“Terminé antes de cumplida media hora desde que me picó la abeja. Aún me sobraba un shunto  de energía. Entonces resolví correr, porque quedarme quieto, me abrumaba. Pues corrí y corrí sin cansancio a través de la espesa floresta, por los platanales y yucales, por los montículos divisorios de los arrozales, por el contorno de la piscina de los peces… ¡ese día di vueltas por todo el fundo! —Cayo suspendió su relato. Había llegado al punto clave, y reanudó poniéndole un toque de suspenso—. De un momento a otro, todo el misterioso poder que adquirí, se esfumó y caí de bruces en el cieno del arrozal. Mi campo visual se nubló. Un vaho negro me venía cubriendo con su crespón, como si un fardo mortuorio me envolviera para nunca volver a despertar. Creí que me moría. “¡Por qué tan joven!”, pensaba. “¡Dios, no tan temprano!”, suplicaba. Hasta que la oscuridad fue total y no pude pensar —Los ojos de Chilampa y Totolín eran del tamaño de bolas de billar—. Luego vi delante de mí que una abundante bruma me impedía enfocar algún objeto o ser. Pero, en medio de esas tinieblas, una mancha informe se movía... Cuando se me aclaró la vista, distinguí el rostro de mi madre. Ella me remojaba la frente con un paño húmedo... Aparecí recostado en una mecedora en la sala de mis abuelos. De repente, el techo giró como un trompo, y quise vomitar; en el jardín arrojé hasta los últimos rastrojos de comida de mi estómago e intestinos. Estuve el día entero enfermo.
“Amigos, sólo a ustedes conté esta historia. Mis tíos pensaron que merecía el estado en que me encontraba. ¿Injustos? No fueron testigos de mi cambio.
Cuando mi primo concluyó de revivir sus insólitos hechos, sus compañeros se quedaron más que perplejos.
—¡Chechelé, lo tuyo si que es de verdad atípico! —parló Totolín.
—¡Extraordinario, promoción! —dijo Chilampa.
—Tuve suerte de no haber mutado —dijo Cayo, entreteniéndose— a un terrible monstruo sin dominio y conciencia de mis actos. Hulk, tal vez.
Mi primo, por un largo tiempo en esa tarde, se olvidó del escalofriante contacto con el invidente. Le sosegaba los gestos admirados de Chilampa y Totolín.
—Cómo es que ustedes tienen controvertidas experiencias, y yo no —dijo Chilampa.
—Ya te llegará el turno, viejo —le dijo Totolín—. Te acaecerá mientras no lo esperes y, en ese entonces, ya seremos tres los protagonistas de un inusual suceso.
Acordaron que debían irse, y, así pues, se retiraron del comedor a la intemperie. El sol descendió regulares grados en el horizonte desde que entraron al mercado. Durante ese intervalo de tiempo sus bicicletas estuvieron en una esquina, detrás de la mesa donde almorzaban. Un grupo de turistas pasaba por la vereda opuesta. La mayoría tenía el pelo rubio y su estatura promedio era de metro ochenta. Había algunos que poseían cámaras fotográficas. Una señora, a que no le faltaba una, se aproximó al trío, medio indecisa.
—You speak english? —preguntó con pocas esperanzas de que le entendieran.
Los muchachos comprendieron perfectamente a la mujer. Inglés básico, quién no.
—A little —dijo Cayo.
—Ok, youngs! —se contentó la turista—. Where i can to see a beautiful landscape?
—You go up a street and turn to left. Next you ascend till a rocky way to left and you will see a touristic hut. There is a panoramic view, madam —explicó Cayo en un tosco inglés, pero entendible para su interlocutora.
—Great, boy! —dijo la señora—. Thank you so much. Take a fee.
Le tendió a Cayo un billete de diez dólares. Chilampa y Totolín miraban con envidia, por lo que el primero profirió:
—Too we want fee, plis.
—Well, boys —dijo la turista—. Not problem.
Ambos jóvenes recibieron la misma cantidad de propina que mi primo. Y haciendo un reverencial agradecimiento, se despidieron de la señora, la cual, satisfecha, fue a juntarse con sus compatriotas. Pero los más satisfechos eran ellos, esos billetes yanquis constituían un buen capital en soles.
—¡Bárbaro tu inglés, Chechelé! —expresó Chilampa—. Te avisaré cuando viaje al país de los gringos para que seas mi traductor oficial.
—Se me acaba de ocurrir algo —dijo Cayo—. Vámonos a donde le mandé a la señora. Estos dólares nos serán útiles en ese centro turístico. Les digo por si no han entendido lo que hablé.
