Y cambió la música. Un merengue como para quebrarse la cintura y las caderas sonó de unos parlantes del largo y ancho de ataúdes estándares. Los cuatro prácticamente se lanzaron al centro de la pista. Chilampa y Maitte desempolvaban el pavimento con sus vitales pasos. La sensualidad bullía en sus cuerpos y los eróticos roces fraguaban sus tórridos sentidos… por poco ya no se acostaban en la piso. Cayo y Mónica eran lo antónimo. Mi primo tenía dos pies izquierdos y esto era de escasa ayuda para su pareja, la que no coordinaba a su torpe ritmo y, por lo consiguiente, empeoraban el baile en conjunto. Al término, Cayo señaló la salida del lugar a su promoción, pero él se negaba a aislase de Maitte y ella se le aferraba como un bebé al pecho de su madre. Tras haber conversado tres minutos, mi primo lo convenció de irse.
—Pero irán con nosotras hasta la calle de abajo —baló Maitte.
—Genial, hermana —vociferó Mónica. Tenía aún esperanzas de que Cayo se comportara igual que su amigo.
—Eres un aguafiestas, Chechelé —berreó Chilampa—. Maitte y yo creábamos unos originales pasos de baile.
En el estacionamiento, siete colegiales, los «lamebotas» y el muchacho mayor, examinaban a un octavo sentado en el asiento de una moto. El chaval sollozaba de dolor, pues uno de ellos le aplicaba toques de yodo en una herida en el centro de su rostro. Las bicicletas del dúo estaban parqueadas en un poste contiguo al vehículo lineal. El chico popularidad se fijó que venían y se les acercó fumando un cigarrillo. Sus rasgos eran como siempre, petulantes y de superioridad. Extendió los brazos y ejecutó un saludo fuera de serie, algo que, quizás, él mismo inventó para llamar la atención.
—Hola, deportistas preciosas —habló ceremoniosamente—, me sorprende lo acelerado que amistaron con éstos para tomarse de las manos. Y tú, Maitte, te cuelgas como un simio de… ¿cómo es tu nombre, tío? —Chilampa se lo dijo, anhelando torcerle el cuello—. Ah, Jorge, te recomiendo que Maitte da tan buenos mates como bofetadas. Séle fiel, sino sufrirás las consecuencias de tu traición. Guerra avisada no mata gente, ya lo sabes —Se dirigió a Cayo, haciendo anillos de humo—. Y a ti chochera , ¿con qué nombre te bautizaron tus viejitos? —mi primo demoró en revelárselo—. ¡Con que José! Tendrás la mala dicha de tu pata si te vuelves polígamo… ¡Ah! ¡Maitte!, ¡casi me olvido! Ese chico, ¿cómo se llama…? ¡Ah!, ¡Tobías!... El patita ése estará muy acongo…
—¡Oigan! ¡Ahí están las víctimas! —gritó uno de los jóvenes del estacionamiento. Sorbía cerveza en lata y su decadente bigote de espuma se doraba con la luminosidad del crepúsculo.
Se fueron en tropel a reunirse con ellos. Sólo algunos los saludaron, sea porque el que tenía algodones bañados de yodo en las cavidades nasales no podía articular palabras o porque los demás eran muy arrogantes y despectivos.
—Hey, Mike, ¿hace cuánto que estás con éstos? No te vi salir del grupo, camarada —dijo un chico que no saludó y que tenía un profundo tajo en el mentón.
—No mucho, Omar. Estaba por decirle a Maitte que cuán triste se sentiría Tobías si lo ve prendido de este tipo.
—¡Cállate, estúpido! —maldijo la aludida.
Justo llegó otro grupo de muchachos. Eran los que habían saludado con cordialidad a las jóvenes en la mesa de ping-pong. Un adolescente de protuberantes músculos, mugió:
—¿Algún problema, Mike?
—Ninguno, Jhan —dijo—. Solamente pasaba por aquí. Vámonos compañeros, otro día arreglamos cuentas, esto no se quedará así.
—Espero que ese día llegue pronto para romperte la cara —gruñó el musculoso.
Luego, éste tranquilizó a Maitte y se disculpó formalmente con Cayo y Chilampa. Por depares del destino, Tobías se encontraba apesadumbrado atrás, a espaldas del grupo. Miró envidiando a Chilampa cuando éste pasó sus dedos por los cabellos de su amor no correspondido.
