A mí siempre me ha gustado y jamás me dejará de gustar la acción, encontrarme en los grados ascendentes de adrenalina que llegan a topar el límite del termómetro de la febril aventura. Captar la realidad con la que se desenvuelve un inesperado y desagradable suceso, aceptar esa realidad y tomarla no como una desgracia sino como una prueba, es parte de mi condición y deber de ser humano que desea alcanzar a vencer a los obstáculos que nos expide la vida.
Pero esa forma de asimilar la realidad cuando era un chiquillo, era muy diferente, pues en ese tiempo me gustaban los juegos peligrosos que conllevaban al riesgo, y cuanto más mejor. Aquí en esta historia narro los acontecimientos en donde se ubican el despertar de nuevas sensaciones que dentro de mi campo psicológico de joven adolescente iban aflorando nuevos impulsos, propios de ésta edad.
Por esas épocas no me bastaba alzar imaginariamente un fortín de guerra, o alucinar balas reales disparadas de una pistola compuesta por un cañón de dedo índice y un gatillo de dedo anular, sin embargo, en esos momentos me conformaba con transformarme en un arquitecto o tomar cualquier cosa ligera que sirviera para arrojarnos unos a otros (entre mis compañeros de infancia). La madera, costales —llenos o vacíos— y metales pocos pesados eran una de las cosas más importantes usadas para edificar nuestras moradas infantiles. Una huerta o jardín eran los lugares predilectos para que mis primos, amigos y yo, nos divirtiéramos a nuestra manera.
Transcurría mi vida a finales de mi infancia, quizá tenía máximo trece años cuando me encontraba entre la huerta de mi primo Manolo y la mía, buscando tablas escondidas debajo de la hojarasca a la sombra de un mango de treinta metros de altura.
—Veremos si en esta ocasión nos sale algo bueno —me lo recordaba mi primo—, y así pasar el tiempo sin que nadie nos friegue. ¿Por qué siempre algo se nos interpone?
—No siempre camarada, mas bien la palabra sería a veces —le contesté.
—Tienes razón —prosiguió Manolo—. Ojalá hoy nos divirtiéramos de lo mejor… ¡estoy ansioso!
—Todo saldrá tal y como iremos planeando. Confía que la diversión será nuestra más leal compañera, Manolete —le dije en tono fresco.
La tarde se disponía para los sucesos venideros a las siguientes horas y los pocos rayos de sol capaces de lograr penetrar por las tupidas hojas del árbol tropical, hacían brillar un débil resplandor en los clavos encajados en las tablas esparcidas. El clima bordeaba entre los 31 y 33 grados centígrados, con un cielo en general despejado, de un tinte celeste oscuro y en el que una y otra nube desfilaba con elegancia de rato en rato debajo del astro rey.
La huerta de Manolo que más viene a pertenecer a su madre, y la de mí más a mis padres, no estaban separadas una a otra por algún cerco o perímetro que distinguiera sus límites, pero sí en los demás alrededores. Y tanto las dos yacían tres metros abajo del resquicio inferior de las puertas traseras de ambas casas. La de mi primo ganaba en amplitud, ya que se extendía por poco a nueve yardas más de largo que la mía, se podría decir que la doblaba en superficie. Ninguno de nosotros poseía un animal (gallina, pavo, cuy, u otro) encorralado o que anduviera por los terrenos. Las huertas simplemente tenían la compañía de un frondoso mango y miles de hojas secas apiladas en sus lechos.
Después de un tercio de hora, tablas de diversos tamaños se apoyaban en el hosco tronco del mango. Fueron acumuladas por Manolo y yo, y ahora enfocaríamos nuestro talento para construir una pequeña casa
—¡Dejemos de perder el tiempo y pongámonos manos a la obra, Manolete! —me emocioné en hablarle.
En esos tiempos me era poco idóneo no más jugar a la casita. Ese tipo de juegos correspondían a niños menores que yo. El punto es que ya guardaba planeado un juego más excitante, al cual constaría primero erigir una modesta cabaña. A la modesta cabaña lo simplificábamos nombrándola sencillamente «casita», como la mayoría de las veces en anteriores juegos.
