—Y quién dijo que no —De alguna forma el hechicero tenía que comprender la ingente curiosidad de los jóvenes, y reanudó de inmediato—. Lo intentó, José, pero sin sus implementos de magia negra no lo logró… Al triunfar los indios e Inmortal se fueron rumbo al campamento de los vencidos. Las mujeres dormitaban sucias y ultrajadas en un hueco cerca de la tienda del espirado capitán. El brujo suchiche puso patas arriba la tienda de Sacromaudit, sin conseguir recuperar su cráneo de oro, legado de sus ancestros. Y, hasta el presente, se desconoce su paradero exacto… Bueno, aquí es donde esta crónica termina —se calló, y su ojo falso destelló con un blanco fantasmal.
—¿Qué nos quiso decir contándonos esa historia? —le solicitó una explicación mi primo.
—Mi sueño se los dirá —dijo con una sutileza irreconocible. Aspiró un poco de aire y emprendió su narración—: Anoche tuve un sueño revelador. Corría en medio de la selva por una trocha que discurrí en contadas veces y, de un momento a otro, una piedra salió del agujero de un tronco en descomposición y se me impactó en el parietal lateral. Como en cualquier sueño, no me provocó dolor alguno, empero, me transportó a un entorno diferente. Me situé entonces en una caverna con las paredes atestadas de antorchas flameantes y una atronadora voz me habló desde lo profundo de mi cabeza: “Hermes, soy Inmortal —Los muchachos exclamaron—. Sé que has dedicado tu vida entera a buscar el cráneo de oro...”
—¡Ajá, lo descubrí! ¡Usted es un ambicioso! —berreó Cayo sin tapujos.
—¡Cierra la boca que aún no termino! —le riñó, y mi primo tragó saliva—. Mm… y el mensaje de Inmortal siguió de esta manera: “…y te diré cómo cumplir tu deseo… Escucha, tienes que estar atento a las señales y colaborar con el prójimo... El impuro de los fanáticos religiosos alargará la vida de uno de los tres. Él no será el anunciante, el de nombre distinto lo será. Ten paciencia, la torcaza lo confirmará” —culminó, y escrutó con la mirada al trío.
—¿Por qué Inmortal quiere que tenga la calavera esa? —preguntó Cayo.
—Porque él —anunció con solemnidad— es mi tatarabuelo.
—¡Qué! —se conmocionaron los tres.
—Soy el más adecuado para tener ese cráneo. Otras manos no deben tocarlas. ¡Solo yo! —dijo como enajenado.
—¿Quién más lo busca? —preguntó Chilampa.
—Segismundo Fasanando. Los de mi índole le llamamos Segismaudit y es descendiente directo de Sacromaudit.
—¡Increíble! —coincidieron los muchachos.
—Conserven la calma con lo que les voy a contar —anteló el brujo. Se desenmarañó su frondosa melena y les dijo—: Sacromaudit encintó a la india que raptó y el bebé nació endemoniado. En muchas oportunidades los indios quisieron deshacerse del luciferino, pero algo desastroso les sucedía o perecían accidentados. Su madre por ser la primera en intentarlo fue la primera en morir. Lo detestaron porque era un mestizo maldito… A los cuatro años de edad se largó de su casa para nunca volver. Inmortal lo hubiese exterminado si no hubiera hecho viajes por la selva en ese tiempo… Segismaudit existe porque mi tatarabuelo no asesinó a su bisabuelo. ¿Entienden?
—¡Esto es como “La Profecía”! —dijo perplejo Totolín.
—Segismaudit se adjudica el derecho de tener la calavera de oro por ser su tatarabuelo quien se la robó —sintetizó Chilampa.
—Correcto y malo a la vez —aprobó el brujo.
—Por sea acaso, ¿Segismaudit no nació como su bisabuelo? —preguntó mi primo.
—No, José. Pero heredó la maldad de sus congéneres.