—Esos bastardos eran los encargados de obligarlos a jugar tenis de mesa si ustedes querían quitarse antes de lo previsto —se explayó Jhan—. Al momento que ustedes se fueron a preparar su estrategia, apartados de la multitud, ellos permanecían alertas por si se largaban corriendo. Créanme que todos son campeones en atletismo, esa habilidad lo adquirieron de sus múltiples huidas de la justicia. Son unos pandilleros de mierda. El que sangraba se llama Renzo y es un pleitista de primera. Qué bien que le di su merecido.
—No escuché la pelea —declaró mi primo.
—Tardó poco, socio. Ese degenerado es poca cosa para mí. El asesto de sus golpes son débiles y previsibles, es sencillo dominarle en la bronca. Ni los años de pandillero mejoraron su estilo.
—Jhan —dijo Cayo—, ya retornamos a Tarapoto. Un gusto conocerte. Chao.
—Chao y cuídate, viejo —profirió Chilampa.
—Alto, amigos —les detuvo una chica pecosa—. Faltamos pedirles disculpas.
El grupo entero, excepto Tobías, demostró su honradez y abrió sus puertas a la amistad. Maitte esquivaba la vista de su declarante, pues no quería sentirse una rompecorazones ahora que Chilampa le atraía de una forma animal.
Tarapotinos y lamistos dialogaron un rato más. Después Cayo y Chilampa cogieron sus bicicletas, salieron del mirador junto con sus cariñosas acompañantes y bajaron el escabroso camino hasta la calle descendente a la plaza de Armas. A la hora de la despedida eran las 6:25 p.m, Mónica se lo dijo a mi primo.
—Por qué lo bueno durará tan poco —suspiró ella.
—Eso es un gran misterio —sostuvo su amiga.
—Maitte —dijo Chilampa—, ese gran misterio que ustedes lo designan, volverá a suceder cuando yo y mi amigo Cheche… esteee, digo José Carlos regresemos a Lamas y las visitemos —Mi primo permanecía taciturno, no sentía lo mismo que Mónica por él—. Además el chat y la línea telefónica son los medios para estar comunicándonos consecuentemente —tocó a Maitte del cachete y continuó—. Te veré en una semana, dulzura. Después de todas las cosas que pasaron entre nosotros me es difícil creer que te extrañaré mucho. Ni la tristeza quita tu innata hermosura. Lo que antes te dije eran puros improperios, provocados por las acciones que jamás harías en contra de mí si fueran por tu propia voluntad y no por un barato libreto de quinta.
Se dieron un tierno abrazo, incomodando a mi primo, pues Mónica no paraba de acosarlo con la mirada, aguardando que le dijera frases dulces. En cambio, éste acotó, dejando los puntos bien en claro:
—Mónica, me encantaría que nuestra amistad no cambie y sigua siendo como lo es hoy.
—¿Seguro qué eso quieres? —inquirió martirizada.
—Si, Mónica, lo siento. En la mañana conocí a una simpática chi…
—Entiendo —no le permitió concluir—. Entonces seremos sólo amigos. Lástima que en el colegio todos los chicos sean inmaduros y malcriados.
—No lo creo —repuso Cayo—. Debe existir alguien que te tenga intenciones puras y sanas, y… al referirte a los chicos nunca generalices al describirlos. Puedo asegurarte que encontrarás a la pareja que sea compatible contigo —Mónica se decidía si estar triste o no—. Anímate, y, medita esto con detenimiento: aquellos que buscan el amor no lo encuentran, al contrario de los que no y él les encuentra a aquellos.
“Espero no estar equivocado”, pensó antes de que Mónica abriera la boca.
—Lo meditaré… Hubiera querido conocerte de otra manera.
—Yo también —dijo mi primo—. Llegó el momento de partir, no querrás que me asalten en la carretera al caer la noche —la besó en la frente y se despidió—. Hasta luego, Mónica.
—Hasta luego, José —dijo pesarosa.
Cayo apuró a su promoción. Seguía enlazado de brazos con Maitte y al parecer se hablaban con los labios al ras de las orejas para que nadie más los escuchara. Tardó en acudir al llamado de mi primo y, a continuación, ambos montaron sus bicicletas, para emprender la primera etapa de su regreso. Cabe resaltar que su vuelta a casa consistió de más de una sola fase. Por ahora tenían que ir a buscar a Totolín, el cual hubiese sobrado en los enredos de las últimas horas, más aún cuando las chicas hacían de parejas provisionales de Cayo y Chilampa. El oficio de violinista le hubiera caído a la perfección. “Moveré, aunque sea, cielo, mar y tierra para que Totolín no llegue a ver el video de esa cámara escondida en ese programa de porquería”, pensó Chilampa, olvidándose que, antes de ser víctima, era un fiel televidente del programa. Pero algo bueno le salió de toda esta trama, mejor dicho alguien. Alguien que al conocerla no se imaginó que le iba a atraer su físico y su precoz madurez. “Maitte, que hermosa eres… ¡Qué tonto, por qué no la besé!”, pensó. Al menos pudo sentir su sensual cuerpo pegado al suyo, el caldeo de sus roces apasionados como si ya fueran enamorados desde hace un montón de tiempo. Ahora, hasta su leve malestar de insolación no le causaba molestias.
