La gran parte de los adolescentes cometen un montón de travesuras y un sinfín de actos escasamente reflexionados. Esa gran parte o porcentaje de gente joven me incluía a mí. Muchos conformaban los factores y medios que se colaban por mi mente y me obligaban a improvisar juegos emergidos de la pura imaginación. Las ideas se plantaban en mi cabeza por sí solas como semillas en la tierra, y pronto a medida que las fantasías creadas las iban regando, brotaban a la realidad cada vez con mayor forma y a un paso de ser concretadas.
Abría la puerta de entrada a la adolescencia e iba descubriendo un ambiente repleto de cosas nuevas. Cuando recién avanzaba unos pasos tras la puerta cerrada a mis espaldas me fijé que lo de a mi alrededor reposaba al alcance de mis manos. De un lugar misterioso rebasaban a través de mis oídos el murmullo de voces persistentes e incitantes que resonaban en lo profundo de mis tímpanos.
Si mi memoria no me falla y mis cálculos son exactos, a comienzos del año 1996 sucedió un hecho que se me grabó muy bien y hasta ahora recuerdo cada detalle de lo que pasó. Es un hecho muy singular ya que lo encuentro una gota de chispa, o tal vez quise decir un empapamiento de eventos cómicos e impredecibles.
Además, muchos no lo juzgarán de cómico, al contrario, lo calificarán de instructivo. Pero sea cual fuere la perspectiva de cada uno acerca de esta historia, es imposible que el lector no la encuentre divertida y con un toque de buena lección a pesar del constante sarcasmo.
Todo comienza cuando mi edad oscilaba entre los 12 ó 13 años de edad. A mi hermano menor y a mí nos gustaba ver mucho la serie televisiva «McGiver» que daban en el canal 9, y más aún sus películas llenas de acción y peligro. Fue ésta precisamente la que abrió paso a nuestra incontrolable imaginación.
Para los que no han visto nunca la serie o no saben nada de lo que tratan los capítulos, contaré la esencia de ésta. Como precedentemente ya nombré su título, así también se llamaba el personaje principal, era un tipo que tenía un tremendo ingenio y habilidad para escapar de cualquier problema o situación de peligro que se le presentase, podría decirse que era el Houdini de pelo rubio, mientras que él en vez de actuar con el ilusionismo utilizaba su cerebro. Se servía de los materiales e instrumentos sorprendentes; basta decir que una vez aprovechó la energía eléctrica de un cactus, hundiendo en el tallo espinoso los cables del timón de un auto.  
Corría aquellos días y se nos ocurrió bautizar a un juego con ese nombre. El que consistía en amarrar de las piernas y brazos en una silla sentado con los ojos vendados a cualquiera de nuestros inocentes primos que se prestaban para ciertas «palomilladas».
Más que un juego era un desafío contra los obstáculos presentados en frente del voluntario que deseaba participar. Muchas personas siempre realizan ese tipo de pruebas, hombres sobre todo, tal como sobrevino a nuestro caso. Sé las consecuencias que originan esa clase de distracciones, pero antes no tenía ni una vaga conciencia de mi actitud.
La víctima, que ya debía denominarse, tenía el reto de librarse sin contar con nuestra ayuda. En cierta ocasión el destino le jugó una mala pasada a Toño, mi primo seis años menor que yo. Era su turno y aún ni siquiera predecía su cercana desgracia, la única cosa a la cual se le podría llamar suerte era que esa vez no le vendamos los ojos y podía ver a la perfección en un arco de 180 grados, con un poco de dificultad encima de los hombros.
Al comienzo no me fijé como es que tuvimos tantas cosas con las que inmovilizar a Toño. No me culpo, era de suponerse, ya que en esa mañana, como de costumbre, estábamos en mi habitación.
Sucedió así que mi primo permanecía sentado en medio del cuarto con un montón de nudos hechos con pasadores, correas, sogas, cintas métricas, rafias, cables eléctricos, cintas para amarrar el pelo, medias entrelazadas unas a otras, pedazos de alambre, «esparadrapo» y una extensa lista, pues si nombraría todo cubriría cantidad de renglones.
En su desesperado intento de escapar se cayó de rodillas al suelo y dio un ligero gemido de dolor, mientras que mi hermano y yo nos reíamos a carcajadas y Marvin, mi otro primo de la misma edad de Toño, observaba temeroso con sus grandes ojos que asemejaban a los de un búho asustado, pensando quizás que él pudo estar en su lugar y rogando por dentro que no se le diera el papel.
