Desde que reanudaron su caminata nadie se atrevía a pronunciar siquiera un monosílabo o a cambiarse de ubicación. “Señor”, pensó mi primo al doblar una curva, “si salgo ileso de esta, te prometo que iré cada domingo a misa”. Los moscos y demás insectos chupa-sangres les hacían más penoso su andar, y los secuenciales ululares de tonadas melancólicas de los búhos encajaban como música de fondo en esos momentos de suspenso. Chilampa, para amortiguar los cantos de los estrígidos, empezó a silbar una amena canción que recordó del jardín de niños. Ésta, era similar al ritmo de la cancioncilla la cucaracha ya no puede caminar. A Totolín y al pequeño les sirvió de gran ayuda oírla, puesto que les calmó en algo los nervios. Y Cayo, lejos de serenarse por el terrible dolor de tabique, se impacientó de igual forma por llegar a casa y culminar con esta aventura de una vez por todas.
No anduvieron ni un tercio de estadio cuando algo o alguien les retuvo los pasos. Unos bruscos movimientos en los pajonales los dejó con el corazón en vilo. Incapaces de darse a la fuga, ya que sus piernas se durmieron en el ínterin, lenta y sigilosamente, se limitaron a girar sus cabezas hacia las espigadas hierbas. Casi se caen de espaldas al ver que un bulto negro se movía con hosquedad en medio de las matas. Los rayos lunares reverberaban sobre esta «mole viviente» cual si fuera un foco proyector de teatro. De improviso, emitiendo unas respiraciones pausadas, se acercó a los cuatro, trotando y tropezando sobremanera.
—¡Escapemos! —gritó resuelto Chilampa—. ¡Es un toro y viene a embestirnos!
—¡Si! ¡Y allí están sus cuernos! —chilló aterrado el infante.
Apenas dieron un par de zancadas, y el rumiante surgió bufando de los altos pastizales, con las astas dirigidas hacia ellos. Pero, sólo la mitad de su fornido cuerpo pudo salir. Furioso, bramaba y se retorcía en su mismo sitio.
—¡Hay una soga atada en una de sus patas! —advirtió de inmediato mi primo.
Efectivamente, una gruesa cuerda de esparto había sido anudada en la articulación de uno de los miembros traseros del animal. Con sus vehementes zarandeadas y brincos aplastaba y abría el follaje, adrede de querer desembarazarse. Así fue que la soga, poco a poco, pudo ser mejor vista desde el ramal. Los muchachos y el niño anularon su fuga y se concedieron el lujo de observar a la bestia.
—¡Qué toro de lo más estúpido! —se rió Chilampa.
—Está bien atado. No creo que se suelte —dijo Totolín, rezando por no estar equivocado.
—¡Tú! ¿Qué opinas? ¡Estamos por donde andas siempre! —preguntó Cayo al mocoso.
—Es posible que el condenado se libere y vengan más a atacarnos —le contestó.
—¡Entonces, vayámonos de prisa! —dijo mi primo apretándose el tabique con los dedos, y, apesadumbrado, se quejó mientras juntos se ponían en marcha—. Jesucristo, qué hice para merecer esto. Cualquiera diría que estoy pagando los pecados que cometí durante años.
Los mugidos y resoplidos del bóvido se hicieron débiles. Y luego de que el ramal se nivelara de nuevo, dejaron de oírlo por completo. Ahora, ambos lados del terreno estaban plagados de hierbas, pero el de la siniestra sólo alcanzaba el metro de altura, por lo que los muchachos pudieron tener una visión panorámica hasta donde les permitía la noche.
—¡Allí está mi casa! ¡Yupi! —saltó contento el pequeño.
—Ya era hora —dijo Totolín. Aplicando un tono de ironía, prosiguió—. Este lugar es el paraíso para que uno pueda vivir en paz. Cuando tenga plata mandaré a construir mi domicilio por los pastizales que dejamos atrás. Será fabuloso.