—¡Chilampa!, ¿estás pensando en ella? —preguntó mi primo, frenando un poco—. ¡Casi arrollas a ese chibolo!
—Claro. Estuve pensando en mi futura enamorada —dijo, disminuyendo también su velocidad—. Eso de amiguita ya fue para mí. Las pastillas que ingerí me hicieron recapacitar y vi en ella a la mujer escondida, y no a la niña.
—Y en todo esto, ¿dónde queda Regina? —le recordó Cayo. La casa de la tía de Totolín estaba una cuadra abajo.
—Esa candidata acaba de perder para que sea mi hembra. Cuando Maitte crezca tendrá mucho más cuerpo que Regina y eso ya está por consumarse.
Los dos se detuvieron frenando en seco. Sus llantas traseras resbalaron por un costado en la pista empolvada, una maniobra tan simple hasta para ciclistas novatos. Estabilizaron sus bicicletas apoyando un pedal al borde de la vereda y se apearon de las mismas. Mi primo tocó la puerta tres veces, y esperó intranquilo, pues se desesperaba por querer demostrar a sus amigos cuán veloz era bajando esos 11 kilómetros sin aplicar los frenos. Era un experto en el descenso. En las curvas más sinuosas inclinaba bastante su bicicleta y, como si la gravedad no fuera un gran impedimento, casi lijaba el asfalto con sus piernas.
Restregándose los ojos, un adormecido Totolín abrió la puerta. En seguida bostezó, diciendo:
—Hubiese seguido durmiendo si la cama tuviera resortes envés de piedras.
—Deja de mentirle a tus amigos, Totolín. No pudiste dormir porque tu pene rompió el colchón —bromeó Chilampa, realizando una obscena mímica con el brazo en la entrepierna.
—No se te quita aún lo bufón, promoción… ¡Ah!, y cambiando de tema, esa tal Regina se quedó pasmada porque nunca vio un falo tan enorme apunto de desgarrar a un pantalón.
—Di lo que quieras de Regina, me interesa un comino, te la regalo si quieres, ya que tanto hablas de ella, es toda tuya.
—¡Qué! ¡El aire del mirador te dio fiebre! ¿o qué? —se extrañó el medio soñoliento, que al dialogar con Chilampa se le iba quitando su estado.
—¡Hey, par de zopencos, ya se nos hace tarde! —les arreó Cayo.
—Está bien, Chechelé. Sé menos cruel —dijo Chilampa—. Espéranos en la plaza y de esa manera me anticiparás si Regina ronda por ahí —se volvió al otro, y le dijo—. Y tú Totolín, necesitas remojarte esa cara de pelejo  desgreñado.
Mi primo accedió sin renuencias al pedido de su compañero. A cada cuadra que bajaba, ganaba más velocidad y la brisa le refrescaba el rostro con benevolencia. Pero, de pronto, sintió un gélido y escalofriante hálito cruzar a través de todo su cuerpo, como si un etéreo espectro pasara en contra de él. “¿Qué fue eso? ¡Dios mío!”, pensó nervioso y tiritando. Tuvo una instigadora premonición que desterraba sus estados de paz, para el advenimiento de un secuencial pavor, del que a pesar de su perentoria tozudez, Cayo continuaría provocando riesgosamente a los avatares aciagos que le deparaba el destino.
Con esa sobrecarga de siniestras sensaciones, se estacionó a media cuadra de la plaza. La lobreguez se cernía por las grietas de las casas y detrás de los bancos y arbustos de la calle. El servicio público de electricidad se pondría de manifiesto en cualquier momento y esta parte del pueblo adoptaría un abigarramiento del estilo contemporáneo con el plebeyo de la edad media, en las horas nocturnas. Los faroles tenían cien o más años de antigüedad, al igual que los bancos, las veredas empedradas y los pequeños murallones en derredor de los arbustos. Ninguna moto o automóvil desalineaba esta cuadra, en donde el tiempo se congelaba y los habitantes vivían pasado y presente a la vez.
