El siguiente set acabó vertiginosamente. El puntaje fue copia fiel del penúltimo. Las chicas no dieron tregua alguna a sus retadores y el pandemónium expandía sus ondas como una veintena de megáfonos en un mitin político. Chilampa se deshonró al saldar su deuda por segunda ocasión, estaba más rojo de furia que de vergüenza, y al borde de la histeria.
—Un pare —pidió Cayo—. Voy a conversar con mi amigo.
Se seccionaron de toda esa algarabía y júbilo y, a diez metros, mi primo dijo:   
—Retirémonos. Debes saber cuando perder. Acá no se trata de demostrar que los hombres somos del sexo fuerte —Chilampa sonó su garganta—. Esas chicas están en su elemento, como peces el agua, y lo mío es el ciclismo. Esto de las apuestas es un vicio, me pesa que ellas hayan caído en esa perdición, y esos alborotadores, qué lástima lo de su elección.
—Somos del sexo fuerte, Chechelé —se estaba aguantando en decir—, y no es vicio el querer limpiar tu honor… soy machista y qué. Te imploro que juguemos el último set y nos largaremos a casa, camarada —mintió.
—¡Uy, qué secretean los tarapotinos, me late que se les moja la canoa! —les molestó a volúmenes altos un muchacho de carácter altanero, quizá el mayor de los adolescentes y el de más popularidad, porque varios chupa-medias aplaudieron y sobrevaloraron su ocurrencia.
El dúo regresó a sus posiciones y, ante las ofensas y pifias que les soltaban, empezaron a jugar el quinceavo set. Chilampa se imbuyó más, pero se mantenía a un margen muy inferior al de las chicas, las cuales seguían marcando puntos con desmesura. Al alcanzar los 9, un descuido de Mónica hizo anotar a un abatido Chilampa, que al instante se transmutó pero sin gritar. Conservó la cordura en medio de la crisis. Lamentablemente ya arribaría a su tope de paciencia. Cayo le felicitó sin esperanzas de triunfo… Un punto más de sus contrincantes y estuvieron pagando otros 30 soles, sumando 90 en los tres sets. Por lo tanto, si habían ganado 86, 4 lo saldarían con sus propinas traídas de casa. Mi primo contaba con 5 y Chilampa con 10, y cada uno lo completó con 2 soles.
—Amigos, es un placer hacer negocios con ustedes —dijo Maitte, recibiendo los billetes y monedas. A un rato reanudó su charla—. Mi estimado compañero Jaimito me dijo —indicó al aludido—, cuando ustedes dialogaban, que rindan un set más y que juguemos como las doce primeras veces… ¡Ah!, la apuesta subiría un peldaño de 10 soles. Nosotras estaremos contentas de ser justas, ¿aceptan?
—¡Sí! —resopló Chilampa—, y no es porque me place que sientan compasión hacia mí.
—¡Hey, sonso! —rezongó mi primo—, ¡cómo acordamos! —y musitándole al oído, dijo—. Es una maquinada artimaña, ¡despierta!
—Confirmado. Los tarapotinos son de los raritos. No me cabe duda —volvió a porrear el chico altanero. Los «lamebotas» hicieron su parte.
Chilampa estaba cegado por la loca idea de ganar. Cayo sopesó de imposible el poco delicado hecho de maniatarle o noquearle de un puntapié certero en la nuca. Sus palabras nada surtían efecto. En conclusión, él era el único en el círculo de gente que deseaba lo contrario. Los turistas también se le oponían.
—Amigo, va en serio —dijo Mónica—. Toma la paleta. ¡Adelante!
Mi primo se había metido en una encrucijada dura de escabullirse. El pavoroso gentío se fue subrepticiamente compactando, sin dejar un intersticio por donde evadirse. Del equipo de sonido sonó una potente canción, precisa para ese momento. Tamborileos y trompeteos tañeron en percusiones que timbraron sus tímpanos. Luego, los zapateos de insistencia fueron más que inminentes y las miradas amedrentadoras iban haciendo cejar la postura de Cayo. “Si no juego, me cuelgan. Cómo es que llegó a pasar todo esto. ¡Mierda!”, se quejó. Chilampa aguardaba su flaquear.
