Terminó de pronunciar la última palabra, y, en lo alto de la copa de la huaba, un viento vapuleó deliberadamente. En seguida, uno de sus siempre alargados y desiguales frutos se desprendió y cayó tropezando en unas cuantas ramas e ir a dar directo en la crisma de nuestro amigo, antes de llegar al informe suelo. Por puro instinto se llevó las manos al lugar afectado. Prorrumpió maldiciones a los cuatro vientos y se levantó del pasto comenzando a caminar furioso. Se tropezó en una saliente de piedra, escondida en la verde floresta, yéndose de bruces sobre el lecho. Una vez tendido retornó sus quejidos y, a continuación, sintió algo blando y disperso por su área abdominal. Unos seres diminutos le recorrían la piel de su vientre. Cientos de minúsculas patitas trotaban por su pecho y espalda. Se puso de pie sacudiendo a lo que era la mitad una colonia de hormigas que sufrían la demolición de su hogar. Lo que antes era un montículo en forma de volcán, ahora, un montón de arena granulada y esparcida había en su lugar. El responsable de severo agravio saltaba como si bailara un danza ridícula. Con las frenéticas vapuleadas que daba dejaba aturdidos a los formícidos, disminuyendo su número en su cuerpo. Y cuando, ya apenas, una reducida cantidad de estos seres le alteraban nuestro amigo sintió un nada amable pinchazo en el occipucio. De inmediato un desgarrador grito se oyó a doscientos metros a la redonda y bandadas de despavoridas aves que reposaban en las ramas de los árboles levantaron vuelo, alejándose de la fuente del sonido. Debido a que la carretera se encontraba a quince metros del destruido hormiguero, algunas personas lograron escuchar el alarido de dolor y lo interpretaron como un grito de muerte. “¡Tal vez estén matando a un pobre muchacho! ¡Qué crueldad! ¡Mejor voy avisar a los demás!”, pensó el mismo anciano que vieron Cayo y Chilampa cargar leña. El abuelo continuó descendiendo, pero con prisa.
Mientras tanto, Totolín veía a la naturaleza dar vueltas y vueltas. La sangre se le acumulaba en las sienes y la picadura en su nuca le punzaba más que el golpe en su cabeza. De pronto, una ligera calentura le recorrió el cuerpo, expandiéndose desde el lugar afectado por el aguijón. Empezó a sudar a chorros. Realmente, no parecía conocer límites, porque daba la impresión de ser una esponja exprimiéndose. Luego, tan de improviso como le vino la calentura, este malestar se disipó y dio paso a una sensación en absoluto esperada: serenidad. ¡Sí!, ¡serenidad! Envés de ver rodar su derredor, el ambiente yacía estático, inmóvil si podría decirse. Ninguna minúscula partícula se movía. El tiempo se detuvo en su mente. Su ritmo respiratorio se normalizó, adquiriendo una nueva y rara energía que consumió cualquier resto de embotamiento y que quitó las dolencias de sus magulladuras. Instantes después, dijo:
—¡Qué bien me siento!... ¡Muchachos, allá voy! ¡Pero, qué genial sensación!
Bebió tres tragos de agua. Guardó la botella. Se puso su mochila. Y llevó su bicicleta hasta la carretera para volver a pedalear, pero esta vez, a una velocidad que jamás se imaginó que fuera capaz de alcanzar. Todo rastro de dolor que lo había perturbado, por el momento, no existía. Superaba cualquier limitación física y mental. Sus reflejos se activaron por completo y sus movimientos iban ganando la vigorosidad de un verdadero atleta en plena competencia, sobrepasando el nivel de Chilampa y gozando casi de una energía ajustada a la de Cayo.
Eran las doce y minutos más. No rondaban peatones a los costados de la carretera. En cambio, mayor número de vehículos subían y bajaban por la misma. A nuestro amigo ninguna cosa le incomodaba, por consiguiente, pedaleaba librado de cualquier yugo. Pasó por el muro con la pintura descascarada y a continuación una curva a la izquierda lo llevó a ventilarse en medio de una brisa refrescante. Era un nuevo aire para él, un aire que le hacía recordar que, en ese instante, era otro individuo, dotado de extraordinarias habilidades, habilidades que, consideró, le durarían mucho. A pesar del buen ritmo al que iba, sus agitaciones ostentaban un compás tenue.
