Era un hombre. Vestía una capa pardusca, rugosa como los costales de harina, ribeteada de franjas de variados colores y orlada de figuras geométricas. Andaba descalzo. Sus crecidos cabellos estaban peinados a los lados y eso es lo que le dio apariencia de mujer. Su rostro era tan arrugado como una pasa y tenía una canica blanca lechosa en la cuenca de su ojo zocato.
—¿Quién es usted? —preguntó Cayo, empezando a temblar con notoriedad.
—Tu curandero —respondió en tono rasposo.
—El más famoso y habilidoso brujo de Rumizapa —lo presentó Chilampa—, Hermenegildo Tapullima.
—¡Shshsh! —dijo el hombre. Al instante Chilampa lamentó su aclamación, y se encogió de hombros—. Odio los halagos, muchacho. Y tú —se concentró en mi primo—, no temas, que no muerdo. Vengo a sanar tus heridas. Ahora que te enteraste de mi nombre, dime el tuyo.
—José Carlos —barbotó, su nariz punzándole más.
—¿Y el tuyo, flaco? —el brujo interrogó a Totolín, despejándose su lacio y descuidado cabello de la frente.
—José —balbuceó.
—¡Ah, son tocayos! En diciembre embrujé a un tal José para que haga el amor con una huambrilla de nombre Viviana. Ella lo disfrutó y hoy en día espera mellizos.
—Señor —Cayo se expresó un poco valeroso—, ¿usted tiene planeado hechizarme para sanar mis heridas?
—No será necesario, con una combinación de plantas medicinales bastará. Pero el efecto en los huesos rotos es insuficiente. ¿O acaso se te rompió alguna parte del esqueleto?
—Si. Mi tabique nasal —le castañetearon los dientes y creció el dolor en su huesillo roto.
—Tranquilízate. Será tu decisión. No hago brujería sin el consentimiento ajeno, salvo al tratarse de una venganza, lo cual pienso hacerlo a medianoche.
—Me quitas un peso de encima —se alivió mi primo.
—Vámonos entonces a mi cabaña —indicó el brujo. Al percatarse de la bicicleta tendida, agregó—. A eso puedo arreglarlo… José Carlos, irás conmigo —lo levantó del tallo de la caoba y lo encaminó a su casucha, ayudándolo.
—Iré a ocultar mi bici y la de Totolín. Ya te alcanzo, Chechelé —dijo Chilampa. Acercándose al otro le cuchicheó para que nadie más escuchara—. No conseguí mejor ayuda que este chamán, sin embargo, me dieron el dato de que es un sanador competente y tiene conocimientos de mecánica. De todas maneras vigílalo en caso de que se le ocurra poseer a Chechelé. Y lleva ya su bici. No me tardo.
Totolín obedeció sin réplicas y se apuró en pos de mi primo y el brujo. No descendían, caminaban hacia la derecha. Una serpiente mantona que se deslizó inofensiva por las hojas secas, quizá acababa de tragarse un ratón de monte y su lenta digestión postergaba su apetito. Nubes de mosquitos y luciérnagas forraban la floresta.
Luego de un corto período, Cayo, el hediondo mago selvático y Totolín, llegaron a un claro de bosque. Una cabaña de aspecto añoso se erigía en el centro, veteada por la luz oblicua de la luna llena. Volutas de humo salían de la chimenea. Un perro de raza maltés vino ladrando a los tipos extraños y el amo lo acalló tocándolo en la coronilla.
—Este es mi humilde hogar —dijo.
—Me sorprende que aún no se derrumbe —susurró Totolín.
—¿Qué dijiste? —roncó el brujo, y su ojo postizo brilló a la luz lunar.
—¡No, no… nada, señor… nada! —tartamudeó.
—Haré de cuenta que tengo orejeras —se ablandó el hechicero, y al toque Totolín expulsó un soplo de calma.