—Tendré que aceptar —dijo al fin.
La multitud retrocedió y los jugadores se ubicaron de frente a las aristas de la mesa. Maitte dio un agudo silbido y la pelota rebotó en las superficies de madera de la mesa y en las caras planas de las paletas. Las campeonas fueron deshonestas, ya que se batían al nivel del dúo y cada equipo anotaba puntos de forma intercalada.
—¡Son unas timadoras! —gruñó mi primo—. ¡Jueguen como lo prometieron, descaradas!
—Así lo hacemos —siseó Maitte.
—¡Qué! —reclamó—. ¡Son unas hipócritas, estafadoras y… ladronas!. Te lo advertí Chilampa… te lo advertí.
—Deja de calumniarnos —dijo sinvergüenza Mónica—. Tus ofensas y críticas no nos hieren, malagradecido. Terminemos este set sin trabas.
—Chilampa, vámonos —rogó Cayo.
—De ningún modo —acotó su amigo—. Les ganaré a estas niñitas engreídas —su turbación se manifestaba más—. Tienen ventaja porque yo pedaleé veintidós kilómetros y ellas no. Ahora verán, Chechelé. Soy un ganador.
Mi primo lo jaló del brazo y, antes de que siquiera lo moviera un centímetro, unos adolescentes les acorralaron. Hubo un incómodo forcejeo, hasta que desistió… y siguió jugando, puesto que era la única opción para salir de ahí sin ser agredido. Eso le recordó a una cruenta película de artes marciales, en donde, si uno de los peleadores no mataba a su enemigo, el jefe de la mafia lo finaba a él. En este caso, la mafia eran los renuentes espectadores. “¡Dios mío, debo estar soñando!”, pensaba. “Chilampa parece controlado por algún ente tentador, y, a la gente, qué les…”
—¡Aaah! —gimoteó. No bloqueó un ataque y su compañero le había propinado un manotón en el tórax, escarmentándole con frases soeces.
El puntaje llegó hasta 9 a 9. Cualquiera de los equipos vencería... El refulgir de una lente empañó a Cayo y le hizo errar su puntería.
—¡Nooo…! —aulló Chilampa, despeinándose la cabellera.
—Es demasiado tarde para dar marcha atrás —le riñó mi primo—. Todo es una maldita conspiración. Fuiste presa fácil por tu debilidad a las apuestas y tu enfermizo machismo.
Un sinnúmero de estrepitosas algazaras sacudió el ambiente. Maitte y Mónica recataron sus jolgorios y festejos, y se limitaron a pedir lo suyo, rozando sus pulgares en sus dedos índices y medios. Los chicos se negaban rotundamente a pagarlas. Así que se armó una candente reyerta entre el cohibido dúo de deudores y la muchedumbre. Luego de un minuto de contienda, los estafados cedieron y levantaron sus propinas regaladas por los norteamericanos. Los dólares tenían que pagarlos en porcentaje de monedas nacionales. A Cayo le sobraba 3 soles y a Chilampa 8. Un gringo les cambió a 3 soles y 33 centavos cada dólar. Los 20 ascendían a la cantidad de 66.6 soles.
—Son unas desalmadas villanas —gimió mi primo, al ir poniendo en las manos de Maitte moneda por moneda—. Algún día serán juzgadas y recibirán su merecido cuando no haya una multitud defendi…
Cayo se quedó a media palabra. El señor de los cables lo empujó y las monedas cayeron al suelo, tintineando. Ninguna quedó en sus manos. Varias rodaron debajo de un montón de pares de piernas, entre las patas de la mesa y por la rendija baja del armario. Por el momento nadie tuvo la ambición de lanzarse a recogerlas y apropiarse indebidamente de estas.
—¿Cuál es su problema? —rugió mi primo.
—Le hago lo que me da la gana —le dijo en acentos frescales—. Es un país libre y mi hobbie es abusar de los pelmazos como tú.
