Sólo un señor de enmarañadas melenas hacía pasear a un cocker amarillo, alrededor de la calzada. Cayo, Chilampa y Totolín estacionaron sus bicicletas en el zócalo de las placas, e inmediatamente se derrumbaron en el pasto. Acto seguido, mi primo, con el rostro y las manos tan pálidas como el pelaje del perro que olfateaba cerca, se echó boca arriba, restregándose los ojos con los nudillos. Su tenacidad de continuar martirizándose quería decaer por momentos, pero cuando le venía a la mente que su fama de ciclista se vería truncada, si no tenía la fortaleza necesaria de vencer cualquier adversidad, se reprochaba por su falta de valor y temple. Enajenado, no escuchó lo que sus amigos le decían. Recién cuando le sacudieron de los hombros, supo que hace ratos le estaban hablando. Se sorprendió de que su visión había declinado más; clara prueba de ello eran las estrellas, pues las veía más grandes.
—Ese brujo es un charlatán. Tu aspecto es un desastre, Chechelé —dijo Totolín.
—No sólo su aspecto, Totolín —agregó Chilampa—. Aunque no sienta lo que él, sé que por dentro está padeciendo mucho —se concentró en Cayo, que se hubo acuclillado, interrogándole—. ¿Qué me dices? —y sin esperar respuesta, hizo una segunda pregunta—. ¿Podrás pasar el puente en esas condiciones?
Durante el lapso que permaneció echado, mi primo no había estado rumiando el modo de cruzar el puente. En última instancia, dijo:
—Persistiremos en fila india, casi rozando la vereda. Trataré de seguir lúcido. ¡Denme más ánimo que nunca!
Se retiraron del óvalo en el mismo orden que ingresaron. El tráfico se compactaba a cada metro, debido a la poca anchura del puente. Desde su ida en la mañana hasta su etapa concluyente de vuelta, la circulación de vehículos y peatones se había duplicado, o tal vez triplicado. Los tres se colocaron a un palmo de la acera. Chilampa y Totolín improvisaron una alegre cancioncilla, y Cayo, invadido de dolores, se esforzaba por no tambalearse ni desviarse en exceso. Durante su cruce, estuvieron a pulgadas de codearse con la gente, los autos y motocarros. Después de todo no fue muy peligroso, y el trío, de ahora en adelante, tendría mayor espacio para maniobrar.
Hasta su arribo a casa, mi primo pedaleó como un mero autómata, presionándose la nariz cuando le repiqueteaba o sentía potentes punzadas, y frotándose los ojos para ver nítido. Lo fatal estuvo por sucederle en una cuesta que pasa por debajo de un puente peatonal. El agotamiento hizo que no pisara lo suficientemente fuerte el pedal y su pie se resbalara, produciendo que perdiera el equilibrio y se cayera a un lado. Por «suerte» la caída no fue perniciosa y Totolín le levantó antes de que un carro le atropellase.
—¡Tú puedes, Chechelé! ¡Tú puedes! —le reanimaron—. Ya llegamos a la cima, desde ahí estarás a unos pasos de casa.
—Lo lograré —musitó jadeando y sintiéndose como Cristo cargando la cruz—. Tengo que lograrlo. Un buen ciclista jamás se rinde.
—¡Así se habla, compañero! —exclamó Chilampa, que se había puesto a su siniestra para evitar que torciese de carril.
—¡Eres invencible, tío! ¡Fenomenal! —le vitoreó Totolín a sus espaldas.
Con la frente perlada de sudor y los labios resecos, Cayo terminó de subir la cuesta. Siguieron yendo por una calle horizontal quinientos metros aproximadamente. Luego doblaron a una avenida que también ascendía, pero esta era dos tercios de veces menos inclinada que la anterior vía. Ya sólo (a mi primo) le faltaba dieciséis cuadras para llegar a casa, entre mil doscientos y mil quinientos metros. “Creo que batiré un récord por soportar tanto dolor”, se dijo, esforzándose por hacer sprints. “Puedo hacerlo… Soy invencible… Demostraré que estoy hecho de acero y que soy un hueso duro de roer”. De pronto se acordó de un libro de auto-superación que había leído hacía unas semanas. El aclamado best-seller llevaba por título El Invencible, escrito por el mexicano Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Su optimismo y confianza en sí mismo crecieron a cada pedaleada, y a pesar de todo, los dolores no dejaban de atribularlo. La sangre coagulada de sus fosas nasales obstruía la entrada normal de oxígeno a sus pulmones, esto, sumándole el hecho de que estaba muy agitado, contribuyó a la aparición de mareos más persistentes.
Al fin acabaría su aventura. Ninguno, al salir de sus hogares en la mañana, se imaginó que les acaecería una retahíla de inusuales acontecimientos. Desde la picadura de la hormiga a Totolín hasta su encuentro con la esfera luminosa, cada suceso estaba plagado de situaciones de lo más raras y paradójicas conocidas. Por ende, está comprobado que los designios del Altísimo suelen ser caprichosos e, incluso, en ciertos casos, aleccionadores… Pero volvamos, y a detalle, con los últimos pedaleos del trío, en especial con la brega de Cayo.
—¡Ya llego! —roncó él.
—¡SI…! —gritaron sus amigos—. ¡SIGUE CONCENTRÁNDOTE, CHECHELÉ!... ¡LO LOGRARÁS!
