Atónitos, los muchachos veían que una adolescente venía hacia ellos. Lo que jamás se esperaban, es que estaría desnuda y no sintiera pudor. Cuando les dio alcance, se aferró al muslo de Totolín, tiritando y resoplando indefensa. Sollozó y hundió su cara en los shorts de éste. El muchacho no movía ni un músculo. Hubiese acariciado su pelo consolándola, pero su sistema locomotor no le respondía. Mi primo se impuso a quebrar el silencio con un tono de estupefacción y piedad:
—Señorita, ¿quién la persigue?
La joven levantó la cabeza en dirección al rostro de a quién se prendía, pensando quizá que él le había hablado. Cayo reiteró su pregunta y la desamparada le miró con un rictus de congoja. Tenía un moretón en el maxilar inferior, una contusión en la cadera y regueros de sangre chorreaban de la parte superior de su busto, cintura y entrepierna, como si la hubiesen rasguñado con vileza. Incontinenti, el trío deliberaría que la chica fue mancillada por algún facineroso, despojada de sus ropas con violencia y afrentada con sanguinarios golpes. Antes de que la joven les confiara su deshonra, ellos ya lo habían deducido. Totolín, luego de normalizarse, hizo lo que debió haber hecho desde un principio: acariciarle los cabellos.
—Tranquila, amiga —le decía, vistiéndole con un polo que sacó de su mochila—. Estaremos para protegerte. Ese maldito abusador no creo que tenga el valor de llegar hasta aquí. Sufrirá las consecuencias si lo hace.
Cayo y Chilampa tragaron saliva cuando su compañero arropaba a la chica. El segundo se apresuró en extenderle su trusa de repuesto, simulando timidez y viéndola de soslayo sus zonas íntimas. Mi primo, en cambio, lucubraba la manera de cómo salvaguardar a la adolescente, y no se le ocurrió más que esperar a que pasase un vehículo para que la trasladasen a un lugar exento de peligro. Comunicó su idea a sus amigos y a la agraviada. Ella se sintió protegida y abrazó a Totolín del pecho, diciéndoles:
—Se los agradezco, en especial a ti… me recuerdas a mi ex-enamorado.
—¿Qué…? —se ruborizó el ceñido—. ¿Cómo que a tu ex-enamorado?
—Pues, él es delgado y bajito como tú —le respondió soltándole. Y, gimoteando, les suplicó—. Ya no quiero estar aquí. Es horrendo lo que me hizo ese hombre. Vámonos.
—Ten paciencia, amiga —la apaciguó Totolín. No era muy bueno serenando, pero estaba haciendo lo mejor que podía—. Alguien pasará en auto. Nosotros estábamos viniendo en nuestras bicicletas y no hay en qué transportarte… ¡Qué tonto soy! —exclamó de pronto— Puedo llevarte sentada en el chasis.
Consultó con los muchachos. Ellos, un tanto entretenidos por su denuedo de ayudar a la chica, asintieron.
—Tú la llevarás en medio de la fila —formuló Cayo—, tal y como si escoltáramos a una autoridad o a un artista importante, ¿entendido?
—Conforme, Chechelé.
Mi primo dio la señal de partida y Totolín lo siguió, con la muchacha sentada de costado en el chasis de su bicicleta y sujeta de su cuello. Chilampa, en la cola, tarareaba estentóreo una balada romántica. Apagó su cantaleta cuando avistaron el cruce iluminado de las rutas.
—¡Promociones! —vociferó Cayo—, ¡allá en la curva está estacionada una camioneta de la policía de carreteras! ¿La distinguen?
—¡Si! —contestaron alborozados.
Los oficiales se encargarían de velar por el bienestar de la adolescente y de empecinarse por capturar al criminal que la violó. Totolín saboreaba lo escaso que faltaba para que ese degenerado se pudriera tras la rejas. Su pasajera, como si le hubiese leído la mente, le dio un tierno beso en el cachete, dejándolo pletórico.
