Cinco minutos más tarde los tres caminaban empujando sus bicicletas por el costado de la vereda. Durante el alborotado almuerzo que tuvieron el cielo se cubrió de pequeños trozos de ligeras nubes. A veces el sol era velado por una de ellas, como en esos momentos. La calle estaba desierta, excepto por la presencia de un enjuto canino que husmeaba en una bolsa de basura y una solitaria paloma torcaza que se acicalaba las plumas parada en un cable eléctrico. Cuando pasaron de largo el camino de las escaleras, mi primo dijo:
—Muchachos, ¿acaso no recuerdan que incluimos en nuestros planes que visitaríamos a nuestro compañero de la academia a la hora del almuerzo?
—Te referirás a Cuñau —dijo Chilampa—. En verdad aún no sé su nombre verdadero.
—Tampoco yo —declararon Cayo y Totolín al unísono. Mi primo continuó—. Le llamamos Cuñau y ninguno conoce a su hermana. ¡Qué paradoja!
El pseudónimo de Cuñau provenía de la modificación fonética y gramatical de la palabra cuñado. De ese apodo se acostumbraron a llamar a su amigo y jamás se tomaron la molestia de siquiera averiguar su nombre real. Cuñau les dijo que podrían arribar a su casa al mediodía y que estaría complacido de dadivarles una abundante y exquisita comida, y, ante la insistencia de Chilampa días antes, aceptó de que les presentaría a su hermana. Chilampa tuvo suerte, pues, una de las características de Cuñau, es que no era celoso.
—A propósito, ¿saben ustedes dónde vive? —preguntó Cayo.
—Yo sí —respondió Chilampa—. Estamos cerca. A la mano izquierda de esta cuadra y a media cuadra de la plaza.
—Creo que hiciste tu tarea, promoción —dijo mi primo—. Todavía sobra espacio en mi estómago para otra ración de alimentos. Si la ñaña  se encuentra en casa, te daré el camino libre para que la conquistes.
—Verás con qué facilidad cae en mis brazos. Será pan comido. Como quitarle el dulce a un niño —dijo Chilampa seguro de sus facultades seductoras.
Totolín se sentía mejor pero sin ganas de llenarse con más comida. Quería darse una siesta, pero no lo dijo. A un rato, los tres se detuvieron de golpe a media cuadra de la plaza. Chilampa observaba extrañado un letrero tachonado a su izquierda. Allí se leía:
C.P.C. Humberto T. Coral Perea    Atención: Mañana 8:00-12:00 h. y Tarde 14:00-18:00 h.
—¿Es aquí, promoción? —dijo Cayo.
—Me dio esta dirección. La memoricé bien… estoy segurísimo. Esta es la oficina de un contador público, ¿o me equivoco?
—Efectivamente, es la oficina de un contador. C.P.C. significa Contador Público Colegiado. Ya son más de las dos de la tarde, de modo que ya deberían estar atendiendo. Pues esperemos a que abran para averiguar si Cuñau se mudó de residencia.
Los demás obedecieron a mi primo y aguardaron lo que se les antojó alrededor de un cuarto de hora. Una puerta rodante de aluminio iba siendo alzada con dificultad por una guapa muchacha de piel canela. Su cabello largo y negro le caía en forma de cortina, ocultando parte de su rostro. De su blusa se balanceaban sus redondos senos a causa del trabajo pesado que ejercía. Seguidamente daba delicados resoplidos. Los tres muchachos se levantaron presurosos del borde de la vereda como si las fauces de un feroz animal se les hubiera encajado en sus traseros, y acudieron en ayuda de la jovencita. En el ínterin, Totolín se resbaló en una cáscara de anona, raspándose una rodilla. Al instante se desembarazó.
—Nosotros la ayudamos, preciosa —dijo Chilampa a la joven, aplicando un tono altivo y zalamero—. ¿Por qué mandarán a hacer las labores pesadas a bellas doncellas como tú?, o, ¿acaso la caballerosidad escasea en estos días? ¡Qué barbaridad! No se preocupe, porque tuvo la magnífica suerte de toparse con un galante y buen mozo como yo. Así suelen decirme varias damas después de demostrarles mi desinteresada y pulcra caballerosidad.