Un arisco palafrenero que guiaba su caballo y una longeva anciana sentada a horcajadas en una mula apuntalaban el clímax montaraz de antaño. Luego, a mi primo, tal como le vino de sopetón el invernal soplido, le apareció de la nada un señor de edad avanzada. Vestía una rarísima ropa y salió caminando detrás del tallo de un arbusto, al otro lado de la pista, en frente de su actual posición. Los transeúntes pasaban sin darse cuenta de que un tipo enfundado en un traje de la Guerra de las Galaxias se sentía como Pedro en su casa en medio de un pueblo que todavía se aferraba a sus tradiciones incaicas. El hombre llevaba un objeto plano rectangular en la mano. Luego lo puso horizontalmente, con un lado a la mira de Cayo. En ese instante distinguió qué cosa era: una especie de tablero digital, similar a los que usan los árbitros en los partidos de fútbol para mostrar números. Sin embargo, éste era un artilugio más sofisticado, como un televisor desprovisto de botones, tan aplastado como una bandeja de bocadillos y con pantalla full screen. Por unas décimas de segundos estaba apagado y, de inmediato, el viejo lo encendió y claramente se leía:
CAYO, ME URGE HABLAR CONTIGO
“¿Quién es ese viejo estrafalario?, ¿cómo sabe mi nombre?, ¿lo conozco?, y, ¿por qué se tomó el lujo de servirse de esa cosa?”, pensó con la confusa reminiscencia de haber trabado amistad con él antes. Giró su cabeza a todos lados y nadie parecía percatarse de la presencia del hombre. Así pues, a regañadientes, marchó directo al llamado del extraño.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Me temo que esa pregunta no podré contestarte —articuló sonriendo.
—Creo conocerlo. Discúlpeme el atrevimiento, ¿qué edad tiene usted? —averiguó mi primo.
—Eso sí puedo responderte, Cayo —declaró—. Tengo 106 años, 7 meses y 7 días —Mi primo esbozó una risa de mera incredulidad—. Y claro que sí, siempre me conociste.
—¿Cómo puede ser eso posible, señor?
—¿Sabes?, es la primera vez que me llamas señor. Pero ese no es el punto —Mi primo se dispuso a objetar, en cambio, el viejo le censuró—. Como iba diciendo, el punto es que debo prevenirte, y depende de cómo lo haga para que el escrito exista y yo adquiera experiencia.
—¿De qué rayos habla usted? ¡Se equivocó de persona!
El hombre prendió la pantalla de su artefacto con un somero golpe, le mostró a Cayo y recitó lo que decía en forma de un anuncio parpadeante.
EL AJEDRECISTA CAUTO VENCE BIT
—¡Usted está loco! —dijo mi primo. Después, un mosquito se le posó en la inmediación de un ojo. Cayo batió con vehemencia sus manos para que se alejara, pero el latoso insecto volaba en circunvalación, zumbando bulliciosamente sus alas y distrayéndolo por unos instantes. Cuando logró que se retirara quiso volver a increpar al anciano. Su intento fue en vano, ya que no había rastro de éste. Tanto calle arriba como calle abajo se había como desvanecido. “Es imposible que haya ingresado a una casa en dos o tres segundos”, reflexionaba las alternativas. “Pero, por si acaso otra gente lo vio, será mejor preguntar”. Una señora cuarentona descansaba en una mecedora, debajo del dintel de su puerta abierta de par en par. Lo único que mi primo obtuvo de ella fue un no por respuesta. Con otras cinco personas más resultó el mismo rollo. “¡Qué demonios está ocurriendo! ¡De repente la gente se volvió ciega!”, culminaba de pensar eso y, a media cuadra de distancia, a un costado de los portones de la iglesia, el hirsuto invidente que le produjo terror al tocarlo convulsionaba con las manos en su nariz. El cura a cargo del templo salió a asistirlo y lo metió por una puertilla adyacente. Ahora Cayo quería regresar lo antes posible a su hogar. Esperaría a sus amigos en la esquina de entrada a la plaza y, ni bien los avistara, se iría a gran velocidad. Por ende, montó su bicicleta y pedaleó presuroso a su lugar de partida. “¿Qué quería decir con eso del ajedrecista cauto vence bit? Puede de que sólo sea un banal acertijo”, analizaba lo ocurrido, encorvado en los manubrios de su vehículo. “Además, es absurdo que el viejo tenga 106 años. Para mí que es un octogenario con unas cuantas cirugías y alimentado con una dieta estricta… Pero, le noté un cierto aire familiar, me recordó a alguien muy cercano, ¿la cuestión es a quién?”