—Estoy cansado, Chechelé —reveló Totolín—. El brebaje que bebí…
—Comprendo —interrumpió mi primo—. Esa pócima te hizo parar la vara.
Se desternillaron de risa, incluso Totolín, debido a que la remuneración no le cayó nada mal y las socarronerías incrementaban su estado de ánimo. Al apaciguar sus carcajadas, Totolín dio detalles de adónde iría:
—Promociones, voy a la casa de mi tía que queda camino al mirador turístico. Necesito recuperarme del todo y tú —palmeó a Cayo— mejor que nadie estás al tanto de las secuelas que deja en el ser humano tales cambios.
Los tres montaron sus bicicletas rumbo al norte. Totolín se quedó cinco cuadras arriba y Cayo y Chilampa siguieron ascendiendo. Les era placentero pedalear tras haber descansado un promedio de ciento ochenta minutos. Para mi primo fue como si no hubiera hecho ejercicio hace unas cuantas horas, mientras que Chilampa constaba un caso diferente. Él aún sentía sutiles presiones musculares, pero que no le afligían con demasía. Avanzaron unas cuadras más y, adelante, avistaron a la gente extranjera. La calle en esa parte ya no estaba pavimentada. Un camino pedregoso y recto se encaramaba a la cima. A la izquierda del mismo, un camino transversal se internaba cuesta arriba, por el nordeste, y tenía mayor inclinación que el anterior y su suelo era más áspero y erosionado. El dúo alcanzó a los norteamericanos al rato que se decidían a doblar.
—Here it is —les dijo Cayo.
—Hey, you again! Thanks —le dijo la mujer de antes.
—Follow me, we go together —indicó mi primo.
Peruanos y estadounidenses caminaron juntos por el escabroso sendero. A medida que se acercaban al mirador, céfiros se propagaban por doquier, trayendo el olor de las hojas, del pasto y de las flores. Oyeron música procedente de su destino y uno de los turistas aprobó el ritmo de la salsa que sonaba al compás de los timbales y trompetas.
El mirador de Lamas es un sitio muy asiduo de visitantes, ubicado a casi 900 m.s.n.m, con una extraordinaria vista al barrio Wayku y a varias hectáreas de selva alta o Rupa-Rupa, allende, hasta donde el ojo humano llega a percibir. Está rodeado de un cerco bajo, que forma un área elíptica. Una choza circular de aspecto decoroso se sitúa en el centro. A la derecha de ésta, un tambo hace las veces de pista de baile. Un parquecito de juegos de niños se encuentra a unos pasos de la puerta de entrada, y más al fondo, hay entretenimientos para grandes y pequeños a la vez: fútbol de mesa, ping pong, el juego del sapo  y un revoltijo de dardos para lanzar a un blanco. En el mirador existía un objeto-instrumento que las personas se desesperaban por manipularlo y que se lo alquilaba según el tiempo. Era un telescopio de corto alcance, que servía específicamente para la observación de los paisajes.
Cayo y Chilampa se separaron de los turistas una vez que ingresaron al terreno explanado del mirador. Sus ex-acompañantes se apresuraron en ir a ponderar el bello pedazo de jungla que se extendía de norte a sur: un fértil valle se apreciaba en toda su lozanía y esplendor; más allá del límite del barrio Wayku, un manto de arboleda cobijaba las colinas en las cercanías y los cerros sanmartinenses en la lejanía. Comparándolo con el paisaje de la carretera, éste era majestuoso, y su punto de avistamiento, estratégicamente asentado sobre un canto del ápice de una loma, no generaba jamás queja alguna en los visitantes, sino, como ocurrió con los recién llegados, asombro y deleite.
Los muchachos aparcaron sus bicicletas en el estacionamiento de las motos, y se metieron dentro de la choza que resultaba ser un restaurante. Se sentaron en torno a una límpida mesa, esperando a ser atendidos. Gentes de diferentes razas se agrupaban en las demás mesas: chinos, ingleses, españoles, argentinos, brasileros, alemanes, italianos, franceses, etc. Cayo y Chilampa los identificaron por sus características fisonómicas y por el acento de sus tierras natales. Un mozo se detuvo para entregarles la carta de comida. La lista se dividía en ensaladas, sopas, platos de la región, postres y bebidas. Sólo pidieron un jugo surtido cada uno, pues la gula no les tentaba, y los precios, demasiado altos, no compensarían ni con la propina. El plato más barato era cutacho bañado en salsa de cebolla, que costaba 8 nuevos soles, y el más caro, picuro cocido, 70 nuevos soles. La carne de este animal es exquisita y proteínica.