—Mi nombre es José, y tú, ¿cómo te llamas? —se aventuró.
—Fiorela, para servirte —musitó—. Cualquiera no hace lo que ustedes. Tal vez sean mis ángeles guardianes, porque aparecieron cuando más necesitaba amparo.
—Sólo hago lo que es correcto, Fiorela.
Alargaron su charla hasta que se toparon con los policías, que departían con sequedad dentro de su unidad móvil. Mi primo tocó la portezuela, pidiéndoles su atención. Los peritos del orden, prestos y comedidos, tomaron nota de cuanto decía. Se enfurruñaron al ver el malparado estado de la chica, que seguía agazapada a Totolín. Por el radio de la camioneta los oficiales llamaron a la central, solicitando a otros dos para que cubrieran su turno de vigilancia mientras arrestasen al depravado. Previo a que introdujeran a la víctima en su unidad móvil, ésta hizo honores a los muchachos, y quedose a platicar un momento con el que la trajo en su bicicleta. Le despidió con besos y abrazos. Los policías hicieron su parte, felicitándoles por su labor de ciudadanos solidarios e intachables.
—Eres un Don Juan, Shicapa —le dijo Cayo al hartado de besuqueos. Hace un minuto que pedaleaban y el pueblo de Cacatachi se localizaba a sus izquierda.
—Me ha dicho que el que la violó es su cuñado, el marido de su hermana, y que puedo ir a visitarla en la casa de sus abuelos, en Morales… ¡Deberían ahorcar a ese degenerado! ¡Fiorela requerirá tratamiento psicológico!
—¡Con que Fiorela! —profirió sonriendo Chilampa.
—Patas, el dolor en mi tabique está creciendo —se quejó mi primo presionándose la nariz—. Estos vientos que corren me marean… ¡demonios!
—Si el brujo te hubiera sanado haciéndote encantamientos —terció Totolín—, no estarías pasando por eso... En lo que respecta a mi estado físico, estoy con los músculos engarrotados y ruego que no me sorprenda un calambre hasta que arribe a casa.
—Creo que soy el menos afectado —dijo Chilampa—, ya que los dolores que tengo puedo menguarlos frotándome con una pomada.
—El compás a que vamos se ajusta a mi condición —declaró Cayo de mala gana. Como la carretera estaba despejada iban parejos los tres—. ¡Qué irónico! —dijo decepcionado—, después de todo soy el que terminó más consumido.
Por detrás, un atronador ruido crecía con rapidez. El trío, enhorabuena, identificó que el sonido lo producía el motor de una motocicleta, que alguien venía conduciéndola a gran velocidad. Sin pensarlo dos veces, se alinearon a un canto de la vía. Acababan de hacerlo y, como un bólido, dos personas pasaron en una moto pistera por el centro de la carretera. Apenas distinguieron que el piloto era hombre, y mujer la pasajera. Los muchachos no salían de su embebecimiento. Pues, con mucho sentido, ver a un individuo manejar a casi 110 km/h, de noche y en una ruta que en un momento imprevisto, transeúnte o vehículo, pudieran chocarlo o interceptarlo sorpresivamente, dejaba electrizado a cualquiera. Y como es bien sabido, los animales representaban un riesgo latente, ya que éstos, por menudos que sean, como en el caso de un añuje o un conejo, podían ser un mortal reemplazo de piedras o troncos.
Cayo, Chilampa y Totolín conversaban del hecho, haciendo aspavientos, cuando, de rondón, una explosión les hizo saltar de susto. A media milla, el fuego se elevaba al cielo, mudándolo del negro al añil morado. El brillo de las estrellas se extinguió a medias.
—¡Wow! —prorrumpieron.
—¿Están pensando lo mismo que yo? —inquirió mi primo.
—Definitivamente —dijeron.