Sorprendidos por las voces de aliento, varios conductores y transeúntes dirigieron sus miradas hacia ellos. Eran cerca de las veintidós horas. Mi primo no se daba por vencido. Las luces y las punzadas le hacían lagrimear. Su tabique daba chasquidos cada vez que pasaba por rajaduras o baches. Oía un zumbido taladrante en el interior de su cabeza. Su sudor comenzó a enfriarse. Gracias a Dios el tráfico no era mucho, ya sea porque la calle se ubicaba lejos del centro de la ciudad o debido al plano ruinoso del asfalto.
De repente, con su deficiente vista, la divisó. La esquina que tenía que doblar para llegar a casa se encontraba a poco más de dos cuadras. Y, como si una fiera salvaje le persiguiera, aceleró usando sus últimas energías e importándole un bledo que se accidentara de nuevo. Chilampa y Totolín, admirados de la destreza de su compañero, tuvieron que emparejársele, no sin resoplar. Preocupados por su seguridad, le advirtieron a gritos:
—¡CHECHELÉ, NO ES NECESARIO IR A ESA VELOCIDAD!... ¡SOLAMENTE NOS RESTAN TRES CUADRAS!
A pesar de que estaba al borde del desmayo, mi primo no redujo la velocidad. Recién cuando alcanzó la esquina, aplicó los frenos y viró con éxito a la calle perpendicular. Fue un milagro que no se resbalara en esas condiciones, y lo digo sin exagerar porque fui testigo ocular de tal «hazaña». Coincidí con exactitud en el lugar de los hechos. Cabe la «casualidad» de que, justo en esos instantes, me retiraba de la casa de Cayo a la mía. No acababa de dar ni medio centenar de pasos cuando lo vi. Chilampa y Totolín venían a ambos lados de él. Me vieron, y me llamaron. Supuse que algo grave ocurría y los seguí corriendo hasta la entrada del domicilio. Al ir salvando los pocos metros, especté una escena que se quedó bien grabada en mi memoria, una escena que a un principio me asustó, dejándome sin habla. Jamás, desde que tenía uso de razón, vi a mi primo actuar de esa forma: tambaleándose, se había bajado de su bicicleta, se arrodilló en la vereda, y, como un trastornado, alzando los brazos al cielo, rompió en llanto, gimiendo como una parturienta primeriza y diciendo frases ininteligibles. Me aterró su, para mí, inexplicable comportamiento. ¿Qué desgracia le habría ocurrido? No supe responderme. Sus amigos, que hacían de todo por calmarlo, ya ni les interesó mi presencia, quizá ni se acordaban que me habían llamado. La única idea que tuve fue de tocar la puerta y esperar a que salieran sus padres. Sin embargo, todo se me reveló antes de que mis tíos y mi prima, Ana Luisa, salieran disparados de la casa.
Durante la espera me aproximé al trío. Creo que en esos momentos no había sido muy diferente a los postes de la calle: inmóviles y mudos. De cerca las dudas se me despejaron. Vi que de las fosas nasales de Cayo chorreaban enormes gotas de sangre, la luz de los postes camuflaba su cadavérica palidez y, detrás de las lágrimas, la sangre y el sudor, fui capaz de entender lo que decía:
—¡Vencí las adversidades! ¡Lo logré! ¡Gracias, Dios mío! ¡Soy el mejor ciclista del mundo!
Mi primo era una perfecta representación del triunfo descontrolado. La emoción y el dolor no dejaban de rematarlo con furia, haciéndole desistir a medida que su cansancio crecía, dispersándose en cada músculo, en cada hueso, en cada tendón de su molido cuerpo.
A nuestro alrededor se había reunido tanta gente como en el partido de tenis de mesa que rindieron Chilampa y el extenuado en el mirador de Lamas. Mi tía Elvira y mi tío Manuel auxiliaban a Cayo mientras que mi prima pedía nerviosa una ambulancia por su celular. Chilampa y Totolín, expedidos de su labor de ayudadores, me hicieron un recuento relámpago de su agotador día. Su encuentro con el brujo y la esfera fue lo que más me llamó la atención. Chilampa decía que las intenciones del hechicero eran buenas, que Cayo debería haber reposado para recuperarse, y no haberse matado pedaleando; con respecto a la esfera, planteó que era de origen interplanetario. Totolín insistía que las curaciones del brujo habían sido un fiasco, pura charlatanería; de la misteriosa fuente luminosa se limitó a reservar su opinión.
—Chocheras —les dije—, así como estoy seguro de que los viajes al pasado y al futuro se pueden hacer realidad, estoy seguro de que no me mienten.
La ambulancia llegó en seguida. Los médicos de emergencias bajaron una camilla en la que trasladaron a un quejumbroso Cayo. Su familia entera entró a acompañarlo.
Antes de que cerrasen las puertezuelas traseras, escuché claramente las voces de mi tía y su hijo:
—¡Tranquilízate, cariño! Después de que te enyesen, tu sufrimiento habrá terminado. Hasta podrás cenar con nosotros en el hospital.
—Sólo espero que se acabe este terrible dolor de nariz.

FIN

… Los tres protagonistas de esta historia solamente recorrieron poco más de setenta kilómetros en sus bicicletas.

… La próxima historia (anécdota) que publicaré también fue narrada durante la época que describí antes de iniciar la que acabo de postear.

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