Una nueva canción, pero a tono bajísimo, emergió del interior electrónico de unos parlantes del tamaño de televisores de 20 pulgadas, que, fijados en las vigas del combado techo, se repartían a la cabeza de cada columna del restaurante. Incólumes láminas de vidrio revestían el perímetro. El dúo, desde sus asientos, veía claramente el exterior. Los turistas recién llegados usaban el telescopio en turnos. El instrumento yacía en un trípode, parado en el pasto al filo del cerco y al lado opuesto de la puerta de entrada.
—Luego alquilaremos aquel trasto —dijo Cayo—, y haber si pillamos algo interesante por la lente, cumpa.
—Eso espero —remachó Chilampa—, porque si no tiene buen zoom, habré gastado mi plata en vano. A mis dólares los tiraría al agua. Qué desperdicio.
—¿Viste ese mesa de ping-ping? —dijo mi primo, y su amigo asintió—. Juguemos hasta que los gringos desocupen ese artefacto.
Apuraron sus jugos. Cayo pagó por los dos en monedas nacionales, pues los dólares pensaba gastarlos después… aunque no tan pronto. Cada jugo les costó 3 nuevos soles, lo que en el mercadillo les venderían a 50 centavos. Salieron del lugar hacia la mesa de ping-pong, la misma que reposaba en el pasadizo de ingreso a la pista de baile. Cogieron sus paletas, y mi primo dio el primer bote.
—¡Hola, chicos! —saludó una jovencita de catorce o quince años que venía con su amiga, al parecer de la misma edad. Las dos eran risueñas y coquetas.
—¡Hola! —dijeron Cayo y Chilampa, haciendo un receso.
—¿Son buenos en el tenis de mesa? —inquirió la muchacha.
—Somos más que eso —mintió mi primo—. Si no saben, les damos unas clases.
—Sabemos un poquito, chicos —declaró la joven—. Justamente venimos a apostar contra ustedes porque nos estamos aburriendo. A este lugar vienen demasiados turistas y pocos que hablen nuestra lengua, de modo que…
—¿Qué? —dijo Chilampa que se devanaba los sesos, tratando de entender la propuesta de la adolescente.
—Si, chicos… apostemos, o, ¿temen perder?
—¡Pues no, niñitas! —se enojó Chilampa, y consultó a Cayo—. ¿Tú qué dices, Chechelé?
—Depende de cuánto es la tarifa, compadre.
—Un sol por set, amigo —indicó la otra joven—. Ah, por cierto, no nos presentamos. Yo soy Maitte y mi amiga es Mónica, vivimos en el centro del pueblo.
—Mi nombre es José Carlos y Jorge el de mi pata, somos naturales de Tarapoto.
—Muy bien. Entonces, ubiquémonos —dijo Maitte—. Para no tardar tanto, el equipo que llegue primero a diez puntos, gana. ¿Entendido?
—Sí, no soy ningún retrasado —graznó Chilampa.
—¡Un momento! —alertó Mónica—. Cambiemos de pelota, esta tiene una hendidura.
La muchacha hurgó dentro del cajón de un armario, extrajo una pelota sin mácula y dio la señal de saque. Cayo la recibió, la que Maitte también, pero la mandó de lado y no rebotó en la superficie de la mesa. Primer punto para los muchachos. Hicieron un punto más, y así sucesivamente. De compasión, aunque no sé si es idóneo llamarlo así, mi primo una vez se hizo el torpe, dejando caer la pelota al piso y renovando el malhumor de su compañero. Ganaron por 10 puntos a 1, en un set que duró escasamente tres minutos. Mónica les pagó la deuda, despertando al instante los ánimos de Chilampa.
Las chicas siguieron con su racha de perdedoras y, envés de mejorar, empeoraban. Un tipo alto, de hombros anchos, porte militar y mediana edad les vigilaba desde la pista de baile, en donde desenredaba un lío de cables. “A estas chibolas  no les duele regalar su plata”, pensaba Cayo. “Puede que sus padres sean sujetos acaudalados… y ese hombre, por qué no se ocupa de su traba…”
—¡Ay! —gritó. Maitte le había golpeado con la pelota en el globo ocular.
—¡Por tu culpa tienen un punto a su favor! ¿En qué piensas, Chechelé? —le recriminó Chilampa.