Por curiosidad se topó la parte en donde la furibunda hormiga le aguijoneó. La presionó con la yema de un dedo y sintió un suave estremecimiento. Luego continuó ascendiendo a sumada velocidad. Esta vez, ni auto ni camión ni moto lo desviarían de la carretera. Estaba seguro de eso, empero, de que si había probabilidades de llegar antes que sus amigos a la plaza, tenía sus dudas. Salvo que a los dos se les ocurriera la idea de comprarse unas vituallas en una bodega ubicada metros más abajo, Totolín cumpliría su «sueño» de ser el primero en arribar.
El cielo se tornó más celeste y las nubes del horizonte se levantaron un poco de la cima de los cerros y colinas. El clima era una amalgama de temperaturas entre el calor del abrasador sol y las frescas brisas que seguían su curso por la atmósfera. Y, mientras este ambiente se colmaba de diversos cambios meteorológicos, Totolín leyó adelante un conjunto de palabras que antes no las tuvo importancia. Tres simples palabras que le abrieron una fogosa emoción de logro, llenándole de un ánimo que en otrora no sintió, a pesar de las muchas veces que las leyó. Con inquebrantable orgullo, se cuestionó: ¿Cuántas clases más de sentimientos me atraparan en este día?
En la parte superior de un letrero rectangular y entre el dibujo de dos tinajas típicas de la región, decía, con letras artísticas, lo siguiente:
BIENVENIDO A LAMAS
Su traducción al inglés iba escrita debajo: WELCOME TO LAMAS. Al pie de esta bienvenida bilingüe, decía: «CIUDAD DE LOS TRES PISOS». Unos metros al costado izquierdo de este anuncio había otro pequeño; su fondo era verde oscuro y sus contornos blancos. En medio, simplemente, decía: LAMAS.
Un pastizal necesitaba ser podado de inmediato. Los dos letreros daban la impresión de estar sostenidos en las afiladas puntas de las hojas y no en sus postes correspondientes. El viento sopló incrementando su poderío. Debido a que el pastizal cubría una colina entera, el paisaje era un mar de hierbas que se movían similar al flamear de unas banderas. Cuando el ruido motorizado de los vehículos se alejaba por instantes la percepción de los sonidos de la naturaleza se tornaba nítida. El aire se mantenía lejos de enrarecerse con el polvo, gracias a la frondosa vegetación de la derecha y amén del suelo cubierto de guijarros y pasto de la izquierda. Además, a este último lado de la carretera, había una estación de gasolina. El piso del centro de ésta era de concreto.
Totolín continuó pedaleando con el corazón henchido de entusiasmo. Los anuncios y la estación de servicio yacían a ambos lados de él. Se ubicaba a treinta metros cuando vio el anuncio grande por primera vez y ahora veía a las casas de los pobladores lamistos tanto a diestra como a siniestra de su posición. Algunas estaban construidas de barro arcilloso y las demás de material noble (ladrillos, cemento). La bicicleta de nuestro amigo chirriaba en lo mínimo, por lo que no la consideró un fastidio. Siguió adelante y, justo antes de que doblara por la izquierda hacia una subida, un concurrido parquecito en la esquina captó su atención. Gente de diferentes edades elegía si sentarse en los bancos con techares, caminar soleándose por las veredas, o, en el caso de los niños, jugar chapoteando en una fuente de agua asentada en medio de un pulido gras.
El ascenso se elevó unos grados más y la pista se puso escabrosa unos tres metros. La irregularidad del asfalto hubo combado el terreno. Cuando Totolín llegó al final del parque un nuevo letrero, pintado también de verde, fue puesto para indicar la latitud de la «Ciudad de los Tres Pisos»: 814 m.s.n.m, cerca de 500 metros encima de la latitud tarapotina. “¡Voy a llegar! ¡Yupi! ¡Me siento enérgico!”, pensó cuando doblaba una calle al noroeste, la cual se dirigía al centro de la cuidad: la plaza de Armas. Desde ahí contaba una distancia de cuatro cuadras aproximadamente. Esta pavimentada calle conformaba el ascenso final en el trayecto de ida de los tres jóvenes. En su vuelta a casa habría descenso y recorridos planos, excepto en una cuesta que pasa por debajo de un puente peatonal en la cuidad de Morales .