Cubrieron la distancia que sobraba hasta el destartalado recinto y el dueño de casa abrió la puerta desajustando un gancho del marco y haciendo chirriar los oxidados goznes. Mi primo quedó lejos por unos momentos del alcohólico tufo del brujo cuando le sentó en un banco y se fue a la cocina. Totolín había dejado la bicicleta en el exterior, junto a la única ventana, y acompañaba a su amigo curioseando las cosas tenebrosas de las paredes y el techo. La cabaña tenía una sola habitación, donde se reunían el comedor, la cocina, el dormitorio y un estante que acaparaba un sinnúmero de frascos conteniendo pócimas o fetos humanos y de animales, libros voluminosos y bártulos de chamanismo. Los muchachos se mantenían alejados de esa espeluznante repisa. En la cabecera de mi primo, colgadas de un clavo, una gallina degollada y una zarigüeya con las tripas saliendo de su buche les entumecieron la piel y les erizaron los pelos. En la quebradiza mesa del comedor había una muñeca de trapo, la foto de una señora y un pañuelo anudado. En la pared del fondo, la piel de una víbora loro machaco se suspendía de un garfio, y la lumbre de la chimenea vivificaba sus sinuosidades. De las vigas del techo, dañadas de oquedades de termitas, se desenrollaban pieles de ofidios más grandes, cueros de reptiles anfibios y carnívoros plantígrados. ¡Eso sí era tenebroso ver a la luz de las danzantes ascuas! También había hojas secas y frescas de diferentes tamaños, morfologías y aromas enredadas por doquier. Por último, la alfombra de la entrada era la piel de un enorme jaguar con la cabeza incluida.
Alguien tocó la puerta. El brujo la abrió e ingresó Chilampa. El segundo les dijo:
—Tapé las bicis con hojas de plátano y ramilletes.
—Terminaba de calentar mi caldo vigorizador para dárselo a tu amigo —le dijo el brujo. Se volvió a Cayo y continuó—. Luego te daré un macerado de plantas silvestres y cicatrizaré tus heridas vertiéndolas unas pócimas medicinales, que son mi creación de joven y de las que recibí críticas favorables al respecto.
—Siento que pierdo mis defensas —se tambaleó mi primo de su sitio. Su partida nariz le torturaba con punzadas y ardores.
—Ya debe estar listo el caldo. Te serviré en seguida —se apresuró el brujo.
Mientras tanto, Chilampa y Totolín reanimaban al alicaído, que palideció como la cáscara de una banana y gemía como un moribundo.
—Sorbe esto —le dijo el brujo a Cayo, equilibrando a la altura de su boca una cuchara llena de una sopa grisácea.
Tomó hasta la última cucharada sin negarse y al final aguardó anheloso los efectos. No lo defraudaron, surtieron antes de lo que se imaginaba. “La anestesiada será un equivalente de esta sensación. ¡Qué maravilloso!”, no quería hablar, sus dolores se esfumaron y le retornó su lucidez.
—¡Chechelé! ¡Mejoraste! —le sacudió Chilampa. Mi primo se limitó a asentir con una sonrisa y su tez regresó a ser el color marrón carne de siempre. A Totolín le rebosó de alegría su recuperación.
El hechicero dejó la cuchara y el plato vacío en la mesa del comedor. Rebuscó en un cofre de la repisa y sacó dos botellas y un botellón como los garrafones de vino. Los colocó en el suelo de madera cerca de la ubicación de Cayo. De la cocina cogió un tazón de topa . Salió de su cabaña y entró con el recipiente conteniendo agua y lo puso al lado de las botellas. Luego, saltó para jalar del techo un manojo de hojas frescas. Las trozó y las molió con una piedra y sobre un trapo en la mesa. Volvió a rebuscar en el estante, pero esta vez sacó un matraz con un corcho de tapa; vertió algo de 100 mililitros en un envase hecho de wingo  seco, removió las hojas molidas dentro y se lo entregó a mi primo.
—Bébelo de un sorbo y no respires —dijo. 
Comprobado la eficiencia de las preparaciones del brujo, Cayo no dudó del mismo y apuró la bebida. Era de un sabor agridulce y partículas de las hojas se le impregnaron en su paladar y lengua.
—Esputa los restos si deseas —declaró el brujo—. Sígueme afuera. Si mi perro te ve solo, te morderá el pescuezo. Trae ropa limpia. Tienes que lavar tus heridas para poder curarlas —Después se dirigió a Chilampa y a Totolín—. A ustedes dos que ni se les pase por la cabeza tocar las botellas. Están advertidos.
—Descuide, don Hermes —dijo Chilampa.
—¡Por qué me llamaste Hermes! —roncó el hechicero.
—Porque… de ese apelativo le conocen a usted, ¿o no? —titubeó. “¡Mierda, metí la pata!”, se preocupó, y los segundos que demoraba en contestarle fueron siglos.
