Anduve solo tres cuadras por la Avenida Sáenz Peña. Cambié de idea. En lugar de dar media vuelta, giré a la derecha, ingresando a la Avenida Tarapacá. Era obvio que, si seguía en dirección suroeste, de todas formas, llegaría a la plaza de Armas de Pucallpa. Dos estaciones de combustible, una en cada esquina, fue lo primero con lo que me topé. Siguiendo, por el margen derecho, vi el local del Rotary Club “Lions International”. Continuando, había (hay) regular número de talleres de motocicletas y motocarros, tiendas de repuestos de vehículos, y restaurantes, chifas en su mayoría, también establecimientos de venta de caldo de gallina, que, a esas horas, apenas brindaban atención al público.
OBELISCO EN LA PLAZA DE ARMAS DE PUCALLPA. Fecha de la toma: 08-11-2012
Crucé a través de los jirones Zavala (la calle de los caldos), Salaverry (la calle de los chifas), Progreso, Libertad y, por último, el jirón Independencia. Pero antes de atravesar la calzada, pese a que el semáforo indicaba el paso de los peatones, me detuve al borde de la vereda a contemplar, por primera vez, la Plaza Céntrica de Pucallpa.
La Plaza de Armas de Pucallpa está situada entre las intersecciones del jirón Independencia y la avenida Tarapacá, por el Norte, y el jirón Tacna y el jirón Sucre, por el Sur. No son ni siete años desde que ha sido remodelada. En el momento en que llegué, hacía poco que se mejoró su estructura. Dos fuentes la adornan, una en el centro y la otra cerca al jirón Sucre. Hay pasto sembrado en los lados y árboles y arbustos que apenas dan sombra. Sillas, barandales, pequeñas gradas, se distribuyen en toda el área; pero lo más llamativo y que resalta a la vista inmediata de los visitantes, es el obelisco que se levanta frente a la municipalidad. En realidad, no sé cuánto mide en altura, pero calculo que será de unos treinta metros, o quizá algo más. También, entre este monumento y el Concejo Provincial, una hilera de banderas de varios países ondean a la brisa; esculturas en granito, arena y cemento, figuras representativas de las costumbres de los pobladores mestizos y nativos de la región, fueron colocadas en la parte oeste entre dos líneas de toldos.
MUNICIPALIDAD PROVINCIAL DE CORONEL PORTILLO, FRENTE A LA PLAZA DE ARMAS DE PUCALLPA. Fecha de la toma: 08-11-2012
Rápidamente pude dar mi punto de vista crítico de todo este espacio urbano: Las zonas para protegerse del sol o la lluvia eran mínimas, había más zonas vaciadas de concreto que sitios donde sombrearse. En aquel día, a esas horas —como cité anteriormente— la temperatura se mantenía moderada, y al andar por media plaza no acosaba el calor que obligaba a transpirar con vehemencia. Sin embargo, esta sensación la experimentaría en los siguientes días. Que Dios se apiade de los que tienen que cruzar la plaza de Armas de Pucallpa al mediodía cuando el sol arrecia y no hay ninguna nube que lo cubra. Por supuesto, más cemento, más calor, pues éste suele acumular la calentura de los rayos solares, así como la arena del desierto. En conclusión, la plaza de Armas de Pucallpa es un verdadero hervidero cuando el sol se ubica en el cenit, y no porque hay una muchedumbre, sino porque la sensación térmica sobrepasa los 50 grados Celsius. Y no estoy exagerando. Cuestión de que uno mismo lo compruebe.
CATEDRAL DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN EN PLAZA DE ARMAS DE PUCALLPA. Fecha de la toma: 08-11-2012
Si quería orientarme mejor, tendría que conseguir información turística de Pucallpa, además de un mapa para no perderme mientras caminaba por las calles. En estos casos, la solución más inmediata la obtendría en el Concejo Municipal, o ayuntamiento, como lo llaman en otros países. Éste se encontraba en frente de mí, a la izquierda de la Catedral de la Inmaculada Concepción, el templo católico de mayores dimensiones de la Tierra Colorada. Tanto la Municipalidad Provincial de Coronel Portillo como esta “Casa de Dios”, ocupaban, cada una, casi la mitad de una manzana, pues, a espaldas, se ubicaban la Corte Superior de Justicia de Ucayali y una gran cochera.
Mientras ascendía por las escalinatas de la municipalidad, me percaté que, justo a un lado del portón principal de vidrio, un jovencito ofrecía unos folletos detrás de un módulo de recepción. Al trote, me acerqué. A parte del chofer del miniván, él fue la primera persona con quien conversé al llegar a Pucallpa; lo cual bastó alrededor de tres minutos para escuchar todo su discurso de guía turística y, de paso, hacerme entrega de un mapa y un tríptico, donde me informaba de lo necesario de la ciudad de Pucallpa y los distritos cercanos. Con un fuerte apretón de manos y un sincero “gracias”, me despedí del muchacho.
Ya eran más de las tres de la tarde y fui notando que había más gente en el centro. Con el mapa en mano, marché por el jirón Tacna. En aquel tiempo aún no habían construido el boulevard, que iniciaba en la plaza de Armas y acababa en el malecón Grau, haciendo un total de cuatro cuadras. En el año 2012, esta calle era para conductores y no, como desde la segunda mitad del 2013, para peatones exclusivamente. Así que avancé hasta la siguiente esquina, hasta la avenida San Martín, y me detuve frente a un edificio de ocho pisos, el Hotel Casino Río, al cual ya lo había visto desde la plaza; pues, resaltaba del resto, ya que, en Pucallpa, como en la mayoría de las ciudades de la selva peruana, no se ven construcciones muy altas, siendo el promedio las de tres plantas en cualquier locación de la zona urbanística.
FRENTE AL HOTEL CASINO RÍO, PUCALLPA. Fecha de la toma: 06-11-2012
Luego de concentrar la mirada en la edificación, la giré hacia la derecha. En media avenida San Martín, una isla peatonal, con bancos de cemento y áreas verdes a los lados, se extendía de esquina a esquina, y de igual forma en las cuadras que seguían a la izquierda, otras islas idénticas. Más adelante tendría conocimiento que los carriles de la avenida San Martín estaban divididos por camellones desde la primera a la quinta cuadra, siendo esta última la que quedaba a mi derecha.
Por alguna extraña razón que ignoraba en ese momento, no me movía de dicho lugar. Detrás de un puesto de venta de periódicos, entre la cuadra cuatro y cinco de la avenida San Martín, este fiel narrador permanecía inmóvil se podría decir, con la vista fija hacia unos locales, todos pequeños (casi del mismo tamaño) y contiguos desde el otro extremo de la cuadra hasta en frente de mí, al otro lado de la calle. La mitad más alejada de este grupo de comercios se dedicaba a la venta de prendas de vestir y la más cercana a un rubro bastante particular; pero de eso trataré después, sin embargo, les adelanto que observé a muchos digitadores.
Respiré hondo y removí mi mochila en busca de un bocadillo. Dos rosquillas de almidón, pasadas con unos sorbos de refresco, fueron suficientes para compensar a mi estómago. Tras eso, crucé la calle y continué directo, hacia el malecón Grau, según leía en el mapa. Dos locales más, dedicados al curioso rubro, funcionaban desde la esquina, cruce de la avenida San Martín con el jirón Tacna. Había leído un letrero de mi interés. No pensé que se daría tan rápido. Pero sólo restaban tres cuadras para llegar a uno de los ríos más importantes del Perú; y eso no podía esperar. Y es que el Ucayali es uno de los grandes contribuyentes del Amazonas, con una longitud de 1,771 kilómetros y con una superficie de 337,519 kilómetros cuadrados.
Tenía pensado dar media vuelta luego de que mis ojos vieran por primera vez a esta majestuosa corriente de agua. Una sensación se apoderaba a cada paso. Fui sintiendo algo que pocas veces tuve la complacencia. Un sentimiento grandioso se henchía en mi pecho. Y tal y como lo grita el personaje de “William Wallace” en la película “Corazón Valiente”: ¡LIBERTAD…! Sí, libertad, eso es lo que sentía. Como un pájaro que olvidaron cerrarle su jaula y se había escapado a volar hacia un mejor lugar, a un lugar donde al fin pueda extender sus alas y disfrutar la auténtica libertad, donde no hay barrotes que le impidan explorar lo que hay allá afuera. Ahora, realmente, podía hacer lo que se me antojara. Empezar de nuevo. Iniciar una nueva vida en una ciudad extraña con personas a quienes aún estoy por conocer. Un formateo total de mi entorno, en el cual las decisiones que iría tomando, forjarían mi futuro lejos de la familia y amigos que dejé atrás. En esos instantes, mientras más me acercaba al río Ucayali, me sentía más esperanzado que nunca. Todo me era nuevo, quizás no muy diferente como en Tarapoto, pero todo lo que veía era ajeno, ni siquiera visto en fotos que recordara. Pues jamás me había interesado por Pucallpa, jamás hasta que me desperté ese día en el cuartucho de un hospedaje en Tingo María. Pero todavía no lo tuve claro hasta las ocho y media de la mañana, hora en la que di por sentado mi partida a la Tierra Colorada.
