El fuego no esperaría. No debía permanecer de pie, observando como una bocanada de calor devora con voracidad las hojas de unas palmeras. Corrimos juntos por enésima vez a recoger agua, pero ahora lo hicimos con más ahínco e innovados por un espíritu que tal vez yo creé en el ambiente y liberándolos de esa prisión de temores.

A medida que la tarde seguía su rumbo, no nos molestamos con descender cada peldaño de la escalera, sino simplemente saltábamos dos metros hasta aterrizar bien parados en unos costales de arena ubicados en el suelo de la huerta. Lo hacíamos del modo más delicado posible y así impedir que el agua se derramase. Un hule o un trozo de tela servían como herramientas para frenar el salpicar de las gotas. 
—Desearía tener superpoderes como los personajes heroicos de los comics y saltar más lejos —dije falto de respiración luego de brincar un buen trecho.
—Hey, sé racional, una inmensa manguera de bomberos que expulse agua a presión —declaraba Manolo— es más útil ahora, prefiero tener eso que una copiosa lluvia. Con este cielo está raro que llueva.
—Por supuesto Manolo, hablaba por hablar, ¡no seas tonto! —me apresuré en decirle.
—De todas formas prefiero poseer lo mismo que tú deseas, hermano —decía Juanito—. Estos costales están apiachándose y la arena se verá obligada a desparramarse.
La palmera del cerco parodiaba a una enorme antorcha olímpica, a la cual le salían hojas quemadas volando sin rumbo alguno. La huerta adoptaba un paisaje terrorífico dando la impresión de un otoño con el desprendimiento de hojas negras, humo en vez de neblina y el calor infernal reemplazando a una frescura matinal. A la pira del montículo de hojas secas, la que insistía con quemar las ramas del mango, las apagamos en su totalidad quedando un camastro amulatado formado por cenizas.
La otra huerta a espaldas del cerco estaba desierta y sólo existía un copioso árbol de pomarrosa a cuatro metros de la palmera en llamas. Era casi seguro que, en ese período de la tarde, no se encontraba nadie al otro lado. Juraría que la señora residente de esa casa era medio loca porque no conversaba con nadie del barrio, y si estaba allí se encerraba en su cuarto. Lo último me lo confirmó un vecino. La misteriosa mujer era dueña de una cabra bulliciosa y alborotadora, de la cual permanentemente oía su balido estruendoso que resonaba por el vecindario entero. Lo peor que nos pudiera pasar y complicar la situación hasta el límite, sería que el fuego llegase a prender las hojas del árbol de la vecina. Mientras en ambos lados de la huerta, en donde estábamos, habían otras dos: la del Sr. Juan al costado izquierdo y la de mi tía «Shemica» a la derecha; ninguna de las cuales daba señales de personas a las que el incendio pudo atraer su atención.
—¡Que extraño, esto sí que es extraño de veras!, ¿acaso el humo es inodoro a las narices de los vecinos? —decía absorto.
—¡Extraño! —dijo Juanito con el mismo desconcierto que yo—. Hace rato que yo también me pregunto lo mismo
Es fantástico y a la vez brutal que uno solo o un determinado grupo de seres humanos, vive su propia realidad sin ojos ajenos que avisten su campo activo. No importa si la realidad resulte agradable o lastimera, ya que siempre, de algún modo, representarás tu parte protagónica, franqueé la verdad de la situación en mi mente, quizá iba naciendo un filósofo dentro de mí, pues la totalidad de la raza humana comparte los dones del análisis y la reflexión, además de otros varios de miles. 
De nada nos servía el agua, el fuego era muy poderoso para ser vencido por insuficientes cubetazos de la misma, era como rociar menudas gotitas con el envase de un aerosol a una fogata de tamaño normal. Las ardientes brasas no pensaban en apaciguarse de ningún modo hasta haber tostado y calcinado todas las hojas y ramas posibles del cerco, y luego de los demás árboles.
Proseguimos en nuestra tarea asiduamente juntando agua del caño y pretendiendo apagar las llamas, en especial a las del centro, las cuales se hallaban más afectadas. A veces en las subidas por la escalera era inevitable que uno del grupo se diera un brusco tropezón y se lastimara la pierna raspándose en un clavo con la punta de metal salida. Quejarse de una herida lo dejábamos para después, nuestra desesperación y temor a que el fuego destruyese el terreno completo eran los analgésicos eficaces contra el dolor y padecimiento. Incluso la fogosa calentura de nuestros cuerpos obstruían las dolencias que pujaban por salir a flote. Flaquear y no lograr el cometido sería un acto mediocre.