Acontecieron seis minutos desde Chilampa le dijo que se adelantara y esperara en el centro del pueblo. Parado, con una pierna a cada lado del chasis de su bicicleta, con la punta de sus cachitos apuntando a Tarapoto, miraba constantemente atrás. La tortícolis sería su compañera de vuelta si sus promociones se tardaban más. En uno de esos giros de cuello, algo capturó su atención: el contador Humberto Coral iba de pasajero en una moto modelo chacarera; éste hacía presión en su nariz con un pañuelo ensangrentado, que goteaba manchando la camisa del conductor. Subieron por la calle de su oficina y doblaron por la calle de veredas empedradas, rumbo a la posta médica.
—¡CHECHELÉ…! ¡CHECHELÉ…! ¡VAMOS YA…! ¡SE ENFRIARÁ NUESTRA CENA! —desgañitaban Chilampa y Totolín, acercándose. Cayo ejecutó su primera pedaleada antes que acallaran sus gritos.
—¡SÍGANME SI PUEDEN! —se jactó.
—¡ALLÁ VAMOS, TE ALCANZAREMOS! —gritó Totolín.
—¡TE CREES MUY BUENO, EH! —vociferó Chilampa.
Mi primo colocó los cambios adecuados para el descenso: la cadena en el círculo de dientes de mayor radio de la catalina y en el de menor del piñón. Al llegar al borde de la cuadra que llevaba al parquecito y salía a la carretera, viró casi sin frenar en la esquina. Se sentía como delante de unas amplias hélices, que lo ventilaban de pies a cabeza, o, en caída libre a miles de metros de tierra, calculando el tiempo para abrir su paracaídas y desacelerar su caída. Sin embargo, nada impediría su verdadera revolcada. Su destino estaba determinado a dejarle dolores, no del alma, sino físicos.
Chilampa y Totolín se rindieron, pues Cayo pedaleaba a 65 km/h y, desde el letrero de bienvenida a Lamas, aumentó a 66, 67, 68, y así sucesivamente. ¿Cuál sería su límite? Toda la secuencia de rarezas que acaecieron (la espectral brisa, el dizque centenario anciano con su confuso acertijo y el herido señor Coral) disminuyeron de tono en medio de su saturado destile de adrenalina y su activación repetida de reflejos. Recorría las curvas como en la pista deprimida de un velódromo. Los pocos automóviles u otros vehículos que venían en contra, por el carril opuesto, no le obstaculizaban a pesar de desviarse demasiado, ya que sabía enderezarse con pericia.
Entre el clima caluroso del mediodía y el fresco del atardecer no podía haber mejor contraste de adaptación al ser humano, ya sea oriundo o foráneo. Ni cálido ni frío, la temperatura deseable para la mayoría de los mortales. Los vahos de los espejismos, que distorsionaron durante el día las estructuras de las viviendas con techo de calamina, eran suplantados por la enrarecida neblina de la hondonada y de la cima de los semi-oscuros cerros que, con el lúgubre caer de la noche, ocultaban lo que yacía, dormía y acechaba en el valle. Voraces predadores, rastreros, terrestres y voladores, eran cada vez más grandes, sigilosos y feroces mientras más se alejaba uno de las aldeas, asentamientos y chacras.
A Cayo no le preocupaba la poca visibilidad, y es mas, le ponía emoción a su descenso. Los costados de la carretera estaban exentos de gente o bestias cargadoras: en el puesto del vendedor de piñas, en el tambo donde se sombrearon las lamistas waykinas, en la garita de control (por las luces prendidas en el interior fue obvio que había personas dentro), en el Recreo Turístico Las Hamacas… Al pasar por ese lugar, mi primo evocó las palabras que intercambió con la hija del propietario:
“—Shirley. ¡Qué lindo nombre! —le dijo.
—Gracias. ¿Siempre eres tan educado? —dijo la joven.
—A veces. Por ejemplo, cuando me encuentro platicando con mujeres hermosas y dulces como tú. Me rehúso a desligar esa costumbre de mis adentros amadores de la belleza femenina, porque me convertiría en un joven indócil y prosaico —le floreó.
—¡Jamás un chico me había hablado de esa forma, tú… tú… me sorprendió las…!”

0 huellas:

Publicar un comentario

Deja tu huella y sabré que alguien pasó por aquí...


No se publicarán comentarios fuera de la temática del blog, ni mensajes que sólo tengan como interés hacer publicidad, o que contengan agresiones o insultos de cualquier tipo.
Además, no es necesario que escribas el mismo comentario; éste será aceptado o rechazado una vez sea revisado: