La ruta giró a la derecha. Nuevamente se tornó más inclinada, pero su distancia a la «cima» era de sólo ciento cincuenta metros: es decir que el pavimento continuaba con una subida menos encumbrada. “Faltando poco para la cima, pedalearé”, se propuso Totolín. Y, luego de unos momentos, se montó a su bicicleta, eso sí, sintiendo pavor de ser pillado con un calambre de mayor continuidad. Empezó ahora con pedaleadas bastante lentas. Su cadena giraba por la catalina chica, o sea que los cambios de su vehículo se mantenían en extremo de ligeros.
“Tengo que llegar a Lamas a como dé lugar… desearía que una tormenta acabe con este maldito sol y fulmine a este infernal clima que calienta cada espacio de mi cuerpo”. Tanto a diestra y a siniestra de la pista, el suelo del paisaje se mantenía al ras hasta diez metros. A la derecha, a veinte metros, colinas chatas cubiertas de pastos, como en otros lugares del camino, estaban circuladas por cercos de alambres con púas. Atiborradas vacas pastaban desperdigadas y esbeltas garzas de color nieve daban leves picotazos a los piojos en los lomos de estos bóvidos. A la izquierda, a diez metros, un follaje de buena talla se enredaba en un alambrado de púas similar al anterior.
La vista y concentración de Totolín se mantenían fijas hacia delante y un poco reclinadas a los manubrios de su bicicleta. Por lo tanto, todos sus sentidos desconocían el panorama de los costados. Sin embargo, sentía regulares corrientes de aire que procedían del norte, por donde pastaban las vacas. Alzó la cabeza al cielo cerrando los ojos un instante. Inhaló dos o tres bocanadas de oxígeno puro, valiéndose de la oportunidad de que ningún vehículo con el tubo de escape dañado circulaba por las inmediaciones. Le pesaba girar el cuello para apreciar el paisaje. Si alguien se atrevía a preguntarle por qué no observaba los alrededores, su respuesta hubiera sido: —¡Qué locura… y en el brete que estoy!
Pasó por el pequeño pilar del kilómetro seis, pero como ni lo vio, dedujo estar en el kilómetro ocho y que restaban dos para arribar a su destino. Su ritmo respiratorio y cardíaco iban subiendo, sobrepasando su nivel normal. Entre exageradas agitaciones, se detuvo a quinientos metros. Este iba a ser el receso más breve de su trayectoria ciclística: sólo sesenta segundos. Cumplido ese intervalo de tiempo, continuó, siempre, hacia arriba, empujando a su bicicleta, otra vez, por los manubrios. Las palmas de sus manos estaban encalladas y los asía con finura.
La carretera se elevada con creces a medida ascendía. Un dolor se acentuó en la sección baja de su espalda. Las extremidades inferiores, aparentemente, le pesaban, ya que sentía a su masa muscular subida el doble o el triple. Sus hombros, brazos y manos los tenía afligidos por la tensión de su postura. Seguía horrorizado ante la sorpresa de que algún desgarre le perjudicase los tendones de sus cuadriceps y gemelos. A veces se aliviaba pensando que no le había acalambrado las piernas, al levantarlas la última vez, para descansar medio kilómetro cuesta abajo. “Por favor Dios, que no me sorprenda un calambre… ya sé cómo duele”, pensó preocupado.
Para su gran alivio, a esta latitud (710 m.s.n.m aproximadamente) corrían por el ambiente brisas que zarandeaban las copas de los árboles y arbustos en la distancia, sobre las bajas colinas. Por la carretera corrían un tanto amortiguadas, pero, a medida que se aproximaba (Totolín) a la ciudad de Lamas, aumentaban su fuerza expansiva. Este conjunto de elevaciones de terreno boscoso, a la izquierda, poco a poco se fueron manteniendo a la altura del pavimento, debido a que, por lógica, la ruta se internaba en medio de esas latitudes. Las brisas en ese clima tremendamente cálido contrarrestaban la sofocante y enrarecida atmósfera con una parca dosificación de frescura.
Al noreste, en la corona de los cerros, una masa etérea de nubes cúmulo-estratos cubría la vegetación verde azulada que pululaba en lontananza. En la falda de estos cerros se podía ver diminutas chozas aglomeradas y, unos cuantos metros encima, volaban en círculos oscuros gallinazos carroñeros, tal vez olfateando animales muertos para su festín del día. Totolín no los veía porque pedaleaba con la cabeza gacha, pero atento al ruido de los vehículos motorizados que transitaban.