La muchacha quedó pasmada y sonrojada a la vez; y balbuceó algo como un “gracias, joven”. Se les hizo imposible a Cayo y a Totolín disimular una risa. “De tanto acompañarse conmigo, aprendió de mis tácticas conquistadoras y del empleo de mi selecta locuacidad; de todas maneras, no me superará, porque piropos sobran en mi repertorio. Esta vez quiero verlo en acción y por eso no intervendré… Puede que la chica sea la hermana de Cuñau”, pensó mi primo mientras se preparaba a subir la puerta y Totolín se sobaba su magullada rodilla.
Unos cuantos folios cayeron volando al suelo, pues, una corriente de aire había entrado de improviso en la inmaculada estancia. Cayo y Chilampa se entretenían en su cometido. Totolín permanecía de pie y no quiso molestar a sus compañeros para recoger los papeles, porque dedujo que los tres se estorbarían y harían el trabajo más incómodo. Se dispuso, pero la joven fue más rápida que él. Durante el breve lapso que ésta se agachó, Totolín martilleó con la mirada a sus nalgas. Sus estrechos pantalones jeans le hacían acentuar su figura. Al instante a nuestro amigo se le bulleron las hormonas, para ser sorprendido por una erección genital y un deseo libidinoso de arrojarse a la muchacha. Se contuvo como un acérrimo miembro del Opus Dei, y la situación le resultó de gran aprieto. Tuvo la idea de fingir atarse los pasadores. Mientras tanto, su falo no se reducía a su tamaño normal y sus fantasías sexuales se tornaban más ardorosas.
Paralelo a esto, Cayo y Chilampa terminaban su comedida misión. Chilampa se acercó a la chica, dando uso de la palabra:
—Hermosura, queremos saber si vive aquí un amigo del centro pre-universitario de la universidad de Tarapoto.
—Joven, que yo sepa acá hay pura gente mayor —dijo la muchacha, poniendo un toque de dulzura en su voz—. Soy la que tiene menor edad. Mi cargo es de secretaria, exactamente la secretaria del contador Coral. Ahora él estará acabando de almorzar. Un contratiempo nos pasó, y resulta que nos ganó la hora.
—Ya veo —dijo Chilampa—. Va a ser una lástima que posponga la conversación contigo, porque, por favor, te pido que llames a tu jefe para preguntarle a él en persona.
—Lo haré con mucho gusto. Correré a buscarlo, sólo porque tú lo necesitas —dijo la chica, ruborizándose. Sin pensar bien en su forma de actuar, le había coqueteado a un muchacho.
Cuando su flotante cabello azabache desapareció al ingresar detrás de una puerta ubicada al costado de una repisa de libros, Chilampa, lleno de vida, le dijo a Cayo:
—¿Ves cómo me adula porque le caí simpático? No está nada mal la hembrita. Tal como me la recomendó el médico. Un remedio infalible para mis penas de amor.
—Te felicito, pupilo. Sigue superándote —dijo Cayo.
—¡Ya basta! —se molestó Chilampa. Odiaba admitir que discretamente se favoreció de las técnicas de mi primo.
Los dos fulminaron su querella, pues se percataron de algo extraño: Totolín seguía en cuclillas, sin hacer nada en especial con sus agujetas, y dándoles la espalda. Cayo interrogó a su inclinado amigo:
—¿Qué te sucede, tío? Párate, que ya vendrá el jefe de esta oficina.
Totolín sabía que su fingimiento iba a ser descubierto, por consiguiente, dijo otra excusa que, pensó, sonaría más veraz:
—¡Ay! ¡Me duele el estómago! —se masajeó la barriga—. Creo que la bebida esa tenía un ingrediente que no tolero.
Cayo y Chilampa fueron a querer incorporarlo en un sofá, pero Totolín se negaba y agitaba los brazos para que se alejaran de su lado. En un jaloneo de dos contra uno, agregándole el hecho de que el acuclillado poseía menor vitalidad que los demás, finalmente se supo la verdad: muy vergonzosa para Totolín y motivadora de carcajadas para Cayo y Chilampa. El rostro del excitado sexual parecía un rábano. Trató de acomodar su miembro viril a una posición menos comprometedora, forjando risas en exceso irreverentes en sus amigos y mayor pudor en él.
—Señor, deme su sombrero, que lo colgaré aquí —dijo bufonamente mi primo a Chilampa.
—Caballero, pienso que ese colgador es un poco anacrónico, ¿qué cree usted?
—Ahora que me doy cuenta, falta enderezarlo, señor. Con una patada bastará —Cayo hizo ademán de propinarla una a Totolín en la zona delicada, y dijo—. ¡Sujétalo, Chilampa!
—¡Déjenme en paz, par de locos! —se asustó Totolín.
—¡Caíste, tontito! —dijo mi primo cacareando de risa—. No te clausuraremos la fábrica de descendencia y tampoco te privaremos de revolcarte con las nenas, cuando vemos que tu soldado vive en sus años mozos y goza de la energía para combatir dentro de la cueva de los leones.
La puerta por donde la chica entró, se abrió. Un señor bajito y sesentón se quedó quieto en el umbral, observando la escena de los tres jóvenes. Escrutó con la mirada la ingle de Totolín, sin un mínimo de disimulo o recato. La cara de su secretaria, detrás y sobre su hombro, estaba tan roja que tal vez la mitad de su sangre se concentraba en sus mejillas y frente. Totolín se acuclilló en un santiamén, igual que si un saco de harina fuera arrojado a sus espaldas; la vergüenza le corroía todo su ser, siéndole imposible sentir más. La joven secretaria cubrió sus ojos con las palmas de ambas manos y el señor contador dibujó, primero, una sonrisa que fue agrandándose. Luego, pescó a todos por sorpresa cuando se rió como si le hubieran contado el mejor chiste de su vida. Al contrario sucedió con Cayo y Chilampa, ya que les consternó la actitud de un hombre de esa edad que, además de sus curtidas facciones, daba la falsa impresión de que era un adulto serio y disciplinado. Tan repentinamente como empezó, cesó. Y habló en un timbre meloso, enfocándose en Totolín:
—Hazme el favor de sentarse en el sofá. La misión de esta empresa no es despertar los deseos carnales en el personal femenino. Le recuerdo que no es el lugar ni el momento adecuados para pregonar sus bajos instintos.
El contador jaló una silla móvil, en la que se sentó. Apoyó los brazos sobre su escritorio y, dando un suspiro, volvió a articular, pero dirigiéndose a Cayo y Chilampa:
—Antes de que me pregunten cualquier cosa, cuéntenme, cómo su amigo… bueno, saben a lo que me refiero.
—Este… se excedió bebiendo un poderoso afrodisíaco —aclaró mi primo.
—Comprendo —dijo el contador—. Mi secretaria dice que ustedes buscan a un compañero de clases, ¿es cierto?
—Claro. Sí, señor. Nos entregó esta dirección y acordamos que vendríamos a estas horas a visitarlo —dijo Chilampa guiñándole un ojo a la chica.
—¿Cuándo les dijo eso? —dijo el contador, demorándose un poco y rezongando ante el atrevimiento del muchacho. La secretaria le trajo unos libros de la repisa y los posó sobre el escritorio, devolviéndole el gesto a Chilampa, el que no prestó atención a lo que le interrogaban.
—Disculpe, usted, mi distracción —indicó tardío el enamoradizo—. Calculo un máximo de semana que nuestro amigo nos lo dijo.
—Mi local tiene de inaugurado tres días, y es alquilado. La familia que antes habitaba aquí, se mudó. Seguro que el hijo del señor arrendador es el amigo de ustedes. Apenas tuve tiempo de hacer trato con el hombre, a sus hijos y esposa los vi cuando desocupaban la casa. Mi sobrino se junta mucho con ellos. Mejor será preguntarle. Debe estar adentro descansando. Regina, le suplico que lo llame.
La joven secretaria acató la orden de su jefe. Cayo notó que el semblante de Chilampa estaba iluminado, pues la chica había movido los labios sin pronunciar palabras, y claramente se entendió que le decía: “Ya vuelvo. Espérame, guapo”.
—Ella es muy eficiente, y también muy bonita ¿eh? —admitió el contador.
