Algunas personas observaban un tanto extrañadas a los tres muchachos. En especial al del medio, que sufría constantes arcadas. En su cruce por la calle Totolín derramó hilillos de vómito por las rendijas de su boca. No fue mucho, pero estuvo cerca de mojar a sus compañeros. Cuando volvió a hacerlo se ubicaban al borde de la primera grada. La boca de nuestro amigo se hizo como una fuente que arrojaba agua desmesuradamente, pero, en envés de ésta, arrojaba repugnancias. Salían litros y litros y, Cayo y Chilampa, nada podían hacer.
Totolín botó los últimos chorros en el sitio destinado, regando al pasto seco del mediodía. Cayo y Chilampa pensaron que todo había terminado. En cambio, las circunstancias no serían satisfactorias: después de un corto lapso, a Totolín le retornó su molesto síntoma y el pecho de Chilampa fue el receptor de asquerosos alimentos semi-digeridos: granos de arroz aguados, cáscaras de frejol, trozos de carne viscosa y un líquido glutinoso de color verde botella.
—¡QUÉ DEMONIOS! —gruñó, y le dieron ganas de vomitar—. ¡Me estás bañando con tu bilis! ¡AGGGH!
Totolín se desplomó luego de vaciar todo lo que digería su sistema gastrointestinal. Mi primo le sujetó instintivamente de las axilas. Vio que su amigo tenía una tez cadavérica, los ojos enrojecidos, el pecho en continua agitación, los brazos en temblequeos y demás signos de debilidad. En tanto, Chilampa hervía de furia y se le encresparon de asco los pelos de la nuca. Eso de tener la guardia baja le perjudicó no pocas veces. En ese instante fue incapaz de comprender el desvarío de Totolín, al cual no le sobraban casi fuerzas. Y enseguida, le dijo a gritos:
—¡Desgraciado, eso lo hiciste a propósito!… ¡Vete a la mierda…! ¡Esto no se va a quedar así! —se abalanzó sobre el pálido muchacho y presionándole el cuello le dijo iracundo—. ¡IMBÉCIL, CÓMO TE ATREVES A BURLARTE DE MÍ DE ESA FORMA!
—¡Cálmate, Chilampa! —lanzó Cayo una censura—. ¡Él no lo hizo con malas intenciones! ¡Suéltalo! ¡Se está asfixiando! —viendo que el agresor no cedía, forcejeó contra él y levanto la firmeza de su voz—. ¡LO VAS A MATAR! ¡ACASO PRETENDES REMATARLO DEJÁNDOLO SIN AIRE! 
Una multitud, que a un principio el trío ignoraba, se iba conglomerando alrededor. Los presentes daban muestras de indignación y varios pares de ojos apuntaban como puntas de lanzas a Chilampa. Un fornido e impulsivo joven asió al agresor de la cintura y casi le dio una severa arremetida si Cayo no iba en su defensa.
—¡Alto ahí, viejo! —arguyó mi primo—. ¡Esto es una riña de patas! ¡Nosotros mismos la resolveremos! ¡Hazte a un lado, por favor!
Chilampa meditó acerca de su sádico acto y libró a Totolín. El escándalo que fomentaba en el ambiente, a causa de su insensibilidad y de la impulsiva ira que revolvió su ser, le pareció un acto ajeno a lo que solía hacer comúnmente. Totolín quedó bastante maltrecho y agitado. Viendo esto el joven de la multitud, con voz gutural y llena de enojo, le respondió a Cayo:
—Actúa como un vulgar delincuente, y no como un amigo —miró amenazadoramente a Chilampa—. ¡Cómo puede tratarle así!... Mi intención era ayudar a este pobre muchacho —miró piadosamente a Totolín— y salvarlo de una muerte por asfixia. En todo caso, tú, viejo —se concentró en mi primo—, te retrasaste demasiado en socorrerlo y deberías haber puesto mano dura. De nada sirven las palabras en estas situaciones, por lo tanto el golpe es la clave…
—Aguanta tu carro. Nadie asestará golpes —remachó Cayo, haciéndose notar en medio de la enardecida caterva—. Solucionaré esta disputa, y así que aléjate. Me ocuparé de que mis amigos hagan las paces.
Furioso, el musculoso joven frunció el ceño y se limitó a levantar su pétreo puño a pocos centímetros del rostro de Chilampa, para finalmente decir:
—Estaré observando de cerca. Si la situación entre ustedes empeora, tendré que actuar, y no es para dialogar y hacer las pases, en cambio… ya supondrán qué.