La morada del niño era una choza pobremente iluminada, circundada por herrumbrosas calaminas y bajo la vigilancia de feroces y corpulentos canes. Sus padres, los dos con un leño prendido, le esperaban en la puerta, llenos de preocupación. Al reparar que su hijo llegaba acompañado, corrieron a su encuentro, desconfiando a un principio del trío. Su reacción estaba más que justificada en un ambiente como ese y a tales horas. Los perros empezaron a ladrar desde adentro, parándose en sus patas posteriores y apoyándose en las calaminas para que miraran lo que pasaba afuera, en el sendero. Sirviéndose de sus chispeantes teas, la pareja de humildes campesinos se ocupó primero de estudiar con detenimiento el estado de su crío. Y, seguidamente, sin el menor temor y recato, se dieron la labor de examinar las fisonomías y apariencias de Cayo, Chilampa y Totolín, en el respectivo orden y a centímetros de producirles quemaduras al rojo vivo. El tercero estuvo apunto protestar cuando, de repente, el jefe de familia, mofándose de ellos, le habló a su mujer:
—Libia, estos no matan ni una mosca. Son mansos chicos de ciudad. Asimismo tenemos que agradecerles por traer a nuestro Wily.
—¿Mansos chicos de ciudad? —dijo Chilampa carraspeando—. ¿Eso piensa de nosotros?
No obtuvo respuesta, en cambio, tanto él como los demás, se ganaron de la pareja de esposos un cordial reconocimiento por haber escoltado a salvo a su hijo.
—Disculpen si les ofendí —expuso tardío el hombre—. A veces suelo ser irreverente, y descuidado al medir mis palabras. Pues creo que heredé estas características de mi… De todas formas, se los vuelvo a agradecer y, pensándolo mejor, por qué no se quedan a cenar y a dormir. Sabrán que de noche los bándalos acechan.
—Debemos irnos —dijo ceñudo y desafinado mi primo—. Ya estoy harto de retrasos. Que su Wily les cuente el aparatoso accidente. Chao y hasta nunca.
Ninguno chistó la insociabilidad de Cayo. Las expresiones de los campesinos se volvieron indescifrables. La del niño sólo podía significar desconcierto. En tanto, el rostro de sus amigos eran los fieles retratos de la comprensión. Rehusarse a seguirlo podría ser lo más sensato en dichas circunstancias, pero la proximidad de la carretera y el fuerte deseo de estar en casa les motivaron a apresurarse. No hubo despedidas. Mutismo total, ya que, incluso, hasta los perros dejaron de ladrar. Uno por uno se encabritó a sus bicicletas y, con mi encrespado primo a la vanguardia, como si de un batallón nocturno se tratase, comenzaron a pedalear. El lastimado, por enésima vez, se arrepintió de por qué no consintió que el brujo le sanase con hechizos a su tabique. “¡Estúpido cobarde!”, se repetía en su mente.
Exentos de dificultades y aprietos, avanzaron medio estadio y torcieron después en ángulo recto a la derecha. El follaje de esa parte, más tupido que antes, les hacía bastante difícil —por no decir imposible— ver hacia dentro. A sus izquierdas, invadidas por la maleza, crecían palmeras de tallos delgados y cocos anaranjados que se arracimaban en las copas. La superficie del ramal había sido plana y llana desde que se subieron a sus vehículos, eso les facilitó para que fuesen a una velocidad aceptable, evitándose de hacer pesados esfuerzos. El primero en avistar la carretera fue Chilampa, a cosa de ciento cincuenta metros y en línea recta. Todos se sintieron aliviados y esbozaron gestos de reconforte. Un efecto de la luz lunar hacía que la Belaúnde Terri se viera como un angosto río congelado, como un sólido bloque de hielo que brillaba de blanco opaco y caprichoso. Por ratos iban y venían automóviles, camiones y motocicletas, con sus faros reflectando sus sombras sobre el pavimento y la vegetación. Quizás mucha de las personas en el interior de tales móviles eran simples curiosos que se dirigían al escenario del accidente, muchos de ellos quizás regresaban cansados o conmovidos de ver tanta desgracia y desastre juntos. Cayo no estuvo muy seguro cuando comprobó que la vía principal estaría confluida de tráfico. Si los ciclistas pasaban inadvertidos a los conductores, posiblemente, se sumarían a tres los cadáveres por accidentes de tránsito en esa noche.