Chilampa quiso sazonar la charla, empero, su interlocutor le interrumpió, presionando un erguido índice en medio de sus labios cerrados, que formaban una línea recta y morada. Luego se dotó de los libros que yacían cerca, rebuscó en éstos, y encontró una gruesa revista. Cayo leyó la fecha de la semana pasada en un borde de la carátula. El contador revisó el índice y ubicó la sección de pasatiempos. Pasó las hojas casi hasta la última. En letras artísticas, había escrito, en el extremo superior de la página izquierda, el nombre del apartado. En el centro de la página derecha, mi primo leyó: “ANAGRAMAS, resuélvelos y sabrás que te ocurrirá en el futuro”.
A Chilampa y Totolín les interesaba un comino lo que hacía el señor del escritorio. El primero aprensivo por la censura que le dio y el segundo cohibido por la pesada broma que le dijo; mientras que Cayo, presto de interés, tenía la vista arraigada en la página abierta. Usando un gastado lápiz, el contador resolvía cuanto era capaz. Refunfuñó cuando padeció en un anagrama que hace días lo venía tediando. Varios manchones delataban los intentos fallidos. Cayo, como en las anteriores ocasiones, leyó al revés, desentrañando lo que decía: “BOTO SIN LA RAQUETA”. El papel estaba renegrido a un costado y dos palabras sueltas se distinguían con tenuidad: “BOQUETA” y “RATA”.
“¿Qué será esa cosa de anagramas? Le consultaré a este tío”. En seguida, la secretaria llegó, y no pudo salirse de dudas.
—Don Coral, he buscado en todos los rincones y no hay rastro de su sobrino —informó.
—El muy bandido se fue a moshaquear  —dijo el contador—. Si tú no le hubieras rechazado, estaría aquí cuidándote de ciertos lobos husmeadores —observó al trío, tardose un poco más de lo debido en Chilampa, y encrudeció el sonido de su voz—. Lo siento, muchachos. Creo que me es imposible ayudarlos. Retírense ya de mi oficina.
Los tres se fueron desconcertados. Totolín ya no tenía problemas fálicos. Afuera, en la acera, giraron sus cabezas a la entrada del local, pues la muchacha les llamaba fervientemente. Al reunirse, les dijo: 
—Muchísimas gracias, jóvenes —se plantó frente a Chilampa. Dándole una anotación, continuó con un dulce dejo—. Toma mi número, llámame, pregunta por Reggi. Todavía no sé tu nombre.
—Jorge… Te llamaré, dulzura. ¡Suerte en el trabajo!
—El señor Coral es celoso y me quiere para su sobrino —habló corrido la chica—. Ese muchacho me cae latoso y me lleva bastantes años. Ahora sé que los caballeros existen. ¡Qué lindo! ¡Como en los cuentos de hadas!
Le estampó un sonoro beso en la mejilla, y se retiró; en plena despedida, su jefe, lleno de furia, le había estado llamando:
—¡REGINA, TE NECESITO URGENTE! ¡VUELVE!
—Viejo loco y desconfiado. La situación ya tiene sentido para mí —dijo Chilampa con un brillo destellante en sus pupilas.
—Era una trampa eso de preguntarte si era bonita —analizó mi primo—. Además el guiño ése no le gustó en absoluto. Tenías que ser cauto, promoción.
Restaban escasos minutos para las tres de la tarde. El cielo se copaba de más nubes que ofuscaban los rayos solares. La temperatura sustraía sus grados centígrados y acompasados vientos soplaban por las calles de Lamas. Un helicóptero pasó resonando sus rotores a veinte metros sobre sus cabezas, sumando la potencia de las brisas. El tránsito en tierra era parco, en cambio, el número de peatones era más concurrido; algunos quechuas oriundos del barrio Wayku caminaban sin zapatos y arreando sus bestias con cargas atiborradas.
Después, Cayo y Chilampa reactivaron sus risas, aunque los shorts de Totolín ya «no levantaban sospechas». Esta anécdota lo revivirían con mímicas el resto del día y lo celebrarían en posteriores reuniones, exagerando los hechos reales. Cuando llegaron a la plaza de Armas, empujando sus bicicletas, mi primo dijo:
—¿Adónde nos vamos? —se quedaron callados, e incitó—. Vámonos al mercadillo, nos instalaremos en unas mesas y devoraremos el almuerzo que trajimos de casa
—Que así sea, Chechelé —concordó Chilampa—. ¿Y tú, Totolín?