Cayo se puso en cuclillas para ubicarse al nivel de Totolín. Éste yacía sentado y cabizbajo en una de las gradas. Su respiración hubo recuperado su ritmo normal, pero su semblante seguía de un color mostaza. Dijo que la cabeza le punzaba en la región frontal y que el cuello le dolía por dentro y fuera. Tenía la traquea delicada y su ronca voz hablaba por sí sola de su estado.
—Respira profundo —le dijo mi primo—. Ya todo terminó. A Chilampa le invadió un ataque de furia. Despreocúpate, ya se le pasó por completo. Es mejor que busquemos un lugar donde lavarnos, aunque yo me ensucié… digo, me ensuciaste un poquito.
Luego, se aproximó a Chilampa para hablar seriamente de lo que acababa de ocurrir, pero, antes de que pronunciara palabra alguna, le dijo con voz vacilante:
—Chechelé, me arrepiento de este salvaje acto que cometí en contra la integridad física de Shicapita —Cada una de las personas permanecía atenta—. Te juro que ni yo mismo me reconocí al obrar de esa forma. ¡En qué demonios estaba pensando! ¡Estuve a un pelo de cortarle de por vida la respiración a un amigo y todo por mi falta de control! ¡Discúlpame, por favor!
—No me lo pidas a mí. Pídeselo a él —articuló comprensivo mi primo.
Chilampa se acercó a Totolín y, sin necesidad de empezar un diálogo, ambos se dieron un cálido abrazo. En ese instante las frases estarían de más, ya que ese acto de arrepentimiento lo simplificaba todo. Los dos dejaron en el pasado sus desvaríos. Y mientras esto pasaba, la gente de alrededor se conmovió ante esta escena, cada vez, poco común. Hasta el joven que se quiso dar de héroe no se contuvo y fue el iniciador de los aplausos. Durante un rato se oyeron consecutivos golpes de palmas de manos y una secuencia de vítores e incontenibles sonadas de nariz. Una señora, que se hubo dado una frotación extra en su zona nasal, avanzó de la multitud e invitó a los muchachos a lavarse en su casa. Los tres aceptaron de buen agrado su afabilidad.
Cuando la gente se hubo ido y sólo quedaban los tres y la señora convidadora, ésta les dijo:
—Jóvenes, vayámonos, que les guiaré a mi casa. Queda cerca de aquí. No se asusten, ya no estoy enojada con ustedes. Después de lo que acabo de ver me basta para estar segura de que son unos buenos chicos, a pesar de lo impulsivos que pueden llegar a ser.
Chilampa ayudó a Totolín a levantarse del piso. Le retiró la mochila de sus hombros y la cargó con un brazo, con el otro hacía fuerzas para equilibrar el trayecto de su alicaído compañero. La mujer descendió las gradas y los tres la siguieron lentamente. Cuando habían bajado la mayoría de las ellas y les faltaban unos cuantos pasos para llegar a una calle perpendicular, Cayo se acordó de las bicicletas estacionadas en la vereda de la plaza.
—¡Cómo pude olvidarlas! —dijo—. ¡Las bicicletas!... ¡Ruego que sigan ahí!
Se apresuró en ascender las gradas, a veces saltando hasta tres o cuatro. Chilampa iba en pos de él. Había dejado a Totolín sentado en un parapeto cuidando las mochilas y la señora aguardaba a un costado de éste. Mi primo continuaba cargando la suya y se alivió de no haber decidido descolgársela de los hombros en la plaza. Hubiera sido sencillo de que se la hurtasen. Su alivio fue efímero, pues, al llegar a la cima de las gradas y mientras corría al pasar la calle, vio que ninguna de las tres bicicletas se encontraban en el lugar donde minutos antes las habían dejado.
—¡Debemos dividirnos! ¡No perdamos más tiempo! —le dijo ansioso a Chilampa—. ¡Yo voy calle arriba y tú calle abajo! ¡Rápido, hombre!
Cayo, no corrió, voló subiendo la calle. Giraba su cabeza a los lados cada instante. Cada segundo que trascurría le era más desesperante. A veces, cuando alguien pasaba montado en bicicleta, se demoraba en verificar y en convencerse de que no era la suya. Subió tres cuadras completas. Dobló dos a la derecha. Y retornó a la plaza. Una vez estando al nivel de la calle de ésta, subió desalentado la cuadra que faltaba.