—Por supuesto que sí, sino que exclusivamente los de mi índole me llaman por ese nombre. Jamás un muchacho como tú lo hizo. Pero, estás perdonado, tengo mis motivos.
El brujo y Cayo salieron. Chilampa se quedó tieso sobre la alfombra y no podía creer que un veterano de la magia le hubo absuelto de un castigo.
En el exterior, el cielo estaba salpicado de estrellas y la temperatura oscilaba de 15 a 20 grados centígrados. Mi primo fue llevado hasta el baño instalado al borde del claro, a la izquierda de la cabaña. Dentro de éste, un bidón con agua reposaba en un suelo empedrado. Estaba rodeado por cortinas hechas por costales de comida de pescado y una letrina de tablas yacía a pocos palmos del barril. Al compartimiento entero no le protegía ningún techo.
—Lávate —dijo el brujo—, yo estaré en las inmediaciones con Peludo, mi perro. Recoge agua del bidón con el pate  que está flotando.
—Claro, señor —dijo con firmeza.
Cayo al concluir de lavarse se mudó su trusa limpia y su polo que soleó en la huerta de doña Rosa. Había sentido un leve escozor en sus heridas cuando las mojó y su tabique nasal hizo ruidos como el choque de dos dados cada vez que se agachaba, pero no le dolía y no sangraba. “¿Qué me hará dado este brujo?”, meditaba. “Ojalá hubiera unido mis huesos no aplicando sus hechizos. ¡Me enyesarán, demonios!”
—¿Sacaste bien la tierra de tus heridas? —le inquirió el brujo cuando salió del baño. Su mascota miraba desconfiada a mi primo.
—Completamente. Estoy aseado.
—Regresemos a mi cabaña, entonces —indicó—. ¡Peludo, vete de ronda! ¡Sho, sho! —le mandó a su can.
—¿Por qué hace esto? —instó Cayo.
—¿Qué...? ¿Qué cosa? —se exacerbó el hechicero. Sabía a la perfección a qué se refería y trataba de evadirse aparentando simple ignorancia.
—Ayudarme, pues —le plantó—. No se haga. Usted sabe algo que yo no. Dímelo, qué hay de malo en eso.
—No hay nada que contar por ahora. Los actos de caridad satisfacen al Maestro —se cerró—. Sígueme de vuelta y olvida este asunto.
“¡Usa el nombre del Redentor el muy pagano! ¡Una sucia táctica para sortearme! Algún interés tendrá para hacer de samaritano”, se indignó Cayo en sus adentros. Y, antes de que entraran a la cabaña, el brujo frunció los labios.
—Veo que todo sigue en orden —dijo, verificando el interior de su morada. Chilampa y Totolín estaban al lado de la ventana vigilando los movimientos de ambos.
—Nos asegurábamos de que Chechelé estuviera ileso —expresó Totolín.
—Ingenuos, no le iba a embrujar, cómo pueden pensar eso —aseveró gruñendo.
—Disculpa nuestro recelo —dijo Chilampa—. Será recompensado algún día por la solidaria acción que está haciendo.
Luego el brujo reanudó su proceso de curación, mascullando al principio. Mi primo permanecía sentado en el banco y él, arrodillado, remojando sus magulladuras, laceraciones y rasgaduras con la combinación de los líquidos de las tres botellas en el tazón con agua. Un aroma soporífero y penetrante como el ungüento hirviente expelía aquella heterogénea sustancia. Los toques con el andrajoso paño húmedo no le ardían ni picaban. Una sensación placentera se generalizaba en sus heridas. “Siento que me adormezco. El yodo, las cremas los desinfectantes y el alcohol medicado me hubieran quemado… ¡esto es genial!”. Cerró los ojos y, con la boca abierta, succionó los olores.
—Deja que tus poros absorban el remedio. No te muevas hasta que te avise —señaló el brujo al acabar su actividad.
Se levantó del suelo y hurgó en los edredones de su litera. Encontró un antiquísimo reloj de bolsillo debajo de una colcha. Lo consultó y dijo un ininteligible comentario en quechua que nadie se atrevió a preguntarle.
—¡Llegó la hora! —se emocionó pasado un breve tiempo—. José, estás como nuevo… Bueno, de tu tabique se encargará el doctor —hizo una pausa contrayendo el aire y la canica de su cuenca ocular reverberó ante la hoguera decadente de la chimenea—. Les relataré una historia real antigua antes de contarles mi sueño de anoche…
—¿A qué viene todo esto? —interpuso Chilampa.