—No tengo hambre, patas. Pero adonde van, yo los sigo.
—Muy bien dicho, cumpa. Pero controla tus hormonas, sino la gente pensará que eres un pervertido… ¡Chechelé!... hubiésemos tenido una cámara filmadora para inmortalizar a Totolín y mandar la cinta al programa de los videos hechos en casa. Ganaríamos el primer premio.
—¡Silencio, Chilampa! —hipó Totolín. Cayo se alistaba a atizar la leña con el bromista—. Y tú, Chechelé, ni lo pienses. Qué culpa tengo de que la tía me haya dado viagra selvático.
—Lo lamento —dijo Chilampa, dándole palmadas conciliadoras en el hombro—. No lo tomes tan a pecho. ¡Relájate, baja la bronca!
—Si… puede que tengas razón —declaró meditabundo Totolín—. La cuestión es pasarla bien y divertirnos como compañeros, ¿si o no?
—¡Sí! ¡Estupendo! —se entusiasmó Chilampa—. Todos somos patas, tú tienes mi confianza y yo la tuya. ¡Excelente, promoción! —en segundos prosiguió—. Te doy permiso de joderme, siempre que no hieras mi susceptibilidad.
—El quid del asunto —dijo Totolín— es que quería coger el riquísimo trasero de la secretaria, penetrándole encima del escritorio. Mala suerte para mí cuando entró a llamar a su jefe, porque sino…
—¡Córtala! ¡Te pasaste de la raya! —le restringió Chilampa.
Luego montaron sus bicicletas y pedalearon al mercadillo, que se localizaba cerca de ahí. Delante del umbral del portón doble de la iglesia, un mendigo, con sus ropas hechas jirones, invocaba a los transeúntes de espíritu caritativo para que depositasen monedas en una destartalada taza. El pobre hombre balbuceaba, botando espumarajos y tosiendo roncamente. A petición de Totolín, el trío se apeó de sus vehículos, y se encaminaron al desdichado. A su lado vieron algo que de lejos no: los ojos del individuo eran blancos como las nubes del cielo y de su cuello se asía en soguillas un cartón en el cual fue escrito la palabra “CIEGO”. Su pelambre capilar estaba tan empolvada que se desconocía su color natural. Cada centímetro de su cara estaba demacrada por agrietadas arrugas. Hedía como a perro muerto… Totolín fue el más conmovido. Metió la mano en el bolsillo de su mochila y de milagro sus dedos toparon una moneda de cincuenta céntimos, la que soltó en la taza con un ruido sordo. Chilampa colaboró un nuevo sol. Mi primo vacilaba, sus amigos le insistían. Él se negó, diciendo:
—Esta plata la necesitaré más tarde, no puedo.
—Él la necesita más que tú. Sé solidario. Aporta, promoción —le rogó Totolín. Cayo no se sensibilizó por nada del mundo.
Cuando los tres se quitaban, a mi primo se le heló la sangre… ¡El ciego le agarraba de su muñeca! Ese contacto le abarrotó de miedo. “¿Qué me causa esta sensación? ¿Quién es este hombre? ¿Por qué tengo temor?”, lucubró. De pronto, el limosnero tanteó la nariz de mi primo con uno de sus tullidos dedos, y lo deslizó con lentitud.
—¡Cuídala! —masculló. Si antes (ese día) Cayo tuvo miedo, ahora tenía terror. A medida que el misterioso hombre se reincorporaba, iba recobrando su estado normal, sin embargo, permaneció afligido. Chilampa y Totolín ignoraron lo sucedido, ya que todo ocurrió con sus nucas dirigidas a la escena.
Cayo siguió preocupado. No pensaba en hacerlo público. Él y Chilampa volvieron a almorzar en un comedor del mercadillo. En derredor, el batido de las licuadoras, procedentes de las juguerías, colmaban de ruido el lugar. Manos duchas en el arte culinario blandían cuchillos de cocina para cortar frutas y verduras, y el perceptible tintinear de los cubiertos se oía en las mesas vecinas… Sólo Totolín no masticaba ni engullía en esos momentos.
—Chechelé, ¿qué te pasa? Me late que estás reticente con nosotros —inquirió Chilampa.
—¿Qué? ¡Estás loco! —se extasió.