Como si su vida dependiera de ello, cada uno pedaleó sin dar tregua a los redoblados bombeos de su corazón. En condiciones normales, Cayo no se hubiera fatigado como sus amigos y tampoco se iría a sus ritmos. “¡Estoy al nivel de mis patas!”, se afligía. “¡Qué bajo he llegado!”. Sus mareos le perturbaban, pero, para ser testigo exclusivo del accidente, tenía que estar dispuesto a padecer. Aparte, la cadena de la bicicleta de Totolín chirriaba de modo que a todos les hormigueaban los oídos.
Exhaustos, llegaron a su destino. Una catastrófica escena, que sólo habían visto similar por televisión, se presentaba ante los tres. Con las bocas abiertas de par en par, ya sea por la agitación o el asombro, observaron el paraje de hito en hito. Una desolación, a la cual no se encontraba palabras para ser descrita de manera apropiada, les cercenaba su comprensión de la realidad. Lo primero que les impactó fue un inmenso agujero en el sitio donde debería continuar la carretera: un deforme hueco, de una profundidad máxima de dos metros, estaba atestado de pedazos retorcidos de metales que se incendiaban, e, incluso, había algunos que yacían calcinados por montones. En torno y más cercano a la grieta, miles de litros de gasolina derramada propalaban el fuego de forma incontrolable. La cabina de un camión transportador de nafta ardía frente a ellos, chisporroteando y fundiéndose. A las doce en punto de su posición, al extremo opuesto del hueco, se quemaban los restos del tanque contenedor de combustible. Oscuras columnas de humo enrarecían el aire con su nocivo olor.
—Dónde estarán los cuerpos —pensó en voz alta mi primo.
—Ni idea —resopló Totolín.
—No veo la moto por ningún lado —dijo Chilampa—. Dios perdone a esos dos por su irreflexión y los reciba en su Gloria.
—¡Oye, viejo! Creo que Maitte te sensibilizó el alma —consideró Cayo—… y dime: ¿por qué no actuaste así cuando estaba descalabrado?
—Socios, envés de estar hablando tanto, echemos un vistazo para comprobar si hay sobrevivientes.
—¿Qué insinúas, Totolín? —remachó Chilampa—. ¡Estás loco! ¡Acá no hay nadie que respire, salvo nosotros!... ¡Habrán tenido una muerte instantánea!
A medida que las colosales llamas avanzaban hacia ellos, el calor se hacía insoportable y el compacto humo les provocaba tosidas. ¿Cómo regresarían a casa? Aunque lloviera a torrentes el fuego tardaría en apagarse… sin embargo, la solución les llegaría como caída del cielo.
Detrás, vehículos de todo tipo se apiñaban en la carretera. Algunas personas habían salido a otear los estragos del accidente y, pese a que el fuego se expandía irrefrenablemente hacia el estancado tránsito, se aproximaban al agujero de la pista que, a examen de los muchachos, la superficie de sus contornos estaba inestable por las fisuras y depresiones que existían. El calor de las gigantescas flamas les impidió seguir, y retrocedieron al punto. Con los ojos llorosos por el humo, mi primo divisó, que a treinta o treinta y cinco metros, al otro lado de la grieta, una multitud más nutrida hacía casi lo mismo. Les avisó a sus compañeros, y éstos, parpadeando, se percataron además de algo verdaderamente indispensable para remediar los críticos acontecimientos que atravesaban: un grupo de camiones bomberos se abría paso entre autos y motocicletas, haciendo sonar sus ensordecedoras sirenas. Los entrenados hombres de traje rojo no tardaron en ponerse manos a la obra. A pesar de que los chorros de agua que salían expelidos de sus mangueras tenían una potencia arrasadora, las llamas porfiaban en su afán de devastación, pues habían charcos de gasolina por doquier.
—Muchachos —siseó Cayo—, necesito que me enyesen sin demoras. Mis fosas nasales se están obstruyendo.
