Nadie salió a atenderme. Eso me dejó consternado. Si turistas extranjeros entraran a esta tienda de artesanía lamista y les ocurriera lo mismo que a mí, ¡qué opinarían de la falta de cordialidad! Y cuando digo que quedé consternado, no lo menciono tanto por mí, si no, más bien, por aquellos visitantes que vienen del exterior del país. Ese acto descuidado también resulta ser un riesgo para el propio dueño del negocio, puesto que en el mundo sobran facinerosos que poco o nada respetan la cultura de un pueblo, por lo que tranquilamente cometerían sus fechorías, tales como hurto o destrozo de artesanías. Lamas se caracteriza por ser una comunidad pacífica, como muchas en territorio peruano; pero, pese a esto, es imprudente pensar que el que vive o está de paso por la Ciudad de los Tres Pisos se encuentra a salvo de sufrir algún robo o asalto. De modo que, aparte de ser descortés al no prestar atención inmediata en el local de venta de artesanías, se está pecando de negligente ante la seguridad de una de las variadas muestras del folklore amazónico. Y que cueste que no sólo en los museos, ferias o exposiciones se deba velar por la integridad de un legado de los antepasados. Es perentorio que se dé en donde sea… Y veo que, paralizando un momento la narración de la visita al barrio Huayco o Wayku de Lamas, no ha sido una pérdida de tiempo ni tampoco una indiscreción de mi parte expresar las previas críticas y recomendaciones. Y ahora, luego de aniquilar la represión, prosigo sin más:
El sitio estaba vacío de gente y la luminosidad era escasa. Lo segundo se daba por la falta de fluorescentes y la ausencia de ventanas. A decir verdad, ninguna vivienda del barrio Huayco de Lamas tenía ventanas, a consecuencia de la creencia de los pobladores para impedir que los “malos espíritus” ingresen. Todas las casas se construyen de un material denominado tapial, que es un barro de color rojizo particular de la zona; esta tierra mojada es mezclada con otros componentes naturales para reforzar las estructuras. Los techos son de palma o tejas, aunque últimamente se ve muchos de calamina, como el de la tienda de artesanías, una tradición que lamentablemente se está perdiendo. El ambiente es fresco en el interior de estas moradas, se siente bastante humedad y el olor a tierra es permanente, nada desagradable, al menos para mí. Tal vez si el techo no hubiese sido metálico, la temperatura sería incluso más baja que estando a la sombra de un tejado de arcilla o de hojas secas de cocoteros. Dentro del negocio, sentí entre 5 y 8 grados Celsius menos, que cuando estuve en el sol, un descenso considerable que demuestra que los aparatos de aire acondicionado se pueden descartar. El frescor representaba una gran ventaja para la conservación de las artesanías, en especial de las hechas de madera y de semillas, que mantenían vivo su color, con un barnizado reluciente y una superficie lisa y reflejante. Trabajos que los lamistos han sabido moldear a la perfección, algunos con más práctica o experiencia que otros.
De los muchos talentos que tienen los indígenas de Lamas, la elaboración de máscaras es uno de los mejores en que se desenvuelven y saben variar o improvisar. Las máscaras que ven en las tres primeras fotos se confeccionaron en caparazones de tortuga, reptil terrestre más conocido con el nombre de “motelo” en la Selva del Perú y científicamente llamado Geochelone carbonaria. Por desgracia esta especie se encuentra en peligro de extinción, y no es tanto por la caza que le dan los nativos, sino por la extracción de su hábitat natural hacia criaderos, zoológicos o a las mismas ciudades, ya sea para comerlos o tenerlos de mascotas. A pesar de las prohibiciones de transporte y comercialización, su salida fuera del país se da muy a menudo y cada vez más furtivamente. Esto viene a ser una de las desventajas que acarrea el turismo en pueblos antes desconocidos por el mundo. Los recursos de la naturaleza se irán agotando más, mientras más habitantes o visitas de foráneos se tengan al lugar o zona determinada. Los lamistos, durante los últimos años, tuvieron regulares bajas en su flora y fauna. La población de motelos quizás no estaría tan diezmada. Y ya sé que muchos con buen diente prefieren tener a esta tortuga en el plato, que andando en la huerta o en el bosque; pero, reflexionemos un poco y pensemos que dentro de un tiempo estos animales podrían desaparecer. Y, después de dicho esto, no negaré que a veces almuerzo patitas de motelo aderezadas, pero sólo una vez a las quinientas. Lo bueno que los indios de Lamas le brindan dos usos a la cotizada tortuga: en la cocina y en su conjunto de artesanías.
El cabello de las máscaras (con rostros de autóctonos) que muestro en este post es real, cortado de las propias oriundas. Llevan en el cuello collares hechos de semillas, y, en la frente plumas pintadas de aves y la cabeza disecada de un mono tití o Pichico (Saguinus fuscicollis). ¡Así es! La cabeza de un simio. Y uno de los más pequeños. Especie en vías de extinguirse, también más por la caza de los furtivos que de los nativos. La tercera máscara, además, tiene un huesillo curvo atravesado por medio de la nariz, una costumbre primitiva que aún se aferran algunos lamistos… Los artesanos también confeccionan máscaras con materiales menos pesados, tales como la topa o madera de balsa (Ochroma). Sobre éstas aplican su habilidad en la pintura y los diseños simétricos, utilizando tintes que ellos preparan valiéndose del jugo de ciertas plantas. Es más común ver a los indios con las máscaras aquí mostradas en las ceremonias rituales celebradas en las profundidades de la selva de la provincia de Lamas. Los pobladores del barrio Huayco se limitan a vestirse con sus trajes típicos y sus sombreros de plumas, varios de ellos descalzos con una herramienta de caza o un instrumento musical.
Los cocos y caracoles, además de saciar la sed y el hambre de los indígenas, sirven para tallar curiosos adornos en forma de monitos. No estaría mal colocarlos sobre el escritorio o mesa de trabajo para usarlos de portaplumas o pisapapeles. Sólo es una idea… Otra simpática labor de estos artesanos son los populares recuerdos. Principalmente se componen de la miniatura de algo representativo del pueblo, con su nombre escrito. Lo que como éstos es seguro encontrar en una tienda de artesanías, son las tinajas de barro de todos los tamaños y diseños. Y los huingos decorativos, con imágenes de animales, son otra de las especialidades de los lamistos. Los puedes colgar en la pared de casa.

Continuará...

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