De repente, Chilampa se afinó la voz y le habló al hechicero:
—La calavera puede estar en cualquier parte. Por ejemplo, a poca hondura bajo tierra, a diez metros detrás de su cabaña… Sacromaudit lo habrá enterrado.
El zureo de una paloma descolló entre los demás sonidos del bosque y al santiamén el brujo reventó de felicidad:
—¡Viva, Jorge! ¡Lo dijiste…! ¡Cercano a mí por años y buscándolo en inhóspitos montes!
—¿Qué le pasa? ¿Me toma en serio?
—Dense cuenta, muchachos. Jorge, tú eres el anunciante de mi sueño, el de nombre diferente. José Carlos, el impuro es el chancho que alargó tu vida. Y el arrullo de esa torcaza me confirmó la autenticidad de la ubicación del cráneo.
—¡Esto es de locos! —confesó Cayo—. O sea que usted me ayuda para que mi amigo, de casualidad y sin saber, le marque la equis en su mapa del tesoro. Me retracto de lo que le dije, ya que es perentorio en estas situaciones actuar como lo hizo para obtener la herencia o el legado que le pertenece.
—Antes de irme a cavar debo hacer lo que faltaba para estar a mano con ustedes —informó el brujo—. Y eso, es arreglar tu bicicleta, José Carlos… Y gracias a ti Jorge voy a desenterrar mi tesoro —les palmeó a ambos.
Sacó una caja de herramientas debajo de su camastro y salió de su cabaña haciendo ademán de que le siguieran. Afuera pasó revista a la bicicleta malograda y luego empezó a arreglarla, canturreando. A veces le explicaba a Cayo el porqué le era imposible reparar ciertos daños, anticipándole de por medio que debería irse a un taller de Tarapoto para que le dieran los retoques y quedara como antes. Las ralladuras del chasis, los ejes descentrados de los aros, la superficial ruptura en la horquilla y el cachito partido en dos, eran faena del especialista en mecánica de ese tipo. Pero con esas someras averías podría regresar a casa sin grandes dificultades.
—¡Listo! —dijo emocionado el brujo, poniendo fin a su labor— ¡Voy a buscar mi pala! ¡Ustedes serán los privilegiados de ver el cráneo de oro!
—Espere —le detuvo mi primo cuando una bastilla de su capa desaparecía tras la puerta de la cabaña. Al voltearse el brujo, continuó—. Le agradezco de corazón por haber curado mis heridas. Le juzgué mal, señor.
—No me lo agradezcas a mí, muchacho. Agrádesele a tu amigo Jorge. Él es la piedra angular de todo este asunto.
—Ya no sé que pensar de ti hasta que no vea esa calavera —le dijo a Chilampa cuando el hechicero les dejó.
—Tampoco yo, Chechelé.
Luego de que el trío sacase a medias sus pesquisas, el brujo reapareció en el umbral de la puerta con la pala, pero esta vez luciendo un atuendo diferente. La única prenda que vestía era un pantalón verde oliva de tela desgajada. De adorno llevaba extravagantes alhajas en el cuello, los brazos, las muñecas y los tobillos. Su escuálido cuerpo disentía con algunos músculos que tenía desarrollados en partes sorprendentes. A Totolín le hizo recordar a un apache que vio en una película del Viejo Oeste.
—¡Vamos! —saltó de euforia.
Los jóvenes aventureros caminaron tras este hechicero, heredero de un legado que estaba apunto de desenterrar. Una compactación de nubes veló a la luna y la poca visibilidad se negó a facilitarles su andar. Las miles de estrellas titilaban como ojos parpadeantes a la expectativa de lo que se avecinaba. Los cuatro deambularon tanteando donde empezar a cavar, y, como si todo estuviera premeditado, el arrullo gutural de la paloma se impuso entre la gama de sonidos nocturnos. El brujo supo que bajo sus pies estaba lo que siempre quiso poseer. Los muchachos se le acercaron casi convencidos de que las fuerzas misteriosas que entrañan el pasado y el presente se manifestaban ante ellos, en la juventud de la noche y en el lugar más raro que estuvieron en sus vidas.