Los rayos ultravioletas del sol persistían en dejar estigmas nocivos en la piel. La carne de nuestro amigo se iba ennegreciendo, pasando de la tonalidad café amarillenta al marrón oscuro. Los antebrazos y la nuca le escocían como si los colocara encima de una olla con agua hirviendo. Sus facciones abandonaron el semblante pálido de hace una hora, y ahora, hasta el mentón lo tenía colorado como un rábano. Su vista se ofuscaba por las gotas de sudor que se colaban en su globo ocular, y, las que se deslizaban por sus mejillas, algunas entraban por entre sus labios, salando el interior de su boca. “Maldita sea mi estampa... No me explico cómo mierda llegué a parar aquí… ¡Demonios, y por qué genera ese ruido mi bici !”. Efectivamente, el sistema de arrastre de su bicicleta chirriaba de forma continua y débil. Le hacía necesario una limpieza y aceitada.
A quince minutos de caminata pasó a la altura del kilómetro siete quinientos. Una vez más, el pilar de atrás, el séptimo, pasó desapercibido a la mirada de nuestro amigo. Los vehículos no le fastidiaban e instintivamente sabía por donde dirigirse. “Presiento que Lamas está girando a un par de curvas. ¡Por fin llegaré!”. Presintió mal. Faltaba más que dos curvas para ingresar a la «Ciudad de los Tres Pisos», y para tal cosa necesitaría tiempo. Siempre, en considerables ocasiones, se había ido en auto, aunque jamás curioseando los paisajes que pasaban fugazmente por la ventanilla.
La carretera era como una enorme serpiente grisácea que se deslizaba a la cumbre. Se encaramaba, incrementando con exceso sus grados de inclinación. Cuando nuestro amigo divisó arriba, justo en una pronunciada curva a la izquierda del lomo del falso reptil, traslució un irregular resplandor cristalino. “Tal vez acá cayó temprano una lluvia … Me extraña que el sol no haya evaporado esa agua regada”, pensó confuso. A cada paso que daba, la imagen del fondo cambiaba: el agua se esfumaba como si el duro concreto lo absorbiera. Segundos más tarde, en esa parte, el pavimento era lo único que se veía. Totolín entonces definió como un espejismo a tal avistamiento. “¡Increíble! Estoy desacostumbrado a este tipo de cosas, o, ¿es que este cansancio está afectando mi conciencia?”
Detuvo sus pasos para beber agua. Ya no le quedaba mucha y sólo tragó tres míseros sorbos. Esta abstinencia fue dura para él, pues su garganta y lengua se resecaban, sintiéndolas como papel lija. Antes de ingerir totalmente el último sorbo, hizo gárgaras, quemándose directo la cara al sol.
Esta es la parte del trayecto donde la carretera es casi vertical, similar a un gran puente levadizo por el cual atraviesan los navíos en los países extranjeros. Así que nuestro amigo siguió caminando con su bicicleta, rodándola por un costado, y agitándose con futilidad. De esa forma se libró de lidiar contra la fuerza de la gravedad al ejercer presión en los pedales. Sus dolores musculares se aliviaron un poco, pero continuaba enervado aún. “En esta subida quizás Cayo y Chilampa descansaron o empujaron sus bicis. Estoy cien por ciento seguro de qué por una de las dos optaron”.
Luego oyó voces entusiastas de niños y adultos, y también sucesivos chapoteos. Advirtió que no podía más. Empero, la curiosidad le venció por descubrir la fuente del barullo, y se empeñó en un último esfuerzo. Prontamente a su izquierda, a tres metros del asfalto, un cerco idéntico al del kilómetro seis conformaba el perímetro de un centro turístico. A un costado de la entrada, en un letrero con la pintura erosionada por los bruscos cambios de clima, se leía: Recreo Turístico “Las Hamacas”. “¡Ajá! Esto debe ser territorio del pueblo de Lamas… Voy a ingresar a pedir agua… Esa piscina me tienta a darme un chapuzón, pero será mejor contentarme con refrescarme lo necesario”, pensaba sin fijarse en la cantidad de cuerpos femeninos que flotaban en la piscina. El vaivén del agua le hipnotizaba. Las caderas y senos formaban parte de otro mundo.
En el centro turístico, la piscina era el sitio predilecto de los visitantes. Una multitud de familias enteras, parejas de enamorados, extranjeros, ancianos, entre otros se refrescaban a su antojo en la traslúcida agua. Frente a este estanque, un inmenso tambo con base de cemento hacía las veces de restaurante y lugar de relajamiento. Sobre su piso de concreto, sillas y mesas fabricadas de troncos y ramas de árboles reposaban apretujadas, y sobre éstas, multitudes degustaban y engullían los manjares que les servían. Unas hamacas se colgaban de las vigas que sostenían el techo de la choza. Una o dos personas con un sombrero de paja cubriéndoles la cara dormitaban tendidas en éstas.
