tomarse fotos a mitad del sendero. El bichito del “figuretismo” había picado a cada uno de ellos. Me era complejo creer que a mi hermano también. Ni siquiera la naturaleza se exhibía tan interesante como para fotografiarse un arsenal de tomas. Ni que los árboles fueran de otro planeta o que los animales salvajes harían su aparición repentina. Todo estaba tal y como al momento de la ida. Pienso que quisieron llevarse un exceso de recuerdos visuales de la Cordillera Escalera. Y como no les fue suficiente sólo sacarse fotos, solicitaron los servicios de Dante para que los filmara —en alta resolución— de pies a cabeza, en especial a las mujeres. Empero, el camarógrafo no se dio muchas molestias y decidió reanudar el camino de vuelta, buscando algún voluntario con la mirada. Checa y yo nos apuntamos. “Vamos ya de aquí”, hablé.
El Caminante a orillas de la poza de la primera cascada de río Shilcayo, Vestido de la Novia - Perú
Aceleramos el ritmo. Dante abandonó el uso de su cámara; en cambio, Checa, que hasta ese instante no me había fijado, sí utilizaba una pequeña Nikon perteneciente a uno de sus amigos, que en algún momento hizo olvidar. “Buena, primo”, le dije. Fue muy hábil en apropiarse de uno de la media docena de dispositivos digitales que transportaron durante la caminata. “¡Cuidado te tropiezas!”, le advertí porque fotografiaba sin detenerse, con riesgo de trastabillar al vacío. “Si te caes, romperás ese aparato”, continué. “Creí que te preocupabas por si me lastimara”, respondió. “La cámara es más importante”, acoté sonriendo. Dante siguió la corriente, y puntualizó: “Gastarían más comprando los repuestos de esa Nikon, que enyesándote”. Los tres reímos la broma. Si en esa época mi primo “tenía correa”, ahora, en 2015, mucho más aún. Tanto a él como a mí, los años, en vez de hacernos serios o formales, nos hicieron más jocosos. Y, desde este blog, Me Escapé de Casa, saludos para Checa, que en la actualidad se encuentra en Brasil.
Cascada Vestido de la Novia del río Shilcayo (Cordillera Escalera, Perú) - 2
Tras hacer unos cuantos giros, la cascada Vestido de la Novia se dejó escuchar. Sentimos más corta la ida que la venida, ya sea porque el camino descendía y porque avanzábamos a paso de militar. Mientras bajábamos a la poza por el sendero, a la derecha de la caída de agua, el sol ya brillaba con  creces. La superficie de la escalera de troncos se había deshumedecido bastante con el incremento de la temperatura, y por ende, era menos vidriosa. Checa, desde la parte superior, fotografió a Dante y a mí posando al pie de la escalera. El Vestido de la Novia nuevamente nos fue dando la bienvenida, esperando que esta vez El Caminante se zambullera en sus lozanas aguas. Hace casi una hora, o quizá más, que había probado el último bocado frente a la cascada Tamushal. Probabilidades mínimas de que un calambre atacara mis músculos; por lo tanto, el riesgo de ahogarse estaba muy reducido. A parte, sentí relajados a todos mis tendones, pues la actividad ecoturística no implicó mucho esfuerzo por los constantes altos que hicimos a la ida, e incluso a la vuelta, que en mi caso rechacé, dejando atrás a los demás seis aventureros. Yo, ahora, moría por meterme al agua. Aguardaría a que el resto nos diera el alcance. No sabía cuánto tardarían, así que corrí hasta la orilla menos rocosa, adelantando a Checa y Dante, que se entretenían a pocos palmos de la escalera ecológica. Por lo visto, la cámara fotográfica que mi primo era dueño temporal, requería de otra configuración, y entre los dos, con el ceño fruncido, intentaban develar su manejo. Les había hecho caso omiso desde que tuvimos a la cascada más próxima y a la vista, la misma que poco a poco me incitaba a tirarme un baño. Tenía toda la poza para mí solo. Todavía ignoraba por cuánto tiempo. “¡A refrescarse se ha dicho!”, proferí entusiasmado. “¡Llegó el momento del chapuzón!”, continué. Mis dos compañeros, oyendo mis sonoras exclamaciones, se acercaron; Checa, por lo que noté fijamente, con la cámara correctamente manipulada, porque empezó a usarla disparándome el flash. Dante, en cambio, ya hace ratos que había “colgado” su artilugio analógico.