Avisté al Ucayali cuadra y media antes de llegar a sus orillas, entre el jirón Raymondi y el jirón Coronel Portillo, en tanto pasaba por una galería de nombre “May Ushin”. Y he aquí un dato importante: Pucallpa de no llamarse como tal, podría también denominarse “Mayushin” o “May Ushin”, que en el idioma shipibo significa Tierra Colorada”, así como “Puka Allpa” en quechua se traduce a lo mismo. De ahí la derivación. A opinión propia, suena mucho mejor Pucallpa; no le encuentro el gusto a Mayushin. Me late más como a apellido oriental.
Era una tarde tranquila en el centro. El río se fue haciendo cada vez más ancho mientras cubría los pocos metros que faltaban. Media cuadra y el Ucayali se convirtió en el río más grande que había visto en mi vida. Hasta que por fin llegué al jirón 9 de Diciembre, la última calle antes de arribar a este afluente del Amazonas. Del otro lado, el puerto o malecón Miguel Grau se emplazaba desde los cruces finales del jirón Ucayali con el jirón Huáscar. Allí sí me toqué con un conglomerado de gente, la mayoría de rasgos típicos del peruano de la selva, del selvático oriundo, de sangre legítima. Y, entre ellos, noté que también había nativos de la región Sierra. Como pude ser testigo, aquí, en este malecón, la raza predominante es del “cholo peruano”, el peruano “de pura cepa”, el que es “chamba” (trabajador), el quien es capaz de “romperse el lomo” por llevar un pan a su mesa. Y así como abundaba el “charapa” y serrano afanoso, también había una infesta de mendigos y facinerosos por doquier; y, por supuesto, para completar el cuadro, los borrachos y prostitutas se hacían ver de acá para allá.
ESTATUA DEL HÉROE EN EL MALECÓN GRAU DE PUCALLPA. Fecha de la toma: Inicios del 2014
A mi derecha, sobre un pilar de concreto, la estatua del almirante de la Marina de Guerra del Perú, Miguel María Grau Seminario, se lucía esplendorosa, hecha de un metal bien pulido. Apuntaba hacia el río Ucayali, como si siguiera su curso con el dedo índice. Con la mano izquierda, sujetaba su gorra de marinero. Grau fue un héroe que defendió al Perú en la Guerra del Pacífico, durante un combate naval en la guerra con Chile el 8 de octubre 1879. Este mártir de la patria es homenajeado en cada rincón del territorio peruano. E incluso se han llegado a producir algunas miniseries y reportajes en su honor. Sin duda, un héroe que todos mis compatriotas reverenciamos, y no en vano, pues, se ha ganado el apelativo de “Caballero de los Mares”. El río Ucayali no es un océano, pero es una gran masa de agua en la que navegan toda clase de embarcaciones, desde canoas que trasportan racimos de plátanos hasta lanchas de gran capacidad para pasajeros. Éstas trazan rutas al departamento vecino, Loreto, donde finalmente se desemboca en el río Amazonas, el más largo y caudaloso del mundo, conteniendo más agua que el Nilo, el Yangtsé y el Misisipi juntos, y que supone cerca de una quinta parte del agua dulce en estado líquido del planeta. Lástima que hasta la fecha aún no he estado en el impresionante Amazonas.

CONTINÚA…


Haciendo una pausa a la narración sobre Pucallpa, hoy trataré sobre dos posts que publiqué hace unos años en el portal Libro de Arena. Ambos están bajo el nombre de J.E. Rodríguez.

