Ya habían pasado por la última discoteca situada a un lado de la carretera. Ésta, como las demás, solían construirse al estilo regional; la decoración propia de la selva peruana fusionaba lo moderno y tradicional en una variedad de locales públicos y privados. Continuamente, curva tras curva, se materializaban casuchas, plantaciones de arroz e instalaciones molederas de esta nutritiva semilla. Al sur, los cerros se postraban próximos, lo opuesto sucedía por el norte. De cuando en vez transitaban buses interprovinciales a velocidades de vértigo y desequilibraban a los tres ciclistas con las ondeantes ráfagas de aire que originaban. Una o dos veces, Totolín estuvo a un pelo de desviarse de su rumbo y de revolcarse en unas profundas cunetas.
Nuevamente los poros de los muchachos retornaron su dilatación. El sudor les emanaba con desmesura y de sus perladas frentes no tardaron en caer gotas que recorrieron por sus labios. Las sales del líquido corporal les acrecentaba el calor. El dorso fue lo primero que les empezó a transpirar, ya que sus pesadas mochilas, por detrás, eran tan cálidas como un abrigo de pieles. A poco tiempo el resto de sus cuerpos estaba literalmente bañado de agua salada. Totolín se dispuso a dar un trago de su recipiente aprovechando que sus amigos no volteaban a verlo. El mismo que lo contenía, reposaba inclinado y sujeto en el chasis de su bicicleta, y, cuando comenzaba a alargar la mano para tomarlo, Chilampa giró la cabeza hacia tras y se fijó en él. Le dio gracia observar que su amigo se moría por beber, así que en eso soltó una censura que fue todo menos satisfactoria:
—¡Ajá!, ¡con qué esas tenemos! ¿Acaso ya se te está resecando la garganta, mi querido camarada? Espera, que más allá de Cacatachi tomaremos unos cuantos sorbos y descansaremos antes de ascender. Eres peor que una mami, Totolín.
Aunque faltaban sólo cinco minutos para llegar al lugar que indicó Chilampa, a Totolín ese periodo le consideró el triple. Ni bien sus piernas pararon de hacer girar los pedales, abrió el envase con agua y bebió a grandes tragos una buena cantidad. Los demás se contentaron con media decena de sorbos.
—De acá comienza el verdadero ejercicio —dijo Cayo—. Totolín, ahorra tu agua, más allá vas a necesitarla como jamás en tu vida.
—Tengo como dos litrazos en mi mochila —declaró—. Recién acabo de beber un mísero medio litro y...
—Tres minutos y nos vamos, pupilos —dijo Cayo sin dejarlo concluir—. Por si no lo sabían, la desoxigenación de la sangre produce los calambres y estirones. Aparte de tomar agua, tomen aire para que se ensanchen sus pulmones de niñas refinadas. Créanme, les digo la verdad.
—Eso es lo que hago, capitán —dijo Totolín en tono sardónico—, y no veo porque debo dejar de hacerlo, capitán.
—Chechelé, estás apunto de darte un mano a mano conmigo —se emocionó en decir Chilampa. Miró a Totolín, y siguió—. Deja que este shepleco  sea testigo de lo que puedo ser capaz, aunque creo que no podrá serlo por mucho. En ese entonces seremos tú y yo en una competencia a muerte, con riesgo a que nos dé una taquicardia e incontrolables arcadas. Tienes que demostrármelo, Chechelé.
—Ni en tus sueños te verás a cincuenta metros delante de mí —dijo mi primo, y, subiendo el volumen de su voz, continuó—. ¡Adelante! ¡Vamos, niñas! ¡Coloquen sus pútridos traseros en el sillín!
De inmediato se montó en su bicicleta y emprendió un violento avance que no dejó a dudas su destreza y que agarró desprevenidos a sus compañeros. Chilampa y Totolín le siguieron como alma que lleva el diablo. A Chilampa le resultó sencillo alcanzarlo pero no adelantarlo. Mientras tanto, Totolín iba veinte metros atrás, dando bruscos resoplidos como un bovino iracundo apunto de dar una embestida. En ese momento se arrepintió de por qué desde antes no se había dedicado a practicar seriamente un deporte.
Pero la verdadera pugna de testosterona se estaba desarrollando entre mi primo y Chilampa. Ambos se debatían el puesto de ser los mejores. En esta lucha era Cayo el de mayores posibilidades de obtener el triunfo, sin desgastar con intensidad su físico. Al contrario de su amigo que ponía elevado ahínco.