Ya comenzábamos con asentar las bases, y Marvin, el hermano de Manolo, apodado «Búho», y mi hermano Juan, llamado de cariño por la familia y amistades «Juanito», hacían su arribo fortuito en la huerta bajo la maraña de hojas del mango.  
—Juaneco, pareces un perro sabueso. Me olfateaste y viniste a ver si tu amo te necesitaba. ¡Gracias, y prepárate a aportar en algo! —de esta manera le di la bienvenida a mi hermano con acento socarrón.
—¡Búhito!, ¡tus ojazos alcanzaron verme a leguas…! —saludaba Manolo a su pequeño hermano usando el mismo estilo que yo.
Los nuevos acompañantes dieron rienda suelta a su creatividad aplicando sus dotes de novicios constructores, aunque precoces con una noción básica de lo que es arquitectura se sirvieron de otros materiales acoplables al diseño. Dos medianos bidones eran puestos como columnas y varios sacos de arroz con las puntadas flojas y medio descosturadas, estaban extendidos y clavados en las tablas que circulaban la reducida vivienda.
A la hora de haber terminado de construir otra casita, casi del tamaño de la inaugural, mi otro primo, Toño, el mismo que se golpeó en la frente, se había unido al grupo como fiel acompañante. —Toñín, sin nosotros acabaría tu vida porque te morirías de aburrimiento —me adelanté a decirle.
Todo empezaba a ponerse bueno porque entre el límite de dos huertas, bajo un copado follaje, de espaldas a un linde recto de palmeras exóticas, y ventilados por una estival brisa, la compañía aumentaba sin previo aviso. Dos amigos vecinos, los últimos en llegar al grupo, no perdieron el tiempo de dar el toque final a nuestra obra. Las manecillas del reloj marcaban pocos minutos más de las cuatro de la tarde y la presencia de individuos mayores de edad no rondaba cerca. Nuestra oportunidad llegó en un abrir y cerrar de ojos y no debíamos desperdiciarla.
—Oigan. Algo me huele mal aparte de sus sobacos muchachos —declaró Manolo.
—¡Si!, ¿qué sucede, Manolete? ¿Algún problema? —pregunté.
—Creo que nuestra oportunidad es demasiada buena para ser cierta. Sino fuera por el dolor del pellizco que me di en el brazo, estaría seguro de que estoy soñando —me respondió medio turbado.
—Claro que no estas soñando, Manolete —le dije, dirigiéndome a los púberes—, lo que ves es cien por ciento real y más todavía la oportunidad.
Como a un comienzo señalé que a mí para nada me gustan las cosas de «mentirita», sino lo real, lo que se puede ver y tocar, oler y sentir. Así es que se me ocurrió un juego que quizás ningún niño en su vida lo imaginó, algo que va de la mano con la filmación de una película de Hollywood. Lo único que se necesitaba era un encendedor bien cargado, medio litro de kerosene y mucho valor para afrontar el riesgo a ser chamuscado. A este juego no tuve otro nombre que ponerle «Simulacro de Incendio». Pues para eso debía de existir los bomberos, la Defensa Civil, los mirones y las víctimas. Nada de ésta excéntrica idea me apareció de una serie o película de acción, al contrario de lo que engloba la ciencia ficción del cine, los simulacros ejecutados en mi escuela por causa de los constantes sismos de baja escala en mi ciudad, fueron los estimulantes de mi adicta obsesión por el peligro.
Es evidente que una persona común es incapaz de sacudir la tierra usando su propia mente, salvo con el estremecer de una máquina pesada, el estallar de una bomba o tener el don telequinético que ninguno de nosotros poseía. El sismo no podía ser el desastre natural involucrado en el juego y, sin embargo, un incendio sí; un desastre o accidente por negligencia era justo el indicado para crearlo con facilidad en un ambiente común y corriente.
—¡Tranquilos, muchachos! ¡Es un juego! ¡Y habrá poco fuego!, hum… como una fogata de campamento —traté de amainar la tensión luego de haberlos contándoles mi impremeditada idea.