—Tal vez en lo mismo que tú, promoción. Además, de que te quejas si ya tenemos cinco soles ganados de estas chiquillas.
—Oigan, continuemos pues —dijo Maitte—. Y para que no crean que somos unas meras chiquillas, subamos a 10 soles la apuesta en los siguientes juegos.
—¡Perdiste la razón! ¿o qué? —dijo Chilampa. Él y mi primo pensaban que a la jovencita se le salió un tornillo—. ¡Huambra desquiciada! ¿Acaso eres tan tonta, que no supones que te vaciaremos los bolsillos, desproveyéndolos de tus ahorros? Qué pena que hayan roto sus cochinitos para desembucharles sus mesadas, porque acepto el reto.
—Maitte está más cuerda que ustedes —acentuó Mónica—. A nosotras nos sobra la plata.
Las insistentes muchachas perdieron por sexta vez, 10 a 3, y los cuatro se prepararon para el séptimo juego. Misteriosamente, en ese momento, varios adolescentes, de entre 13 y 16 años, se conglomeraron a espectarlos. Cayo y Chilampa no recordaron haberlos visto antes en el ambiente turístico, salvo a dos o tres de ellos, sin embargo, ahora eran veinte. Algunos saludaron con cordialidad a las chicas con sendos besos en las mejillas y cuchicheándose a los oídos, algo que extrañó más al dúo.
El gentío vitoreó a Mónica y a Maitte y apabulló a Cayo y a Chilampa. “¡Qué demonios pasa aquí! Tengo una funesta corazonada”, pensó mi primo. “Es una reunión colegial, ¿o qué…? Tengo un mal presagio”, pensó también Chilampa. Ninguno se desveló sus pensamientos, ya que se les antojó muy cobarde de su parte comentarlo en medio de esa multitud juvenil y lo último que querían eran abucheos extras. Chilampa, con una voz ya no tan petulante, se limitó a decir:
—Iniciemos el juego, niñitas.
Poco tiempo bastó para que los muchachos lograran el triunfo, pero las chicas seguían con su tozudez y su barra las elogiaba inclusive más animosa… Luego de otros tres bulliciosos sets, que terminaron a favor de Cayo y Chilampa, Mónica estableció que la apuesta se duplicara. A tales alturas los muchachos maliciaron que había gato encerrado. Pero la codicia fue más fuerte que el impulso de negarse y, además, los admiradores de las adolescentes, en el ínterin que el dúo se puso a cavilar la propuesta, les incitaron a grandes voces a aceptar:
—¡DEJEN DE TITUBEAR, GALLINAS!
Y se inició el onceavo set sin muchos cambios en el estilo de juego de parte de ambos equipos. Unos locuaces brasileros se añadieron a la caterva. Por detrás, italianos, españoles y franceses se juntaron, prestos a los movimientos de los jugadores. Entre el concurrido público, Cayo y Chilampa vieron que ciertas personas se hablaban al oído, sonriendo o entrecerrando los ojos como si planearan un complot.
Antes de la treceava apuesta, mi primo y su amigo iban ganando 86 soles. Sin imaginarse siquiera que su suerte sucumbiría, Maitte dijo:
—Última oferta del día: elevemos a 30 so…
—¡Aguanta tu coche, niña! —roncó Chilampa—. ¡Razona, es tiempo de que madures!
—Lo mismo me atrevo a decir —concordó Cayo—. Abusamos de ustedes. Qué alternativa teníamos si seguían con su porfía. Lo decente sería devolverles 70 soles —Su compañero sacudía la cabeza de cólera —. O… por lo desnivelados en presupuesto que andamos, 50 estaría no menos digno —Chilampa asentía a duras penas—. ¿Aceptan?
—¡No! —se cerraron las chicas. Y, en un tono señorial, se sinceraron—. Calentábamos. Somos campeonas a nivel regional.
Lo antedicho provocó risas en los muchachos y cánticos de aliento en la muchedumbre. El señor de los cables se acercó a paso marcial y se colocó con los brazos cruzados a espaldas de un achaparrado español. Mi primo lo vio con aprensión.
—Estamos siendo condescendientes con ustedes —dijo Chilampa. Sacando 50 soles en billetes, de los 86 ganados, se los ofreció a las jovencitas—. Recíbanlo.
—Lo recuperaremos volteándoles el partido —estableció Mónica. Sus contrincantes se rieron, esta vez, con desdén.