—El dolor no existe —me daba ánimos yo mismo—, es creación de la mente, sí, eso es lo que es señor, ¡el dolor no existe!
—¡Condenado fuego, no podrás con nosotros! !Porquería infernal, púdrete! —gritó Marvin cogiéndonos por sorpresa, ya que la luz de su espíritu optimista se iba prendiendo más que el propio fuego.
—Ese loco acaba de perder el juicio, si prosigue así terminará infectándome con lo que sea que tenga —profirió Toño.      
Ahora ya nada nos detendría, éramos como robots los cuales desconocían la palabra cansancio. Nos movíamos con la misma rapidez de un atleta en su mejor competencia y actuábamos con el talento efectivo de verdaderos bomberos.
El panorama se dibujaba bastante extraño, pero lo más extraño hasta el momento era que nadie, ningún adulto u otro niño, nos observaba de cualquier inmediación. Nadie se fijaba en el tiempo, y hasta me sucedía en ratos no estar al corriente si es de tarde o de mañana. Ignoraba el avanzar de las horas. Sentí de un momento a otro como si una mano invisible me jalara por la parte de atrás de mi cabellera y me forzara a subir la mirada hacia el cielo. Vaya lo estupefacto que resulté después. Muy cerca en los cerros del sudoeste, el sol buscaba su escondite por detrás para dar fin a su alumbramiento diario. El firmamento que en media tarde era de un color añil claro, ahora se apreciaba bañado de machas ámbares como hechas por acuarelas mezclado con la teñidura de rojos fosforescentes.
—¡Oigan!, ¡¿ven lo qué yo veo?! —dije dirigiéndome de golpe.
—¿Qué cosa? —preguntó uno del grupo.
—¡El cielo!... ¡está oscureciendo! —contesté.
—Está a la vista —dijo Juanito—, no te preocupes, no eres el único que se acaba de dar cuenta. Yo estuve tan extasiado como tú.
—Debemos apresurarnos, muchachos, hay chamba* que hacer —continué calmándome un poco—. ¡Póngase las pilas! El tiempo jamás espera y bastantes veces no es de fiarse de él cuando la prisa y la concentración nos atarean más de la cuenta.  
Al poco rato de alentar a los demás, el viento del este contrajo la potencia de su soplido hasta evaporarse de golpe por la atmósfera, dotado de la misma rapidez que cuando uno presiona el interruptor de luz y los circuitos de corriente llegan a apagar el foco del techo de inmediato. De ningún punto cardinal procedía ni la minúscula brisa, en cambio si de una parte que era ilógico creer, y entonces lo imposible se volvió posible, lo descabellado se tornó permisible. La mente intoleraba un fenómeno de ese tipo. Inverosímilmente se notaba que el viento corría de forma vertical (del suelo hacia arriba), aunque nos limitábamos a sentir alguna pizca de aire que lamiera nuestra piel. El notar de este fenómeno no hacía que en verdad se estuviera dando, sino que simplemente nuestros ojos captaban lo descrito. Más certero sería decir que el fuego se encaramaba en línea recta hacia el cielo.
—Tal vez estas llamas tratan de mofarse de nosotros eligiendo al azar en donde inclinar su devastación, ¡maldita sea! —dije con aire de disgusto y sorpresa. Dios, por favor ayúdanos, pensé en seguida.
—¡Maldición! Tendremos que darle mayor empereza a su brío de tostar y restringirle el paso a las hojas del mango para ganar tiempo, porque sino estaremos perdidos —habló Manolo como analizando la situación mientras aventaba agua.
—¡Vamos, corramos a juntar más agua!, procuren no dar traspiés en estos momentos donde la hora es en efecto crítica —dije con la voz medio desentonada de tanto gritar y tragar humo. Los demás estaban casi o igual de roncos que yo, y el humo que entraba a raudales por nuestras fosas nasales nos hacía toser seguidamente. En cierto momento Marvin estuvo apunto de vomitar, motivándolo a alejarse del calor.
Las lenguas de fuego del cerco siguieron estirándose en lo alto, continuaban en su insistente afán de prender a las ramas del mango. Como no pudieron por el montículo de hojas secas, averiguaron un medio más factible y vertiginoso, además contaban con la ayuda de la absurda dirección del viento.     
—Calculo que nuestras posibilidades de procurar que el fuego deje de cumplir su tarea en el mango, es de una en un millón, ¡demonios! —advirtió Juanito al regresar juntos a la huerta con los baldes otra vez llenos.
—¡Ay!, las cosas se están poniendo negras, creo que ya no tenemos oportunidad, ¡miren,  falta un pelo para que se quemen las ramas del mango! —chilló Toño perdiendo la compostura y llenándose de pavor, sin embargo continuaba rociando agua como loco.
—¡Manolo, no solo falta poquito para que el mango sufra las consecuencias de nuestros actos, también nosotros nos veremos metidos en un tremendo aprieto al enterarse mamá de nuestra travesura! —exclamó Marvin con los ojos desenfocados y errando la puntería al lanzar el agua. 
—Ya lo había pensado, Búhito —dijo Manolo, y dirigiéndose a mí continuó—. ¿Qué es lo que piensas, primo?
—Muchachos —decía enfocándome en todos—, por nada pienso que son pesimistas, mas bien son realistas al deducir el desastre que está apunto de ocurrir. Así que solamente me queda decirles que luchen hasta el final sin importar lo que suceda, ocúpense de mojar todo aquello que arda. ¡Vamos, adelante, unidos porque de seguro que así lo lograremos, Dios lo quiera!
Alguna vez oí de una persona adulta una frase muy común que significa mucho para mí y apoya realizarse como un ser humano luchador: “Lo último que se pierde es la esperanza”.
Mientras tanto, las llamas seguían elevándose centímetro a centímetro, las ardientes puntas de la cima reclamaban por su ascenso, las hojas del árbol se agitaban de repente, nuestras miradas se enfocaban en esa porción de espacio donde corría en cámara lenta. Faltaban cinco centímetros para que las hojas de dicha rama se incendiaran; cuatro, y la huerta estaría cubierta por un techo de agresivas flamas; tres, se requerían diez mangueras que expulsaran agua a presión; dos, una mixtura de luminosas y pésimas ideas se extraviaban por mi mente; uno, y todo supuestamente estaría perdido!... ¡fushhh!, el infierno se trasladó a la huerta en un santiamén. En tierra y aire ardía por doquier, y el que se aproximaba excesivamente al final de la huerta no aguantaba estar al lado del sofocante calor que resoplaba el fuego. —¡Dios mío, esto es increíble! —exclamé, el corazón se me salía por la boca, no de susto, sino por las descargas de adrenalina.
Tenía manchas negras en mi rostro y brazos. No sólo mi ropa estaba empapada de sudor, sino que el olor del humo se le asentó como perfume. Este era intolerable. Mis primos y mi hermano atravesaban por el mismo estado que yo, quizá uno de ellos en peores circunstancias. Ya estábamos dispuestos para lo peor, lo cierto es que la propagación del fuego no nos sorprendió lo necesario como para caerse de espaldas o causar una conmoción entre nosotros y salir huyendo. Por el contrario, nos estimuló a culminar por fin con nuestra incapacidad de niños. Esa incapacidad que nos restringe a la osadía y jamás enseña a ser temerarios, ni la manera de cómo drenar la adrenalina por las arterias del sistema nervioso.
—¡Pónganle fuerza, muchachos! —roncó Manolo—. ¡Dale Marvin!
—¡Eso es Manolo, dales ánimo! —le decía a mi primo—. ¡Optimismo!
Saqué a flote el valor que tenía atajado en lo profundo de mí ser. Dejé de ser el niño mocoso, que permanecía siempre esperando el apoyo de las personas mayores, en la mayoría de las veces de papá o mamá. Éste era el momento indicado para afrontar mi propia responsabilidad, me exigía a encarar el gran caos de mí alrededor; ¿quién aparte de mí le correspondía esa responsabilidad? A nadie. Ni mis primos ni mi hermano encendieron ninguna cerilla a la iniciación del «juego», pero yo sin que absolutamente nadie me dijera forjé el fuego en un segundo. El adjetivo de culpable encajaba muy bien en mí como anillo al dedo.
Hay un método muy sencillo para identificar al hombre ganador del perdedor, en este caso basta solo saber dos de las tantas frases y comportamientos de ambos:
1.-Un ganador cuando comete un error, dice: “Yo me equivoqué”, mientras que el mediocre perdedor cuando lo hace, dice: “No fue  mi culpa”. 