—Riesgoso, pero ¡SOBEEERBIO! —se excitó Manolo.
Mientras tanto, por lo que me pude dar cuenta mis dos vecinos se mordían los labios de nervios, hasta llegué creer que uno de ellos se puso a tiritar al oír la palabra incendio. —¡Hey!, ¿estás seguro de lo que quieres hacer compañero? —balbuceó uno de los dos, confirmando su tensión.
—No lo dudes, ¿qué te pasa?, ¿por qué estas nervioso?, ¡tranquilízate ya hombre! —le dije.
Yo tuve que decidir quién sería quién, o sea el rol de cada uno en el juego. Marvin y Toño fueron asignados como víctimas, casi afín a la anterior historia, pero que ahora no sólo corrían el riesgo de lastimarse la frente, sino de carbonizarse cada centímetro de la piel. Mi espíritu de héroe concibió asignarme yo mismo de voluntario anaranjado «Defensa Civil» y rojo «Cuerpo de Bomberos». Juanito y Manolo eran mis compañeros, juntos teníamos dos oficios en uno. Y, aunque aún no había hecho fricción en la cajita de fósforos con un palillo, ya que no encontramos un encendedor, mis dos amigos del vecindario se esfumaron de un soplo, mintiendo que tenían obligaciones en sus casas. La mentira clásica de un niño o joven para escapar de situaciones incómodas. Se me antojó que les hubieran aplicado electroshock por las espaldas.
Como la edad de Toño y Marvin rodaba entre los siete años, ambos ignoraban la peligrosidad de las llamas de fuego. En cambio, yo en vez de ignorarla disfrutaba con excitación los momentos previos de iniciar el juego, jamás importándome mi futura integridad física. Así de estoico era. No me importaba a mí mismo ni los demás, porque pensaba que ellos también disfrutaban del pasatiempo. Hoy en día en cambio me preocupo por el resto de personas a las que están apunto de sufrir cualquier tipo de accidente, pues de niño era como un ciego incapaz de ver los sentimientos del prójimo que trataba de guiarme por el camino hacia sus pensamientos. Pero qué lastima no haber tenido desde antes esa capacidad.
Manolo pensó que al echar solamente kerosene en el lecho de la huerta ayudaría poco para la propagación del fuego. —Primo, ¿y al kerosene donde se te ocurre que lo vamos a derramar aparte de la hojarasca? —me lo hizo notar.
Al oír decirlo esto no tardé en subir la escalera de madera que conectaba su casa con la huerta, y regresar de inmediato con un montón de papeles garabateados en ambas caras y cartulinas de documentos antiguos. Mi primo centralizó su atisbo en lo yo que cogía durante dos o tres segundos, y con un asentimiento hacia mí me dio a entender que los manuscritos estaban inservibles y listos para ser quemados. Cada uno del grupo colaboró con dispersar el papel y las cartulinas en torno de nuestras (efímeras) construcciones, y quedaron inmóviles ayudado por el peso de unas cuantas piedras para imposibilitar que el viento los regase por la huerta. Enseguida bañamos el lugar con el mencionado combustible hasta derramar la última gota.
Mandé sin perder el tiempo a Marvin y Toño ubicarse dentro del mentalmente designado por mí: «horno de madera». Los dos no causaron problemas y se encaminaron como ovejas al matadero. Nadie, excepto los cuatro nombrados y yo, estábamos pisando la hojarasca de la huerta de Manolo. Esperaban que encendiera el fuego y sea el responsable de iniciar el calor infernal.
Al darme cuenta de sus miradas furtivas saqué una cajita de fósforos de mi bolsillo para encender la cabeza rojiza de un palito inflamable. Hice la fricción, y una pequeña flama se tambaleaba en la punta provocada por un viento incapaz de apagarla, ya que impedía su fuerza cubriéndola con una mano. Luego la acerqué lentamente hacia la hoja de papel más cercano, y ¡zaz…! una recta y delgada llama de quince centímetros creció encima del papel mojado por el combustible, invitándome a retirar con rapidez mi mano derecha de la calentura.