Los habitantes del centro de la milenaria Lamas viven en la modernidad. No es un lugar inhóspito en donde las personas conviven apartadas del resto del mundo. El visitante de cualquier parte del globo se sentirá como en casa por la hospitalidad de su gente. Es común toparse con turistas de variadas nacionalidades cuando uno anda por el pueblo, en especial por el populoso barrio «Wayku» o «Huayco».
Restaba una cuadra para que Totolín llegue a la plaza. Se moría de ganas de ver las caras de Cayo y Chilampa. “Muchachos, alístense, que pronto me verán. Permanezcan en sus sitios”.

Cayo se sacudió para que se apaguen las voces dentro de su cabeza. Había presentido que procedían de su espalda y consiguió que no le perturbaran de ahora en adelante. En seguida, trató de enfocar su concentración en lo que mejor sabía hacer: pedalear. Chilampa se iba alejando y, sin embargo, mi primo comenzó su carrera con entrecortados sprints. A medida que avanzaba, su ritmo ganaba más y más pique y, por lo tanto, mantenía un ritmo cardíaco escalonado. Pasado un corto tiempo vio que es prudente darle con toda el alma, para así rebasar a su amigo sin darle tregua alguna. Éste ni aplicando todas su fuerzas le alcanzaría y, mucho menos, lo aventajaría.
“¡A mí nadie me gana!”, pensaba portentosamente. “Aunque Chilampa se dope nunca podrá vencer al más Grande e Incomparable ciclista de todos los tiempos”. Luego de blasonarse avistó el letrero de bienvenida a Lamas, que se hallaba a unos veinticinco metros. Una reguladora brisa agitó sus cabellos… Moduló su respiración contrayendo y expandiendo su pecho a compás relajado. Se demostraba que sabía respirar correctamente. Completó la distancia hasta el letrero en diez segundos acortando la separación con Chilampa. Cinco metros los apartaban. El sonido de los dolientes resoplidos de su amigo llegaba inmisericorde a sus tímpanos. Sufría bastante en su intento de superarlo, y de rato en rato volteaba su enrojecido rostro para ver cuánto se distanciaba de él.
Cayo lo rebasó totalmente antes de que pasara por el parquecito. Ninguno de los dos se atrevió a intercambiar palabras, pues mi primo, una vez haber ganado en este genial deporte, arremetería de críticas y bromas a su decaído compañero. Intentó acumular todo el peso de su cuerpo en cada pedaleaba que daba y en el empuje que ejecutaba sobre los manubrios. Casi la mayoría de sus músculos bregaban en su ascenso. “¡Esto sí que es ciclismo de verdad!”, pensaba brioso, “Ya me aburría de subir a paso de motelo . ¡Qué vergüenza le di a mi honor! La próxima tendré que salir solo y de paso me entretendré con la muchacha del kilómetro ocho. Ojalá Chilampa no se entere luego”. Miró hacia atrás. El rezagado pugnaba por quedar a su nivel, pero le sería inútil porque diez metros conformaban una gran diferencia. Ambos compañeros sudaban a borbotones. Chilampa se agitaba como un asmático y mi primo sacaba provecho de sus tácticas respiratorias.
En breve finalizaría la carrera. Cayo se desesperaba por culminarla porque, al llegar a la plaza, pondría punto a su exitosa demostración de ciclista durante el ascenso. En cambio Chilampa se impacientaba por posar a su molido trasero en algo menos estrecho y se inquietaba por hacer descansar a sus pulmones de tanto tedio.
A una cuadra de la plaza mi primo estaba a cincuenta metros delante de su amigo. Había una sonrisa satisfecha en su perlado rostro, pues su objetivo del día acabaría de consumarse.