2.-Un ganador enfrenta y supera el problema, al tiempo que un perdedor, cien por ciento opuesto, le da vueltas al problema y nunca logra pasarlo.
Yo aceptaba mi error aunque con una pizca de resentimiento y tuve que enfrentar el problema lejos de la cualidad de un joven adolescente, en todo ese embrollo tampoco me daba cuenta de la grandiosa proeza que ejecutaba. «Dándole vueltas al problema», propio del círculo vicioso del perdedor, me hallaría a millas de filtrar una veloz solución en mi motor cerebral. Quién sabe si yo en los siguientes minutos dominaría al fuego como lo hace con los ofidios un encantador de serpientes. 
“Mi objetivo es ahora uno solo, y ese es apagar a este maldito fuego aunque me cueste la vida… ¡no debo rendirme!, ¡soy un vencedor! Debo enfocarme en mi misión para cumplir mi objetivo”, pensé con determinación. Los ganadores y los perdedores son los hombres triunfadores y fracasados respectivamente, ni en lo absoluto me reseño a un jugador de fútbol que acaba de ganar por goleada un partido, o a un fanático de las apuestas que derrochó su dinero vaciando su sueldo del mes.
El triunfador es el ser exitoso en cada uno de los contextos de su vida: en lo social, familiar, cultural, laboral, político, religioso y en aspectos de otra índole. Por consiguiente, este «ser exitoso» nunca se rinde, se proyecta en llegar a sus metas para así completar un camino repleto de maleza, donde piedras traicioneras pasan desapercibidas por aquel lugar sombrío y que ojos no preparados al terreno sinuoso pueden traicionar a las piernas para tomar un rumbo equivocado. Pues «el ser exitoso» tiene sus tropezones, pero prontamente quede tendido en tierra se levanta limpiándose la ropa de las manchas que ensuciaron su honor. A veces la bruma alcanza empañar su visión, insistiéndole a partir de ese tiempo poner a prueba sus demás sentidos capaces de funcionar mejor que su misma vista. No es necesario poseer un par de ojos sanos para marchar sin perderse, recurre a tus demás sentidos, a los que creas adecuados, puesto que son más de cinco.
La habilidad para intuir las intenciones de los desconocidos se va adquiriendo de las experiencias acumuladas en la carrera de obstáculos de la vida. Literalmente una carrera de obstáculos se puede entender en la descripción anterior referida al camino repleto de maleza. La vida te da sucesivas pruebas. A algunas de ellas la gente ni se atreve a enfrentarlas, otras inspiran miedo al imaginarlas, mientras los fuertes se sienten orgullosos de pasarlas, dejando lo mejor de ellos en medio de su recorrido; más orgullosos se sentirán aún después de ganar la carrera de obstáculos.
Las metas de cada «ser exitoso» son antes forjadas en sus pensamientos como una iluminación divina que floreció por el impulso de seguir escalando hasta la cima del éxito. Muchos dicen que ésta iluminación reluce las convicciones incipientes de pura casualidad, pues desaciertan y se engañan así mismos a negarse cambiar de concepto. Desde que empezamos a tener razón de las cosas brota la necesidad de realizar objetivos. El ánimo de un niño es más firme que el de un adulto, pero con el paso de los años ese ánimo o ganas de conocer y experimentar lo desconocido se disipa como el fuego en su roce con el agua.
Me asombré de la reacción de mis primos a pesar de su corta edad, Toño y Marvin mucho menores que yo, no se evadieron plagiando la escena de los dos vecinos, mientras tanto, Juanito y Manolo tenían en común una reluciente madurez en su perfil de niños. Éramos un equipo de cinco chiquillos gallardos, en todo momento nos apoyábamos en las buenas o en las malas. Si uno era topado por la punta de una flama se le bañaba de agua la parte abrasada, o cuando se tropezaba en la aglomeración de escorias lo levantábamos de inmediato del suelo. La indiferencia no existía entre nosotros, tampoco la burla, pues a estas horas era inculto y cruel obrar de esa modalidad.
El calor de las llamas daba muestras de bajar porque mantenía su estabilidad desde que empezó a arder. Y teniéndolas a éstas como blanco, las consecutivas gotas de agua aventadas a plomo equilibraban la dispersión del incendio.