En las pupilas de nuestros bien abiertos ojos había un reflejo del resplandor del fuego que comenzaba a crecer de forma fulminante, tan fulminante que no pronosticamos su velocidad. A escasos tres metros de distancia de donde se ubicaban Marvin y Toño, las hojas secas hacían su trabajo de propalar el calor. “¡Pero qué barbaridad acaba de ocurrirme!”, pensé. Me di cuenta de haberme olvidado de una cosa muy importante y, en consecuencia, el resto también: el agua.
—¡Lo más importante y no lo premedité! —pensé en voz alta.
—Si es el arma principal de un bombero, cómo es posible que yo también lo olvidé —confesó Juanito.
 —Y yo, ¡que estúpido! —declaró Manolo.
Desviando mi vista del fuego, me apresuré en ir corriendo a llenar unos baldes en la casa de Manolo. Al estar acabando de subir las escaleras de madera, volteé hacia atrás y de igual forma lo efectuaban Manolo y Juanito. Una vez en el cuarto de baño aglomeramos los recipientes en el lavamanos, giramos la llave hasta el límite y enseguida un chorrazo de agua a presión salió de la boca del caño. No sé porque Marvin y Toño no me siguieron ya que aún las llamas nada les impedían el paso; fue tal vez porque se lo tomaron muy en serio en actuar de «víctimas». “¡Esto es el colmo! Acaso esperaban que el fuego sería de «mentirita» y al ver que es real los cogió por sorpresa, par de ingenuos”, pensé. Seis baldes llenos en total transportamos a la huerta en un único viaje, dos cada individuo, uno en ambas manos. El fuego se puso compasivo por un momento, pero no demoró en enfurecerse por el golpe de una fuerte corriente de ventisca que procedía del este y lo azotó adredemente con dirección a las dos «víctimas». En lo que tardamos en juntar otra vez agua, el fuego ya lamía pausadamente el armazón de la casita.
—¡Queeé…! ¡siguen ahí! —vocalicé sin demora. Por poco me enojo con Toño y Marvin porque aún seguían intactos en sus posiciones, de modo que mi voz había influenciado en su mente hasta sonarles igual a un general déspota que manda con crueldad a sus soldados, e incluso éstos obedecen sufrir oscuras torturas por complacer a su jefe y morir a manera de verdaderos subalternos suicidas.
—¡Retírense de ahí de inmediato! —vociferé. Pero el dúo se pegó de espaldas al moreno tronco del mango donde las llamas todavía se bamboleaban a metro y medio. Manolo y Juanito fruncían la frente de disgusto por la actitud de ambos.
—Ya se darán cuenta del peligro que corren y se quitarán como huambras* aterradas cuando se chamusquen la cara —masculló entre dientes Manolo.
Levanté un balde del suelo y arrojé con ímpetu el agua a la llama más alta que tostaba a un quebradizo listón de la casita, asimismo mi hermano y primo lo hicieron por diferentes partes donde el fuego era más avanzado. Mientras tanto, mis dos párvulos primos persistían en sus lugares, inclusive, después de diez minutos de iniciado el incendio. Los costales de las casitas chispeaban cada vez con mayor insistencia, los papeles quemados volaban sin rumbo de un lado a otro…. el humo se expandía por la reducida atmósfera, el mango de al lado esperaba ser el siguiente a quién alcance las impredecibles flamas. Era lo que más se temía, si el fuego no era controlado ya provocaríamos un incendio de grandes magnitudes. 
De mala suerte desaguábamos los baldes más rápido que Dios por medio de Moisés en su huida de Egipto por el mar Rojo. Estos tenían poca capacidad para almacenar agua y acabar con el terco fuego, porque el viento era incesante y el combustible se inflamaba como la gasolina. Volvimos a traer agua repetidas veces, pero ahora apoyados de la colaboración de Toño y Marvin.
—Si frente a frente no les intimidó el fuego, serán tenaces al combatirlo. Ambos chibolos tienen los nervios de acero, algo que ni en un millón de años lo hubiese creído hasta haberlos visto como ahora —les conté a Manolo y Juanito, sin saber que las apariencias pueden muchas veces ser traicioneras.