La plaza de Armas de Lamas es una construcción de entre seiscientos y setecientos metros cuadrados, ubicada en el «segundo piso de la ciudad». En el centro de este complejo se erige una pileta con agua. Dicho estanque es de cemento pulido y de forma circular; en medio hay una aglomeración de piedras firmemente cimentadas hasta una altura de tres metros. En la cima fue puesta horizontalmente una piedra laja, sobre la que se colocaron dos estatuas: la del nativo Ankoall haciendo un pacto de paz con Martín de la Riva y Herrera, español fundador del pueblo. A espaldas de la pileta un techo en media luna hace las veces de protector solar durante el día y de iluminador durante la noche, ya que en sus oquedades fue instalado un sistema eléctrico. En la plaza también hay otra estatua en dirección norte: la de una lamista vestida con la indumentaria típica, sosteniendo sobre su cabeza una tinaja. Además, por casi todos lados, hay varias plantas ornamentales sembradas en los jardines: krotos, buganvilias, ficus, margaritas, orquídeas, cactus, girasoles, rosas, bromelias, entre otros. Pegado al cercado de la totalidad de ellas hay una cantidad apropiada de bancos. En fin, la plaza de Armas de Lamas es un lugar libre de suciedad, debido a que las autoridades locales delegan su celoso cuidado como patrimonio regional y nacional.
Mi primo acababa de consumar su objetivo del día. Se detuvo al borde de la calzada, frente a las dos estatuas de la pileta. Justo cuando llegó Chilampa, treinta segundos después, sus agitaciones cesaron por completo, pero, éste, no se paró a su lado, sino que ingresó pedaleando hasta el centro de la plaza. Se desesperaba por sentarse en un banco. Para su mala suerte vino hacia él un sulfurado anciano sujetando una tijera podadora. Le empezó a recriminar por la desfachatez de dejar marcas de neumáticos en el encerado piso. El vejete le ladró, saliéndose de sus casillas:
—¡HEY, HEY! ¡RETÍRESE DE INMEDIATO! ¡MUCHACHO DEL DEMONIO, LARGO DE AQUÍ!
Chilampa tuvo que dar media vuelta y obedecer con sumisión las riñas del anciano. “¡Qué carácter! ¡Acaso pretende hacerse oír al pueblo entero!”, pensó nervioso. Cayo, al ver la vergüenza de su compañero, lo celebró con burlonas carcajadas y haciendo grandes aspavientos. Cuando a unos instantes el desafortunado posó su vehículo en la pista, a un lado de él, dijo:
—¡Qué ridículo te veías cuando ese viejo te regañaba! ¡Mejor hubiese pinchado la llanta de tu bici con su tijera…! —sus risas no le dejaron continuar.
De lejos, con el ceño fruncido, el anciano seguía mirando a Chilampa. Usando una escoba de numerosas cerdas acumulaba el poco polvo en un recogedor. De no haber sido el encargado de velar por la pulcritud de la plaza y de tener la obligación como ciudadano, Chilampa asiera en esos momentos los instrumentos de limpieza. El avergonzado, dándose cuenta de que Cayo generaba casi igual de bulla que el viejo, dijo:
—¡Cállate, Chechelé! Nada sabía acerca de la prohibición del ingreso de bicicletas. Tienes suerte de que a ti no se te ocurrió meterte pedaleando, sino estarías pasando la misma vergüenza que yo.
—Y, ¿por qué iba a meterme si sabía que estaba prohibido? —confesó Cayo, y sus risotadas se tornaron más escandalosas.
—Tú si que te esmeras en joderme con tu sarta de pendejadas —dijo el abochornado, tratando de hacerse oír por encima de las carcajadas—. Cuídate, porque en cualquier rato caerás en las trampas que te tendré preparadas.
—Estaré alerta, promoción. Gracias por advertirme —y más risas le desbordaron.
—Dije que te callaras —se molestó Chilampa—. ¿Cuándo piensas fulminar tu última risa?… Eres como un payaso en convulsión.
Para su desagrado, mi primo demoró en calmarse. Fue muy vergonzoso porque la gente los miraba atentamente y algunos cuchicheaban arriba del volumen normal. La línea terrosa que antes estuvo en el suelo de la plaza, el viejo, donde sea que se encontraba, la hubo retirado sin demoras.