—¡Miren, lo estamos logrando! —gritaba eufórico—. ¡Aparte del agua creo que faltaba suministrar un poco más de ánimo a lo tanto que lo pusimos! 
En las entrañas de mi psiquis rotaban sobre un eje pensamientos e ideas aún vagas, sin embargo, yo estaba segurísimo que al desarrollarlas me pudieran servir para acabar de una vez con este «juego infernal». Lo único que precisaba era tiempo.
“Por favor, Dios, que se me ocurra algo”, meditaba en mi interior. “Por favor, Señor, apóyame en esta hora de crisis”
Y después de elucubrar se me ocurrió una idea genial: bañar con regular agua a las palmeras contiguas de las flameantes, y de esta forma evitar la expansión del fuego. Así lo hicimos ni bien acabé de contarles al resto. Justo en los ratos que me pongo a recordar esta historia doy gracias a Dios por haberme iluminado; lo bueno fue en el instante oportuno antes de la venida de la catástrofe. Cuando plasmaba locas imágenes de desastres sentía el zarandear de mis ansias de vencer.
—Siempre sabía que se ocultaba una solución porque lo único que no tiene solución es la muerte —pronunciaba en voz casi inaudible.
Al rato de encontrarte desesperado por solucionar o remediar un inconveniente, sueles tomar decisiones «desesperadas» y las carentes de solidez; esto es justamente lo que tiende a agravar las circunstancias. Al contrario me acaeció, tal vez porque el destino no lo quiso así, o era injusto que mi maldita negligencia fuera la causante de terribles disturbios en el vecindario.
—¡Que bacán!... ¡Yupi!... ¡Genial!... ¡Que chévere!... ¡de veras lo estamos logrando, chicos! —gritábamos a medias voces. Compartíamos una rebosante alegría que reverberaba en el entorno y nos prorrumpía de felicidad y dicha.
Permanecimos en constantes idas y venidas arrojando agua con frenetismo al resto del cerco y luego directo a las palmeras incendiadas. Innumerables ruidos símiles cuando el aire escapa de un neumático ahogaban el repentino silencio que invadió la huerta. El fuego estaba apunto de tirar la toalla y declarar el fin de su lucha devastadora, las hojas humedecidas actuaban como una muralla enfrente de él, creando una especie de prisión de máxima seguridad. Digo «máxima seguridad», puesto que el conjunto de centellas crepitantes más abundantes, no poseía la habilidad de escapar y ocupar un terreno libre en las palmeras regadas. Estas centellas lucían similar a mansos roedores enjaulados sin ningún lugar a donde ir mas que en su propio claustro. 
—¡¡Que bacán!, ¡a mí con incendios! —se jactaba Manolo.
El mango se resistía el dar paso a las llamas para refrenar su recorrido por las demás ramificaciones, debió ser porque el tallo de donde brotaban sus curvadas ramas, contenía detrás de la corteza una jugosa resina de consistencia lechosa. Dicha sustancia repelía el fuego de una manera automática y natural a la vez; la naturaleza usaba los medios de defensa que el Creador la suministró.
—Así que este árbol no para de estar húmedo por dentro, ¿quién lo diría? —daba mi opinión al grupo—. Bastará con exprimirlo para inundar la huerta, y debido a que tiene un shunto años, sus raíces absorbieron bastante agua almacenando buena reserva en su mismo tallo y ramificaciones.
Pasaron cinco minutos y tanto las llamas del mango y del cerco de palmeras exóticas redujeron su magnitud a la mitad. Se haría difícil camuflar un desastre descomunal muy notable a simple vista, algo así como querer cubrirse el cuerpo en su totalidad con un pañuelo de bolsillo. El único método para ocultarlo todo estaba a leguas de que se haga realidad. Dejar siempre cerradas las puertas traseras de las dos casas, posiblemente era la manera más próxima a que nuestros padres ignoraran el paisaje al otro lado de la puerta. Pero no es loable encubrir una mentira a un paso de revelarse la verdad.
Cuando recapacité del dilema en que me encontraba, llegué a la conclusión que asumir mi culpa sólo ante mí y delante mis primos, no saciaba los principios básicos de la integridad de un tipo ganador. Me estaría convirtiendo en un hipócrita e inmoral, quebrantador de las leyes éticas que rigen dentro de una correcta conducta. Convenía actuar lleno de estilo: pisar enérgico al piso, ubicarme cara a cara con mis padres, enfocar mi mirada directo a sus ojos y soltar la verdad sin modificar los hechos ni en lo mínimo. La tarea de reprenderme e implantarme un castigo incumbía solo a ellos. Pues la responsabilidad de los cónyuges es de educar a sus hijos, corregir sus errores y enseñarles a recorrer el camino más angosto y duro de seguir, en el que muchos perecen, es el «Camino del Bien».