—Aquí es —susurró el hechicero.
El trío le apremió a que cavara, pero, éste, seguía inmóvil en su sitio. Y así pues, por fin, había llegado el día y la hora de desenterrar su ansiado tesoro. Las manos le temblaban de emoción. Un sudor frío goteaba de su frente y le fue inevitable que le brotaran algunas lágrimas. Un brujo llorando era un escena que se repetía una vez a las quinientas. La oportunidad de observarla se les presentó a los muchachos, por lo que desistieron de instigarle a continuar. Y sin previa anticipación, impetuoso e incansable, el heredero emprendió a retirar la tierra. La oscuridad no constituía un impedimento en su bregar. Un momento después, la punta combada de la pala chocó en algo duro. Prontamente los cuatro se arrodillaron y, usando sus manos y uñas, escarbaron las partículas de tierra de la superficie de lo que resultó ser un objeto cúbico y carcomido en sus seis caras. Al cabo de un rato lograron desenterrar por completo la extraña cosa, poniéndola luego sobre una piedra plana. Era de madera, un poco más pequeña que una lonchera. Su tapa como la de un baúl, pero sin candado o broches, simplemente se tenía que levantar para abrirla. El brujo estaba desbordado de alegría y, con el corazón en la garganta, acarició con sus dedos el corroído cofre. Se daba un tiempo antes de abrirlo. Cayo, Chilampa y Totolín no perdían de vista sus movimientos. Pasó no sé cuánto y el hechicero comenzó a destapar el objeto. Justo cuando su interior quedó descubierto, las nubes que ocultaban la luna se corrieron lo suficiente como para que se la apreciara en su máxima magnitud desde el hemisferio sur. Al instante, sus deslumbrantes rayos níveos se reflejaron en el codiciado cráneo de oro, que permaneció intacto dos siglos de estar sepultado. Los cuatro se quedaron boquiabiertos. El brujo balbucía, y con esfuerzo pudo pronunciar:
—¡Wow! ¡Es increíble!
—¡Sácalo! —dijo Chilampa.
—¡Sí! —insistieron mi primo y Totolín.
Ahora el hechicero no tardó en reaccionar. Con la lengua entre los labios, levantó la dorada calavera hasta la altura de su rostro y se vio cegado por unos momentos por la luz que destellaban las esmeraldas de las cavidades oculares. La luminiscencia del satélite terrestre refulgía en el par de piedras preciosas. Ninguno en su vida había visto cosa como esa, y, muy valiosísima por cierto. Dos brillos bañaban a los presentes: un radiante amarillo y un cristalino verde rayaban sus ropas y pieles. Los troncos y las ramas de los árboles cercanos se teñían de los mismos fulgurantes colores. De súbito, sin poder contenerse, el brujo rompió en llanto, abrazando con ternura el cráneo. Los muchachos no supieron que hacer ante tan incómoda situación, y por un buen rato no dijeron nada hasta que el heredero se calmara y articulara lleno de júbilo:
—¡Gracias, tatarabuelo! ¡Me lo merecía! ¡Gracias! ¡De verdad eres «Inmortal», porque aún vives en mis sueños…!
—Nadie nos creerá esto —dijo Cayo en volumen bajo a sus amigos.
—Tú lo has dicho, cumpa —reafirmó Totolín.
—Puede que un loco nos crea, promociones —dijo Chilampa—. A alguien que le patine el coco o que le guste inventar historias.
—No estarás refiriéndote a mí —dijo Totolín.
—Negativo, hermano. Me refería a una persona con un nivel de imaginación mucho más elevado que el tuyo.
El brujo paró sus gritos y, con la calavera bajo el brazo y algo tranquilizado, les dijo:
—Se dan cuenta de la dicha que me han traído cuando se cruzaron en mi vida. Este cráneo ahora es mío y nadie me lo arrebatará porque lo guardaré en un lugar seguro… Vamos a mi cabaña. Esto hay que celebrarlo, muchachos.