En una de las esquinas del recinto ecológico se ubicaba el bar, también diseñado con troncos y ramas. Desde aquí se servían platos y bebidas regionales: el popular juane, tacacho con cecina, pescado en hoja, ninajuane con yuca… (comidas); chicha fermentada, ventisho, vino regional, uvachado, afrodisíacos como el R-C… (tragos)  .
Una cancha de mini-fútbol remataba el sitio turístico a espaldas del amplio tambo. Había jóvenes y señores jugando a la pelota, y furiosos espectadores soltaban sucios comentarios y realizaban ademanes obscenos. Es de más decir que, en el enardecido pandemónium, se apostaba el sueldo del mes entre hinchas y jugadores de cada equipo. Una inminente disputa a golpes se vendría a desencadenar si alguien no apagaba la llama de rabia que se propalaba. Y, como si todo estuvo premeditado, un joven con cara de pocos amigos amenazó con echarlos afuera. Y casi en un segundo, el gentío reprimió su cólera delante del que resultó ser un ceñudo familiar del propietario.
La entrada a este lugar turístico permanecía siempre abierta al público. A ambos lados de la misma crecían arbustos y platones de hojas coloridas. Totolín decidió atravesar el umbral. Cuando estuvo dentro, unos profundos y conocidos dolores se le compactaron en ambas extremidades inferiores, haciéndole detenerse de sopetón. El calambre le obligó a sentarse en el gras, estirando sus piernas y ejerciendo presión con las manos en sus tendones. El dolor le calmó pero dejándole secuelas. Y la gente que observaba a aquel muchacho pensó que efectuaba estiramientos para oxigenar sus venas.
Una vez de pie, se dirigió cojeando al bar. Aparte de sus tendones, de la cadera para bajo, sus costillas y tórax, en general, padecieron minúsculos dolores. Las inspiraciones y espiraciones, largas y también raudas, ensancharon y contrajeron su diafragma, reacio a constantes esfuerzos.
Estacionó su bicicleta equilibrándola en uno de los postes que sostenían el techo del tambo. Una vez frente a la barra, esperó a que le atendieran, apoyando flojamente sus codos y antebrazos sobre la superficie de madera. Después, un muchacho, que apenas sobrepasaba la mayoría de edad, se le aproximó inquiriendo:
—¿Si, amigo? ¿Qué va pedir? Aquí tenemos de todo.
—Pataza , sólo quiero agua porque me estoy muriendo de sed y calor —le contestó con aire de abatido.
—¿Con gas o sin gas? —preguntó el muchacho, sabiendo de antemano que Totolín no deseaba comprar sino que le invitaran.
—Espera, pata. Estás malinterpretándome… —se apuró en decir.
—Hay de un sol y de un sol y medio —continuó con la jugarreta el muchacho, sin dejarlo puntualizar.
—Escúchame con atención: el agua que venden en este bar, no es la que quiero —dio a manifestarle.
—¡Y entonces, a qué diantre viniste acá! ¿O es qué pretendes hacerme perder el tiempo? —habló con talante burlesco el muchacho—. Si gustas el líquido mezclado con cloro, puedes ir directamente al borde de la piscina y beber como un perro —se rió.
Notando que le estaban tomando del pelo, Totolín se retiró de su sitio, antes increpando soberanas maldiciones. “De remate este infeliz se burla de mí. Ya me cansé de mandarle al demonio”, pensó encolerizado cuando salía por entero del cobijo de las sombras del tambo. El joven del bar le llamó graciosamente:
—Hey, viejo. Sólo era una broma. La intención era que tú le siguieras la corriente al diálogo… Tranquilo, amigo. Puedes ir donde el señor ése —indicó con el dedo índice a una persona adulta parada bajo el sol— y pedirle lo que quieras. Él es el dueño de donde estás parado y de todo lo demás.
Poniendo a un lado el orgullo, Totolín obedeció, evitándose de dar las gracias. Se detuvo a espaldas del hombre y con un suave toque en el hombro provocó que se volviera. Luego de conversar con este asequible propietario, él llamó a su hija que se encontraba cerca. Ella tenía tal vez la edad de Totolín. Su metro sesenta de estatura y los rasgos de su rostro redondo y bonachón, daban a entrever que tenía alrededor de dieciséis años.