Segundo a segundo acortaban distancia a la carretera. Mi primo, para aguantar el dolor de nariz, se puso a morder un lápiz que Totolín acertó en uno de los bolsillos de su mochila cuando se rascaba la espalda. Lo mordía tan fuerte que incrustó sus dientes hasta el núcleo de carbón que servía para escribir. Luego, tan rápido como un relámpago, sus heridas le ardieron y un aire raleado heló sus venas. “¿Qué fue eso? ¡Dios santo!”, pensó, desencajando el lápiz de su mandíbula. “¿Un aviso? ¿Una nueva premonición? ¡Hasta cuándo!”. Chilampa y Totolín no repararon su alteración. Él sólo se quedó callado, aguardando lo peor.
Les restó alrededor de cuarenta yardas para su llegada a la carretera cuando, en un instante, en una milésima de tiempo, una irradiación cegadora, procedente del centro del conjunto de palmeras, iluminó buena parte del ramal donde se ubicaban, haciéndoles cerrar en un santiamén los ojos y, desde luego, obligándoles a detenerse. Por fortuna no se chocaron. La luz era como de cien lunas. Empero, inauditamente, menguó con celeridad, hasta convertirse en una esfera deslumbrante que flotaba estática. Tenía las dimensiones de una pelota playera y emitía un brillo lúcido y albo, como el de un fluorescente de varios vatios. Los muchachos la compararon con el modelo en miniatura de una estrella blanca. Y, envés de espantarse, se quedaron fascinados por su belleza. Mi primo se sintió atraído por el objeto, como si éste fuese un imán y él un metal. Sus amigos también, pero no de tamaña forma.
—¡Chechelé!, ¿qué haces? —dijo Chilampa.
Cayo se había bajado de su bicicleta y caminaba impertérrito a la esfera luminosa.
—Ustedes, vengan —les llamó, volteándose.
Ambos le siguieron interesados. Nadie, por una extraña razón, tenía miedo del objeto flotante. Maravilla era lo único que sentían. Así que, como si se acercasen a una de las siete maravillas del mundo, o, como si les ordenasen que saluden a una divinidad, recorrieron con lentitud y circunspección el espacio que les separaba entre los cocoteros. No podían evitar que la esfera les hiriese las retinas, empañándoles. Y, al hallarse a media docena de pasos, sucedió lo impremeditado: descendió al nivel de sus ojos y se apagó en un suavísimo estallido; o al menos eso es lo que lograron captar en un primer momento. Una vez que sus retinas se acostumbraron de nuevo a la oscuridad, lo cual duró regular, notaron que la esfera se asemejaba a la bala de un cañón de artillería: de color negro ceniza y liso. Ésta, no obstante, era más grande, y por un orificio de abajo salía una finísima columna de luz azulina que se proyectaba al pasto. Los muchachos no articulaban palabra alguna, debido a que sus cerebros, saturados de montones de conceptos y dudas, los dejó exhaustos hasta para el habla. ¿Cuándo en su vida se habían tropezado con cosa semejante? ¡Nunca…! ¡Y qué complicada tecnología se escondía en aquel excepcional «aparato»!