—No será necesario, señor —acotó Chilampa—. Ya se nos hace tarde para volver a casa. Nuestros padres estarán preocupados.
—Les pido que sólo me acompañen un momento. No he tenido visitas en años y estaría complacido de que tuvieran esa gentileza.
Los tres, comprendiendo su entusiasmo, accedieron a su pedido. Se fueron a su morada dejando tirados la pala y la caja de madera que guardó al cráneo. Nuevamente las nubes cubrieron la luna, y la penumbra se evidenció. El legado del brujo ya no brillaba, salvo por el sutil titilar de las gemas incrustadas que semejaban a las pupilas de un animal salvaje. E, igual mantuvo su resplandor dentro de la cabaña.
—Muchachos, ¿se fijaron que el cráneo de oro no centellea sin la luz de la luna?
—Claro —dijeron parejos.
—Espero que con los rayos del sol también irradie…. Pero… no lo expondré a la luz del día, ya que será riesgoso, porque Segismaudit puede estar espiándome.
Luego, sin desprenderse de su desenterrada pertenencia, escudriñó con una mano debajo de su camastro y en seguida sacó una botella con aguardiente. La colocó sobre la mesa del comedor, diciendo con simpatía:
—Tomen asiento y conversen entre ustedes, mientras que yo me voy a lavar los vasos para beber este sabroso trago.
Los muchachos se sentaron pero ninguno habló. Se ensimismaron en sus pensamientos, jugueteando con sus dedos o rascándose la cabeza. “Me está doliendo un poquito la nariz”, pensaba mi primo. “Ojalá ese calavera hiciera el milagro de reparármela”.
—Ya retorné. Dónde estará Peludo —dijo el brujo después de unos minutos. El cráneo seguía en una de sus axilas. Descorchó la botella, puso en fila a los vasos a su costado y se ocupó de vaciar la bebida en cada uno.
—¡Inaudito lo que acaba de ocurrir, señor! —exclamó de sopetón Chilampa—. En definitivo, la suerte estuvo de su parte esta noche.
—Los astros se alienaron a mi favor hoy —le respondió el hechicero. Dio un suspiro, al parecer recordando algo que le regocijaba el alma, y les dijo contento—. ¡Alcen sus vasos! ¡Esto se merece un brindis!
—¡Salud! —festejaron. Y se escucharon unos tintineos.
Un ardor se ramificó en las entrañas de los muchachos desde que la bebida ingresó por sus gargantas, y, prolongados y escandalosos, fueron sus ronquidos de quemazón. El brujo no les advirtió que el trago tenía un alto grado de alcohol que, incluso, se le comparaba al tequila mejicano. Luego, les puso al tanto que lo qué tomaron era el alcohol destilado de la caña de azúcar, muy popular en la región de la selva. Sin embargo, a éste, el mismo hechicero lo preparó más fuerte que la bebida original. Él había tomado todo lo que se sirvió en tres sorbazos, sin siquiera enrojecerse. Viendo que sus jóvenes invitados no resistían la ingestión del licor, les prohibió a que lo hicieran, pues no quería ser el responsable de contribuir a la formación de futuras cirrosis en sus hígados, después de que le dieron un vuelco positivo a su vida. Y mientras que siguiera previniéndose de incurables enfermedades con infusiones de plantas medicinales, no le aquejarían males en cualesquiera de sus órganos; por consiguiente, se daba el gusto de embriagarse con ardientes tragos.
—Señor —dijo corridamente Cayo—, cambiando de tema, con lo que le pasó, ya no tiene por qué vengarse de Segismaudit. Usted está ahora feliz con lo que obtuvo y pienso que el mejor castigo para él es que continúe creyendo que el cráneo de oro todavía está perdido.
Encrespado, el brujo depositó su dorada herencia en la mesa y, con los puños cerrados y la frente arrugada, le respondió con voz rasposa:
—Para ti será fácil, pero para mí… Ya deben imaginarse el odio que le tengo a ese maldito desagraciado. Es un odio que llevo por años, una aversión transmitida de generación en generación... Por mis venas circula la sangre de mi tatarabuelo Inmortal, y, esa sangre, me hace aborrecer al tataranieto de su gran enemigo.