—LOS TARAPOTINOS TIENEN MIEDO —canturreaban en coro los jóvenes del público—. NO QUIEREN SER DERROTADOS POR DOS MUJERES…
—¡SILENCIO TODO EL MUNDO! —voceó Cayo—. Si el título que se ponen de campeonas regionales es auténtico, pues las sometemos a prueba. Me pregunto por qué fingían ser unas inútiles.
Chilampa hizo un gesto de afirmación a mi primo.
—Les dimos ventaja —dijo Maitte con una sonrisa de oreja a oreja.
—LAS CAMPEONAS HARÁN PICADILLO A LOS TARAPOTINOS —ensordeció la barra en todo el mirador.
Se habían invertido los roles. Cayo y Chilampa se convirtieron en retadores. Mónica realizó un malabar con la paleta, girándola como un vaquero a su pistola antes de guardarla. Maitte equilibraba la suya en el llano de su frente. Mi primo y su compañero preveían el impróspero desenvolvimiento de los acontecimientos. Y los turistas, en sus idiomas, vaticinaban el final del evento como veteranos profetas.
Y sin más preámbulos comenzaron a jugar. Las chicas eran tan hábiles como el soldado Forrest Gump, interpretado por Tom Hanks en su galardonada película. Sus muñecas parecían de goma. Batían la pelota asiendo las paletas con una y otra mano. Daban vueltas sobre sí mismas y respondían a tiempo los ataques de sus rivales. Mi primo y Chilampa rezumaban a chorros. Sus hoscos ataques apenas esforzaban a sus contrincantes al retenerlos. A los cuarenta segundos, cabe destacar que fueron muy cargados de adrenalina, el primer punto lo anotó Maitte, al faltarle reflejos a un sudoroso Chilampa cuando ni vio a la pelota volar a centímetros de su sien izquierda.
—¡BRAVO, MAITTE! ¡TE AMO! ¡BRAVO, MAITTE! —gritó un chico de la misma edad de las jugadoras. Muy tarde quiso ocultarse detrás de los franceses. Maitte le pescó, y de bermejo se le tiñó la cara. Nadie más aclamó a las chicas, ya que estaban ocupados en interesarse por la vehemente declaración de amor del adolescente.
Mónica carraspeó y, de inmediato, habló:
—¡Estamos en medio de un partido de tenis de mesa! ¡Yo no escribí una tarjeta de invitación a Cupido!… ¡Adelante, prosigamos!
Cayo, durante ese lapso anterior de tiempo, le había llamado en murmullos a Chilampa para darle una advertencia:
—Promoción, estas chicas son excepcionales. Mantén los ojos bien abiertos… De igual manera creo que nos darán una paliza, en consecuencia, perdamos hasta que ellas recuperen su dinero, y olvida el hecho de apostar los dólares.
—Eres un marica, Chechelé —le regañó, pronunciando también en susurros—. Mi nivel jamás será rebajado por unas niñitas presuntuosas y…
Los espectadores se concentraron en Mónica y desde luego en ellos. Chilampa no pudo soltar sus sendas groserías. “Cómo persuadiré a este necio de tirar la toalla. Sino, adiós dólares”, pensó mi primo. “Chibolas de porquería, cómo osan superarme”, pensó el iracundo.
El resultado del set fue de 10 puntos para las chicas y 0 para los chicos. Maitte marcó 5 e igual Mónica. Cayo jugaba mejor que su promoción, pues sus reflejos ciclísticos rellenaban un poco ese vacío abismal de diferencia entre sus novatas tácticas y las técnicas profesionales de las campeonas de ping-pong. En este deporte, aunque parezca fácil, se requiere de años de práctica, antes de ser ducho. Maitte y Mónica, indudablemente, cumplían los requisitos. Chilampa tuvo la desdicha de pagar los 30 soles a las muchachas, rechinando los dientes y con unas ganas de coserles la boca por las jetas para que no oyera sus blasonerías. Mónica les dijo:
—Olvídense de subestimarnos ahora, porque el mismo error cometieron los demás equipos del campeonato. Al final, con la medalla de oro en nuestras manos, se arrastraron como lombrices a congratularnos.
—Y DÓNDE ESTÁN… Y DÓNDE ESTÁN… LOS TARAPOTINOS QUE LES IBAN A GANAR… —retumbó el vocerío como en la tribuna de un estadio.
—Esa plata rebotará a mí cual si imitara a la pelota —barbotó Chilampa.
—El señorito repugna amilanarse —dijo Maitte con el mentón en alto—, o, ¿es muy macho que sus principios destruyen su razón?

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