“Va a ser muy duro relatar nuestras peripecias”, pensaba, “muy duro, ya se vendrá tarde o temprano para soportarlo, digo mas bien temprano porque mis padres ya llegarán en menos de lo que cante un gallo, ¡uyuyuy!”.
 Alguien se acercaba a nuestras espaldas, un sonido distante de pasos leves y decididos se sentían cada vez más próximos, hasta que al fin los oímos detenerse al borde de la pendiente que separaba la huerta de la casa de Manolo. Un individuo nos estaba observando, pero nosotros todavía no nos atrevíamos a voltear para atrás y averiguar de quien se trataba. Nuestros pellejos se volvieron como de gallina entumecida a pesar del sofocante calor. Lo que deseábamos en ese momento era que la tierra empezara a temblar y nos tragase uno por uno hasta desaparecer de la vista. Ni siquiera aún torcíamos el cuello y el balbuceo de una niña alivió un poco nuestros temores. Esa niña era Karina, la prima de Manolo y Marvin, al verla su rostro describía una mezcla de confusión y asombro, abrió la boca pero no articuló ninguna palabra, se le anudaba la lengua entre los dientes molares.
El estado de toda el área de la huerta hablaba por sí sola de su brusca metamorfosis, un repentino cambio para quien estuvo ahí hace dos horas y media y al regresar lo encuentra totalmente distinto. Acorde también al sobresalto impuesto a un rico que de a la noche a la mañana se queda en la más absoluta miseria, y lo que había tenido un banquete repleto en su mesa ahora ni una insignificante migaja de pan; o las vestiduras más costosas de una tienda, hoy le queda conformarse con harapos raídos.
Además, adoptando el sentido figurativo de la frase «de la noche a la mañana», lo acontecido en la huerta fue en un muy breve curso de la tarde. La realidad es así, casi nadie puede predecir, en cambio si deducir el destino de las cosas. Las hojas, tiempo atrás de un color verde salvaje, convertidas de pronto a un negro ceniza; las que anteriormente reposaban en el lecho de la huerta, las pardas ahora tan ligeras, revoloteaban por el espeso aire; las palmeras al final de la huerta continuaban aún llameantes por determinados extremos, pero no era nada el cual acarrearía problemas tediosos. “Es como si un pequeño meteorito cayó del cielo directo al cerco y lo tostó sin miramientos”, pensé.
—Manolo, portados cada uno de pequeñas pistolas de agua sería suficiente para darle el toque final —le decía a mi primo.
—Estoy de acuerdo contigo, el problema es que no tengo las benditas pistolas —me contestó por la comisura de su boca para evitar que Karina escuche una broma en un momento como éste.
—¡Que importa! —le hablaba con el volumen más alto—. Si ya todo este infierno terminó, ¡le jodimos bien al fuego!. “Qué ideas tan absurdas las mías de provocar un incendio y peligrar la vida de mis familiares”, pensé prontamente.
Luego, Karina dio vueltas con el ceño fruncido ojeando cada rincón de la huerta, como si tratara de descubrir el lugar exacto donde se originó el incendio. Mientras tanto, nosotros acordamos concluir nuestra labor después de habernos paralizado por unos cuantos segundos. Dije a Manolo y Marvin que se encargaran de ella, pero ellos ya guardaban una excelente defensa para justificar los hechos sin perjudicarse.
—Veremos como nos las arreglamos para no perjudicarte a ti también. Qué más nos queda —me contestaron en coro.
—Les estaría altamente agradecido, favor con favor se paga, y espero que lo logren —les ofrecí mi gratitud a los dos.
Eran las seis y un cuarto de la tarde y mi tía Marina llegaría en cualquier momento. El fuego ya no era el mismo de antes, formidable y dominante que resultaba inútil seguir luchando con él. Las pequeñas llamas adoptaron docilidad al roce del agua. Acabaríamos con el problema al arrojar dos o tres baldazos de agua y extinguir por completo a las últimas llamaradas. — ¡Uff, que alivio! —dije.

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