Al cuarto de hora la huerta era muy diferente, las llamas duplicaron su tamaño y las ramas más bajas del mango tambaleaban frenéticas, permitiendo que el fuego se acercara amenazadoramente a las hojas. Las llamas eran tan altas en medio que lograban una alzada de tres metros, esto era posible porque en esa zona había montículos abultados de hojas secas y papeles humedecidos por combustible. Yo y otros dos nos ocupamos de este fuego, entretanto los demás aventaban agua en llamaradas pequeñas; poco a poco, pero muy despacio las agobiadas llamas iban bajando de estatura. “¡Esto es de película!”, me repetía mentalmente, y por lo que pude notar todos concordaban conmigo.
El infernal calor estaba rostizando nuestra carne, sudando como si después de correr veinte kilómetros. El sudor salado emanaba de mis poros sin parar, mi polo se empapaba y se pegaba más a mi pecho y espalda; de mi frente salían gotas enormes empañando mi visión cuando corrían por la luna de mis lentes de medida. Con solo mirar directo a Manolo, su cara de preocupación delataba menor miedo al fuego que al ulterior escarmiento de su madre, y al alboroto de un vecindario causado por un incendio en las huertas adyacentes. Mientras tanto, yo trataba de seguir conservando la calma y poseer la fe necesaria para contrarrestar mi propia desesperación.
Recuerdo los semblantes lívidos de Juanito, Marvin y Toño, casi ya no se movían porque el temor penetró con una buena dosis por sus venas, eso prorrogaba mucho las labores. Esa aparente serenidad de Marvin y Toño era una somera máscara que cubría sus verdaderas sensaciones: las de puro terror. “Pobres, ahora sé lo que en realidad sienten estos niños”, pensé conmovidamente. Necesitábamos más agua y no bastaban cinco muchachos para derrotar a las formidables llamas.
—¡Uff!, ojalá lloviera a chorros —gimoteó Marvin con levedad, escurriéndose el sudor de la frente.
—Dibujemos un sol en la tierra —habló Toño con labios temblorosos, y todavía con sus fantasías pueriles.
La casita de madera ahora servía para usarla como leña, además apenas brotada humo de las tablas en exceso húmedas; esto era lo único bueno que hacíamos hasta el momento. El cerco al final de la huerta conformado por una hilera de palmeras exóticas, muy tupidas entre sí, faltaba poco para arder en llamas con la misma rapidez cuando se encienden cuarenta palillos de fósforo de un porrazo. Aquellas palmeras tenían un tronco recto y rapado en torno de un metro y veinte centímetros de altura. Una flama vertical oscilaba a unos milímetros muy cerca de una hoja inclinada por su peso. Lamentablemente yo nunca me percaté a tiempo. Mi atención y objetivo en ese lapso era aventar con brío, más y más agua al fuego que se aproximaba a las ramas del mango, y que ahora ya no era de inminente peligro. Era demasiado tarde cuando quería exterminar con un baldazo las llamas del cerco, porque en escasos segundos la mitad de uno de estos arbustos ardía incandescente y a cierta vista inextinguible.
—Si esto es lo peor que nos va a ocurrir, ni me imagino más allá de lo peor —dije con la cabeza gacha. Creí que era el fin de nuestro afán de bomberos. Sino logramos derrotar un fuego de bajas proporciones, menos a un «incendio forestal». En cambio nos era prohibido abandonar nuestra agotadora tarea, siendo yo mismo el iniciador del incendio me empezaba a sentir muy culpable y desdichado; era uno de eso pasajes de mi vida cuando me daba cuenta otra vez de mi inmadurez. Puede uno darse cuenta al escuchar la frase célebre del famoso físico alemán, Albert Einstein: “Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación por los demás es mayor que por nosotros mismos”. Y para que mi conciencia cesara de acosarme con pensamientos patéticos, alcé la voz y exclamé con ímpetu:
—¡Traigan más agua!… ¡no se rindan!, ¡podemos hacerlo!… ¡vamos, adelante!... ¡con la frente en alto!, ¡podemos hacerlo!... ¡antes de que la situación empeore, hagámoslo!

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