Transcurrió el tiempo sin que nada más cambiara en el objeto. El trío siguió esperando, anheloso, algún tipo de transformación o movimiento. Cansado de su inmovilidad, mi primo decidió palparlo. Levantó una mano, y la bola giró fortuitamente. Se detuvo cuando la columna de luz chocó contra el tallo de una palmera más gruesa que las demás. De ahí, el rayo multiplicó su radio hasta abarcar todo el ancho del tronco. Allí, había algo escrito. En un comienzo los muchachos no distinguieron lo que decía, ya que el cocotero se encontraba a veinticinco pies de ellos. Cuando estuvieron frente a la alumbrada inscripción, la leyeron, pero sin entender su significado. Fue escrita en completo español, pero la frase, tallada en letras turquesas y algo rúnicas, era difícil de comprender, y hasta sonaba absurda y ridícula. He aquí lo que decía:
EL FRUTO Y SU DEJO
—¿Qué diablos…? —dijo Cayo—. ¿A quién se le ocurre garrapatear sandeces en un tallo?
—¡A MÍ! —refunfuñó una potente voz, proveniente de las sombras.
Se sobresaltaron de sopetón. Y, por primera vez desde que se apearon de sus bicicletas, sintieron miedo. Nerviosos y alertas, miraron hacia las últimas palmeras. La oscuridad era casi impenetrable. Aterrorizante.
—¿Quién anda ahí? —gritó Chilampa en tono quebrado.
Silencio total. Se inquietaron recordando a los facinerosos. Olvidarse de dicha advertencia fue lo más insensato que hicieron. Ser arrastrados por la «magia» de la enigmática esfera les hizo sentirse confusos e idiotas.
—Vayámonos —balbuceó mi primo—. No sé por qué recién acabo de darme cuenta que todo esto no es normal.
Instintivamente se dispusieron a marcharse. Sin embargo, antes de que siquiera volteasen sus cabezas hacia el ramal, vieron la silueta borrosa de un hombre que se paseaba en la penumbra del fondo. Portaba una linterna que botaba una lucecita púrpura. Por lo visto el artilugio se asía a su cinturón. Después de que la apagara y desapareciera del todo, la esfera flotante hizo lo mismo, pero sin estallar en tal ocasión. Con plena determinación, los muchachos se retiraron del lugar, cada uno resbalándose torpemente en el pasto hasta llegar a sus bicicletas. Una estrepitosa y mordaz carcajada, procedente quizá del mismo hombre, les hacía cosquillear la piel de terror.
—¡Larguémonos, amigos! —castañeteó Totolín.
—¡APÚRENSE, YA! —roncó Cayo subiéndose a su vehículo.
Pedalearon exigiéndose al máximo. La carretera se había atestado de más tráfico durante el periodo que se distrajeron con la esfera. ¿Cómo es que ninguna persona se había fijado en la deslumbrante luz que originaba?... ¿o sí?... Cuando los jóvenes aventureros pasaron al carril del otro lado, o sea por el que deberían regresar, se les hizo una verdadera odisea. Durante un rato tuvieron que ir por el canto más alejado de la vía para no ser derribados o arrollados por los autos. No consiguieron conversar debido al fastidioso ruido del tránsito. Tampoco podían acelerar. Como consecuencia del susto y el destile de adrenalina ignoraron su estado físico de minutos atrás. Recién, luego de pedalear cuatro kilómetros, cuando la turba motorizada se volvió carente de densidad, Chilampa pudo hacerse oír.
—De la que nos salvamos, patas —dijo aliviado.
—¡Uff, hermano! Lo que nos acaeció fue tan misterioso —suspiró Cayo, no recordando aún sus pasados dolores. Chilampa iba tras él, y Totolín, delante.
Es asombroso lo que puede hacer el miedo. Es increíble hasta qué grado afecta la conciencia del ser humano este tipo de impresión. Las punzadas en el tabique y la obstrucción de las fosas nasales de mi primo fueron anestesiadas por ese fustigador sentimiento. Y mientras alguien no rompiera la barrera del olvido, sus dolores no le aquejarían… Ni se imaginan cómo volverían.
—¿Qué creen que haya sido esa esfera levitante? —inquirió pausado a sus compañeros. Pedaleaban lento y habían pocos carros.