Hasta que Cayo trataba de entender su descaro, Chilampa reaccionó en su defensa, proyectando con frenesí su rodilla al estómago del bravucón, y, aprovechando que se había agachado de dolor, le asestó un fiero codazo en las vértebras, dejándolo en posición de gatas. Ocurrió tan rápido que el gentío los separó con retraso, y más y más fueron a apretujarse como en un concurrido concierto. De pronto, el dúo fue tomado de las axilas y la cintura. No podían soltarse a merced de los revoltosos. Una vez a la intemperie, en el parquecito de niños, un sujeto con un micrófono y otros dos portando cámaras filmadoras, se acercaban. El hombre del objeto acústico era un conocido tipo de la televisión local, famoso por sus programas de entretenimiento magazín.
—Despreocúpense, caballeros. Esto es una cámara escondida. Lamentamos haberles causado molestias —dijo sonriendo, lo que muchos sospechaban que diría.
—Ya decía. Esto era muy inusual para ser verdad —masculló Cayo. No estaba enojado, pues, de antemano, se enteró que los responsables de esta clase de socarronerías reparaban los daños. Sin embargo, una profusa vergüenza se reproducía en su semblante.
—¡Suéltenme! —gritaba Chilampa, agitándose con fuerza de sus captores. Seguía sulfurado por haber violentado, y más le encolerizaba el hecho de que lo hubieron elegido de víctima para una cámara indiscreta, en la que televidentes de toda la región veían las escenas. “De los miles de habitantes, ¡por qué yo!”, pensó en pleno de la turba.
—Público fanático del programa, voy a entrevistar a una de las víctimas de la semana. Su amigo está alterado, y por eso sólo a él —transmitió célere y con carisma el conductor. Entregándole otro micrófono a mi turulato primo, chachareó—. Estimado José Carlos, mi equipo, y yo en especial, decidimos venir al gran mirador turístico de la «Ciudad de los Tres Pisos» para la filmación de nuestra sección «La Cámara Oculta»… Esperamos a que algunas inocentes personitas vinieran a jugar ping-pong. Sino venía nadie, las hermosas muchachitas contratadas se encargarían de eso. Pero no fue necesario, porque ustedes no tardaron en ir directo a pisar el palito. Las cosas iban como viento en popa. Su amigo Jorge fue presa fácil. El problema eras tú. Contratamos felizmente a varios cómplices. Entre ellos, los alumnos del colegio Martín de la Riva, a ciertos turistas, al dueño del lugar y —se pausó un instante, sonriendo— al hombre al que golpeó su enloquecido amigo... Lo que menos quiero es ser denunciado, por consiguiente, su dinero les será reembolsado —hizo un paréntesis, y dijo— Aquí va mi pregunta: ¿Usted tiene restos de animadversión con nosotros? Porque, si de ser así, mejor será revestirme con una gruesa armadura de guerra.
—Esteee… no —farfulló mi primo.
—Eso me alivia. Mi barriga se libró del peligro de ser un saco de boxeo. Y ahora, mi segunda y última pregunta: ¿Cuán real le parecieron los hechos?
—Mm… bueno, en un porcentaje de 95. Las chicas deberían ganarse un Oscar, aunque los alumnos se evidenciaban bastante. El tío de los cables tenía un halo acusador, como el protector paternal de las chicas. Ah, la música de fondo, me sonó como grabada de una película de suspenso. También malicié que el brillo de una lente procedía de una cámara, cuando me cegó… Ahora, dime si Maitte y Mónica son unas auténticas campeonas regionales.
—Si, es cierto —esclareció el entrevistador. Hizo la clásica mímica de corte a los camarógrafos, y estos apagaron sus cámaras. Guardaron las cintas en estuches negros, que metieron en valijas de múltiples cierres y bolsillos.
Cayo conversó un minuto más con el histriónico conductor de televisión. En el transcurso le indicó que reclamara su dinero a las campeonas. Y después de despedirse, se dirigió a buscarlas. Cuando caminaba, todos le observaban graciosos o lo saludaban con risas, y él les pasaba de largo. “Deberían disculparse los muy insolentes”, pensó determinado. “Que no me jodan”. Entró gacho al restaurante y casi se choca con Chilampa. Maitte le servía un refresco y Mónica le hablaba a un mozo en la barra.
—¡Hey, José Carlos! —dijo la joven. Por primera vez pronunciaba su nombre—. Perdóname, ¿sin resentimientos?
—Bastaba que me lo pidieras. Es suficiente, nada de resentimientos, Maitte —mi primo también la nombró, olvidándose de sus pasados rencores.