Chilampa se había perdido de vista. A mi primo se le acabaron las esperanzas. La bicicleta que tan útil le fue para practicar su deporte favorito estaba en Dios sabe dónde. “Tantas horas que dediqué a esforzarme para ser el mejor pedaleando en esa bicicleta”, pensó. Ese recuerdo le hacía sentirse más nostálgico. Nunca se imaginó que la pérdida de un objeto lo afectaría de esa forma. Recordó las modificaciones que le hicieron gracias a los ahorros que a diario recaudaba. Recordaba las innumerables veces que la llevó al taller a cambiarle las piezas obsoletas por modernas, fabricadas de aluminio. Hasta esa fecha se iba constantemente a que le hagan nuevos arreglos. Por otra parte deseaba que todo lo metálico fuera de aluminio, o, en el mejor de los casos, con aleaciones de titanio.
Desasosegado, se sentó en una banca de cemento en una esquina de la plaza y rozó las palmas de las manos por sobre su rostro y pelo. Ahora cómo diablos iba a regresar a Tarapoto sin su bicicleta. No tenía ganas de comprobar cuánto de dinero tenía en los bolsillos y pensó qué dirían cuando llegara a su casa caminado por la vereda.
Consumido por la angustia, levantó la cabeza y dirigió su mirada a la calle de en frente, la cual descendía hasta el mercado y, siguiendo más allá, al barrio Wayku. En ese momento los rayos del sol le empañaron la visión debido a que hubo permanecido con la cabeza baja. A medida que se acostumbraba a la luz ultravioleta, pudo ir captando la silueta de tres personas que se aproximaban pedaleando. Le parecieron bastante pequeñas para ser gente adulta. La respuesta le llegó cuando se detuvieron en la esquina opuesta, que quedaba a veinte metros. Tres niños, dos hombres y una mujer, se mantenían en puntillas, con las ingles posadas en los chasis de las bicicletas. La de Cayo estaba en poder de la niña, la misma que era más alta que los demás infantes.
Mi primo se levantó de un brinco de su sólido y cálido asiento y empezó a correr hacia ellos. Incluso antes de que se propusiera a gritar la niña advirtió que él era el propietario de la bicicleta, y es así que ésta se adelantó y dijo tímidamente:
—Por favor no se enoje. Estábamos yendo a dejarlas en el lugar donde las encontramos.
En seguida Cayo reventó:
—¡Oye, acaso en casa te enseñaron a tomar cosas ajenas! ¡Qué susto me diste! ¡Ustedes! —vio rabioso a los niños—, ¿por qué no la persuadieron para dejar esas bicis en dónde estaban?
Chilampa se asomó resollando. Se contentó de encontrar por fin lo que buscaba. Escuchó las quejas de Cayo y habló, sin embargo, apacible:
—Relájate, Chechelé. Son sólo unos niños —ellos miraban con repulsión hacia su polo ensuciado de vómito—. Naturalmente son traviesos. Es propio de su edad. Deja de juzgarlos, sino seguirán inmóviles de páni…
—Está bien —interrumpió Cayo. Respiraba profundo tratando de tranquilizarse—. Ustedes tres me causaron un gran susto… Y cambien esas caras de miedo, que lo qué menos pienso hacer es golpearlos.
Pero más que susto, mi primo en esa tarde, sintió nostalgia de haber extraviado, aunque sea por unos minutos, su bicicleta.
Totolín y la señora, con cierto aire de preocupación, les esperaban en donde empezaba el descenso de las escalinatas. Cayo y Chilampa contaron sin más ceremonias lo sucedido.
—Después de todo, cosas como ésta siempre nos agarran de sorpresa. Así que, con sumo respeto señora, le digo si aún está en pie su oferta de invitarnos a su casa —puntualizó mi primo. La mujer asintió sonriendo y efectuó un ademán de que la siguieran.
Chilampa llevó rodando la bicicleta de Totolín y la suya, rebotando las llantas en cada grada. Cayo llevaba la de él, asiéndola con la mano izquierda y ayudando a su poco más restablecido amigo con la derecha.
En la esquina opuesta los cuatro doblaron calle abajo, al sur. Ahí la totalidad de las casas eran de un piso y raras veces transitaban vehículos motorizados. Se acercaban a la esquina de esa cuadra y, de repente, la señora detuvo su andar. Los muchachos hicieron lo mismo, aguardando. La anfitriona hurgó dentro de su bolsillo y extrajo un manojo de toscas y gastadas llaves, una o dos de ellas tan herrumbrosas que parecían talladas en madera. Luego introdujo una, que conservaba aún su color plateado, en el agujero de la puerta.