—Para mí que esa cosa no era de este planeta —le respondió Chilampa.
—La inscripción —dijo Cayo rascándose la barbilla.
—¿Qué hay con la inscripción? —quiso saber Totolín.
—No sé… Sólo me pregunto por qué el hombre de las risas la grabó justo en el tallo de un cocotero. Sigo sin saber qué es lo que en realidad quería ese tipo.
—Asaltarnos, por supuesto —dijo Chilampa.
—Ahora que lo dices, lo dudo —confesó Cayo.
—¿Cómo que lo dudas? —se enojó Chilampa—. Supongo que era un pervertido más... Nos iba a despojar hasta de nuestras ropas. ¡AGGGH! ¡Qué asco! —finalizó con repugnancia.
—Ese hombre hasta pudo habernos estrangulado —altercó Totolín—. Despellejarnos. Cortarnos la cabeza para ponerlas como trofeos en el muro de su chimenea.
—Exageran.
—¡Qué! —remachó Totolín—. Te falta meticulosidad, Chechelé. ¿Acaso no oíste las advertencias?
—Claro que las oí —dijo con un ligero dolor en su tabique, que no le dio importancia—. Pero a lo mejor tenía otros propósitos. No sé cómo explicarlo.
Se armó una contienda de pesquisas entre los muchachos. Cayo refutó que el hombre fuera un villano después de todo. Chilampa en cambio sí; seguía insistiendo en que su objetivo principal era robarles y… abusar de ellos. Totolín argüía estrictamente, aunque no de un modo muy razonable, que el individuo deseaba tenerlos como trofeos de su macabro crimen. Al final, tediados de tantas deliberaciones, y para desventura de mi primo, dejaron de discutir. En medio del sosiego, Chilampa se acordó de algo, y dijo:
—Chechelé, ¿ya se te apaciguó el dolor en tu nariz?
—¿Qué? ¿Mi nariz? —dijo con el entrecejo fruncido. Y, como si colisionara contra un campo de fuerza, se quedó patitieso y se paró en seco.
Chilampa reaccionó justo a tiempo para que no chocara en la llanta trasera de su bicicleta. La pregunta había actuado en Cayo como el virus de un mal incurable, un mal que se expandía desde su huesillo partido a cada una de las partes de su cuerpo donde se hubo lastimado. La mera curiosidad y desconcierto de Chilampa ocasionó la compleja gama de recuerdos que no hicieron más que atribularlo de dolores que crecían de forma descontrolada. Se mantuvo con la mirada pegada a las agujetas de sus zapatillas, tocándose con firmeza la nariz y maldiciendo sus padecimientos por la comisura de su boca. ”Cómo demonios el simple hecho de olvidarme calmó mis punzadas, y ahora, después de los minutos transcurridos, mi cuerpo está sufriendo de nuevo”. Sintió dos pares de manos levantarle de los brazos. Sus amigos le erguían para saber su estado. Vio difusa las imágenes de sus rostros, pero sus frases de preocupación y reanime las entendía a la perfección. Chilampa hasta se disculpaba de haberle quitado la anestesia del olvido.
—¿Puedes pedalear, Chechelé? —le interrogó Totolín a un rato de permanecer de pie, a un costado de la carretera.
—Si, pero no por mucho —dijo débil y atropelladamente—. En caso de que me desplome, se encargarán de llevarme como sea —tragó saliva, y reanudó intranquilo y azorado—. Ojalá esté en el hospital antes de que pierda el conocimiento.