Luego notaron que, al lado derecho de la carretera, un pequeño muro de cemento de forma rectangular, con base cuadrada, estaba colocado entre un mediano pastizal. Era un pilar de setenta centímetros de altura, pintado de blanco en el centro y de negro en la parte superior e inferior. Encima de la superficie blanca, por ambos extremos, había claramente escrito un número uno de color negro. Eso significaba que se encontraban en dicho kilómetro de la carretera de acceso a Lamas.
A Chilampa el orgullo le hacía difícil poner coma a la fatigada competencia. Seis metros lo separaban de un inalcanzable Cayo. Un kilómetro más a ese ritmo se le antojó descabellado. Rogó por llegar, siquiera, al kilómetro ocho a un ritmo que considerase adecuado para sus facultades físicas. Rápido se le desvaneció toda señal de orgullo competidor varonil, igual que cuando nos atrae al paso una mujer divina de un trasero de proporción voluptuosa y luego de un escaso tiempo se deshielan todos los pensamientos ardorosos y libidinosos.
—Chilampa, ¿ya te cansaste? —le preguntó Cayo, mirando hacia atrás con unas leves agitaciones—. ¡Dale, no te quedes! ¿O ya te rendiste?
Mi primo también se estaba agotando y es por eso que aminoró su marcha —sin sus sprints —. Era innecesario querer lucirse, pues su compañero se estaba retrasando demasiado. ¿Cuánto más que él estaría Totolín? Era como si la tierra le hubiese tragado. De todas maneras resolvió darse un alto por el kilómetro seis o siete.
—Tengo que admitirlo, Chechelé —gritó Chilampa. Ahora diez metros lo separaban de Cayo—. Soy incapaz de ir a tu ritmo.
Pero el victorioso no escuchó la última parte, porque, justo en ese instante, una combi bajó a gran velocidad entre los dos. De todas formas supuso el final de la frase. Esperaba sólo que su compañero lo alcanzara; sin sus sprints el desahuciado lo iría logrando.
Brioso, mi primo daba resoplidos moderados. El sudor de su frente y el ardiente sol le molestaban. La parte superior de su torso se calentaba como si metiera la cabeza por la puerta de un horno. Sentía que se rostizaba su cuero cabelludo y deseó desesperadamente ponerse una gorra con visera. Sus piernas todavía conservaban su resistencia para el pedaleo, pero colocó la cadena un cambio más ligero en el piñón, suavizando de esta manera la presión. Chilampa padecía el doble. Ocho minutos bastaron para que esté a su costado izquierdo. Él también disminuyó la presión en los pedales, pero colocando a la cadena en el tercer cambio (del piñón). En la catalina de los dos ésta giraba por los dientes medios.
—El dolor desarrolla los músculos, uff. De vez en cuando hay que sacarse la mugre  —dijo Chilampa.
—Si, compadre —dijo Cayo—. Pero para elevar tu potencia sexual la veo verde , más que excremento de caballo, uff. Las hembras  te dejan con la lengua afuera, como a un perro anémico... ¡Qué shepleco eres!
—Oye, ¿puedes dejar a un lado tu petulancia?, uff. Después de todo no eres tan brillante como aparentas.
Se callaron. En derredor de la carretera crecían árboles, arbustos y hierbas. Pasaron también por una hilera de amasisas plantadas en forma de cerco. A la izquierda el terreno se dirigía hacia arriba y por la derecha se extendía en declive. Por la segunda de estas ubicaciones una serie de fundos se desparramaban y confundían entre tupidos follajes, y ciertas veces sus fachadas eran cubiertas por un entremezclar de hojas de ficus y maleza. Detrás de los fundos, una deforme arboleda se extendía hasta donde el terreno era horizontal, y seguía más allá, en la falda y cima de los cerros y sucesiones de colinas. El pueblo de Cacatachi quedó atrás. Por estos lugares la población convivía en mayor rusticidad. Por medio del corto valle cruzaba un casi imperceptible riachuelo visto desde la carretera; el mismo atravesaba los pueblos de Rumizapa, Cacatachi y demás. En la ribera de esta corriente de agua, casuchas con techos de palma y paja lucían humildemente bajo el ardiente sol; las más notorias, sin embargo, eran las viviendas que tenían las cubiertas de calamina, puesto que los rayos reverberaban sobre sus superficies metálicas.
Un poco alejado del riachuelo, una ancha carretera de herradura se contorneaba entre subidas y bajadas. Asiduamente, campesinos, y a veces gente de ciudad, recorrían por este polvoriento sendero. De rato en rato, autos, camionetas, camiones y motos transitaban levantando nubes de arena. Otrosí habían otras carreteras de herradura en el distanciado paisaje que en ciertas partes las ocultaban la floresta.