El Caminante bañándose en la primera Cascada del Shilcayo, Vestido de la Novia (Cordillera Escalera, Perú)
Cascada Vestido de la Novia del río Shilcayo (Cordillera Escalera, Perú) - 3
Me saqué el polo y luego las zapatillas y los calcetines. En seguida, cumplí mi deseo metiéndome al agua, pero con los lentes puestos. Una vieja costumbre que hasta ahora la sigo practicando: casi nunca me quito los anteojos ni para la hora del baño o la siesta. Mi vista no es tan buena que digamos. Padezco de una miopía que sobrepasa los cuatro (4) de graduación. Sin mi otro par de ojos, el mundo perdería su belleza, porque, en efecto, todo se tornaría borroso u opaco. En serio que necesito una intervención de manos del oculista o el oftalmólogo. Una operación solucionaría este problema.
El Caminante y Dante en la poza de la Primera Cascada del Río Shilcayo (Cordillera Escalera - Perú)
Y como siempre sucede mientras permanezco dentro del agua, temo que se pierdan los lentes, por lo que trato de no moverme bruscamente. La poza del Vestido de la Novia era de aguas tan pacíficas, que sus olas se mecían con tal parsimonia que parecía una piscina o un estanque, sin corriente alguna; lo que era de gran ayuda para evitar extraviar lo que llevaba enmarcado en la cara. Perfecto para ver con nitidez debajo del agua. Al fin disfrutaba de mi recompensa, del botín que la naturaleza ofrecía a sus visitantes. En las fotos que pueden apreciar entre los párrafos de esta parte concluyente, me remito.
Araña a orillas del río Shilcayo (Cordillera Escalera, San Martín - Perú)
Checa, como ya había gozado de su baño, no se sumergió; pero, Dante, ahora con la comida más digerida como yo, me imitó de inmediato dejando su cámara al recaudo de mi primo, no sin antes darle sus respectivas precauciones. “No intentes usarla”, le advirtió. “No es como la que usas generalmente”, aclaró. Checa obedeció estoicamente y sólo utilizó la cámara que hizo olvidar a su otro amigo. La dio un buen uso, por supuesto; porque inmortalizó a este par de exploradores refrescándose en la poza. Todo fue hasta que los demás nos dieran el alcance, y seguir el camino de vuelta a casa sin más prórrogas. Cosa que hicimos, al menos más de la mitad de los aventureros. A partir de allí, las fotos fueron mínimas: del río y de la fauna. Contaba con suficiente material fotográfico. Sólo quería regresar a Tarapoto.
Río Shilcayo, Cordillera Escalera, San Martín, Perú (Caminata de regreso a casa)
FIN

Con esto termino de narrar los hechos ocurridos en la caminata a las dos primeras cascadas del río Shilcayo, Vestido de la Novia y Tamushal, ambas ubicadas en la Cordillera Escalera. Dejo un link de descarga de fotos en HD.
FOTOS DE LA CAMINATA A LA PRIMERA Y SEGUNDA CASCASA DEL RÍO SHILCAYO (SAN MARTÍN, PERÚ) (Me Escapé de Casa)

Cascada de Tamushal (Shilcayo), Cordillera Escalera, Perú
Tamushal, la segunda cascada formada por el curso del río Shilcayo es una de las miles que existen en territorio peruano, hasta me atrevo a decir que sea una de las decenas de miles de caídas de agua que atavían las tres regiones naturales del Perú: Costa, Sierra y Selva. En cada región la geografía paisajística es distinta sobremanera: En la Costa, al Oeste del país, el terreno es árido y pedregoso, con clima predominantemente templado; en la Sierra, en el centro, las montañas y las zonas escabrosas conquistan a lo largo y ancho del territorio; y en la Selva o región amazónica, al Oriente, un manto verde y fértil cubre toda la extensión, acogiendo un clima tropical y subtropical, que a su vez ocupa el 57.9% del territorio nacional. En consecuencia a esto, la temperatura de las aguas de cualquier cascada o catarata de la Amazonía peruana, varía entre fresca y cálida; incluso es fría en los bosques de neblina. Las cascadas del Shilcayo, como dije en posts anteriores, gozan de los grados adecuados para que cualquier bañista de la faz de la Tierra, ya sea del Congo o de Siberia, se deleite de chapotear en ellas. Y como suelen decir en la jerigonza chapara (selvática): “Un pato yucuna en estas aguas sería bien rico”. Despejen sus dudas sobre dicho término leyendo la parte final del primer párrafo de la entrada que se abrirá clicando Aquí.
