El 13 de Diciembre del 2009, domingo, —sí, ya sé que me tardé en contarles sobre esta escapada— a las 8:30 a.m. aproximadamente, partí en auto de mi cálida Tarapoto rumbo a la “Ciudad de los Tres Pisos”, la pintoresca Lamas, localizada a 22 kilómetros de la “Ciudad de las Palmeras” y entre 310 y 920 m.s.n.m. Fui acompañado de mi prima Ana Luisa, la misma que me pasó el vídeo de la muñeca que llora sangre. O mejor dicho, yo era el quien hacía compañía a ella, pues Ana visitaba Lamas con la finalidad de dictar una clase a sus alumnos de la universidad. Sus horas didácticas comprendían llevar a los jóvenes, estudiantes de la carrera de Turismo y Hotelería, al barrio Huayco o Wayku del pueblo, para conocer más a fondo acerca de los trabajos artesanales y experimentar, por sí mismos, el esfuerzo de algunas indígenas de esta parte de la Amazonía, autoras de muchas obras de arte.
El día no era ni mucho, ni poco soleado. Sólo llevé una cámara fotográfica (medio vieja) y unos cuantos soles en la billetera. Mi prima, en cambio, cargó su bolso y unos fólderes con los registros de sus alumnos. En el vehículo colectivo que abordamos, cupimos cómodamente cuatro pasajeros: Ana, dos señoras, y yo. Los universitarios llegaron a Lamas en distintos medios: motocicletas, motocarros, otros autos, y hasta bicicleta (algo que me trae buenos recuerdos).
La Plaza de Armas de la Ciudad de los Tres Pisos fue el punto de encuentro que Ana coordinó con los jóvenes. Mi prima, aparte de reunirse con ellos en dicho lugar, lo hizo también con una señorita empleada de la Municipalidad Provincial de Lamas, experta en convivir con las etnias de la zona. Esta persona haría las veces de su guía turística. Fui formalmente presentado por Ana. Y un cuarto de hora después, viendo que el resto de alumnos se estaba demorando, me despedí por unos momentos de la hija de mi tía y su nueva amiga, la trabajadora del Concejo. Arreglamos encontrarnos en el barrio Huayco. Así que mientras esperaran a los demás estudiantes, yo daría unas vueltas por la Lamas Alta, fotografiando y filmando todo lo que iría calificando de interesante… Donde me había entretenido más fue alrededor de un castillo de piedra estilo medieval. Pero esa, es una historia que pasaré a escribirla en un futuro cercano, ya que debo centrarme lo que dice el título de éste y los siguientes postsReanudo, salteando:
En torno a las 10:00 a.m., cuando el sol ya empezó a quemar un poco más, me alejé del castillo, no sin dispararle un último flash. Al borde de un pequeño parque, como a cinco cuadras de la fortificación turística, descendían unas escalinatas de cemento y piedras. Desde los barandales superiores se podía disfrutar de una encantadora vista de la plaza del barrio Huayco y sus calles aledañas. Bajé las gradas de dos en dos o de tres en tres. Crucé la calle que daba a la plaza y, con la cámara en funcionamiento, anduve un rato por las veredas. Me gustó mucho la estatua de una nativa lamista quitándole los piojos a su niño, una escultura que resume la vida cotidiana de las indias hispanas, los quehaceres de las madres y abuelas. Las coordenadas geográficas exactas de este esculpido en piedra son 6° 25' 25.50" S  76° 31' 22.45" W. Búsquenlo a través de Google Earth, que el quien escribe subió la foto ubicándola en el mapa.
Luego de deambular diez minutos por la plaza, decidí que era momento de localizar a mi prima y a sus alumnos; pero casi de inmediato cambié de opinión, pues en frente de una gran área verde me topé con una tienda de artesanías. No vi ningún letrero arriba de la puerta. Solamente los trabajos artísticos de la cultura lamista colgaban a la entrada del negocio. Y que conste que no visitaba el barrio Huayco de Lamas con el propósito de comprar recuerdos (artesanías). Tenía la exclusiva misión de fotografiar y filmar las labores artísticas del milenario pueblo sanmartinense. De esa manera, a medida que, entre párrafos, vaya publicando las imágenes que capturé aquel día, iré narrando los sucesos, y de paso, describiendo lo que fui observando en el interior de los comercios quechuas. Para mí ya es muy común tener de cerca a este estilo de artesanías; sin embargo, para gente de otros departamentos del Perú y el resto del mundo, quizá no lo sea. Puede que tú, amable lector, aún no hayas tenido la oportunidad de conocer a la cultura lamista. Ahora, durante la secuencia de este relato, podrán informarse al respecto, haciendo un paseo virtual en tanto aprecien las fotos y el vídeo que colocaré al final de todo.
Y como dije, la tienda de artesanías de cara a la plaza, la primera a la que entré, no contaba con un rótulo encima del ingreso, que indicara el nombre del establecimiento. De unas cañas bravas del techo que sobresalía a la vereda, pendían unas cortinas hechas con semillas de plantas nativas de la selva del Perú, tales como el huayruro (Ormosia coccinea), el ojo de vaca o buey (Mucuna mutisiana), y el cerebro de mono, sin faltar también los trozos de carrizo y las escamas de pescado. Al lado izquierdo de la puerta, sobre un sujetador de prendas, que clavaron a través de la caña brava y la pared de barro, había un traje típico de las mujeres lamistas. Estas vestimentas son teñidas por los mismos indígenas con tintes de ciertos frutos que se propio medio los provee. Tras tomar una foto al colorido conjunto de ropa, traspasé el umbral con la cámara encendida y en estado de espera. La tienda estaba llena de artesanía lamista de la más surtida: Guacamayos y loros de madera, monitos y roedores de coco, tinajas y otros recipientes de barro, máscaras de caparazón de tortuga, pieles disecadas (de felinos, cerdos salvajes y reptiles), tallado en troncos de caoba o cedro, adornos con conchas de río o huingos (Crescentia cujete), además de canastas, amuletos, llaveros, etc.

Continuará...

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