En ese momento a Toño no se le ocurrió más que caminar de rodillas directo hacia la puerta como queriendo escapar de nuestras garras. Y las gruesas ataduras le desesperaban bastante, siéndole inútil contenerse pidió que le dejásemos libre y que nuestro salvaje juego ya le dejó de gustar. En tanto nosotros seguíamos riéndonos y algo nos impulsaba a no querer soltarlo, para ver que pasaba a continuación.
Siguieron pasando los segundos y lo de ya suponerse sucedió. Cuando Toño se aproximaba a un muro cerca de la puerta, una de sus rodillas perdió el equilibrio y empezó a caer directamente de frente hacia la sólida pared, dándose un fuerte y retumbante golpe. Nuestras caras pasaron de permanecer coloradas de risa a pálidas de susto, porque no podíamos creer hasta donde había llegado nuestra inconciencia, y la de Marvin cambió a estar con la de un pánico inmensurable. Mi pobre primo permanecía tirado en el piso medio inconsciente y con un hilillo de sangre que le chorreaba de la frente a un costado de la nariz.
Con la impresión del momento demoramos en reaccionar y debido a la tardada atención hizo que Toño demorara volver en sí. No se explicó como de un momento a otro apareció recostado en mi cama, sin ninguna atadura y con la cabeza un poco aturdida. Aparte del voluminoso hematoma, encima y entre de las cejas, sus ojos se pusieron vidriosos. Después un par de finas lágrimas se combinaron con su sangre fresca.
La única cosa que pudimos seguir haciendo era llamar a una persona mayor para que lo ayudara en su total recuperación. Encargamos a Marvin este trabajo y regresó con su hermana, Erika, mi otra prima tres años mayor que yo. Con el alcanfor que ella le empapó por la frente y el resto de la cabeza lo dejó casi rehabilitado, hasta el instante que rompió el silencio y la curiosidad se le fue incontenible, preguntó quien o quienes eran los responsables de tal agravio.
Por suerte el interrogatorio no nos cayó de golpe como sucedió en el caso de Toño, pero que en cambio a éste le dio en la prominente frente. Así que teníamos preparado un repertorio de mentirillas para protegernos de cualquier sonora reprimenda, no sólo de Erika sino también de mi tía Marina, su mamá.
Marvin no causó ningún problema, ya que con solo lanzarle una mirada asesina lo desanimamos en su osadía de querer contar la verdadera historia y no movió los labios excepto para bostezar hasta la vuelta a su casa.
De todos modos Toño siempre fue medio débil del cerebro y otra persona cualquiera no hubiese tardado en recuperarse. Al final de cuentas, cosas como ésta no dejan de ocurrir, y no son solamente juegos de niños, sino que cantidad de hombres, adultos o jóvenes como relaté al principio lo hacen para probar su hombría. Por naturaleza, los del sexo masculino somos siquiera en un período de nuestra estadía en este mundo, inconsecuentes. Quiere decir que las reacciones originadas en un entorno luego de obrar precipitadamente, no fueron analizadas en base a la causa trascendental.
Así al igual que Toño dijo: —No volveré  jamás a jugar ese brutal juego, porque es malo para mi integridad física y mental.
Como sino se divirtió después recordando su niñez y lo cómico que le pareció las hazañas que se atrevió a efectuar en público.
Un punto muy importante tomado en cuenta antes de relatar ésta historia, es cuando pensé en el día que esto llegue a manos de mi propia tía Rosa, la mamá de Toño. No sé en realidad si ella supo por boca de su hijo, lo cual dudo, porque la amenaza a Marvin lo abarcó también a él.
A priori de que mi primo traspasase por la puerta de la sala de mi casa al jardín de afuera, mi hermano y yo le advertimos de tener cuidado de no soltar la lengua cuando llegase a su casa, contando que le intentábamos torturar. La invención de cualquier accidente provocado por su descuido, era buena para cubrirnos de las quejas de mi tía. Él tenía que declarar que en una subida apresurada por las escaleras se trastabilló.
Su sorpresa no sería tan grande, porque desde antes que aprendiera a pronunciar la palabra «otorrinolaringólogo» me considera medio destornillado del cerebro y, según su opinión, tendría la inhumanidad de traumar a su hijo. Pero esa observación que ella tiene de mi persona no la hace motivo para aborrecerme, sino que más bien me trata como cualquier sobrino de los tantos: los Garcías.