—Maitte me dio cien soles, Chechelé —dijo apaciguado Chilampa luego de sorber su bebida. Su pelo estaba alisado y no había rastro de su malhumor.
Maitte agarró de la mano a Cayo y lo apartó para explicarle:
—José —meneó su cabeza en dirección a Chilampa—, recién tomó unas pastillas y está apacible ahora. El dueño del mirador las sacó de su botiquín. Mónica te entregará tus cien soles, mientras tanto te serviré un refresco. Espérame, ya regreso.
Mi primo llamó a su compañero para que se sentasen en unas sillas.
—Te sientes bien, promoción —deseaba saber.
—Nunca he estado mejor. Sólo quisiera que muchos conocidos jamás me vean en la televisión, en especial Totolín.
—Me pregunto cómo seguirá el hombre al que pegaste —dijo Cayo.
Chilampa prorrumpió una irreverente risotada, dejando perplejo a mi primo. Esa actitud no era digna de alabanza, pero en seguida supo la verdad de su alegría.
—¿Lo consideras hombre? —decía entre carcajadas—. Si es un completo maricón. Las chicas me lo dijeron. Nada de su apariencia era real. Un corderito en traje de lobo, una flor vestida de cedro. Lo loable es que es un señor actor; me retracto, una señora actriz —se rió.
—Por eso te fue fácil tumbarle. Al conductor de televisión le hizo chiste cuando lo llamó hombre. Protector paternal… maternal sería lo idóneo —carcajeó.
Maitte le trajo un vaso lleno de aguajina  helada a Cayo. Mónica venía en pos de ella. La rezagada pidió disculpas por el mal rato y él la recibió en un gustoso abrazo. Su nueva amiga le estampó dos ósculos próximos a los labios y al fin desenlazó sus brazos. Se moría por hacerle esos cariños.
—Hm, hm —murmuró Maitte—. Estamos en un lugar público.
—¡Bravo, Maitte! ¡Te amo, te amo! —dijo Mónica, imitando al chico del colegio que se salió del libreto, y su compañera se calló en un santiamén. Girando su cabeza a Cayo, le habló con ternura—. Aquí tienes cien soles, Carlitos. ¿Está correcto que te diga así?
—No… eeeh, si —divagó.
Chilampa y Maitte se burlaron de la postura confianzuda de Mónica y de los ambages ridículos de mi primo. Después, nadie más platicó de idilios y nombres diminutivos.
Y luego, Maitte dijo, apuntando afuera:
—Les invitamos a observar a través de aquel telescopio. A ti Jorge, te pesqué a cada rato viéndolo, ¿quieres ir? —ella le había agarrado bastante simpatía a Chilampa. Durante las conversaciones que tuvieron a solas, antes de que Cayo y Mónica se les unieran, las pastillas ingeridas fueron menguando su encrespamiento, y la comprensión iba naciendo, junto con su comportamiento asequible.
El atardecer presentaba un cuadro plausible para el fotógrafo aficionado o perito. También era propicio para que el talentoso pintor plasmara su arte en una réplica de óleos y tintes de escalas cálidas y tenues. El limbo inferior del sol parecía rasgar la copa de los árboles de la cima llana de un cerro; los rayos, mixturas de ámbar, amarillo y rojo rubí, aclaraban al azul cielo a tonalidades que iban desde el turquesa blancuzco, en el centro del firmamento y en el escenario del amanecer, hasta el naranja escarlata, en sus periferias tangentes a sus halos dorados, poco ofuscadores. Las nubes, estratos y cirros-cúmulos, lucían, encima de esa límpida blancura, el atavío luminiscente del primigenio astro. Soporíferas y adormecedoras brisas barrían delicadas el valle, suprimiendo el aire tórrido del día y saturándolo de una frescura vespertina.