La casa tenía dos ventanas, una a ambos lados de la puerta. La fachada y el interior, como pudieron comprobar una vez en el sala de entrada, estaba construida a base de ladrillos y cemento. Las paredes cubiertas parejamente de este último. La casa era la única vivienda del barrio proyectada para un piso secundario, ya que, al final de un estrecho pasillo, yacía una escalera de madera que subía en espiral y chocaba contra un grupo de tablones amontonados que bloqueaban la entrada a la azotea.
—Siéntense, jóvenes —convidó la señora, señalando a unos acolchonados sillones puestos alrededor de una mesita de centro de vidrio—. Están en su casa.
Cayo, Chilampa y Totolín agradecieron y se arrellanaron en sus asientos. Antes de entrar a la casa la dueña les permitió que metieran sus bicicletas. Las habían colocado apoyadas en la pared y sus bultos descansaban en el suelo, a un costado. Ninguno de los tres habló hasta que regresó la señora, la cual dijo:
—Jóvenes, hay suficiente almuerzo para ustedes, mi hijo y yo. Mi marido vendrá del fundo recién al atardecer. Se va los fines de semana. Me gustaría que hubiese estado aquí y que comamos —contó con sus dedos— los seis juntos. Vamos al comedor. Y a ti joven —vio a Totolín— te daré un brebaje que te rehabilitará.
Los tres volvieron a agradecer y fueron tras ella a través del pasillo. Atravesaron una puerta al final y salieron a una huerta circulada de cañas bravas. En medio habían sembríos apretujados de plátanos con gruesos tallos y en derredor arbustos de limón y huabas. Pegado a la pared, a la izquierda de la puerta, un tambo, semejante al que servía de sombra a las nativas entre los kilómetros ocho y nueve de la carretera de ingreso al pueblo, resultaba ser un rústico comedor. Su estructura era más ancha y alta, y su techo se mantenía a nivel. Dentro, un rollizo chiquillo dormitaba en su silla sujetando una cuchara. Se despertó al arribo de su madre y de los tres desconocidos. Cayo notó que dos mesas fueron colocadas una a continuación de la otra y que un floreado mantel las cubría impecablemente.
—Todavía no me dicen sus nombres —dijo la señora. Al instante, se presentaron:
—El mío es José Carlos, pero me llaman Chechelé o Cayo.
—Yo me llamo Jorge, pero acá mis patas me dicen Chilampa.
—Yo también me llamo José, y hasta ahora no sé porque este par me sigue llamando Totolín o a veces Shicapa.
—Creo que nunca pasarán de moda los apodos —dijo la señora—. Mi nombre es Rosa, pero me pueden llamar Roshi.
Los cuatro rieron ante el atrevimiento de la dueña de casa. En cambio, el niño frunció el ceño, presionó ligeramente sus labios y cruzó los brazos. Sus papadas eran como albóndigas bien cocidas. Obviamente estaba disgustado por algo.
—Doña Rosa —preguntó Chilampa—, ¿dónde nos lavamos?
—¡Ah! ¡Qué tonta, lávense ahí! —apuntó a un lavamanos al otro costado de la puerta—. Si quieren usen el jabón y la esponja.
Cinco minutos después, el trío quedó impecable. Vestían nuevos polos y los que estuvieron manchados de vómito ahora se secaban a los rayos del sol, colgados en un alambre. Una vez bajo la sombra del comedor, la señora señaló al pequeño para presentarlo. Dijo primero con voz zalamera:
—Jóvenes, este hermoso muchachito es mi hijito. Su nombre es Enrique y yo le llamo Kikito —viendo que el porcinito humano estaba inmóvil, le regañó—. ¡Hey!, ¿dónde están tus modales, jovencito?
A regañadientes, el muchacho saludó a los invitados con un parco “hola”. La madre trató de conformarse con la actitud de su hijo y se limitó a intentar intimidarle, clavándole duramente la mirada. Nada le hizo efecto. Luego indicó a los comensales que se sentaran y se fue a comprobar si el almuerzo estaba listo. La cocina, hecha de ladrillos de barro, se ubicaba en un extremo del tambo. Tres ollas, también de barro, se sostenían en una parrilla fijada en sendos murillos. Debajo, montones de leña al rojo vivo humeaban sin cesar. La doña retiró con sumo cuidado estos ardientes pedazos de tronco, tocándolos por el lado frío. Tomó un par de húmedos paños manchados de hollín y retiró una por una las ollas, parándolas luego en un entrelazado de cañas bravas que servían de despensa.
—Esperen… Ahora deleitaran sus paladares con mi rica sazón —dijo la mujer con voz cantarina.
