Luego de cazar al mencionado insecto y salvar algunos metros, el sendero se dobló un poco al oeste y había mayor humedad en la tierra. El Shilcayo corría a nuestra derecha a medio tiro de piedra, originando un sutil ruido, casi a la escala del sonido del viento y los pequeños animales juntos. Seguía detrás de los muchachos. Empecé a filmarlos desde mi posición. Pasamos por entre unas rocas asentadas en el suelo repleto de hojarasca; mi primo, Micky y yo, en este orden. Incontinenti, dirigí la lente del aparato al costado derecho de mi inexpresiva cara e iba bajándolo hasta la altura de mi pecho, pero siempre apuntando a mi objetivo. Pronto grabé mis pasos a través del caminillo, y a las espaldas de mis compañeros de marcha, pidiendo que manden saludos simulando que es un programa de TV local que dejaron de transmitir hace un lustro más o menos. No obtuve respuesta por parte de ellos, así que alcé la voz: “¡Volteen, pues!”. Y ambos obedecieron mostrando al toque sus pulgares. Más adelante prendí de nuevo la “grabadora de recuerdos”, enfocando la copa de los árboles por unos segundos. Los tres nos habíamos detenido en el centro de la trocha, pues, unas hormigas desfilaban acarreando su comida (trocitos de hojas) de un extremo al otro del camino. Los chicos las veían de cerca, tanto que se pararon en mitad de su ruta entorpeciendo su instintiva labor de todos los días. Me aproximé a los dos con la luz roja de la cámara parpadeando. Al llegar, mis acompañantes se fueron retirando. Cayo se sacudía los himenópteros de las piernas con las manos y pisoteando el suelo, Micky sólo los quitaba con sus dedos mientras continuaba la caminata, y yo, sin prestarles más atención, permanecí como un mero imbécil en el mismo sitio hasta que sentí los picotazos de los formícidos en mis desnudas extremidades inferiores —puesto que vestía jeans cortos—, no teniendo otra cosa que apagar el trasto y, apartando violentamente a mis atacantes, apremiar a mi primo a que avanzara. No se asusten, queridos lectores. Las hormigas tenían apenas el tamaño promedio de la uña del dedo meñique de un niño. No fueron nada las ofensivas de las diminutas afanosas, aunque debo admitir que me punzaron unas horas.
hormiga
Tras otros cinco minutos de caminata, Cayo atrapó un insecto más bajo la sombra de la vegetación y lo metió en el mortal frasco de mermelada (la cámara letal) que cogía Micky, cerrándolo inmediatamente. Todo esto lo había filmado. En la escena del vídeo digité la siguiente frase: “Cada bicho encontrado es condenado a la cámara letal, menos las hormigas que ya nos picaban”. Después de esto, el turno de portar el artefacto era de mi primo, y él aceptó sin reniegos que no figuraría por un rato. De los tres, Micky era el que menos se desesperaba por aparecer en los cuadros fílmicos y fotográficos, a él le daba igual si tuviera una o cien escenas o fotos. En el caso de mi primo y el mío, nuestras actitudes comparadas con las del anterior contrastaban bastante. “Tal vez cuando tenga edad madura (eso si llego), al ver las fotografías y vídeos de mi juventud me haga olvidar un poco los achaques y debilidades, y recuerde que alguna vez fui un lozano con la loca idea de vivir aventuras alrededor del mundo”, siempre ha sido mi pensamiento. Creo que de muchos también los serán, ¿o no? ¿Sucede esto con ustedes? Ni que lo digan. Pregúntense a sí mismos: ¿Qué sería de la humanidad sin las cámaras —¡no letales, ah!— y sin las imágenes fijas y con movimiento? Algunos jurarán que no se diferenciaría en casi nada con la que la conformamos en esta realidad. A esa minoría de gente, sólo les aconsejo que reflexionen cómo serían nuestras vidas sin el cine y los álbumes familiares, ¿cambiarían para bien o para mal?
aventureros en la selva
Y ahora sí continúo con el relato a la primera cascada del río Shilcayo, que les advierto que ni aún llego a la mitad. Qué les cuesta soportarme durante unos cuantos posts más. O, si se les antoja una siestita o un bocadillo, dense ese placer y prosigan cuando se les desvanezca la modorra o agasajen a su rugiente barriga. Como dice mi madre, “el desvelo y el trabajo en exceso envejece, y el estómago es antes que cualquier cosa”.youtubeAndamos hasta un punto donde el camino se dividía en dos. Hubiese seguido sin detenerme por la diestra si los muchachos no se hubiesen quedado a decidir qué curva tomar. “Ya vine antes por aquí, ¿acaso se olvidaron? Es el de la derecha. Síganme”, les dije. Micky actuó primero, poniéndose a la cabeza de la fila. Filmándonos, Cayo fue a la zaga del quien escribe. El ramal era de mayor angostura que el sendero que dejamos atrás, incluso, la vegetación era más rica, observándose algunas enredaderas y lianas. Miré hacia mi pariente e hice un ademán momentáneo mientras mantenía el paso; seis segundos después, volvía a realizar lo mismo. Más allá, el del frente tocó una planta trepadora y continuó, y yo, emocionado por la travesía, me torné totalmente al de mi espalda, permaneciendo en el punto donde me quedé, debajo del tallo torcido, y levanté mi brazo izquierdo con unas palabras saliendo de mi boca: “Sigamos…”. Cuando mi primo casi me había alcanzado, reanudé la caminata. El sol brilló un poco más. No duraría. Reiteradamente, Micky y mi persona volteábamos en dirección a Cayo, ambos un tanto serios. Al final, el hombre de la cámara hizo un gesto gracioso a la lente y yo, a media sonrisa, saludé por última vez en esa escena. Por lo que ven, los saludos sobraban en esta corta pero singular aventura. Quizás eso era también reflejo de nuestra vitalidad y las ganas por hacerse conocido en el portal de vídeos YouTube. Sin embargo, todavía no cuelgo allí el vídeo de nuestra caminata, y no tengo planeado cuándo hacerlo. Ojalá que sea algún día… eso está por verse.

Continúa...

Actualización:
En vista que en este post no casi muestro fotos de la caminata, les doy la opción de descargar imágenes en alta resolución del río Shilcayo, tomadas a comienzos de Diciembre de 2009.
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