Juanito (arriba) y Meyer (abajo) descansando a orillas de la poza de la cascada Tamushal (Shilcayo, Perú)
El calor se hizo presente con el brillo del sol. Las aguas se tornaron más claras, hasta que se podían ver las rocas del fondo con tal nitidez que no costaba esfuerzo incluso en el espacio donde impactaban las gotas.
Checa en la Cascada de Tamushal (río Shilcayo, Cordillera Escalera, San Martín, Perú)
No fueron muchas las fotografías que me tomaron. Tampoco hubo selfies tal vez ninguno del grupo; pues en el año 2010, a diferencia de lo que ocurre en la actualidad, la “autofoto” no se consideraba aún una moda y mucho menos para publicarla en el Facebook. Aunque pienso que es un acto de narcicismo, que estoy seguro varios concuerdan, no soy nadie para juzgar lo que gusta a la gente, si al final, todos, irremediablemente, nos acoplamos a los hábitos de la colectividad. No lo niego: Yo también ahora me tomo selfies. Quizás no por un desorden en mi ego, más bien porque no había nadie alrededor para inmortalizar el momento; con su posterior “brochada” de Photoshop, claro… Así que, en vista que me acabo de dar cuenta de mi bifurcada de la narración, haré un paréntesis, en el cual aprovecharé para hablar un poco de mí, a modo de desahogo, de desquite, o de simplemente expresar lo que tengo guardado a través de mis dedos y no sólo por la lengua:
Maju y Abel (arriba), Juanito y Paquita (debajo), a orillas de la cascada de Tamushal (Shilcayo)
A diario, en la vida de cualquier ser humano, te expones a un sinnúmero de críticas, reproches, desaprobaciones, rechazos, y hasta repugnas. Y la cifra es mayor si eres una de esas personas que se revelan como extrovertidas, impredecibles, espontáneas, o, en el caso más común, si eres un personaje público o famoso. Pues, en lo que respecta a este bloguero, es de “pecar” o de caracterizarse de los tres primeros adjetivos. A manera de reprobación, siempre me hacen las siguientes preguntas: Que ¿por qué veo Animes? Que, ¿por qué juego videojuegos clásicos? Que, ¿por qué bailo frenéticamente? Que ¿por qué me divierto con los niños? Que ¿por qué bromeo a cualquier hora del día? Que ¿por qué siempre visto bermudas juveniles…? Mucha gente me dice que aún no he madurado, que no he tenido infancia. A todos ellos les digo: Que no me importa lo que diga o piense el resto, lo importante para mí es ser feliz tal y como soy: Los Animes me aleccionan que jamás debo darme por vencido y que tengo que luchar por cumplir mis sueños; los videojuegos me ayudan a estar siempre alerta y me recuerdan que la vida tiene niveles con sorpresas o golpes cada vez más grandes y duros; bailar exageradamente me libra del estrés y despeja mi mente de pensamientos negativos; los niños son los seres más puros que existen sobre la faz de la Tierra, su Inocencia me enseña a ser siempre humilde y anteponer el Amor frente a cualquier decisión; ser bromista (tratando de no ofender) es parte de mi personalidad, es parte de mi espíritu, y lo adopté porque aprendí que Alguien allá arriba desea que no deje de conservar la sonrisa y el buen humor; y, los pantalones cortos han sido, son y seguirán siendo parte de mi atuendo, y nadie, jamás nadie, podrá imponerme un look distinto, además, en donde vivo ahora hace demasiado calor, la ciudad de Pucallpa.