FIN

Tras el fallecimiento de mi tía Rosa, la mamá de Toño, el 18 de Julio del 2017, publiqué en mi Facebook personal, las siguientes palabras en su honor.
¡DESCANSA EN PAZ, TÍA ROSITA!  :'(  :'(
Aún no asimilo lo de tu partida. Todo sucedió en un santiamén. Lo de tus dolores de cabeza, tu desmayo, tu internada de emergencia, tus días en estado de coma, y, finalmente, lo más trágico. La noticia más cruda que recibí este año.
No entiendo porque últimamente pasan esta serie de aciagos acontecimientos. No me lo puedo explicar… No paran de irse.
Tía Rosita, tu sonrisa fue una de las más pícaras que he conocido. Tu sentido del humor, contagiante, era digno de destacar; ya que, pese a que interiormente no estabas bien, siempre expresabas alegría, te entretenías a toda hora. Eso lo recordaré siempre. Y lo practicaré toda la vida. Tú y el abuelo me enseñaron eso.
Tus saludos y buenos deseos no se hacían extrañar cuando me llamabas al celular. Me recordabas siempre. Conversar contigo era reanimador, por más breve que fuera la charla. Cinco años que no te veía y aún así te acordabas de mí y no dejabas de llamar para conversar con tu sobrino. ¡Fuiste lo máximo, tía! :'(
Momentos que nunca me olvidaré contigo:
• Bailar juntos en las fiestas de Año Nuevo en el fundo del abuelo Julio, haciendo todo tipo de locuras.
• Cuando llegaba temprano a tu casa de visita, y me invitabas a desayunar, insistiéndome a pesar de que ya estaba con el estómago lleno, y aunque, sin importarte, nunca negabas lo poco que tenías.
• De niño, a veces me portaba mal, incluso había momentos donde mi primo, uno de tus hijos, resultaba herido, aún así, me tenías mucho cariño, aún así comprendías mi inmadurez.
• No dejabas de decirme halagos ni cumplidos en cada etapa de mi vida, desde que era un enano hasta que me hice hombre.
• Cada vez que me encontraba contigo, siempre me recibías con una sonrisa y un inolvidable “Hola, coquito buen mozo, sobrino guapo”.
• Tu ímpetu por ayudar y hacer sentir bien a todos, nunca dejará de conmoverme, y más aún que sé que ya no recibiremos eso más de ti.
Gracias, tía hermosa. Gracias por haber sido una de mis mejores tías: La mejor. Te extrañaremos mucho. Dale mis saludos al abuelo y juega de vez en cuando con mi perro.
Descansa, tía. Ahora sé que estás en lugar donde todo es felicidad, donde podrás sonreír eternamente. Cuídanos siempre. Que tu espíritu nos acoja, porque Dios te acoge a ti.
Nos vemos, tía.  :'(  :'(

1 huellas:

EDWIN ERNESTO HERMITAÑO WESEMBI dijo...

TE BOTARON DE CASA?.....continuara¡¡¡

interesante George

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