Decenas de volutas de humo emanaban de las hojas paralelas, varias de ellas ennegrecidas por el haz y envés, y del limbo hasta la punta. La huerta entera nos envolvía con un potente aroma a hollín, restos carbonizados y amorfos permanecían tirados por encima, entre y debajo de la hojarasca calcinada. Y el mango, que decir de él, grandiosa hazaña de resistencia al calor. Fue tanto la lucha de sobrevivencia del pobre que no se quebró ni una rama. Quién pudiera creer la conversión de la parte baja de éste árbol, la sexta parte de sus hojas permanecían manchadas de negro, algunas de las cuales todavía expelían humaredas pareciendo cortinas grises demasiado delgadas. 
Echando un vistazo en 360 grados me sentía igual a un soldado al final de un conflicto bélico, las manchas negras del suelo daban la impresión de que allí cayeron granadas de guerra; las angostas nubes de humo se meneaban a lo alto procurando imitar el cañón disparado de las armas; las astillas de madera de la casita confundidas entre la acumulación de hojas quemadas, hacían el trabajo de remedar, aunque no muy bien, a morteros aplastados por misiles. La guerra llegó a su fin. En cambio mi primer plano se arrimaba a la de un enervado bombero, porque como ellos, estaba empapado con un salado sudor, lleno de manchas en la cara y la ropa entera, agitado con la lengua afuera, y sujetando un balde repleto de agua hasta la mitad. 
—¿Qué tal luzco, hermano? —me preguntó Juanito.
—Igual que yo, como un mero pordiosero harapiento y maloliente —le dije, y después finalicé—. ¡Somos unos grandiosos bomberos!
—¡Que fachas las que tenemos! —dijo Toño asqueándose el mismo y acercando su nariz a una de sus axilas—. Creo que prefiero golpearme de nuevo la frente, en vez de haber padecido las consecuencias de este desastre.
—¡Hey!, percibo un hedor… debe de pertenecer a un fulanito de mi costado —hablé dándole una mirada de soslayo a Toño.
—Pero también mi olfato capta algo más repugnante, ¡agggh! —susurró mi hermano, y luego con la lengua levantando una pómulo desde dentro de su boca cerrada, la orientó directo hacia a mí.
Empezó a oscurecer más rápido desde que el sol se ocultó detrás de los cerros morados por la penumbra. Karina había subido a la casa de Manolo, mientras yo me impacientaba a medida que la visibilidad disminuía. Enseguida de forma voluntaria iba cogiendo los baldes humedecidos para llevarlos a su sitio en la casa vecina. Los demás estaban tan agotados como yo. A Marvin y a Toño les temblaban las rodillas de cansancio, se esforzaban para no caer en posición de gatas.
—Tengo las piernas como de mantequilla, ¡pobre de mí! —se quejaba Marvin—. ¿Y tú Toño, cómo resultaste?
—Deduzco que tendré cerca de mil callos en ambos pies —habló Toño copiando el mismo dejo de Marvin.
Supongo que eran entre las 6:30 y 6:40 p.m cuando nos retiramos de la huerta. Toño y Juanito vinieron en pos de mí y luego el primero se despidió de nosotros. En tanto Manolo y Marvin se fueron por su parte.
“Los comentarios esperarán hasta el día siguiente, ahora sólo necesito un refrescante baño, una buena cena y finalmente un agradable descanso”, pensé.
“Lamentablemente las cosas en la vida real no siempre tienen un final feliz”, me dijo mi otro yo.
En cualquier momento mis padres harían su arribo en la casa, su hora de llegada era en general a las 7:00 p.m. Todos los días, si estábamos ahí, ni bien acababan de entrar por la puerta delantera formulaban las preguntas de rutina: ¿Chicos, se portaron bien?, ¿estuvieron peleando?, o a veces, ¿hicieron su tarea?; mi madre cuestionaba más que mi padre.
“Yo me ocuparé de todo… fuerza… valor”, me daba ánimos interiormente. “La cuenta regresiva comienza en este momento”.