Desde que el brujo terminó de aclarar su punto de vista, nadie se atrevió a replicarlo, puesto que les intimidó el temple que puso en cada sílaba de sus palabras. Su cráneo de oro dio la apariencia de que imitaba sus gestos amenazadores cuando sus pómulos y barbilla se mostraron ahuecados por la pobre iluminación. La hoguera se extinguía y la oscuridad en los recovecos de la cabaña era total. Levantándose de un brinco, el dueño de casa se fue a atizar el fuego de la chimenea, colocando unos blanqueados leños y arrojando aire con un fuelle de piel de cabra. Se retiró, no sin problemas, las cenizas de su sudada piel y volvió a sentarse barriéndose el pelo para atrás. A los muchachos les desconcertó la sonrisa que dibujó y que, acto seguido, les justificó razonablemente.
—Disculpen mis repentinos cambios de humor. A veces suelo ser impredecible. No quise espantarlos, desde luego.
La noche avanzaba y no había cuándo el hechicero termine de contar los pormenores de sus historias y de rememorar los últimos hechos acontecidos entre ellos. Tomó dos botellas de su bebida alcohólica y no tenía indicios de embriaguez, pero, lo que sí cambió en el caprichoso hombre, y para mal del trío, fue el hedor de su aliento. Un tufo, mucho más asqueroso de lo que había sido, se escapaba de su boca cuando la abría demasiado. Mi primo tenía punzadas suaves en su tabique, pero, envés de decirles a los demás, detuvo con agudeza la verborrea del brujo para declarar su propósito de marcharse. Chilampa y Totolín estuvieron de acuerdo con tal decisión; su promoción les hubo leído el pensamiento. El hechicero, no sin entristecerse porque le abandonarían, entendió la intención de los muchachos.
—Creo que les enredé bastante con mis historias —dijo con voz queda—. Es hora de que retornen a casa, ya van a ser las nueve y la carretera va ser peligrosa para ustedes. Si aunque sea tuvieran cascos con linternas, eso les serviría para que los demás conductores los vean. Por eso, procuren irse por un canto de la vía.
—Gracias por su preocupación, tendremos cuidado. Ha sido una experiencia alucinante conocerlo —expresó Chilampa.
—Esto lo recordaremos hasta que seamos viejitos —dijo Cayo.
—Hasta el fin de nuestros días —dijo Totolín.
Expresamente se despidieron del brujo con fuertes y agitados apretones de manos y evitando aproximarse a su apestosa boca. Su ojo postizo se había desacomodado durante la última media hora; despacio, se resbalaba de su cuenca, y al momento de la despedida la mitad estaba fuera. Con la punta de su dedo meñique lo empujó de nuevo a su lugar. Esto produjo una sensación de asco en los muchachos, pero lo disimularon con éxito, para no ser descorteses con el hombre al que nunca olvidarían por la experiencia que acababan de vivir.
Otra vez en el exterior, mi primo asió su bicicleta para llevársela rodando. Chilampa y Totolín le siguieron por detrás. Y cuando se encontraban a diez pasos para salir del claro, el hechicero les gritó desde su puerta:
—Les veré pronto, muchachos. Ese día será para su beneficio. Lo sé. Lo presiento. Chao y cuídense.
Los jóvenes correspondieron, al que se convirtió en su amigo, con sendos “hasta luego”. Y a un rato de haber reanudado su dificultosa caminata en la negrura, Chilampa le dijo a Cayo:
—Chechelé, por favor ten la amabilidad de contarme lo de tu revolcada, porque me estoy muriendo de curiosidad.
—Si quieres que te cuente empuja mi bici hasta arriba, en donde dejaron las suyas.
—Está bien —aceptó—, pero de igual forma te iba a ayudar para disculparme por mi burla —Tocó a Totolín del brazo, y le dijo—. Tú colaborarás conmigo.