—Está difícil volver por ahora, Chechelé —dijo cabizbajo Chilampa—. Este es el único camino que va directo a Tarapoto. Lamento no poder ayudarte.
Un harapiento niño, que salió de no sé dónde, tiró de la manga de su polo, reclamando su atención. Los tres se fijaron, y se situaron con sus bicicletas de cara al infante, preguntándole con la mirada.
—Veo que se encuentran en apuros —habló entrecortado—. Les oí… Conozco un sendero alterno que va a la ciudad… Puedo ayudarlos, pero… con una condición.
—¿Cuál? —dijo desesperado mi primo.
El pequeño se cohibió y, a voz vacilante, les contestó:
—Mi casa queda por ese ramal… De noche me da miedo la oscuridad… Quisiera que vayan conmigo… se los imploro.
—Iremos —accedió Cayo—. Sino, quién nos iba a guiar.
El chiquillo rebosó de alivio y, sin más dilaciones, indicó que le siguieran. Con los dedos entrecruzados sobre su cabeza, caminó hacia los vehículos estacionados. Y los muchachos, rodando sus bicicletas, marcharon en pos de él, irritados y lacrimosos por los efectos fumíferos de las llamas. Luego, para apartarse de la azuzada y bullanguera muchedumbre, el chico dobló a su diestra, esquivando a una obesa señora que comentaba acerca del accidente con un sujeto larguirucho y calvo. Aflojó sus falanges y se paró en seco a una distancia media de la pista, esperando a que los tres le dieran alcance. Delante, un vergel de limones, circulado por un alto cerco de alambres con púas, se distinguía a la luz de la luna y por los lejanos resplandores de las flamas. Por el norte, el pueblo de Cacatachi se iluminaba de lucernas y focos eléctricos que, en conjunto, proyectaban una corona amarillenta a cielo abierto. Y, como si una vecina y estrafalaria vía láctea se observara encima de la población rural, el pueblo de Lamas irradiaba luces dispersas y multicolores de occidente a oriente. Si se escrutaba visualmente sus lechos, podía verse a los cerros y colinas, tan negros como grises. Entre Cacatachi y el huerto de los cítricos habían grandes arrozales y, a la orilla del primer arrozal y al límite del alambrado, un canalillo de aguas bajas y claras, que emitía reflejos, seguía su curso hasta el fondo. Cuando, desacalorados, los muchachos estuvieron a la par, el niño señaló hacia allí.
—Antes de la desembocadura de aquel canal —dijo— llegaremos al ramal del que les hablé. Quiero que vayan tras de mí. No se queden ni se alejen demasiado.
De inmediato los tres hicieron gestos de afirmación. Y al reanudar su improvisada caminata nocturna, mi primo les musitó a sus amigos:
—Siento como si me hubiesen dado un puñete. Por favor cumpas, cuéntenme algo gracioso para paliar este dolor. Unos chistes no me caerían mal. Me reanimarán.
Totolín dio uso de la palabra, haciéndose escuchar por sus compañeros y el niño.
—¿Cuál es el colmo de un fotógrafo? —preguntó.
Ninguno fue capaz de contestarle. Pero le obligaron a que él lo hiciera, adivinando que sería una respuesta divertida.
—Es obvio, promociones —dijo—. El colmo de un fotógrafo es que su hija adolescente se revele y su hijo tenga en el hogar un comportamiento negativo.
Carcajadas y festejos rompieron en la semi-oscura noche. Cayo y Chilampa despeinaron al ocurrente, el que no dejaba de fanfarronearse de su logro. De tanto reír, los huesillos nasales de Cayo repiqueteaban, pero trató de que su buen humor aplacara su dolor. El chico guía también batió sus mandíbulas, no sé si porque entendió el chiste o porque se burlaba de las reacciones epilépticas del trío. Cuando todos se calmaron, Chilampa quiso contar el siguiente chiste.