A la hora indicada abrí la puerta a mis padres y después las conocidas preguntas iban saliendo de la boca de ambos. Debería de actuar como un verdadero hombre y enfrentar el temor a ser castigado; solo los cobardes escapan de sus culpas y sentencias. Si bien mis progenitores ignorarían el gran caos de la huerta por lo máximo hasta temprano en la mañana, eso si algún testigo furtivo no transmitiera a todo el mundo la información de nuestra peripecia. Ninguna tercera persona iba a arruinar mi valentía. Un impulso se me apoderó de manera automática, en mi conciencia sentía la voluntad de querer soltar la verdad con sinceridad y sin trabas.
Con celeridad narré lo acontecido durante esas dos horas y media. Jamás mis padres me habían castigado con golpes violentos y ahora no sería la excepción. Pero una bofetada en la cara puede doler menos que un insulto, o el azote con una vara causa poco daño en comparación con una ofensa. Las riñas hirientes y el hostigamiento son los modos de castigo plenamente sádicos. Nunca fui rebajado por ellos. Trataban de conservarme dotado de una alta autoestima. Su cólera me intimidaba y esa vez logré expulsar las ganas de lloriquear, apretujando mis dedos bastante enérgicos.
—Solo los mariquitas lloran y yo no soy uno de ellos —murmuré.
Mi hermano se puso tácito. El no tenía porque dar explicaciones y ni siquiera se lo pidieron, mientras yo confesaba cada detalle de principio a fin. Dispongo también de la dichosa «suerte» de que gracias al aliento divino del Señor, nací del vientre de una madre transigente de mediano nivel y del empeño de un padre medio tolerante. Como es debido me llamaron la atención; al comienzo a mi padre se le crisparon los pelos de las sienes, pero su cólera se iba diseminando al igual que unas hojas caídas se aíslan con el soplo de un vendaval.
Cuando el reloj indicaba las 7:30 p.m mi cuerpo se transmutó de tenso a relajado, mi mente giraba como un trompo, confundida entre un sueño vago y el vivir despierto. En principio porque mezclé varias reacciones de mis padres: la cólera con el asombro, y la alteración brusca de su carácter con el éxtasis que pronto traería su perplejidad transitoria. No esperaba por nada del mundo esa singular reacción.
—Olvídenlo por favor hijos míos, felizmente terminaron ilesos y tal vez pase desapercibido el efecto de aquel incidente… Cualquiera comete un error, esos arbustos del cerco ya estaban por secarse… Esperamos que la vecina del otro lado no nos cree disputas —profirieron en la cena.
—¡¿Qué?! ¡Lo que escucho es increíble! —decía tapándome la boca para impedir que mi voz llegara a los tímpanos de mis padres.
—Oye, la sucia de tus oídos no confunden las palabras de papá y mamá —me susurró Juanito al acabar de escucharme.
—¡Erré la puntería al afirmar que ésta vez no habrá un final feliz en lo que acabamos de pasar! —volví a vocalizar levemente.
Mi madre nos hablaba de lo peligroso que es lidiar con el fuego, en cambio mi padre prosiguió su diálogo instructivo de cónyuge cumplidor del hogar con un toque de aspavientos en sus frases. “¡Bah!, como si fuera un tonto o un animal irracional para volver a tropezar en la misma piedra. Pues ahora sí creo que tengo bien aprendida la lección, me hacía necesaria vivirla en carne propia. ¡Recontra genial!”, me dije interiormente.
Un rato después pegué mis orejas en el muro divisorio de mi casa con la de Manolo, y de este modo intenté oír si mi tía Marina reñía a sus hijos, sin embargo, apenas llegaban a mis oídos pláticas agudas, poco audibles. Mi tía acostumbraba a casi desgañitarse cuando se enfurecía y puedo decir que mi padre me sorprendió que por ese día dejara esa costumbre. Era obvio por el leve ruido a espaldas del muro, que ella desconocía al máximo lo sucedido. Vaya el potencial de actores de Manolo y Marvin, sepultaron las caras de culpa y pavor debajo de sus jóvenes gestos faciales, y la capacidad de convencimiento para que a Karina se le pasara las ganas de delatarnos, fue sensacional. Sería un abuso inmiscuirlos dentro de la travesura que yo inicié, por eso les dije antes de volver a nuestras respectivas casas que se encargaran de su prima. Mi tía tarde o temprano se enteraría del estado de la huerta, y lo que fue temprano al día siguiente.  