—¡Tranquilízate, hermano! Lo supuse… Ah, acabo de recordar que dijiste que nos contarías una experiencia semejante a la de Totolín en la plaza.
—¡Ah! ¡Si, si! Me acuerdo —se escapó por un pelo de ser descubierto—. Eeeh, es una historia fuera de lo común, por cierto, muy similar a la de Totolín.
—¡Cuéntanos, entonces! —dijo Chilampa.
—¡Arranca, promoción! —se impacientó Totolín.
—¡Ya! —prorrumpió, y comenzó—. Hace unos meses me fui al fundo de mi abuelo para ayudarles a mis tíos a construir un tambo. Ustedes conocen a mi tío Tuco que es sacerdote. Bueno, el era uno de ellos. También mi tío Lino se encontraba ahí —hizo una pausa, y continuó—. Los troncos estaban cortados y amontonados a la orilla de un canal ubicado a medio kilómetro del sitio destinado a erigir el tambo. El primer trabajo consistía en arrastrar los pesados tocones, jalándolos por nuestra cuenta, sin el apoyo de cuadrúpedos o tractores. El sol arreciaba durante esa mañana. El calor nos laxaba físicamente. La hora siguiente nos era más penosa y el agua apenas nos refrescaba.
“A partir de las 10:30 a.m llevábamos entre tres un solo tronco. Yo estaba el doble de débil que mis tíos. Y, a eso de las once en punto, me desplomé en tierra, tumbando la carga y evitándonos un peor incidente. Mis tíos se compadecieron de mí y me recostaron en la sombra de un ciruelo. Se fueron al instante a buscar ayuda para que me atendieran. Como no regresaban, me invadió una fustigadora sed y decidí chupar los frutos maduros del árbol. Mi debilidad iba de la mano con mi torpeza, pues, cuando quería coger un ciruelo, mi brazo rasgó un panal de abejas. Una nube zumbante de estos bichos me persiguió y corrí despavorido, aunque mis piernas flaqueaban. La boca se me resecaba y el torso me dolía como demonios. Pensé zambullirme al canal, pero, como era poco profundo, cambié de estrategia. Así que me dirigí a la piscina de los peces. No llegué, pues me sobrevinieron varios impedimentos... Me tropecé en una piedra o en algo por el estilo; y me levanté, emprendiendo otra vez la carrera. La nube de abejas iba achicando su tamaño y mis piernas perdían su agilidad. Cuando divisé el estanque con agua, habían entre quince y veinte de esos insectos. Para mi desgracia me resbalé en el suelo lodoso de la orilla y luego sentí un pinchazo. Con una varilla, espanté a mis perseguidores, hasta que al fin logré mi cometido. Me eché boca arriba y la cabeza me empezó a dar vueltas. Tuve espasmos, dolores insoportables… ¡Maldición, el mundo se me venía encima! A un rato fue como si me despertara de una pesadilla, sin señal de los síntomas. Parecía que mi alma hubiera entrado a otro cuerpo —Chilampa y Totolín abrieron más los ojos—. Todo sucedía en cámara lenta… los mosquitos, podía ver a cada uno de ellos volar; el batir de las hojas, era tan fácil darse cuenta de lo etéreo de sus movimientos… ¡ah!, los sonidos de la naturaleza, era capaz de distinguir cada uno de ellos... Los rayos del sol no me abochornaban. Sentía una benévola frescura y ganas de seguir trabajando. Fui al canal a traer más troncos. Quedaban cuatro o cinco. Asenté uno en mis hombros, y lo cargué con pericia. Me daba el lujo de trotar con setenta kilos encima, agitándome poco. Coincidí en el camino con mis tíos y mi madre, y ninguno me creyó que estuve realmente debilitado. Los tres me rezongaron por la supuesta broma que les hice. No tuve el valor de explicarles mi peripecia, ya que alimentaría más su enfado y me aludirían de fantasioso. De castigo me infligieron la pena de finalizar los viajes de carga. Fue el castigo más satisfactorio que me impusieron en la vida. Sentía el peso de mi cuerpo como a la masa banal de una pluma, los troncos como a finos ramilletes, y el calor… ¡ya no existía para mí!... Nadie se dignaba a observarme. Ojalá una hermosa chica lo hubiese hecho y se enamorara de mi desmedida fuerza.

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