—Sé paciente —dijo el hechicero.
—No interrumpas, Chilampa —arguyó Cayo—. Me late que confesará su…
—Tienes razón, me confesaré. Al final júzguenme si quieren.
—Adelante, señor —planteó Totolín.
—Bueno —escogió las palabras, despejándose los pelos—: Todo se remonta a los albores del siglo XIX, cuando Tarapoto tenía de ser fundado dos décadas por el obispo de Trujillo —que fue español por cierto— don Baltazar Jaime Martínez de Compagnón y Bujanda.
Los tres le lanzaron miradas en sumo inquisidoras
—...Una pequeña hueste de españoles renegados del rey llegó a la región y levantaron sus tiendas en las cercanías del pueblito de San Miguel del Río Mayo. En total eran unos veintiocho, y entre esa tropa venía un francés experto conocedor de la magia negra. Lo llamaban Sacromaudit. Diego de León, que era el capitán al mando, confiaba en él más que en cualquiera de sus hombres. A él siempre le pedía su colaboración para salir airoso en cuanta conquista planeara. Es así que Sacromaudit preparaba rituales diabólicos para favorecer al capitán. Pronto lo coronaba de invencible en sus enfrentamientos —El trío enmudeció sepulcralmente—. Diego de León y su ejército abusaron de los indios sometiéndoles a la esclavitud. Beneficiaba al brujo francés, agasajándole la servidumbre de un grupo de nativos y el aprovisionamiento que su séquito saqueaba de las tribus… El pueblito de San Miguel se convirtió en su base de operaciones. De ahí partían a la conquista y a la tiranía de los pueblos aledaños. Una mañana de abril, arribaron en los alrededores de la tribu de los sustuchiches, en el actual barrio Shuchiche. Sabían de antemano que estos indios eran fieros guerreros y que no se dejaban someter con facilidad. Por lo que el impío capitán encomendó a Sacromaudit a preparar otra vez su sacrílega invocación a los espíritus infernales. Y, como me lo contó mi bisabuela, el ritual se efectuó a orillas del río Cumbaza. Un indio pescador lo atestiguó —Totolín tuvo un escalofrío—. A la fecha siguiente los españoles y Sacromaudit montaron sus caballos y cabalgaron hasta los sustuchiches con sus espadas afiladas y sus arcabuces bien cargados. El brujo francés era también un imbatible guerrero. A un comienzo acometieron con una destreza incontenible, pero en medio de la lucha el tiro les salió por la culata. Otro brujo habitaba en la tribu. Su nombre traducido del quechua al español significa Inmortal. Decían que tenía trescientos años, y ni siquiera andaba encorvado. Inmortal presintió que una fuerza maligna les atacaría y por eso creó una barrera protectora en los indios para que no cayeran derrotados por sus enemigos —Los muchachos se sorprendieron al oír esta crónica plagada de controversias—. Ese día de abril cayeron dieciocho españoles y diecisiete nativos. Justo al ocaso, los españoles y Sacromaudit fueron arrinconados en un desfiladero del cerro Escalera y, no pudiendo escapar ni con sus veloces équidos, los furibundos indios los maniataron y amordazaron, tomándolos como prisioneros... Encerraron desnudos a los once europeos en una celda colectiva y sin puertas para que murieran de inanición. Su prisión de cuatro metros cuadrados colgaba de las cuatro lianas de un nudoso árbol, a orillas de la cocha de Suchiche. Los indios construyeron una poza llena de pirañas debajo de la celda y la circularon con troncos de plátano. La gente les tiraba piedras y materiales cortantes hasta hacerlos sangrar. Las gotas que caían al agua alborotaban a las pirañas. Al parecer no había forma de huir. Sin embargo, Sacromaudit se valió del odio de sus contendientes. Pues, con el cuchillo que el jefe de la tribu le arrojó, cortó sus ataduras, la de su capitán y la de los demás. Era la madrugada del siguiente día cuando ellos se liberaron y los indios continuaban celebrando su victoria, atribuyéndole el crédito a Inmortal. Los prisioneros destrozaron el techo y uno por uno treparon a través de las lianas y bajaron por el tronco del árbol a la orilla libre de ictios hambrientos de carne…
—Y usted, ¿cómo está seguro de eso?, ¿tiene pruebas fehacientes? —irrumpió un escéptico Cayo en la crónica del brujo.