A Cayo se le antojó innecesario vanagloriarse delante de un ahora encrespado Chilampa. Eso sería sobrepasarse del límite de la tolerancia e iría en contra de la amistad, dando paso a la sucia humillación de un amigo. Permanecieron sentados en la acera sin intercambiar frases, cada uno perdido en sus cavilaciones e importándoles un comino los rayos del sol, pues antes nivelaron sus temperaturas corporales mojándose las cabezas, por última vez en ese día, con agua contenida en botellas. Un vendedor ambulante se acercó al dúo y les ofreció apetitosas golosinas. Mi primo y su compañero compraron unas cuantas para la tarde, o, si en el caso que sobrara espacio en sus estómagos, se servirían como postre al terminar de almorzar.
Se pararon, y Cayo le dio un lento codazo a Chilampa para que chequeara a una muchacha que pasaba en bicicleta por la calle, en frente de ellos. En seguida ambos le silbaron melosamente sin despegar sus miradas de sus semi-descubiertos senos que colgaban de su corta blusa. La joven, fijándose de su lascivia, se la levantó infructuosamente. Su busto era demasiado grande para ser cubierto por el pedazo de tela que vestía. Dobló la esquina y Chilampa se quedó hecho una piedra. Tenía los ojos inmóviles en el centro de sus órbitas. De la comisura de su abierta boca se escurría un hilo de saliva, pero la parte frontal de su cuerpo se posicionaba en la dirección opuesta a la calle por donde la muchacha dobló. Cayo, observando la graciosa y estúpida cara que ponía su amigo, dijo:
—Chilampa, ¿acaso nunca viste unos senos como esos? ¡Hey, ya cambia ese gesto de baboso!
El pasmado seguía sin dar la mínima señal de cambio como si alguna fuerza paranormal lo paralizara, como si fuera otra estatua de la plaza. Cayo no soportó más la situación y le sonó una suave cachetada a la estatua humana, la cual apenas se inmutó y alzando un brazo apuntó con su dedo índice a la dirección de su atenta mirada. Mi primo volteó cautamente. Sus ojos atisbaron una escena que su cerebro era incapaz de poder y querer aceptar. De golpe adquirió un semblante idéntico al de Chilampa. Delante de él, a diez metros, Totolín pedaleaba hacia ellos a un ritmo de ciclista profesional.
—¡Oigan, promociones! —dijo—. Pensaban que no llegaría, ¿verdad? —y deleitado de ver sus expresiones, prosiguió—. ¡Qué chistosas sus caras! ¿Alguien puede decirme en cuánto tiempo coincidí en este lugar con ustedes?, uff.
Cayo y Chilampa estaban atónitos. Por la mente de mi primo volaban un sinfín de teorías, de cómo un muchacho de las capacidades físicas de Totolín haya ascendido una cuesta de más de diez kilómetros en bicicleta y no haberse cansado demasiado. “¡Dónde aprendió a pedalear de esa forma!”, pensó una y otra vez. Luego de rehusar varias teorías descabelladas escogió una que podría ser cierta. “Espero que mi voz no suene temblorosa y tampoco Totolín note que me maravillé de su resistencia. ¿Qué cosa…? ¿Maravillarme…? ¡Sólo estoy confundido!”, pensó sin querer aceptar sus emociones.
—Aguanta tu coche, Totolín —trató que el timbre de su voz sonara de lo más natural—. Mi opinión es que te subiste a una camioneta, te dejaron dos cuadras abajo y viniste pedaleando esa distancia. Eso es lo que pienso y es por eso que tienes esa energía.
—Nunca en tu vida estuviste tan equivocado, Chechelé —dijo con serenidad—. Vine por mis propios medios, pero tengo que admitir que tuve una serie de inconvenientes en el trayecto y que muchas veces quise tirar la toalla y regresar de inmediato a casa. Hace unos minutos me sucedió algo espectacular y hasta ahora me…
—¡Hey! ¡Ya basta! —dijo mi primo—. Seguro que pretendes enredarnos con tus historias inventadas. No caeré en tu juego
—Quería contarles y que ustedes saquen sus propias conclusiones. Les prometo que seré breve e iré al grano.
—¡Si, si! Que nos relate su dizque aventura —dijo Chilampa. Ya se había puesto de acuerdo con la opinión de Cayo y así su perplejidad se fue disipando poco a poco. Quería saber hasta dónde llegaba la imaginación de Totolín, que quizá una chispa de humor le vendría bien después del ridículo sufrido. Mi primo aceptó ante su pertinaz insistencia.