El populoso barrio Wayku preservaba su aspecto pintoresco y rústico como desde hace cientos de años. Los nativos aún conservaban intactas sus antiguas costumbres. Una de ellas, en particular, es que las casas no tienen ventanas, por el mito de que puedan ingresar los «malos espíritus». Asimismo, hay algunas con una sola puerta. La temperatura en el interior de estos hogares no es bochornosa, ya que sus paredes de greda absorben la humedad. Tal vez si el mirador de Lamas estaría más distanciado, un bosque en llamas se vería en reemplazo del ancestral barrio, porque las paredes arcillosas simularían a la distancia a escindidos fuegos y los tejados a la hierba quemada o calcinada. Otrosí, el humo danzante de una chacra remataría la ficción del alejado paisaje.
—Lo usaré primero —dijo Chilampa a mi primo, cuando Maitte pagaba la renta del telescopio.
—Te lo concedo, compadre —expresó. Estaba pendiente de los demás, pues regular cuantía de los colegiales susurraban al pasar por su lado. Un muchacho no tuvo la educación de aunque sea disminuir su voz al insultarlo. “Chibolo atrevido, tienes suerte de que sea pacífico”, pensó presionando los puños, tan fuerte que sus uñas herían sus manos.
—Listo, chicos —dijo Maitte. Fijándose en la cara enojada de Cayo, agregó—. José, no creí que la truhanería te traería más consecuencias de lo que imaginábamos. Vuelvo a disculparme contigo. Por favor, no quiero que los muchachos te mortifiquen, no les hagas caso… a mala hora acepté este oficio de payasa.
—Ya zanjamos ese asunto. Te admití para que seas mi amiga —tocó con delicadeza el hombro de Mónica— y también a ti. De todas formas consideraré tu sugerencia, Maitte. Intentaré hacer de oídos sordos.
—Gracias. Qué comprensivo eres, después de la sarta de molestias que te causé —desembuchó enternecida Maitte.
—Eres un buen tipo. La chica que elijas de enamorada será muy afortunada de tenerte a su lado —puntualizó conmovida Mónica, deseando que Cayo no tenga en realidad pareja.
—Jorge, tú no eres una excepción —confesó Maitte—. Supiste perdonarme a pesar de lo enfadado que te puse.
Abrazó a Chilampa del tronco, comprimiendo uno de sus dilatados pómulos en el pecho de éste. Y, como le apachurraba con demasía, el halagado dijo:
—Me vas a dislocar las costillas, mucho cariño a veces es peligroso.
De inmediato lo aflojó. Mónica hubiera deseado ser más rápida en valerse de la coyuntura de volver a enroscarse en el torso de mi primo, pero sería muy insinuante seguir los pasos de su amiga cuando le empezaba a atraer un chico mayor que ella.
—El tiempo del alquiler se agota —les recordó Cayo.
Los cuatro se pararon detrás de la lente miradora del telescopio. Chilampa acercó un ojo y cerró el otro, graduó los niveles del zoom y se entretuvo escrutando el barrio Wayku y las franjas de extensión de selva. Mientras tanto, Mónica contaba las experiencias del campeonato y Maitte aderezaba los hechos con ademanes. Mi primo y su amigo se enteraron de que las chicas habían derrotado a los equipos de San Martín, Lamas, El Dorado, Rioja y Tocache . Sus reflejos y concentración fueron la clave de su éxito… Luego los muchachos les hicieron conocer lo de su fascinación por el ciclismo y de su recorrido desde la «Ciudad de las Palmeras». Ellas confesaron haberlos visto llegar empujando sus bicicletas, acompañados de personas foráneas, e inmediatamente aclamaron su tesón y habilidad en este deporte sobre ruedas.
—Es tu turno, Chechelé —llamó Chilampa. Justo en ese momento los turistas que les dieron propina los saludaron desde una mesa del restaurante.
—Es posible que se hayan enterado lo de la cámara escondida —dijo Cayo—. Desde que jugábamos ping-pong no los avistaba.
—Chicos, ¿ellos son los turistas que les dieron diez dólares a cada uno? —averiguó Maitte.
—Si, y a un pata más —respondió mi primo, mirando a través del visor del telescopio—. Él se quedó a tomar una siesta y —se detuvo un instante— lamento que en pocos minutos nos estaremos despidiendo. Tenemos que regresar a casa.
—Qué pena, ya me lo suponía —dijo infausta Mónica—. Qué pesado día habrán tenido.