El Caminante en los alrededores de la segunda cascada del Shilcayo, Tamushal (Perú)
Creo que explicaciones como ésta no pueden haber mejores: concisas y sinceras de corazón. Un consejo: Haz lo que te haga feliz, nunca, por más que bregues duro, podrás agradar a todo el mundo, se los digo por experiencia. Si te sientes emocionado, y mueres por gritar, entonces hazlo. Si te gusta caminar, en lugar de subirte a un vehículo, entonces hazlo. La felicidad yace en cosas que puedes hacer y no en cosas que puedes poseer. Si quieres vivir experiencias nuevas, entonces haz cosas que jamás hiciste y anhelas desde el fondo de tu ser. Incluso en los detalles más insignificantes, en las actividades más corrientes llevadas a cabo en tu vida, ebulle el bienestar, aquello que te dibuja una sonrisa en el rostro, que, por unos instantes, unos maravillosos instantes, te hacen sentir regocijado, libre, como si los problemas se esfumaran, como si en este mundo no existiera vacante para la desdicha; hasta que se va formando un sentimiento, quizás el más increíble después del Amor, y lo repito: La Felicidad. Y, precisamente, eso es lo que siento cuando escribo o camino. Caminar en medio de la naturaleza, en especial si corre agua a los lados de la ruta, y durante una fresca mañana, es lo más cerca que puedo estar de la Paz. Es por eso que el sendero hacia las Cascadas del Río Shilcayo, Vestido de la Novia y Tamushal, fue el elegido por el quien escribe.
Maju y Meyer a orillas de la cascada Tamushal (Cordillera Escalera, Perú)
Tamushal, la segunda cascada que orlaba la naturaleza en la Cordillera Escalera, caía frente a nuestros ojos, destellando con cada gota salpicada en las rocas. El calor del sol había evaporado casi totalmente a la cortina de nubes y el cielo lucía cada vez más celeste, tanto al grado de empañarnos la vista si mirábamos hacia la copa de los árboles o a la poza. Justo a esa hora, cuando nuestros cuerpos empezaron a sentir un indicio de calor, éste, tal vez más tímido que acechador; yo, El Caminante, dio rienda suelta de un poco de cada refrigerio, o de los que aceptaron ser invadidos por mis manos. Luego bebí agua y refresco. Quedé satisfecho, de momento. El agua también se mostró apetecible, pero no tan tentadora como para que este aventurero se tirara de pique. Sólo me remojé las piernas, sin sacarme las zapatillas. Hasta me senté sobre una piedra en la parte baja. Las fotos subidas en este post son prueba de ello. Y que conste que aquí ningún editor de imágenes fue usado para disimular las “severas” imperfecciones faciales: más natural que tetas de monja. Pues, como ven, lectores de Me Escapé de Casa, así de “guapo” me creó Dios. Ustedes juzguen.
El Caminante de pie cerca de la segunda cascada del Shilcayo, Tamushal (Perú)
Algunos del grupo decidieron merodear por los alrededores, y más de uno resultó levemente arañado por las espinas o tropezado y/o resbalado en las piedras mohosas. Nuestro objetivo aquel día era solamente llegar hasta la segunda caída de agua del río Shilcayo. El sendero hacia las demás cascadas —sí, habían otras cascadas— continuaba por un lado sinuoso de Tamushal, y, obviamente, siempre en ascenso. Estas son: Julián Pampa, Vinoyacu y las Tres Marías. Espero conocerlas pronto. Quizá cuando esté de vuelta a mi querido Tarapoto, Ciudad de Las Palmeras. Mientras tanto, Pucallpa, Tierra Colorada, me acoge, o intento que me acoja. Ya son más de dos años que radico acá y aún no me acostumbro al calor. ¡Es bárbaro! Y en donde trabajo, un espacio demasiado cerrado y sofocante, en las horas de la tarde, se convierte en un cuarto de sauna. Hasta las “bolas” se me sudan mientras estoy sentado, con el trabajo bajo presión encima. Sin embargo, sobre mi estadía en Pucallpa y la verdad acerca de la ocupación trataré más adelante, en futuras publicaciones. Tengo pendiente muchos lugares por describir y mostrar: bellos y únicos. Prometo que dentro de poco narraré esta nueva etapa de mi vida que inició aquel 5 de Septiembre del 2012, el día de mi partida hacia lo “desconocido”, sin imaginar siquiera que me depara el destino. Juro que no quebrantaré lo dicho. ¡Lo juro! Cierro este relato en la Parte VI, y en los siguientes posts, por una temporada, abordaré sobre mis recorridos en el departamento de Ucayali hasta el día que me despida. O tal vez sólo sea un “hasta luego”.
El Caminante sentado cerca de la segunda cascada del Shilcayo, Tamushal (Perú)
El paisaje de la cascada de Tamushal supo acogernos durante todo el tiempo que permanecimos en éste. Fotos por doquier. De perfil, de frente, solos, en grupo, de cerca, o de lejos de la caída de agua. Cada uno era fotografiado de la forma que deseaba. Incluso los amigos de Juanito y Checa pensaron que jamás regresarían a disfrutar de la naturaleza de la Cordillera Escalera, por lo que se sacaron más tomas que modelos de Playboy. “Volveré”, me dije en aquel entonces. Y ahora, cuatro años y medio después, me lo sigo repitiendo. Caminata, uno de mis pasatiempos preferidos. Falta mucho por conocer aún mi tierra, San Martín”. Qué me aguardará el mañana. No lo supe en ese instante y hoy tampoco lo sé.
