Por ahora, evitaré excusas sobre mi retraso... El interior de la tienda de artesanías “El Pukunero” estaba casi lleno de gente. Jóvenes universitarios, con edades que bordeaban entre los 17 y 27 años, yacían sentados en bancos, a la escucha (algunos más que otros) de las pausadas explicaciones de un señor indígena, el cual a su vez traducía las frases de una anciana tejedora, nada menos que una de las lamistas más conocidas del barrio Huayco. Mi prima Ana Luisa también atendía a aquel hombre. En tanto yo, tras haber efectuado sendos gestos de saludo al intérprete, a la tejedora y a otra viejita igual de vestida que la primera (con el típico traje mostrado en la Parte I de esta serie de posts), no paraba de fotografiar las labores artesanales de la cultura de ese fabuloso pueblo amazónico muy cercano a mi tierra natal, que estoy seguro —repito— que a muchos turistas les encantaría visitar, en especial a los interesados por lo étnico, tradicional, raro, e inclusive, extravagante. Un claro ejemplo pueden verlo en la imagen que encabeza esta entrada: la foto de una máscara con una cara de lo más anormal, y que quizás a varios les recuerde al personaje “Sloth” de la película “Los Goonies”.
Volviendo con la labor de la tejedora, ésta, primeramente, se apresuró en desenredar una mata de hilo para enrollarlo en una varilla de fierro, el necesario para enseñar a los jóvenes cómo tejen las artesanas lamistas. A ella, en particular, la llaman “Mamacha”, y como dicen en la selva peruana “es más conocida que la ruda”, o sea que, como mencioné en el anterior párrafo, es muy popular.
A un principio no me había percatado que alguien más, recientemente conocida por el quien escribe, estaba en el interior del recinto. Se trataba de la señorita que me presentó Ana en la Plaza de Armas. Ella era egresada de la carrera de Turismo y Hotelería, y por lo que supe, su especialidad era la cultura de Lamas. Hasta que la escuché hablar, no me había fijado mucho que la joven se hallaba fuera del grupo de universitarios, pero eso no significaba que era ajena al mismo, más bien, tal y como acoté al inicio de esta narración, hacía las veces de guía de turismo. Así que estos estudiantes si se quejaban ante sus padres por tener una educación de este tipo, mejor sería que los mandaran a buscar empleo por malagradecidos. Pero lo más desvergonzado que aprecié en ciertos jóvenes fue su falta de interés durante la clase al aire libre. Incluso vi a parejitas besándose de rato en rato. Mi prima pronto les llamaría la atención.
Hay algo que quiero dejar en claro antes de proseguir con mi relato para que luego no se me vaya a malinterpretar. Para aquellos que han ido leyendo las anteriores partes de Artesanías en Lamas, quizá les suene muy redundante tratar el tema de a continuación, pero por razones de un comentario que recibí unos días atrás, y al cual lo rechacé por contener términos soeces, he visto obligado pronunciarme al respecto: Los indios lamistos son cazadores por necesidad y no por placer o deporte, eso ténganlo bien grabado, estimados lectores y visitantes de este blog. No se confundan al mirar las pieles de animales muertos en fotografías de posts pasados. Les puedo asegurar que la brutalidad contra la fauna amazónica es totalmente impropia a la concepción de estos indígenas. Si alguna vez llegan a ver a un mamífero o un ave disecada en el pueblo de Lamas, sepan ya de anticipado que los dueños de las mismas no han sido cazados con el único fin de ser expuestos o vendidos como artesanías. Por ejemplo, un sajino es atrapado con el principal propósito de alimentarse de su carne, o de saciar el apetito de muchas familias lamistas; posteriormente, recién, se usa el pelaje para tenerlo o venderlo como adorno o decorativo. Las aves, así como al loro disecado que ven en la Parte IV, son también cazadas para comérselas; después, está al gusto o destreza de los indios pasar a la taxidermia. Calificar de malsanas tales acciones no sería justo para los habitantes de la Vieja Lamas. A los que sí debemos repudiar son a los magnates que van de safari a la sabana africana a disparar a cuanto animal se les plazca, sólo por nombrar uno de los caminos hacia la barbarie.
Luego de expresarme en el anterior párrafo, vuelvo con el relato de mi visita al barrio Huayco de Lamas: Aquel domingo de Diciembre fue la primera vez que recorría con una cámara digital el pueblo nativo, pues siempre lo había hecho con una mecánica, las antiguas que funcionaban con rollos de película, o, en ocasiones, lo hacía sin ningún trasto “captador de recuerdos”. Ahora podía fotografiar todo lo que se me antojara, y darme un tiempo de publicar dicho trabajo en Internet, el mismo que están viendo a medida que leen estas entradas. Los indios son capaces de tallar cualquier forma de animal amazónico sobre la madera. Los tres arácnidos que observan en la quinta foto demuestran lo hábiles que son con el cincel; y si pueden distinguir, en la pintura son a la par de talentosos. Y no se olviden que en la confección de sus propias prendas de vestir son tan buenos que las acaban en pocos días, obviamente sin el uso de artefactos electrónicos. Las correas de tela, llamadas pretinas de forma popular, tienen diseños geométricos que tranquilamente un turista de lejos llegaría a equivocarse, pensando que son concebidas con una máquina de coser. Todo tejido es elaborado por las propias manos de las indígenas lamistas, utilizando ciertas herramientas, muy simples éstas, como ayuda… Aprovechen la Semana Santa para visitar el pueblo, les aseguro que se distraerán más de lo que creen.
Los artistas talladores, aparte de esculpir formas de animales sudamericanos, las hacen también de africanos, como la del león recostado de la última imagen. Y muy a un lado de moldear animales en madera, algunos nativos son diestros creando figuras de criaturas mitológicas o de las que se hablan en los mitos y leyendas. Uno de ellos es el Shapshico, labor artesanal que aprecian al pie de estas líneas. Existe una diversidad de seres espirituales en la selva del Perú, dóciles y siniestros, y el Shapshico resulta ser la especie que representa a los diablillos silvestres, es de estatura baja, cuerpo atlético, de tonalidad arcillosa o rojiza, con un par de cuernos pequeños y una cola caprina, características afines a las del fauno. Se dice que el Shapshico es un ser que vive en la impenetrable jungla amazónica, oculto con la fauna; se revela en el plano físico para cometer sus maldades, sin diferenciar a sus víctimas, produciendo convulsiones, náuseas y desplomes, sólo con aparecer, con el propósito de poder despojar, ultrajar y hasta asesinar a animales o seres humanos, que moran en alejados poblados o villas en lo profundo de la selva. Se cuenta que durante la conquista española constituyó un fatal peligro para los primeros colonos, no obstante, este demonio es vulnerable en el plano físico, por lo que ha sido el blanco de infernales cacerías, y en la actualidad casi ya se extinguió.

Continuará...

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