—Seguro que fue «el Jorge», ese muchacho no está en su sentido. Simplemente hace las cosas por hacer, ya que mi Manolito y mi Marvincito serían incapaces de cometer esa calaña de actos. Al hijo de la Rita le falta un tornillo, aún no madura porque sigue causando problemas con sus estupideces —dijo mi tía Marina algo muy afín a esto, sin oírlo en vivo y en directo, en nulo dudaba que así se expresó de mí. Era su clásico repertorio de frases para siempre criticarme y tratar de buscar el momento preciso de pretender bajarme la moral, la misma que nunca descendió, en cambio que sí, numerosas veces triunfó en enojar a mi pasiva mente cada vez que me encaraba y mandaba indirectas.
En los padres reincide el compromiso de enseñar a sus hijos cuales cosas traen riesgos y que clase de juegos son prohibidos, pero por ningún motivo recibir críticas obsesionadas con ofender de segundas y terceras personas. Empezar a madurar es empezar a darse cuenta de que eres responsable de tus actos en la lucidez, y no de tus experiencias destinadas en la ignorancia. Dense cuenta de las consecuencias acarreadas. Afortunadamente mis primos y yo no acabamos malheridos, pero sí agotados. A partir de ese día me alejé de maniobrar con elementos que atentaban contra mi estado de salud, pero… hasta los 15 años de edad.
Esa noche recostado en mi cama medité muchas cosas antes de cerrar los ojos y conseguir dormir. Las imágenes y hechos acaecidos durante la tarde, se proyectaban en mi mente como una película. Cada fragmento apasionante seguía haciéndome vibrar igual que si estuviera en el pasado, ubicado en el punto fijo de los acontecimientos.
Adentrándome en la médula de la filosofía griega, estoy de acuerdo de que el fuego es uno de los componentes más enigmáticos de la naturaleza, es algo divino que se origina de la nada. Una insignificante flama o chispa al rojo vivo al combinarse con ciertas materias, puede llegar a crecer de forma fulminante como declaré al narrar el inicio del juego. Los elementos naturales: el viento, las hojas secas y las ramas descompuestas, son los colaboradores claves para su expansión sin la necesidad que la mano del hombre intervenga. Los elementos artificiales o elaborados: el kerosene, el papel y otros materiales inflamables usados en el juego, incrementaron las posibilidades de un incendio a gran escala, al 90%. Por eso nunca dejaré de maravillarme, que nosotros siendo niños hayamos combatido y vencido a un vehemente fuego. 
Avanzaba en mi análisis y lentamente iba vislumbrando de un par de ángulos lo vivido. De uno lo divisaba como una aventura, y no cualquier aventura, porque la mayoría de ellas se desenredan lejos de la tranquilidad del lar. En cambio, del otro sentía que era un desafío contra la fuerza de la naturaleza que siempre opera del método impredecible.
Volviendo a recalcar lo previamente descrito, si una persona, ya sea joven o adulto, es la principal responsable de forjar un problema —pleito, pérdida de algo material, guerra de ideas, mal negocio, desastre en contra de la ecología, etc—, tiene el deber de rastrear una solución inmediata y templar a la cuerda floja por la que andaba a tientas. Esto tiene que hacerlo con mayor razón si llega a perjudicar a otras personas, sin culpa alguna (inocentes, ignorantes).
Una muy ilustre frase inspirada de la Biblia, es la de Séneca: “No basta arrepentirse del mal que se ha causado sino también del bien que se ha dejado de hacer”. Solo los débiles no luchan por corregir sus errores. ¿Acaso debemos quedarnos sentados en una piedra cruzado de brazos, dejándose dominar por el llanto para que la culpa carcoma nuestras entrañas? ¡Levántate! ¡Sé un ganador! ¡Alza la mirada! ¡No te encojas de hombros! ¡Y tapa la herida que está causando el mal con la honrada venda del bien! 
“No le pongas más leña al fuego”, “deja de ser el candelero” ó “evita acalorar la situación” son dichos populares que transcritos a la forma directa significan: “No provoques más al sujeto X”, “deja de intervenir en el asunto que lo estas empeorando” ó “evita alterar la paciencia”. Yo y mis primos procedimos así, concreta y figurativamente, pues antes de conciliar sueño, a las diez de la noche de aquel día, concluí que la aventura está a un paso de convertirse en descuido y es por eso que hasta ahora me reprendo diciendo:
—¡Por qué tuve que meter fuego en el juego!


FIN

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