—Les tengo preparado —antepuso— uno que me contó un señor gordito y barbudo.
—Tu mismo eres, hermano —incitó mi primo. Ya habían virado su rumbo hacia el canalillo, y caminaban al margen, humedeciendo sus zapatillas en la arena mojada.
—Cierto día —recitó Chilampa— dos amigos colegiales decidieron satisfacer sus deseos de la carne asistiendo a un burdel. Uno de ellos, el no-parroquiano, estaba nervioso antes de entrar al cuartucho de una meretriz. Su compañero le tranquilizó como pudo, antes que él también tuviera relaciones con la ramera que le tocó… Hasta pasada la media hora, el no-parroquiano hacía el sexo sin problemas. Fue en ese destile de pasiones, cuando, de pronto, se detuvo. La prostituta, extrañada, le preguntó: “¿Ya terminaste, cariño?”. A lo que el muchacho le respondió: “Todavía no, estoy en quinto año de secundaria”.
Un retumbar de risas se oyó en seguida. El pequeño guía se unió tardíamente al coro de algazaras, deteniendo sus pasos y del resto. La causa que generaba su hilarante goce seguía siendo un misterio para los jóvenes aventureros. Después de calmarse, siguieron su desfile por el vado del canalillo, ensombrecidos a veces por la copa de uno que otro arbusto cítrico, y paulatinamente ventilados por frescas brisas que venían del noroeste. En el cielo ya casi no había bancos de nubes. Luego de unos pocos minutos, la geografía de la corriente de agua se tornó agreste y resbalosa. Guijarros y cantos rodados obstaculizaban su avance y tan crecido estaba el musgo en algunas de estas piedras, que las cubría en su totalidad. El huerto de limones remató en un cañaveral lleno de insectos bulliciosos y de reptiles que merodeaban en el suelo repleto de varillas quebradas. Cuando digo reptiles, me refiero a que en su mayoría eran lagartijas y víboras inofensivas. El hábitat de los venenosos abarca un radio considerable, por ende, sólo dos o tres vipéridos se arrastraban por el lugar. Por instantes, los cuatro caminantes veían que los haces del satélite terrestre destellaban en los lomos escamosos y rugosos de estos estremecedores animales. A su lado izquierdo, unas altas enredaderas separaban al canalillo del arrozal, por lo que el viento ya no les abanicaba y los alumbrados pueblos desaparecieron de su campo visual.
—Chibolo, ¿a dónde nos llevas? —dijo con suspicacia mi primo. Sus amigos también se tornaron aprehensivos, y hasta llegaron a creer que el infante podría ser un Chullachaqui .
—Miren —dijo el niño con cierto retraso y apuntando hacia delante.
Los muchachos obedecieron y, de golpe, esa loca creencia del diablillo se desvaneció de sus mentes. Pues, a una corta distancia y sobre el inicio de un meandro, un estrecho puente de desgajados tablones atravesaba la corriente de agua, continuando el ramal a dónde se suponía que iban. Si no hubiesen estado más ocupados en mantenerse cautos a lo que acechaba en el cañaveral, tal vez se hubieran dado cuenta, además de ahorrarse un fugaz susto. Los rayos de la luna caían a la perfección sobre el puente, veteando de blanco los maderos y listones que —como dije— estaban por destrozarse.
Cuando subían al sendero, por un declive enlodado al extremo derecho del puente, Totolín se removió, diciendo:
—Por sea acaso, ¿por acá no habrá bandidos?
—Sí —declaró rotundo el niño.
—¿Cómo? —se sobresaltaron los muchachos.
—Tal como lo oyeron —tieso, se había parado al borde del ramal; y despacio, continuó—. Aparte de la oscuridad, le tengo fobia a los ladrones, y más aún a los que están armados.
—¡Y quién no, chiquillo inconsciente! —se sacudió de miedo Totolín.
—¡Nos trajiste a la cueva del lobo! —se enfadó Cayo—. ¿Ése era tu plan?