Checa y Gina en la segunda cascada del río Shilcayo (Cordillera Escalera, Perú)
El sol se encontraba en su punto más alto cuando decidí platicar con algunos de los amigos de mis familiares. Durante aquel receso, la plática era una buena opción. Como dije, aún estaba sin bañarme, pues el calor seguía siendo tolerable. “Quizá me zambulla de regreso en la primera poza, la del Vestido de la Novia”, pensé. Luego se lo hice saber a Juanito, mientras departía unas palabras con Dante. Tras esto, el camarógrafo puso de manifiesto su deseo de bucear en el mismo lugar, ya que esperaría hasta que sus alimentos se digirieran un poco más. Ambos, lo que menos queríamos es ser víctimas de calambres; y por la cantidad de raciones que habíamos ingerido, no tardaríamos en sentir los primeros asomos de espasmos musculares en tanto permaneceríamos sumergidos. Supuse que hasta esas horas, la totalidad de los exploradores picó (probar comida de distintas fuentes) de entre nosotros mismos… Teníamos los estómagos llenos o casi llenos.
Tamushal, la segunda cascada del río Shilcayo (Cordillera Escalera, San Martín, Perú) 1
Dante me contó mucho en poco tiempo. Raudamente narró sus experiencias de aventuras, siempre con su cámara al hombro, ya sea andando sobre rocas, arena, nieve, pasto, troncos o todo tipo de obstáculos que la naturaleza te impone en una caminata. Y es que el Perú es un país tan diverso, que tiene más variedad de microclimas que cualquier otro en el mundo: 84 de los 104 para ser exacto. Dato que Meyer me lo recordó. Sin darme cuenta, éste se unió a la conversación. Imposible que evitara escucharla porque estuvo reposado sobre una piedra cercana; y recién me percaté de él, cuando se puso de pie. Por su aspecto, deduje que era el mayor del grupo después del camarógrafo, rondado entre los 30 y 35 años de edad… De modo que acabé intercambiando experiencias con los más “viejos” inscritos en aquella caminata. Y como suele suceder, las charlas con personas mayores que tú, terminan siendo bastante instructivas. Se aprende, sea lo que sea, se aprende: cosas positivas, cosas negativas, o ambas. En aquella oportunidad, indubitablemente, fueron positivas.
El Caminante en la segunda cascada del río Shilcayo (Cordillera Escalera, Perú)
El que tal vez tenía la edad de Cristo, en particular, relató una historia que me causó mucha risa, demasiada para el gusto de este sujeto, que si no hubiese sabido detener mis carcajeos, habría caído de ofensivo. Gracias a Dios me contuve a tiempo, que por poco pesqué un hipo. Admito que el motivo para reaccionar así, era, a mi parecer, “enorme”. Meyer, como anticipé en la Parte II de la narración de esta caminata de ecoturismo, revelaba una tez carente de sentido del humor. Su seriedad salió a relucir al ser testigo de mi epilepsia de risotadas. De hecho, su historia (o hasta donde la contó) es la siguiente: Le encanta acampar. Lo hace desde los quince años. Dice, “el mejor hotel no tiene cinco estrellas; el mejor hotel tiene miles, millones de estrellas” (Ahí coincido). “Dormir bajo el cielo nocturno y tenerlo de techo, es lo más reconfortante y satisfactorio durante una noche en la selva. No obstante, dormir sin apapachar a alguien no es del todo placentero…” (Por un momento pensé que la compañía femenina era la guinda del pastel durante su descanso en la intemperie). Y continuó: “Nunca salgo a acampar sin llevar conmigo algo primordial a la hora de cerrar los ojos. Jamás olvido mi osito de peluche…” Inmediatamente, estallé de risa. Dante también lo hizo, pero con esmerado disimulo. ¡Qué ridiculez la del tal Meyer! Creo yo. En ese instante se me vino un único pensamiento: “Meyer es gay”… Así lo vi (y lo veo). Se supone que son las mujeres a las que les gustan los peluches.