—Lo haré desde la mitad —acordó.
Mi primo no volteó a ver al cerdo cuando pasó por su lado. Si se «veía» atravesado en la estaca, la imagen le estremecería. Las nubes cubrieron de nuevo la luna llena y ascendieron con precariedad por el engañoso declive. Chilampa se tropezó en cinco ocasiones antes de entregarle la bicicleta a Totolín. El último no tuvo más inconvenientes, pues, a partir de ahí, el terreno era menos abrupto.
Jadeantes y manchados, llegaron al borde de la carretera. La luna volvió a destellar. Chilampa descubrió con presteza las bicicletas escondidas y, hasta que recuperaban el aliento, le dijo a Cayo:
—Desembucha, promoción. Y no nos mientas.
Mi primo no tuvo pelos en la lengua para relatar su embrollada peripecia. Comenzó a narrarles a detalle su trayecto desde el domicilio de la tía de Totolín y concluyó cuando le encontraron tendido en el suelo. Sus amigos le interrumpieron con preguntas redundantes y él las respondía descarrilándose un poco del tema... Decidido, a un cuarto para las nueve, les dijo:
—Patas, regresemos a casa. Tengo que ser sincero con ustedes, mi tabique nasal me está doliendo y pido a Dios que el malestar no crezca.
—Según el brujo es trabajo del médico unir tu hueso partido —dijo Chilampa—. Al llegar a casa dile a tus viejos que necesitas urgente una enyesada. Totolín y yo seremos los primeros en firmarlo. Qué chiste me da…
—No estoy de humor para bromas —gruñó Cayo—. Les comunico que dejaré de acudir a la academia y me quedaré encerrado en mi dormitorio. Sólo ustedes podrán ir a visitarme, y… tengan cuidado de no divulgarlo.
—Mi boca es una tumba, Chechelé —aseveró Chilampa.
—Diré a los compañeros que viajaste —ideó Totolín— y que no volverás hasta el año entrante, pues así se desganaran de buscarte.
—Mejor digan que contraje una epidemia contagiosísima en un aislado caserío y que los doctores me pusieron en cuarentena en una asolada habitación del hospital. Ni aunque les pagaran una millonada de dinero se interesarían por visitarme.
Luego, como meros autómatas, se montaron a sus bicicletas y reemprendieron su viaje de regreso. Descendían en fila india, tal y como en su etapa inicial de la mañana: mi primo a la cabeza, Chilampa detrás de él y Totolín en la retaguardia. Frenando con frecuencia, iban a un promedio de 25 km/h, separados lo suficiente como para no chocarse. A las nubes en el cielo medio ventoso las rachas las habían difuminado o corrido en dirección noroeste. Por lo tanto, la luna esplendoreaba soberbia, que sus halos no tenían que envidiar a los del sol. Dos autos pasaron en sentido opuesto con sus reflectores empañando al trío, y la luminosidad fue deslumbrante.
“¡Los huesillos de mi nariz están que crujen!”, se inquietaba Cayo. El hecho de bajar lento le molestaba, pero el instinto de seguridad le obligaba a moderar su velocidad que, dadas las circunstancias, sería imprudente acelerar... Algo de mil cuatrocientos metros restando para que alcanzaran la carretera principal, la Fernando Belaúnde, un grito de auxilio les hizo parar las orejas y frenar de forma tosca y sincronizada. A la derecha de la vía, se desmontaron de sus vehículos, aguzando sus ojos y oídos hacia el opaco matorral. Oyeron, y dedujeron que eran los exhalantes chillidos de una dama que se acercaba. Con los brazos tensos y las piernas rígidas, se mantenían indecisos en sus posiciones, esperando lo peor. Después percibieron unos vacilantes pasos a un tiro de piedra. Se miraron entre sí, alzando los hombros, y de inmediato permanecieron alertas. La hierba se movió al punto; repentinamente, de una parte libre de esa mata, alguien salió corriendo y clamando socorro.
—¡Me persiguen…! ¡Auxilio…! ¡Ay…!

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