Luego de no mirarse, con un poco de vergüenza, Chilampa le pidió a Cayo que redujese su velocidad. Éste le obedeció no sin antes burlarse con frases cargadas de placer dominante:
—¡Hey, niñita! ¡Soy el mejor, admítelo! Desde hoy te nombro mi alumno, uff. Siéntete orgulloso de entrenar ciclismo con un maestro como yo —se apuntó con el dedo índice al centro del pecho—. ¡SOY EL MEJOR CICLISTA DE TARAPOTO… NO… QUÉ DIGO… DEL MUNDO!, uff. ¡LANCE ARMSTRONG ME QUEDA CHICO!
Los alardes que se daba mi primo enflaquecían las fuerzas de Chilampa, sin saber que el último, con un poco más de entrenamiento, coincidiría a su nivel de resistencia física. Ahora, el rezagado se sentía idéntico a un flemoso gasterópodo con una abultada mochila envés de su pesado caparazón. Si permanecía en esas condiciones, aún peor, Totolín.

“Hace ya diez minutos que les perdí de vista”, pensó Totolín. Desde que la llanta trasera de la bicicleta de Chilampa desapareció en una pronunciada curva, no los vio después de bastante tiempo en ese día. Continuamente pasaban por su izquierda vehículos terrestres de todo tipo: autos, combis, motokares, tractores, camionetas y, una vez, un campesino salió de un costado de la carretera, montado en un famélico caballo. El agotado se había limitado a saludarlo con un imperceptible movimiento de cabeza que hizo creer al jinete que se trataba de un adicto a los estupefacientes.
Las facciones las tenía pálidas a pesar del potente sol y bañadas de gotas de sudor. Sus ojos se mostraban como inyectados en sangre y le escocían constantemente. Tenía la boca bastante abierta y de ella salían extenuantes jadeos, que daba la impresión de estar sufriendo un ataque de asma. Colocó el cambio de su velocípedo al quinto piñón, mientras tanto, al igual que Cayo y Chilampa, la cadena daba vueltas en el grupo central de dientes de su catalina.
Tenía que pararse a descansar, pero no regresar a casa. Si ha sido capaz de acompañar a sus amigos, tenía que completar la totalidad de la ruta. Su único consuelo era que de regreso no se obligaría a pedalear, debido a que todo sería un vertiginoso descenso y sólo ejercitaría sus manos para frenar si se fuera demasiado a prisa.
A la altura del kilómetro cuatro se apeó de su bicicleta a un costado de la carretera. La dejó tendida en una mata de hierbas. Al rato se dio cuenta de que sus piernas temblaban y le invadió la sensación de que un par de manos gigantescas le bajaban los hombros, haciéndole doblar las rodillas. Luego sintió como si la dureza del pavimento le subiera desde sus pies a cada una de sus articulaciones.
—Siento que mi cuerpo se petrifica, uff, y más mis piernas, uff, las siento duras como rocas —monologó. Enseguida bebió toda el agua del envase que se enganchaba a su bicicleta como si no lo hubiese hecho en varios días. Al tragar la última gota prosiguió bebiendo de una botella de dos litros que sacó de su mochila, de ésta consumió medio litro.
Con lo embotado que estaba, no divisó que trescientos metros arriba continuaba un pavimento muy inclinado y por el cual Chilampa coincidió al ritmo de Cayo. Nadie aún se imaginaba que en plenas horas del anochecer, quinientos metros más a la cima, ocurriría el suceso principal de esta historia.

Eran las diez y quince de la mañana y, en el ancho cielo, ningún trozo de nube flotaba para que alguien se cubriera de los rayos del sol, brindándose, aunque sea, una efímera sombra. Al horizonte la mirada acababa en los contornos verde-azulados de los cerros que se perdían a la distancia. Encima de ellos, un infinito celeste dividía a nuestro mundo con el resto del universo: el añil claro y monótono que «cubría» la tierra como una cúpula titánica. El aire se mantenía estático, sin una brisa en la sofocante atmósfera que haga batir, al menos, a la más diminuta hoja. Por medio de este paisaje cruzaba la carretera ex-Marginal y la, siempre ascendente, carretera de acceso a Lamas. En ésta, tres jóvenes recuperaban sus energías para retornar su pedaleo hasta la «Ciudad de los Tres Pisos». Dos de ellos separados de uno que se ubicaba dos kilómetros cuesta abajo. Eran Cayo y Chilampa que yacían sentados en la hierba, al costado del muro del kilómetro seis, esperando atisbar a Totolín. A los cinco o seis minutos de un tórrido aguarde, mi primo dijo:
—Chilampa, el agua que acabo de beber me ha hidratado lo bastante como para reemprender el ascenso. Será mejor que nos «pongamos las pilas». Pienso que este ejercicio fue un «vía crucis» para Totolín. Tal vez pensó que sería un simple paseo turístico. Tal vez optó por regresar a casa.