Nuestro amigo fue escoltado por la muchacha hacia los servicios higiénicos. Estos cuartos de baño distaban poco del cerco que bordeaba el centro turístico. La atenta joven le indicó que se sirviera agua de unos caños instalados entre los baños de hombres y mujeres. Totolín llenó sus botellas y se refrescó la cabeza con los chorros que le cayeron de la boca de la cañería. Bebió a grandes tragos hasta que su vientre se infló como un globo henchido de líquido y luego regresó su mirada hacia el tambo. Su bicicleta estaba en el mismo lugar donde la dejó. Tras él, la muchacha miraba distraída. Satisfecho, le dio las gracias. Salpicado de gotas, como si una copiosa lluvia le hubiese caído encima, se había dado prácticamente una menuda ducha con los shorts, polo y zapatillas puestos.
Quiso volver a pedalear aunque su laxitud daba la contra a su ansia de no quedar humillado delante de Cayo y Chilampa. No dio ni tres pedaleadas, y una tenue voz le hizo detenerse. Se trataba de la muchacha. Ésta le preguntó:
—Hey, amigo ¿Por sea acaso un par de amigos tuyos no venía contigo?
—¡He, he!… ¡sí, sí! ¿Qué hay con ellos? ¿Estuvieron aquí? —se sorprendió.
—Así es. Dales mis saludos. En especial a José Carlos… Estarán por llegar a Lamas. Esos dos si que pedalean duro. ¡Qué esperas en alcanzarlos!
—Claro. Haré lo que dices. Chao y gracias otra vez —se despidió. “¿Por llegar a Lamas? Tal vez se confundió… hace rato que harán arribado”.

—¡Qué jodido sol! —dijo hartamente Chilampa a Cayo. Ya habían terminado su descanso a un costado del pilar del kilómetro seis, y ahora pedaleaban.
—Tal vez Totolín se rindió antes de llegar al kilómetro cinco. Sería el milagro del siglo si nos encontrara en la plaza de Lamas —terció mi primo. Al punto, pensó con seguridad: “Uno que acabo de vencer. Sé que Chilampa llegará junto conmigo a Lamas, pero es obvio que cansadísimo, ¡je, je!”.
—Tú lo has dicho: un milagro —dijo Chilampa—… Y, ¿cuántas veces ya vienes a Lamas en bicicleta?, uff.
—Serán cerca de diez veces. Cuando venía temprano en las mañanas, todo era neblinoso y el clima contrastaba con el de ahora, uff.
—¡Hey! —protestó—. ¡Entonces por qué no elegiste ese horario! ¡Pendejo te crees, uff! ¡Me estás tomando del pelo!, ¿o qué?
—Acabas de averiguarlo, promoción —dijo mi primo. Observando que su amigo se enfurecía aún más, optó por decir—. Sin este calor subieras en un instante, uff. ¿Acaso no eres hombre?… ¡Te paras quejando por simplezas!
—¡Carajo, Chechelé! Espero que esta salida vaya acostumbrándome, uff. Tendré que seguirte pues, tío —se enmudeció un rato, y reanudó—. Desacelera. Estamos yendo demasiado rápido.
Para gran alivio y respiro de Chilampa, mi primo, con la cara y el cuerpo chorreándole sudor a borbotones, dijo:
—Llegó el momento de un brevísimo descanso. La garganta se me reseca y el problema es la falta de sombra... Elegí descansar tan precipitadamente porque, unos metros continuando a la cima, haremos un esfuerzo descomunal, uff.
Ambos se apearon de sus respectivos vehículos en un soplo. Mi primo conocía la ruta como la palma de su mano. Obviamente la cambiante morfología de los parajes estaba grabado en su memoria. No olvidemos que los cambios naturales son difíciles de asimilar en estas latitudes selváticas. Pues, antes de que se vea el limbo del sol, la temperatura puede, en ciertas épocas, ser de quince a dieciocho grados y, siete horas después, puede superar el doble.
El dúo, en cuatro minutos y medio, había «trepado» con la ayuda de sus bicicletas un kilómetro completo. Los aventureros bebieron un cuarto de litro de agua cada uno, parados en el pasto a un costado de la carretera y viendo pasar a los carros y motos, los cuales doblaban las curvas vertiginosamente, tanto de subida como de bajada. También notaron que entre las elevaciones de terreno, a la siniestra de la ruta, una residencia de tres pisos se erigía cerca de la cumbre. Su pintura blanco humo se descascaraba en derredor y mostraba manchas opacas y amorfas.