—¡Qué tontos fuimos, promociones! —se resignó Chilampa— ¡Engañados por un mocoso pueblerino…! Pues sigamos esta trocha… No tenemos alternativa.
—Pero yo pensé —departió de repente el jovencito— que ustedes podrían defenderme de cualquier salteador… Tendremos suerte si no nos topamos con uno.
—Odio ser un guardaespaldas —dijo acobardado Totolín.
—Me moriré con este dolor de nariz si no logro salir de aquí —expresó mi primo para sí mismo.
—Hey, mocoso —rompió de rabia Chilampa—. ¿Cuánto falta para llegar a la carretera?
—Un cuarto de hora caminando —tartamudeó—. Les suplico que me acompañen y que no se adelanten en sus bicicletas. Mi casa sólo queda en la mitad de su recorrido.
Se desató una ardua discusión, en la cual el trío tuvo que decidir si arriesgarse por el ramal, o dar marcha atrás y regresar por donde vinieron. Estar al cobijo y a la calidez de sus hogares era lo que en su interior pedían a gritos. A Cayo se le venía el mundo encima, ya que estaba hastiado de que su vuelta se viera truncada por otro desafortunado suceso. ¿Soportaría su dolor óseo el tiempo suficiente antes de ser atendido por manos galenas? Pero, y lo que, principalmente, preocupaba al grupo después de la retahíla de extraños e infaustos eventos: ¿Arribarán sanos y salvos a Tarapoto? ¿Se librarían de ser acuchillados o disparados? De todo esto, Totolín era el que se inquietaba más de la inminencia del peligro; al final de la discusión resultó ser el único que se oponía en acompañar al niño. Chilampa, aunque sin estar seguro de su posición, desde un comienzo quiso volver a la ciudad por la ruta alterna. Mi primo, para no alargar su retorno, tuvo que ceder, ansiando estar recostado en una blanda cama, con el yeso en su nariz y sin ninguna punzada que le aqueje. Mientras que Totolín, en contra de su voluntad, hizo acto de sumisión ante los demás. Luego de este exacerbado acuerdo entre los muchachos poco faltó para que el chiquillo les besara.
Temerosos y atentos a los sonidos de la noche, reemprendieron su inacabable vuelta a casa. El sendero era lo bastante ancho como para que los cuatro avanzasen juntos. No obstante, por razones de seguridad, Cayo y Chilampa iban al frente, y Totolín y el niño a la cola. El cañaveral marcaba el límite derecho del caminillo, en tanto, que por el lado opuesto, unos setos de hojas lobuladas habían sido plantados equidistantes entre sus vecinos. Con frecuencia se topaban con insignificantes reptiles rastreros y con cerdosos roedores, que se desplazaban con vivacidad, olfateando la tierra. Ni un alma parecía espiar en los alrededores. La luna llena les facilitaba una visibilidad de amplio perímetro; y en consecuencia, les permitía hacer un barrido con la mirada a metros en el interior de la arboleda y en los espacios y el suelo del sembrío de cañas. Después de un corto trecho, estas últimas plantaciones terminaron en una pared de espigados y elevados pajonales que, inclusive, aventajaban en altura a determinados arbustos. A continuación, el ramal se volvió sinuoso, con subidas y bajadas, y con curvas en ambos sentidos. Los muchachos temían que en uno de esos giros podían encontrarse cara a cara con una pandilla de desalmados que les amenazaran con matarlos si no les entregaban lo que querían. Enfrentarse con una banda de asaltadores, armados hasta los dientes, era muy diferente que hacerlo con un solo individuo. Un violador de jovencitas no representaba peligro contra tres. Ahora ya no tenían ni vestigios de valentía y defensores de la justicia, y es más, a Totolín, que antes se daba de héroe, en esos precisos momentos le temblaban las piernas y agarraba con mucha rigidez las manivelas de su bicicleta.

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