—Espera, Chechelé. Para mí es que piensas que la hembrita que pasó en moto, volverá, y quieres lucirte. Si que estaba hecha una mamacita. De hecho que se fijó más en este pechito —y se dio el mismo una palmada jactanciosa.
—No tienes nada que mostrar, calavera andante —parloteó Cayo—. En fin, en breve nos marcharemos. Admito que quisiera que me vea la flaquita esa, aunque es improbable cruzarme con ella nuevamente. Será mejor seguir mojándome la cabeza, este maldito sol secó cada uno de mis pelos.
Abrió un recipiente con agua y se mojó la cabeza entera. Chilampa lo imitó.

Un par de kilómetros abajo, Totolín también estaba descansando pero el doble de tiempo que sus dos compañeros. Algo en su interior le hostigaba diciéndole que diera media vuelta y dejara la locura ésa del ciclismo, pero otra parte de su ser le incitaba a continuar. “Si he sido capaz de llegar hasta aquí”, pensó, “pues continuaré y les haré tragar las palabras que estarán pronunciando de mí ahora… La cara de pasmo que pondrá Chechelé cuando me vea, ¡ja…!”
Su cuerpo casi se había recuperado de la fatiga, ya más tarde le aguardaba una serie de dolores musculares. Los suaves dolores de ahora no serían nada comparados con los que le vendrían sobremanera. Se refrescó la cabeza con regular agua y a regañadientes montó su bicicleta, temiendo a que le dé un calambre. Sin embargo, el calambre esperaría en un futuro cercano y las náuseas vendrían de golpe.
Sintió que las fuerzas le eran adversas. Con pesadez, fue encaramándose por una empinada subida. Alzó la cabeza hacia la cima. La carretera, al parecer, concluía ahí. Esto se debió porque, más allá de su campo visual, el pavimento continuaba menos inclinado. Puso la cadena al sexto cambio. Después de todo, esta parte del camino era poco extensa, pero para nuestro amigo los doscientos metros que lo conformaban los interpretaba como un kilómetro entero. “¡Qué locura!”, pensó. Le era inútil intentar hablar. Aspiraba y exhalaba aire como si le faltara oxígeno. Las venas de las sienes le querían estallar y el humo grisáceo y contaminante de un automóvil y una motocicleta le hicieron toser. Después, y sin anticipación, una serie de náuseas le invadieron. “¡Tengo que parar!”, y al instante se detuvo, pero manteniendo las piernas entre el chasis por un buen rato y apoyando los antebrazos en los manubrios. Temió que le diese un calambre si levantaba una pierna y se apease por completo de su bicicleta. Tuvo la idea de inclinar su velocípedo por un costado y evitar alzar demasiado su extremidad inferior. Luego de cumplir lo que se proponía, se tumbó con las piernas estiradas a un costado de la carretera y se tomó el tiempo de dar tremendas bocanadas de aire, lo cual tardó un periodo considerable. Finalmente se empapó con agua la cabeza y el cuerpo, bebiéndola luego como un histérico.
Se sentía defraudado consigo mismo. No había transcurrido gran cosa desde que terminó de descansar y volver a detenerse. Su nuevo descanso duró un cuarto de hora, diez de estos en la misma posición (en el suelo). Cuando se levantó, flexionó un momento las rodillas y volvió a pedalear. Se fijó que restaba una nimiedad para alcanzar la cima de esa cuesta. Ahí, el asfalto proseguía poco inclinado. También le fue inevitable sentir una cuantiosa carencia de peso en su mochila, pues ya hubo consumido las tres cuartas partes del agua de las botellas. Gran cantidad de ésta se derramó al echarse en el cuerpo.
“La única forma de que pueda llegar a Lamas es deteniéndome de rato en rato... es la única forma”. Había recorrido aproximadamente cuatrocientos metros y el sol le hubo secado rápidamente los cabellos. A partir de este tramo de la carretera el costado derecho dejó de ser un terreno descendiente. Mientras que por el lado opuesto, una extensión de tierra gredosa terminaba en un endeble risco escarpado. Encima de éste la hierba seguía medrando; su cara cortada era de un color arcilloso blanquecino y su suelo fangoso era inmune a los rayos del sol. Lo que antes fue una pequeña colina que llegaba hasta el borde de la carretera, ahora ésta se veía como si una falla geológica le hubiese partido por la mitad. La cuestión simplemente es que la mano del hombre, ayudado por sendas maquinarias de excavación y extracción, intervino en su transformación.