—Hey, Chechelé —dijo ensoñado Chilampa—. Cuando sea ingeniero mandaré a construir una de mis casas en un sitio como ese de arriba, pero esa residencia no le llegará ni a los talones.
—Deja de hablar incoherencias —le molestó con irreverencia—. En primer lugar tienes que ingresar a la universidad. Lo cual la veo más difícil que examen de física termonuclear. Luego, egresarás en diez años envés de cinco y tendrás que sustentar tu tesis para titularte. Y, siendo ya nombrado de ingeniero, tendrás que buscar chamba  y ahorrar una vida entera para, siquiera, construir una pocilga como hogar. ¡Tú si que eres un buen arquitecto, pero de un futuro aberrante, ja…!
—¡Quién habla! ¡Ja, ja! —dijo Chilampa—. Si ya va tres veces que postulas a la universidad y continúas con esa racha de mala suerte, quedándote en primer lugar, pero de los últimos, ¡ja…!
—Verás que en esta saldré triunfante e ingresaré en el primer puesto de los primeros —dijo Cayo, y adivinando lo que su amigo le respondería, siguió—. En aquella noche festejaremos hasta el amanecer… Compraré dos cajas de chelas al polo .
—Ya me canso de oír la misma cháchara de cuarta mil y una veces. Un año estoy esperando el par de cajas de chelas y ni en broma pasa la bebida por mi sedienta garganta. ¡Por favor, apiádate de mi terrible ansia de querer embriagarme! ¡Piedad, estoy apunto de sufrir un colapso, ja…!
—¡Qué incrédulo eres promoción! Además, hace dos días que te emborrachaste en el boulevard conmigo y ¿dices que te mueres por probar una cerveza…? Hasta ron con sabor a frutas hemos chupado  esa noche —dijo Cayo recordando la reunión que tuvieron.
—Sí, cholo. Esta vez, dejándose de bromas, ¡vamos a ingresar a la «U», o me dejo de llamar Jorge! —cerró la conversación Chilampa.
Instantes después montaron sus bicicletas. Chilampa, con la ingle adolorida, se quejaba por haberse evitado comprar un sillín nuevo y más acolchado. Su asiento era puramente de plástico, similar al de mi primo, no obstante, él poseía inmunidad a la dureza de ese material. Así es como un ciclista se acostumbra y familiariza con su posición para ejecutar el pedaleo en una bicicleta de carrera o de montaña. Donde más se tarda es en la segunda de estas, debido a lo tortuoso y tedioso de las rutas que se recorren. En el asfalto hay mayor estabilidad, por lo consiguiente, hay un incremento de velocidad. En mi caso elegí también las pistas porque la velocidad es a lo que soy adicto… No pierdo la oportunidad de sobrepasar los 70 km/h y sentir como «vuelo» libremente sobre el asfalto. ¡Qué sensación! ¡Es lo máximo…! Hallo a las palabras poco magnas para describir esta sensación. Por el momento, sólo por el momento, me conformo diciendo: ¡Qué viva el ciclismo! ¡Es el mejor deporte!
Mi primo se interesó antes que yo en el susodicho y magnífico deporte. Calculo que, por esas épocas, mi físico estaba entre el margen de Totolín y Chilampa; de todas formas hubiese sido capaz de llegar a Lamas en repetidos descansos.
Tanto Cayo como Chilampa se agitaban en diferentes grados. Sus jadeos se hacían más continuos porque el pavimento seguía elevándose a la cumbre y la pugna contra la fuerza de la gravedad, medraba. La cadena de la bicicleta de Chilampa rodaba por el sexto piñón (el más grande) y por el grupo pequeño de dientes de la catalina. O sea, que menos potencia de presión en los pedales, fuera imposible. Mientras tanto, Cayo no bajaba su cadena a la catalina chica, pero ésta giraba, como la de su amigo, por el piñón de circunferencia mayor, casi del diámetro de la tapa de una olla de campamento.
—¡Qué matadora es esta cuesta!, uff... ¡No me doblegaré por nada del mundo! —dijo Chilampa tenuemente. Su único incentivo, la destreza de Cayo, no ponía lugar a dudas que podía continuar aunque sea rastras.
—Ahora que me acuerdo, acá cerca hay un centro turístico, uff ¿Piensas que es buena idea relajarnos ahí antes de llegar a Lamas? —dijo Cayo a compás pausado.
—Para nada es una buena idea, pero sí, ¡BUENÍSIMA!, uff —contestó Chilampa.

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