A duras penas, se subió a su bicicleta y empezó a pedalear detrás de Chilampa y delante de Totolín. Iban bastante lento, y Chilampa tenía que voltear reiteradamente hacia atrás para comprobar si no se rezagaba demasiado. No sabía cuanto más soportaría la tortura. A cada metro que avanzaba, se debilitaba más; para colmo, si su visión seguía empobreciéndose, las posibilidades de desviarse afuera o al centro de la vía se incrementarían. Hacía constante presión en su nariz con su mano izquierda, y hasta llegó a provocar que saliera mucosidad de sus orificios nasales. Los faros de los vehículos no hacían más que empeorar el ardor en sus ojos y, por consiguiente, causaran el aumento de su ofuscación y turbación. Las palabras de aliento recitadas por Chilampa y Totolín las oía a un volumen muy inferior de lo normal. Quería gritar, llorar de dolor. Quería retorcerse en el suelo y expulsar el sufrimiento, que retenía en su interior, a través de alaridos y lamentos. Sin embargo, y para el desborde de su impaciencia, sería como rehusarse a que le curaran, y desde luego, una gran pérdida de tiempo. Para qué desperdiciar sus escasas energías chillando. Se convertiría en una carga para sus compañeros, pues se humillaría así mismo al ser llevado a cuestas o recostado en el asiento de un motocarro… ¿dónde quedaría su orgullo de ciclista? Era perentorio que arribase a casa y que de allí le trasladasen a un nosocomio. Así demostraría que está en condiciones de recorrer la ruta completa, sea cual sea el estorbo o limitación que se le presentase y aunque haya sufrido un accidente que pudo haberle costado la vida.
Cuando su respiración volvió a ser pesada, por fin habían llegado al iluminado distrito de Morales. De lejos vieron que en el puente Shilcayo el tránsito era denso y el flujo peatonal en ambas veredas parecía el ir y venir de una colonia de hormigas. Mi primo a las justas pudo distinguir la conglomeración de vehículos y personas. “Tal y como estoy, va a ser un disparate atravesar ese endiablado puente”, se dijo. “Me detendré a descansar en el óvalo hasta que se me ocurra la manera de cómo cruzarlo… Me duele mucho… ¡No quiero desfallecer, Dios mío! ¡Ten piedad!”
—¡Chechelé! ¡Está chorreando…! ¡Está chorreando sangre de tu nariz! —le alertó Chilampa en uno de sus giros de cabeza.
—¡No puede ser! —gimió, palpándose debajo de su zona afectada—. ¡Estoy sangrando!
—Detengámonos para revisarte —sugirió Totolín.
—Tenía pensado descansar en el óvalo —dijo, limpiándose con la manga de su polo. Y tratando de no gruñir de dolor y manteniendo la mirada fija al frente, expuso— Camaradas, las fuerzas y la conciencia me están abandonado, pero voluntad y tesón es lo que me sobran. Sepan que sólo un desmayo impedirá que siga regresando. Rendirse y temer perder el conocimiento es para los cobardes. Ustedes me serán de ayuda mientras me sigan brindando sus dosis de ánimo. Son unos excelentes, patas.
—¡Sí, Chechelé! ¡Dale duro!... —vociferaron.
El óvalo, una estructura de doce metros de circunferencia máxima, domina el centro del inicio de la carretera que sale de la ciudad. De su entrada sureste, que lleva directo a su centro, al igual que la noroeste, a través de calzadas practicadas sin lujos ni detalles, dista medio centenar de metros del puente Shilcayo. La plateada estatua de un militar, orientada hacia el occidente y de casi el doble de tamaño de un hombre corriente, se levanta sobre un muro de veinte pies de altura, embaldosado de piedras lajas y con niveles de jardincillos, amurados y luego revestidos del mismo género de piedras, en las esquinas de en medio. A centímetros del suelo y en dirección noroeste, hay juntas entre diez y quince placas de color plomizo y una recubierta con una aleación dorada blancuzca. En sus superficies había leyendas que los muchachos ni yo recordamos. En torno al muro y a la vereda circular del centro, se creó un área verde, ornamentada de pastos podados, palmeras romas y de algún que otro kroto de hojas jaspeadas y compuestas, que las luces cálidas de los faroles de los postes, seductores de mosquitos, polillas y libélulas, hacían relucir con todo el polvo que cubría algunas partes.

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