La arcilla extraída de la tierra, que yacía en esta parte de la región, constituía la principal materia prima para erigir las rústicas viviendas en la «Ciudad de los Tres Pisos». La parte baja de la ciudad (el primer piso) tenía el nombre de barrio Wayku , y es acá donde la gente conserva aún sus costumbres ancestrales: hablan el quechua desde la época de los incas; siguen vistiéndose a la usanza de antaño (la indumentaria típica popular son las camisas fila-botones en los varones); abundan, más que en cualquier otro barrio del pueblo, las casas con paredes del material mencionado y con techos de hojas de palmeras secas. Incluso un sinnúmero de tradiciones y leyendas perduran aún en la mentalidad de estos nativos.
Una poco más soportó Totolín su terrible y agobiante pedaleo. Su velocidad había sido extremadamente lenta, pues sólo en ese período recorrió novecientos metros. Al volverse a apear de su bicicleta al estilo anterior, por así un calambre le tomara desprevenido, de nada le sirvió esta vez. Felizmente la contracción de sus músculos cuadriceps, aunque dudo que los tuviera, sólo fue por un corto tiempo. Pero esta situación le infundió temor, creyendo que se quedaría varado todo el día en ese lugar y anhelando en vez de eso la burla de sus amigos. No poseía dinero. Se arrepintió de sólo traer su almuerzo y sus botellas con agua, la que momento a momento escaseaba. Su objetivo constaba en pedir prestado unos soles a sus promociones y conseguir vituallas con eso.
El intenso dolor del calambre se le había disipado en un santiamén, para ser reemplazado por uno sin vigor —que era en ciertos instantes insoportable—. Esta contracción se ramificaba desde sus pies a su cintura y la parte superior de su torso y dorso. Luego, una somera insolación le presionó el interior de la frente. El astro rey se estaba ubicando más y más al centro del firmamento, y la búsqueda de sombra debajo de algún arbusto se le puso dificultosa. Demoró en encontrar uno con hojas tupidas que sobresalía hacia la carretera. No se atrevió por nada a sombrearse sentado, pues se le antojó riesgoso mantenerse en esa posición, ya que otro calambre, posiblemente, le agarraría con mayor potencia.
El arbusto que le protegía de los rayos solares era uno de los tantos que formaban un cerco rectilíneo, al lado derecho de la pista. Veinte metros abajo, una tranca hacía las veces de portón en medio del cerco. En el interior se estaba construyendo un centro turístico. Pero nuestro amigo no torció el cuello a esa dirección, ya que estaba tan debilitado que se mantenía pegado al angosto tallo del arbusto, bebiendo unos cuantos sorbos de agua. “¡Rayos! Si que debo ahorrar la bebida. Más tarde me hará falta… ¡ya se me está acabando, maldita sea mi suerte!”. Existía la posibilidad de que alguien, detrás de esas puertas, le hubiese invitado una buena cantidad de agua. En cambio, para su desgracia, si ni al pasar por enfrente se percató de la zona, menos ahora que estaba arriba.
Completó su descanso y decidió que era hora de empujar su bicicleta, siquiera hasta un trayecto horizontal. En seguida se agachó y sujetó a su vehículo por el timón, para pararlo y hacerlo rodar mientras caminaba. Por el efecto de que sus piernas y muslos se endurecieron como piedras y atrofiaron su elasticidad, se sintió como si anduviera por medio de ciénagas, sumergido hasta la cadera. Nunca antes estuvo en una situación tan tediosa y difícil de eludir como esa.
Noventa segundos después, pasó cerca a un solitario pollino que estaba atado por el pescuezo en un árbol, a cinco metros de la carretera. El cuadrúpedo llevaba montura, y un racimo de plátanos y una alforja repleta de viandas reposaban a sus patas. Era obvio que el dueño de la bestia andaba cortando más racimos en las cercanías. De repente, el animal relinchó, acabando con el silencio zumbante del momento y sacando repentinamente a nuestro amigo de su grácil ensimismamiento. Cuando éste ubicó con la mirada al responsable del berrido le sorprendió que un animal de ese tamaño (metro y veinte centímetros de alzada) poseyera una garganta tan desarrollada…

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