Tamushal, la segunda cascada del río Shilcayo (Cordillera Escalera, San Martín, Perú) 2

Continuará...

Cascada Vestido de la Novia (Cordillera Azul, Perú)
Checa estaba delante de mí; él fue el segundo en ver la cortina de agua, y este aventurero, el siguiente. Dante daba la espalda a la pequeña catarata con su cámara en funcionamiento, con la mira fija hacia el paso de cada explorador. El Vestido de la Novia se presentó casi igual que la vez pasada, elegante y templada, sólo que ahora caían más litros de agua y la claridad de la poza era mejor, quizás porque el día se fue haciendo más luminoso o acaso la naturaleza no quiso dañarnos la vista y el esparcimiento, enturbiando el principal curso de agua de la Cordillera Escalera. Puede que al frente y debajo de nosotros no se mecía con la presión un pulido espejo natural, pero lo reconfortante de todo, es que el agua dejaba ver su fondo y gozaba de tanta frescura como para revitalizarnos luego de alrededor de dos horas de caminata. A comparación de mi visita en Septiembre del 2008, la primera cascada del río Shilcayo durante esos instantes, en aquella caprichosa mañana del 2010, era mucho más semejante al vestido de una novia, aparte de más ancha y blanca, ondeaba más, dando la sensación de que una mujer en nupcias lo moviera al desplazarse hacia el altar.
Cascada Vestido de la Novia (San Martín, Perú)
La pared de piedra por la cual se deslizaba el agua era de una coloración parduzca, semi-ennegrecida por ciertas zonas. En cambio, las rocas de los costados eran de un tono verde selva, muy húmedo, las epífitas y las trepadoras invadían la mayoría de la superficie. Las piedras sobre las que en mi visita anterior, acompañado de Checa y Micky, el primo de otro primo, nos habíamos fotografiado, se hallaban casi enteramente cubiertas de musgo y plantitas resbalosas; por lo que si queríamos repetir las poses, estaríamos tentando mucho a nuestra suerte. La poza parecía más profunda; puede que medio metro más, lo bastante como para que hasta a la persona más alta, por ejemplo un basquetbolista, el agua le llegaría a sobrepasar la cabeza si se pusiera de pie en el fondo. No había remolinos ni cuevas subacuáticas. La poza era de aguas mansas, tanto, como para que incluso el menos ágil nadando o buceando, no resultara ahogado o en grandes aprietos para alcanzar las orillas, por si terminara en el centro. En todo el ambiente (me refiero sólo a la naturaleza) se respiraba sosiego. Ningún alma fuera de nosotros rondaba en las cercanías, ni se oía el ruido fuerte de algún animal; lo único que rompía el silencio, era el sonido de la fresca cascada amazónica y las voces del grupo, siendo las chicas las más parlanchinas. Paquita se llevaba el primer puesto.
Parta alta de la Cascada Vestido de la Novia (San Martín, Perú)
Curso del Shilcayo en la Cascada Vestido de la Novia (San Martín, Perú)
Los insectos que en mayor número se veían en torno y sobre la poza de la cascada eran los coloridos lepidópteros: las mariposas. Observé a algunas con hasta treinta centímetros de envergadura (medida de las alas extendidas de un extremo a otro) que volaban encima las aguas y se posaban en alguna rama o piedra de la orilla, y una vez parada sobre éstas, abrían y cerraban sus alas para —escuché un comentario por allí— atraer al sexo opuesto. Las alas de estos inofensivos insectos eran de tonos negros y azules, fosforescentes a los rayos del sol, dando la impresión de ser de un material similar al celofán. Es una lástima que no haya conseguido las fotos de estos simpáticos hexápodos de parte de los amigos de Checa y Juanito. Además dudo mucho si se esmeraron en captar dichas imágenes, ya que, apenas llegamos a las orillas, uno tras de uno se fue zambullendo en las frescas aguas; empezando por las chicas. Solamente, mis familiares, Gina y yo, nos quedamos de pie sobre los guijarros; pero, no pasó más de cinco o diez minutos, cuando mi primo, tras ingerir una rosquilla de almidón, se lanzó también a la poza. Gina, algo indecisa, lo imitó. Y como la mayoría de los bañistas nadaron al otro lado de la cascada, Checa hizo lo mismo con especial ahínco, dejando a su enamorada en la parte baja, pues no sabía nadar, o si sabía, aún temía atreverse sola o sin ayuda.
Cima de la cascada Vestido de la Novia, río Shilcayo (Checa y Dante )
El quien escribe desvió la atención del grupo por unos momentos para centrarse en la naturaleza de los alrededores, específicamente en todo lo diminuto que se escondía en la floresta. Mi hermano, mientras tanto, no daba indicios de querer meterse al agua. No recuerdo bien, pero creo que se puso a dar cuenta de las viandas que había en las mochilas. Durante esos instantes, lo único que me interesaba era aguzar mi vista hacia la fauna invertebrada que pululaba discretamente debajo, sobre y encima de la vegetación. Mi mente, casi de inmediato, comenzó a inventariar la variedad de insectos que se presentaba ante mis ojos: grillos, escarabajos, libélulas, orugas con pelos, más mariposas, e incluso moscas de diferentes tamaños y colores. De todos estos, las que más me fascinaron observar, después de los lepidópteros, fueron las gráciles libélulas, y principalmente las que permanecían en vuelo estacionario, asemejándose bastante al del colibrí o picaflor. El batir de sus alas era celerísimo, que perseguirlos con la mirada resultó imposible.
Cascada Tamushal (Cordillera Azul, Perú)
Siempre me había preguntado cómo es que los insectos suelen moverse muy rápido, tanto que ni el atleta mejor entrenado y bajo una estricta dieta de vitaminas, podría ser capaz de igualar la velocidad con la que se desplazan; pues claro que los seres humanos podemos recorrer mayores distancias que algunos insectos en menor tiempo, sin embargo, guiémonos según las dimensiones de cada uno: Para un saltamontes, por ejemplo, diez metros podrían equivaler a un kilómetro para un hombre; y piensen, quizás en apenas veinte o treinta saltos durante un solo minuto, este animal salvaría la distancia en mención. Y para que una persona se compare, tendría que correr a una velocidad de 17 m/seg. aproximadamente para completar los mil metros en sesenta segundos, cosa que ni el actual corredor récord mundial en 100 metros planos lo lograría. ¿Increíble, verdad…? Y eso no es nada. Se sorprenderán aún más con lo que leerán ahora. Bueno, veamos: Una libélula o un mosquito baten sus alas a cada décima o centésima de segundo, es decir, para que tengan una mejor idea, entre diez y cien veces mueven sus delgadas membranas estos muy comunes invertebrados; y así pues, imagínense a alguien, puede ser tu amigo o hermano, agitando sus brazos o asestando puñetazos a miles de veces por minuto. Es obvio que no hay nadie con tales superpoderes. Eso sólo se ve en Dragon Ball Z o en filmes de Marvel.
Cascada Tamushal (San Martín, Perú)
Todas las incógnitas que me embargaban sobre los “poderes” de los insectos, quedaron en el pasado desde que vi un documental en el Discovery Channel. De eso es como hace una década. En aquel episodio, el narrador explicaba de forma detallada y fácilmente comprensible al público televidente porqué los insectos y la mayoría de los invertebrados son los mejores dotados del Reino Animal. Si no vieron el programa, estimados internautas, trataré de ser lo más minucioso posible en hacerlos entender. Iré en orden… Partiré por el sistema nervioso. Todos los seres vivos con cerebro poseemos sistema nervioso. Los insectos también lo tienen, y así como nosotros disponen de nervios a través del interior de su cuerpo, a lo largo y ancho, de la cabeza a la punta de las patas (pies). A cada impulso eléctrico emitido por el cerebro se genera una reacción refleja o movimiento (acción). El hecho de que las extremidades y órganos de estos invertebrados se encuentran a distancias insignificantes, compensado con la ligereza de su peso, es por lo que se puedan mover como si la gravedad no fuera impedimento. Sólo recuerden a los astronautas dando brincos en la superficie lunar, muy similar a los saltamontes… Ahora sí, si comprendieron con esta explicación, les felicito. Me ayudaría mucho y continuar con el relato:
Orillas de la Cascada Tamushal, en la caminata (Juanito y Paquita)
No me percaté que Dante y Checa se dirigían hacia mí, hasta que los tuve a mis espaldas y me preguntaron algo que no entendí a un principio por los estridentes gritos de los bañistas y el sonar de los violentos chapoteos. “¿Qué?”, me giré. “Subamos la pendiente de la derecha y ubiquemos el camino a la segunda cascada, a esa que llaman Tamushal”, era Dante con su inseparable cámara y mi primo asintiendo a su lado, ambos ahora hablando por encima del bullicio. No dije que sí ni tampoco que no. Actué de frente: caminé directo al rocoso sendero que los tres suponíamos llevaba a nuestro segundo destino del día. Mis compañeros se pusieron a la par de inmediato, y anduvimos como si estuviera escoltado en un safari, yo en medio, y los otros dos a trompicones sobre las piedras. Sin embargo, no tardamos en encontrarnos con un embudo; el abrupto camino se fue haciendo más angosto y encaramado, tortuoso y resbaloso. Así que Dante se adelantó y Checa se colocó tras de mí, cual fila india. La luz roja se prendió y juraría que el camarógrafo no se limitaría a realizar pocas tomas.
Orillas de la Cascada Tamushal, en la caminata (Checa y Gina)
Mientras tanto, el resto de grupo se quedó ensimismado en su refrescante momento en el agua. Incluso mi hermano se había atrevido a darse una zambullida y buzar en la orilla, ya que nadar no era su fuerte. Los veía a todos durante nuestro zigzagueante ascenso. Pero al rato volví a concentrarme en la naturaleza de mi alrededor contiguo y aprovechar los enfoques de Dante para sonreír a la lente. Lástima que hasta la fecha no he podido conseguir esas benditas escenas. Como reitero, nunca más supe del profesional audiovisual. Simplemente le perdí el rastro. Luego de finalizada esta aventura, jamás lo vi nuevamente. “¡¿Dónde rayos estás Dante?! Un vídeo sería un excelente complemento al concluir estas líneas”.
Árboles en los alrededores de la Cascada Tamushal (Cordillera Escalera, Perú)
A un tercio del camino de ascenso al origen de la caída de agua, los tres tuvimos que trepar una escalera de troncos, quizá hecha por algún guardabosque o miembros de alguna institución ambiental. Ayudamos al camarógrafo con su herramienta de trabajo. Lo menos que queríamos era una lente rajada. Empero, eso creo ya no importa ahora… Continuamos, y las rocas fueron reemplazadas por las hojas húmedas, hasta que el sendero se hizo más llevadero y horizontal. Y a los dos o tres minutos giró bruscamente a la izquierda. La parte alta del Vestido de la Novia se hacía más notoria a medida que seguimos nuestro curso. Al ir aproximándonos, pasamos de pisar hojas a pisar piedras húmedas y llanas, algunas demasiado resbalosas como para osar apoyar las suelas por más tiempo. Y, por fin, en menos de lo que esperamos, la cima de la cascada acabó bajo nuestros pies. Un torrencial de fotos y los vídeos irrumpió en ese preciso punto de la toda la majestuosa Cordillera Escalera. Los únicos responsables: Nuestro pulso y tacto con el agudo aporte de nuestra concentrada vista.
Orillas de la Cascada Tamushal, en la caminata (Dante y El Caminante)
Allá abajo, los bañistas habían dejado el agua para engreír un poco a sus estómagos, y, en seguida, vestirse. “¡Oigan, ustedes, acá arriba, miren!”, exhorté. “¡Suban! ¡Alcáncennos!”… Viéndonos a los tres a varios metros sobre sus cabezas, al parecer se emocionaron, y ascendieron en tiempo récord. Sus agitaciones no esperaron ser aminoradas, así que los nueve —sin más preámbulos— reanudamos la caminata. Por diez minutos, o tal vez veinte, avanzamos en sentido contrario a la corriente del Shilcayo. Mis cálculos fueron casi certeros con respecto al tiempo de llegada al Vestido de la Novia y Tamushal. Había ganado la apuesta. La segunda caída no distaba mucho de la primera. Ante nuestros ojos un curso vertical de agua, de casi el doble de altura que el anterior, se deslizaba sobre una pared de roca. Esta cascada también tenía una pequeña hermana en la corona, que juntas corrían en forma de escalera. En total, tenía una cota de 40 metros aproximadamente, rodeada de una vegetación muy semejante a la observada cuesta abajo… Tamushal, El Caminante, fue testigo de tu fastuosidad, por vez primera, siendo el sol el principal contribuyente para embellecerte aún más con sus destellos luminosos, aunque sutiles en tu perfil pero lo suficientemente orlados. Al punto, todas las cámaras se pusieron en funcionamiento. Caminar 8.5 Km. a través de la selva tuvo su gran recompensa.
Cascada Tamushal, Shilcayo (Checa)

Continuará...

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