—Aparta tu pena, amiga —dijo Maitte—. José y Jorge nos visitarán porque les daremos nuestras direcciones y, para estar en constante comunicación, nuestros correos electrónicos. Esperen chicos, vamos a prestar lápiz y papel.
—Se me antoja que las nuevas amiguitas nos quieren tener como sus muñecos de peluche y estrujarnos hasta cortarnos el aire —dijo Chilampa como si no lo deseara.
—Viejo, según mi análisis, la pedofilia desencaja en este tipo de relaciones, ya que las niñas están en un proceso casi terminado de ser señoritas maduras —explicó Cayo en tono intelectual y gracioso. Luego retornó a escudriñar a través de la lente, y el prisma refractor capturó algo interesante y placentero. Era como ver un video en vivo y en directo.
—¿Qué pasa, promoción? —le zarandeó Chilampa—. ¿Pillaste lo que creo qué es? ¡Dímelo, ya!
—Dímelo tú, si sabes —dijo sin despegar la vista de la lente.
—¿Una pareja divirtiéndose en la cama? —sopesó.
—Te sacaste un 20, compa…
Chilampa se abalanzó sobre su compañero y forcejeó por obtener el telescopio. En ese instante llegaron Maitte y Mónica, y ambos detuvieron su disputa. El alargado objeto estaba en la misma posición de antes, pues el dúo luchó mano a mano sin moverlo. Para empeorar las cosas, Mónica, en un descuido de los muchachos, corrió a espiar por la lente. Transcurrieron los segundos cual si fueran una eternidad y ella puso una mano entre su boca abierta y, haciendo un esfuerzo, balbuceó sonrosada:
—¡Se olvidaron de correr las persianas, o lo que sea!
Maitte repitió las acciones de Mónica y opinó en seguida, empero, gesticulando frases atrevidas y eróticas:
—Qué buena fiesta privada tienen allá abajo. Los juegos excitantes son una atractiva opción al haber solo una pareja en esa clase de reuniones… ¡Sí que saben hacerlo esos dos!
Los demás se admiraron del comentario de Maitte. Ni Mónica, que era su inseparable amiga, la oyó antes expresarse de esa forma. “Creo que esta nenita ya conoce del tema, posiblemente no sea una novicia. ¡Ja! ¡Qué bueno!”, pensó Chilampa. “Esta amiguita mía no es nada inocente. Es por eso que está regalona”, caviló mi primo.
Cuando uno del grupo quiso romper el silencio, el compás de un merengue martilleó sus membranas audibles. Ahora la música provenía desde la pista de baile y muchos adolescentes se encaminaban al recinto. A ninguno de los cuatro le daba ganas de seguir ahí, así que se fueron a «curiosear» en el interior del tambo, las chicas entregándoles sus direcciones, e-mails y números telefónicos. Cayo les dijo:
—A un rato nos marcharemos, amigas. Qué tal un baile para despedirse.
Las jóvenes aceptaron entusiastas. Mónica tomó de la mano a mi primo y Maitte realizó lo mismo con Chilampa. Incluso los turistas iban a intentar bailar el ritmo latino o a probar el sabor de la cerveza peruana, la que se vendía en un barcito del fondo. La luz del ocaso se colaba por los tragaluces y las ventanillas de las paredes. Las luces fugaces e intermitentes de discoteca las encenderían ni bien se opacaba el cielo.
—Que acabe esa música para bailar una completa —se dirigió al grupo Chilampa.
—Estoy de acuerdo, Jorge —dijo Maitte—. Me demostrarás que eres un rey en la pista de baile, no me decepciones.
—Por supuesto que no —departió—, ¿está bien si te llamo dulzura?
—Muy bien —le contestó acariciándole la barbilla—, me cautiva tu galantería, Jorgito. Es maravilloso que eliminaste tu hostilidad y ahora me tratas como a una princesa —le besó con sonoridad en la mejilla, y prosiguió—. Quisiera pasar unas horas más conti…
—¡Tórtolos, ya finaliza la canción! —anunció mi primo. Bajando la voz, le cuchicheó a Mónica—. Cuanto más odio hubo antes, más amor habrá después.
—Dime tú, ¿en serio me aborrecías con toda tu alma? —dijo ella, mirando perentoriamente a sus ojos. Éste parpadeó sin ser capaz de responderle.

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