—Por supuesto —bramó—. Creo lo que mi bisabuela me contó. Eso es suficiente.
—Lo siento —dijo mi primo.
—¿Me dejas seguir con mi historia? —refunfuñó el hechicero, y su tufo se volatizó.
—Si, señor. Prometo ya no molestarlo —se disculpó.
—¿Dónde me quedé…? Ah, si —prosiguió—: Lo primero que hicieron los españoles y Sacromaudit fue ir a recuperar sus armaduras y armas de la choza de Inmortal, pues el jefe de la tribu le dio el honor de conservar los trofeos de guerra. El brujo suchiche desposeyó también al brujo francés de sus trastos de magia negra y los había guardado con celo… Los cánticos y festejos de los indios procedían del centro de la tribu. Los europeos estaban exentos de peligro. Ninguno de estos once conocía la choza de Inmortal y por eso decidieron entrar a varias. En una de estas encontraron a una india. La amenazaron de muerte si no los llevaba a los aposentos del brujo enemigo, y, no teniendo alternativa, tuvo que ceder. Hallaron sus armamentos de guerra pero no las pertenencias diabólicas de Sacromaudit. Éste se enfadó y tiró las cosas de rincón a rincón. De pronto, algo estupendo le ocurrió: en un recoveco de la choza, se topó con un cráneo de oro puro, con dos esmeraldas incrustadas en la cavidad de los ojos. Además de perverso, era codicioso, y como venganza lo llevó consigo... Mientras tanto, el capitán Diego de León raptó a la india para hacerla su mujer y también en cobro de su rebajo en público; y como tanta era su generosidad hacia sus subalternos, les dio permiso de ir a secuestrar a las demás indias que sus padres o esposos dejaron a la guardia de sus hogares (la déspota costumbre machista de ese tiempo). Aparte de raptarlas, se robaron las viandas y cuanto botín hallaron. Y, cuando les colmó su saqueo, se quitaron en sumo cautelosos, como desde un inicio…
—¿Y sus caballos? —terció Chilampa.
—No te culpo de maleducado —dijo el brujo—, debido a que me olvidaba. A los caballos no los encontraron. Los indios los escondieron en un lugar secreto y sería un tonto al refutar la teoría de que esas bestias son los antepasados de las que ahora viven en la región.
—¡Alucinante! —concordaron los tres amigos.
—Si… alucinante —corroboró el brujo—. Los caballos, que ustedes ven ser arreados o montados por los campesinos, son de la estirpe de los que adiestraron esos españoles desgraciados y el imbécil de Sacromaudit.
—Tengo otra incertidumbre —dijo Chilampa.
—¿Cuál? Suéltala —apremió.
—Quería que me diga si esos tiranos europeos eran políglotas o se podían comunicar sin circunloquios.
—Si, Jorge. Dominaban hartas lenguas y Sacromaudit les enseñaba a hablarlas, a leerlas y hasta a pronunciarlas en los acentos nativos… ¿Continúo con mi historia? —Los muchachos asintieron—. Diego de León y sus hombres se fugaron con impecabilidad. Ese ladrón de reliquias valiosas —se refirió con repulsión al brujo francés— se compensó con lo que obtuvo y le hinchió de deleite apoderarse de la preciada posesión de su colega rival. La india consumaría sus apetitos sexuales, pero el oro constaba su mayor grado de excitación. Así que los europeos, trotando y descansando, llegaron al valle de Yurilamas... Al despuntar el alba, cuando los indios e Inmortal retornaron a sus casas, llantos de pérdida y deshonra rompieron el silencio matutino de la tribu Suchiche. La acerba congoja adoleció los corazones de los parientes de las indígenas, y entre ellos, incluido Inmortal, juraron vengarse de los bárbaros del Viejo Continente. En menos de una hora se reunieron, se armaron y partieron enardecidos en sus búsquedas… Diecinueve días después, tal como lo presintió Sacromaudit, los indios los localizaron y luego los atacaron en sus trotes por la jungla, mientras regresaban a la fortificación de su campamento. La ira delirante de los sustuchiches se resaltó por la sangre enemiga que derramaron. El capitán Diego de León feneció atravesado por flechas y Sacromaudit por la lanza de Inmortal…
—Excúseme la impertinencia —dijo cohibido Totolín—. ¿Cómo es que el brujo extranjero no hizo algo al respecto para vencerlos? Despéjeme de esa duda.

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