VIAJES EN EL TIEMPO
Publicado el 01 diciembre 2007  
La mayoría de los lectores encuentran las respuestas a sus preguntas en los libros; aunque muchos, pese a que tienen conocimientos enciclopédicos o pilares de información recogida, dicen no estar totalmente seguros y la duda continúa siendo su compañera hasta el fin de sus días. Yo, puedo decir, que pertenezco al tipo de la minoría.
Así que en esta ocasión me tomaré el tiempo de escribir de los Viajes en el Tiempo, tomado sólo como referencia a los libros Caballos de Troya del escritor y periodista español J.J. Benítez.
Viajes en el Tiempo
Un elemento clave para viajar en el tiempo, ya sea al pasado o al futuro, es el swivel, que en español significa eslabón. "Las partículas elementales que conforman la materia no son otra cosa que diferentes cadenas de swivel, cada uno de ellos orientado en una forma peculiar respecto a los demás", dice Benítez en el primer libro de la saga, Jerusalén.
Se dice que un swivel tiene la propiedad de cambiar la posición u orientación de sus ángulos "ejes", transformándose así en un swivel diferente.
La fuente recogida por Benítez afirma que en 1960 se descubrió la forma de invertir la posición de esos hipotéticos ejes de las entidades elementales. Con esto los científicos no tardarían en enviar misiones al pasado y al futuro. Después de muchas pruebas por fin pudieron trasladar objetos a diferentes espacios y tiempos. Se vio además la posibilidad de conocer físicamente otros universos: un "más allá" o un "otro lado".
Existe una cuarta dimensión que es el tiempo, que llega hasta nuestros órganos sensoriales como una especie de «fluir». Según la fuente del autor, los swivels son el tiempo mismo, pues no sufren el paso del "tiempo".
En "Jerusalén" los protagonistas de la "historia", Jason y Eliseo, viajan al pasado, específicamente al año 30 y 25 a la Palestina de Cristo. Este par de científicos son parte de una operación secreta americana denominada Caballo de Troya. La máquina del tiempo fue bautizada con el nombre de "Cuna", y, servidos de una serie de artilugios tecnológicos avanzadísimos, se ocupan de la Misión más importante de la Historia, conocer a fondo la vida del Maestro.
Todo lo que narra en sus páginas el controvertido escritor pamplonés lo deja a criterio de sus lectores. Uno decide si creer, no creer o dudar. Lo que no se sabe es hasta qué punto llega a superar la realidad a la ficción.
Como dijo el Maestro: "El que tenga oídos, que oiga".

Recopilado de: Viajes en el Tiempo

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EL QUE ESCRIBE COMO NINGÚN MORTAL
Publicado el 25 noviembre 2007
A pesar de que el Perú es uno de los países al que más se ha referido en sus libros, J.J. Benítez, de sobrenombre Juanjo, no es muy popular en esta tierra en donde antes vivieron los Incas, mis antepasados.
El escritor y periodista, natural de Pamplona (España), es más conocido por científicos y ufólogos del medio. Sin embargo, a nivel mundial es considerado el escritor más controversial de todos los tiempos.
Después de muchos años de dedicarse a investigar el fenómeno OVNI, entre otros misterios, y continuamente ir publicándolo en libros y artículos, desde 1984 se dedicó a escribir la más increíble saga que hasta ahora se haya leído, Caballo de Troya.
Swivel
Al año siguiente terminará de escribir el noveno y último libro de la discutida serie.
Antes jamás un mortal se atrevió a narrar la vida de Jesucristo desde el punto de vista de un periodista. Desde Jerusalén, el primer libro de Caballo de Troya, Benítez ha dejado bien en claro que lo que se lee en sus páginas es fruto de una investigación concienzuda sacada de montones de fuentes, de las cuales "una" es la que más le ayudó en su narración.
En más de una ocasión, a este "iluminado" escritor se le ha oído manifestar lo siguiente: "Quiero que la gente piense, dude... Me aterrorizan aquellos que creen tener la verdad. Yo invito a la gente a dudar de todo".


Una frase que encabeza mi espacio web en dicho portal, reza: “Las oportunidades que nos da la Providencia son infinitas como el profundo Amor que nos tiene”.

Notas:
Al transcribir el contenido, no he modificado ni una coma, todo está publicado tal y como lo puse en las fechas señaladas.
En futuros posts, abordaré el tema de viajes en el tiempo con mucha más profundidad, abriendo paso a la crítica y al análisis.
Los posts publicados en el Portal Libro de Arena, como se lee en las fechas, son de hace una década; y desde aquel tiempo, no he vuelto a seguir publicando en dicho sitio.

A bordo de un miniván, a través de una ventanilla entreabierta, una fresca corriente de aire ventilaba mi enjuto rostro. Hace como cinco minutos que el vehículo había cruzado el puente más largo del Perú. De Oeste a Este, la estructura de acero construida sobre el río Aguaytía, medía, orgullosamente, seiscientos metros de diámetro. Ahora, el paisaje a ambos lados de la Federico Basadre, la carretera por la cual viajaba, se había tornado mucho más uniforme y menos denso, con una vegetación casi al ras de la vía.
PUENTE DE AGUAYTÍA. Fecha de la toma: 24-06-2014
A lo lejos, hacia el horizonte, no pude distinguir ninguna clase de elevación de tierra, ningún tipo de colina ni nada por el estilo. El paisaje no se parecía en nada a lo que había visto antes. Me encontraba en la selva, claro; pero esto no se asemejaba ni una pizca a lo que estaba habituado a observar. Lo raro para mí es que los cerros brillaban por su ausencia. Pues, en este departamento del Perú, los cerros no formaban parte del cuadro. Ucayali es una región, en su mayoría, plana, sobre todo en la provincia de Coronel Portillo, una de las cuatro que lo conforman, siendo las demás: Padre Abad, Atalaya y Purús.
Restaba poco para pasar de Padre Abad a Coronel Portillo. Tal vez entre cuarenta y cincuenta kilómetros y alrededor de la 1:15 p.m. Corría el 14 de Setiembre del año 2012. Un viernes con un cielo veteado de nubes blanco humo, que a veces se aligeraban para descubrir el celeste, pero no lo suficiente para apreciar completamente al Sol, pese a estar en su ángulo más alto. No sentía calor. Quizás porque casi no había ingerido alimentos durante los últimos siete días, o porque realmente la temperatura era moderada. Al fin y al cabo, en la selva, en ocasiones, se disfrutaba de un tiempo reconfortante.
FACHADA DEL CAMPUS DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE UCAYALI. Fecha de la toma: Fines del 2013
Mi equipaje era tan pobre como mi billetera, pero no tanto como hace cuatro horas. De no ser por los seiscientos nuevos soles que retiré del banco, dinero girado por mis padres desde Tarapoto hacia Tingo María, ciudad de la que partí en la mañana, estaría mucho más escaso de pertenencias y economía. En Tingo María, compré una mochila, unas bermudas, un rompeviento y un polo, aparte de provisiones para el viaje; por lo que me quedé con algo menos de cuatrocientos nuevos soles. Eso, y la ropa que llevaba encima, era lo único que tenía en la vida desde ese momento. Así que, encontrar trabajo y un techo donde vivir, se convertirían en mis principales objetivos una vez que arribe a Pucallpa.
Recuerdo que antes de que mis viejos me salvaran con el aporte monetario, apenas ocho nuevos soles me alumbraban. Como decimos en Perú: “Estaba al borde…”. Es decir, para completar la frase: “Estaba al borde de la prostitución”. Un dicho popular con un significado más que obvio.
Durante la próxima media hora, me atraganté con un tercio de las viandas que cargaba en la mochila sobre mi regazo. Bebí sólo medio litro de jugo para que no me ganaran las ganas de miccionar antes de que el miniván llegara a su destino… mi destino.
…El caserío de Huipoca, el centro poblado de San Alejandro, los distritos de Von Humboldt y Neshuya se fueron quedando atrás en un abrir y cerrar de ojos. La naturaleza a los lados del asfalto seguía sin cambios notables, a excepción de que, cada cierta distancia, hectáreas de cultivo de palma aceitera se extendían hasta donde alcanzaba mi vista. En lo personal, el olor de esta oleaginosa nunca ha sido de mi agrado. Pero mi olfato no se libró hasta que cruzamos el pueblo de Neshuya, puesto que, por un buen tramo de éste, a contados metros de la carretera, la fetidez de estiércol de cerdo gobernaba todo el ambiente; ya sea que afectaba a transeúntes o a gente a bordo de vehículos, los criaderos de estos animales expelían un hedor penetrante.
Campo Verde, otro distrito, conformaba una pequeña población a la derecha e izquierda de la Federico Basadre, tal y como las anteriores pero un tanto más grande. La carretera se mantuvo más recta, con curvas poco pronunciadas. El número de viviendas se fue intensificando, igual que la cantidad de recreos turísticos y fábricas. Pregunté a otro pasajero que cuánto faltaba para llegar a Pucallpa. Me respondió que “ya casi estamos ahí”.
La urbe se fue formando a medida que avanzábamos. Estaciones de combustible, restaurantes, asentamientos humanos, canchas deportivas, iban apareciendo ya no por tramos, sino continuamente. A diestra de la vía, surgieron ante mí el campus de la Universidad Nacional de Ucayali y las instalaciones del Instituto Superior Tecnológico Público Suiza. Un kilómetro siguiendo por la misma ruta, ahora ya llamada Avenida Centenario, vi a través y sobre la carretera un cartel que rezaba: “BIENVENIDOS A PUCALLPA”. Consulté mi celular, el reloj marcaba doce minutos antes de las tres de la tarde. Esa era la hora exacta. Soy amante de la minuciosidad. Mi entrada a la Ciudad de la Tierra Colorada, se dio el viernes, 14 de Setiembre del 2012 a las 02:48 p.m. UTC/GMT -5 horas. Desde ese preciso instante, Pucallpa se iría irremediablemente transformando en mi nuevo hogar, a duras penas, pero se convertiría en mi nueva ciudad, hasta el punto de sentirme tanto ucayalino como sanmartinense. Tuvo que pasar un lustro para que este sentimiento aflorara en mí.
ESTATUA DEL "PLATANERO" O "CHACARERO", ENTRADA A PUCALLPA, CARRETERA FEDERICO BASADRE KM. 5.000. Fecha de la toma: 01-12-13
Mi impresión fue inmediata tras pasar debajo del letrero de bienvenida, pues lo primero con que chocó mi vista fue con un campesino de ocho metros de altura. Era una estatua de piedra o concreto, figura representativa del hombre del campo, del nativo de Ucayali. Ambos brazos, levantados, sujetaban herramientas de la chacra; de la derecha, una pala, y de la izquierda, un machete. De la frente, se ceñía un cinto del que colgaba un racimo de plátanos. Un pantalón que le cubría hasta las pantorrillas era la única prenda que mudaba. La musculatura era del típico trabajador de la tierra y mantenía la mirada fija hacia el poniente. Algunos le decían “El Platanero” y otros “El Chacarero”.
No sé. Pero al escribir estas líneas recordé a la estatua del leñador Paul Bunyan, descrita en el libro “IT”, de Stephen King, y que en realidad existe en Bangor, Maine, Estados Unidos. En el momento de ver al “Platanero” por primera vez, aún no había leído esta famosa novela de terror, por lo que no pude compararla con nada similar. Ahora sé que es muy característico en ciertos pueblos o urbes, esculpir o tallar la figura de un personaje que simbolice la historia o costumbres de éstos.
“El Chacarero” se erige en el kilómetro cinco de la Avenida Centenario, justo en frente del Cementerio General de Pucallpa, sobre el final de un camellón rodeado de barandas. Al ir ingresando en el barullo, noté que el tráfico era el doble que de Tarapoto, y es que la Ciudad de la Tierra Colorada, supera en creces a la Ciudad de las Palmeras, en cuanto a extensión y comercio, sin embargo, no en turismo, cosa que comprobaría en el transcurso de los meses.
El conductor del miniván demostró ser muy ágil. Llegamos al paradero en cinco minutos. La estación terrestre en cuestión se localizaba (localiza), en la misma Avenida Centenario a media cuadra de la Avenida Sáenz Peña, cerca al óvalo que se cruza con el Jirón 7 de Junio. Fueron las 02:54 p.m. cuando, al fin, por vez primera, pude pisar tierras pucallpinas. Observé el cielo por un instante y luego bajé la cabeza y concentré la mirada en mi alrededor. Inhalé y exhalé. Súbitamente, recordé aquella frase, aquellas palabras que me dijo el tingalés: “Ve a Pucallpa, joven. Allá está tu futuro. Serás grande”. Le creí. Pues, está acertando. Y eso hace que no me detenga. De hecho, no pienso que exista la casualidad; en cambio, sí la causalidad: el fenómeno de la causa y el efecto.
ÓVALO DE LA AVENIDA SÁENZ PEÑA. Fecha de la toma: 13-04-14
En ese entonces, conocía a Pucallpa tanto como a Júpiter. Nulo era mi calificativo. Más perdido que huevo en ceviche, o Adán en el Día de la Madre. Pero, como expuse, así era antes de esa fecha. Actualmente se podría decir que conozco sus calles como la palma de mi mano, además de saber algo de su historia. Datos como que, al comienzo, la ciudad ocupó la parte oriental hasta la Avenida Sáenz Peña y el Jirón 7 de junio. Más adelante, creció hacia el oriente de ésta y, luego, también hacia el sureste. Durante la década de los 80’s y 90’s, surgieron las invasiones, que se asentaron en las zonas rurales menos desarrolladas, muy alejadas de lo que hoy es el centro de la ciudad. Había varios asentamientos humanos, como San Fernando, que pronto se convirtió en distrito, adoptando el nombre de Manantay, adyacente al distrito de Callería, este último que no viene a ser otro en donde está la zona más urbanizada (centro de la ciudad), en la cual yace la plaza de Armas y el Estadio Municipal.
El clima es básicamente tropical. La temperatura es cálida casi todo el año, con un promedio de 26 °C, con altas que pueden llegar a los 41 °C en los días más calurosos. Pero sobre esto trataré en tanto siga narrando.
El sol de esa tarde no significaba una amenaza, ya que las nubes no dejaban de cubrir el cielo. “Mentira es lo que decían de Pucallpa, que hace más calor que en Tarapoto”, mascullé mientras emprendí mi caminata de exploración. Con el pasar de los días descubriría que estaba en un error.
Antes de descender del vehículo, pregunté por “dónde debo ir para llegar al centro de la ciudad”. Presto, el chofer, que acababa de apagar el motor, me indicó que doblara a la derecha una vez estuviera a la altura del óvalo. Hurgué los dedos en los oídos después de dar un prolongado bostezo, costumbres que siempre practicaba tras un viaje de un mínimo de tres horas en cualquier vehículo. El contenido de mi mochila pesaba como un recién nacido promedio, así que caminaba con ligereza, pero sólo por unos pocos segundos, porque creí más prudente observar con detenimiento cada detalle de las calles.
En el óvalo, ya en el centro de éste, me debatí entre si tomar la ruta que me indicó el conductor, o seguir por la calle de frente. Ahí es donde nacía la Avenida Centenario hacia mis espaldas y la Avenida Sáenz Peña hacia delante. Mi decisión fue continuar derecho y, luego de recorrer unas cuantas cuadras, dar media vuelta, y regresar a donde me detuve, para posteriormente marchar hacia el centro por el Jirón 7 de Junio. Dispuse que era lo más conveniente si no quería perderme, y para de esta manera, aprovechar en conocer la ciudad por cuenta propia. Ignoraba cuán grande era Pucallpa. Seguía creyendo que Iquitos la superaba en extensión. ¡Vaya que confiado fui! Mi error, a un principio, ha sido subestimar a la Tierra Colorada. Creer que acá reinaba la paz en todas sus calles. El tráfico de la arteria principal fue un aviso, hecho que no bastó para quitarme el velo. Paso a paso iría conociendo más a la bullida Pucallpa, en verdad, iría conociendo más la otra cara de la vida, su sabor amargo, ése, que casi nunca he probado, a excepción de las últimas dos semanas.
ESTATUA DEL LEÓN EN EL ÓVALO SÁENZ PEÑA. Fecha de la toma: 13-04-14
Otra estatua se puso en medio de mi camino. Esta era mucho más pequeña que la del “Platanero”: Un león amarillo dorado, lanzando un rugido al cielo. No es la gran cosa. Pertenece a la de un club internacional, originario de Chicago, Illinois, Estados Unidos, Lions International, el popularísimo, Club de Leones. En Pucallpa y Tarapoto también tienen su sede; ¡y qué locaciones estratégicas para promocionarse! El óvalo de la Sáenz Peña, así como la plaza de Armas, los puertos, la Avenida Arborización (Alamedas), entre otros, son sitios que toda persona que vive o haya estado en Pucallpa, conoce por obligación. En mi caso, no transcurrirían ni cuarenta y ocho horas de mi permanencia en esta ciudad para que terminara de visitar cada uno de esos lugares.