Totolín se olvidó de cumplir su promesa. Contó detalladamente su aventura agregándole emoción a los sucesos y ninguno de sus amigos daba muestras de impedirlo. Cayo se mantuvo más atento de lo normal y, antes de que el recién llegado terminara, por absurdo e ilógico que pareciera, creyó la mayoría de lo que había dicho. Lo opuesto sucedió con Chilampa que, de rato en rato, soltaba una carcajada viendo a su amigo como a un bicho raro, adicto a la imaginación.
—Con razón te tardaste. Estabas creando una historia para venir a divertirme. Te felicito, porque lo has logrado —había dicho Chilampa cuando Totolín concluyó definitivamente.
—Sólo no comprendo una cosa: ¿Cómo es que la picadura de una hormiga te dotó de esas habilidades? —preguntó mi primo.
Totolín quedó extasiado de la credulidad de Cayo. El que a un principio tajantemente se opuso a oírlo, en ese preciso momento, declaraba que tenía una sola duda.
—Lo mismo me cuestiono yo —le respondió—. Te repito que esto es de película. Es algo inconcebible. Creo que soy el elegido. Soy el indicado para salvar a este planeta de un ataque alienígena —y adoptando un tono cómico, continuó—. ¡Qué emoción! ¡Voy a salvar al mundo! 
—Espera —arguyó Cayo, analizando la situación—. Tengo una teoría médica: el pinchazo de ese insecto activó tus hormonas de adrenalina y adquiriste ese poder por un tiempo, el cual estará por culminar.
Chilampa interpretó mal el acento de mi primo y se rió con ganas, sin saber que el último era en absoluto sarcástico. Totolín entremezclaba sus pensamientos cruzándose varias veces en uno solo: “Parezco ser el nuevo superhéroe de una historieta, aunque eso suene demasiado infantil”. Justo cuando se debatía por comprender lo real de la situación, Chilampa le propinó un manotazo en la nuca en señal de ya basta de bromas. Totolín soltó instantáneamente un juramento a su amigo. Su improvisada tosquedad siempre le agarraba indefenso. Se dirigió luego a Cayo para continuar con sus pláticas deductivas y una sensación fustigadora lo detuvo, cayéndole como un baldazo de agua fría: la plaza se bamboleaba, cual si navegara a la deriva sobre un inestable mar. Su estómago rugió. Cayo y Chilampa lograron oír una licuadora que batía furiosa dentro del organismo de su amigo. Mi primo notó que tenía sus ojos desencajados y sus pómulos hundidos y que un débil temblequeo de pies a cabeza alteraba su estabilidad. Chilampa también se percató de su crítico estado y dibujó una insegura sonrisa en sus mejillas. Tanto él como Cayo, zarandearon a su pobre compañero en ademán de reanimarlo, y éste empezó a articular unas titubeantes e inesperadas palabras:
—Quiero vomitar. Ya no aguanto más.
Cayo y Chilampa se apartaron de él al instante y movieron sus cabezas en diferentes direcciones. “Si vomita aquí este loco, nos meterán a los tres en la cárcel por llenar de inmundicia a este encerado piso”, pensó aterrado Chilampa; se relajó un poco al encontrar con la mirada que por una de las esquinas de la plaza, al sureste, descendían unas gradas de cemento que culminaban en otra calle. A los costados de este complejo de escalinatas habían sendas barandas fijadas en muros de un metro de altura. En uno de los lados hacía invasión una mata de hierbas: lugar propicio para apresurar a Totolín.
—Sabía que esto pasaría —dijo Cayo, y, acercándose a Totolín, le apaciguó—. Tenlo por seguro de que sobrevivirás, promoción.
—¡Chechelé! ¡Apurémonos en sacarlo de la plaza! —increpó Chilampa—. Dirijámonos a esa esquina en donde están las escaleras.
—Ya lo sé. Tranquilízate —le aquietó mi primo. Y, cogiendo a Totolín de uno de sus hombros y Chilampa del otro para escoltarlo al lugar destinado, reanudó el diálogo—. A un momento les contaré una experiencia como la tuya, Shicapita.

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