Sacó unos platos hondos de plástico y fue vaciando el contenido de las ollas en estos. La comida constó de lechuga picada y tomate en rodajas bañados con jugo de limón (como ensalada); caldo de gallina (como sopa); arroz baleado con frejoles puzpino , plátano sancochado y pollo frito (como segundo). Además les sirvieron salsa de cebolla picada y limonada. “¡Esto es comida de verdad!”, pensó saboreando Cayo.
En plena comilona, la dueña de casa le sirvió a Totolín una taza conteniendo un líquido cobrizo.
—Bébetelo de un trago, sin respirar —le ordenó.
Obedeció sin miramientos y, antes de golpear la base de la taza con un ruido sordo en la mesa, produjo un sonido rasposo con su garganta.
—¡Cómo arde! ¿Qué me dio, doña Rosa? —se apresuró en preguntar.
—Es un brebaje secreto. Me es prohibido darte la receta porque lo obtuve de mis ancestros y cometería una falta al revelártelo. Lo que me está permitido decirte, es que, el chuchuhasi  es un ingrediente indispensable.
—Ahora comprendo por qué me quemó la garganta —declaró Totolín—. Ojalá mi hígado no sufra eso.
—Descuida, joven. Espera, que te sentirás como cañón y se te irá la sheplequería  —dijo orgullosa la señora—. Debo recordarte que es un efectivo afrodisíaco. Cuando salgas a la calle evita de estar chequeando de más a las jovencitas, ya que, no tardarás en templar carpa.
Un retumbar de carcajadas se oyeron en seguida. Todos, excepto el niño, se reían. Quizás porque era muy joven para entender el chiste o porque le invadía una enardecida ira que consumía sus entrañas. Ya lo averiguarían… ¡y de qué forma!
De pronto la comida se tornó más amena. Cada uno contaba experiencias graciosas. Se ocupaban mayor tiempo en hablar que en engullir sus alimentos. En el aire se respiraba un aura de camaradería, pero había algo que lo enrarecía, algo que desde un principio se dieron cuenta, sin embargo, trataban de ignorar. “¡Qué rápido nos agarró confianza esta tía! ¿Será porque su marido se ausenta demasiado?”, pensó Cayo riéndose por sus adentros. Calculó que la edad de la convidadora topaba los treinta y cinco años. Sus atributos femeninos seguían siéndole generosos.
A la una y media de la tarde una brisa sopló a través de la huerta. Un trozo de hoja seca se posó en la boca entreabierta del muchacho, a la que estaba asomando su cuchara llena de arroz. Mi primo se percató del embarazoso hecho y resistió una risotada, por lo que casi se atraganta. Tomó unos tragos de limonada, a sugerencia de Chilampa, y a un rato le relató a la dueña de casa su travesía desde Tarapoto. En ese momento escucharon un quisquilloso gruñido: el gordote muchacho había comenzado su berrinche. A un costado de él reposaban tres platos vacíos sin restos algunos de comida, pues hubo ingerido un plato con sopa y dos con segundo. Su estómago le exigía más y, como vio que sus quejas no obtenían fruto, tironeó de la manga de su madre, la misma que finalmente tuvo que obedecer a su incivilizada petición. De la olla sacó una lámina de concolón  y unos pocos frejoles. El niño los comió de un solo bocado y de inmediato prosiguió reclamando con fuertes hipados:
—¡Mamá, quiero más, quiero más! ¡Dame más comida! ¡Por qué trajiste a esta gente a la casa! ¡Están comiendo parte de mi almuerzo! —miró al trío como un molesto osito, y dijo— ¡Ustedes no tienen porque estar aquí…! ¡Mamá, ya es suficiente, sácalos de la casa!
—¡Cállate, muchacho malcriado! —gritó doña Rosa. Hubiera actuado antes, pero la reacción de su hijo la dejó estupefacta—. ¡Compórtate, niño ingrato! —él no paraba—. ¡Si no te callas, te encerraré en tu habitación!
A continuación se libró un gran caos. Madre e hijo discutieron como fieros enemigos. Al final, el muchacho fue metido en su habitación a duras penas. Corrían lágrimas por las mejillas de la ama de casa cuando cerró con llave la puerta del cuarto. Detrás, un retumbar de patadas y manotazos no disminuían en absoluto. Llorosa y avergonzada, la señora tuvo que despedir a sus invitados, pidiéndoles disculpas debido al desliz de su renegado retoño. Cayo se armó de valor, y dijo:
—No es su culpa, doña Rosa. Le estamos profundamente agradecidos por su abnegada hospitalidad. Tiene el deber de dialogar con su hijo y hacerle entender qué virtudes debe poner en práctica si desea que se convierta en un joven educado y condescendiente… Pasamos entonces a retirarnos.

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