Ninguno, luego del sobresalto, dio señal de querer comer estas frutas, sea porque les enojó el susto o porque las espinas les incomodarían dentro de sus mochilas. Por lo tanto, continuaron su marcha, cada vez más agitados y acalorados. A la derecha del camino, encima de una loma, a una lujosa mansión le daban los últimos toques en su construcción. De su azotea se tendría una impresionante vista panorámica y, como es libre alrededor, el soplido del viento refrescaría a los que ahí residirían. Los chicos no avistaron la casa.
Cuando torcieron a la izquierda una manada de ovejas les cerró el paso. Por «suerte» un pastor las arreaba, sirviéndose de una caña, la que movía con brío. El dúo tuvo que apearse de sus bicicletas y esperar a que termine el desfile de las lanudas. En media decena de minutos, el rebaño pasó de un extremo a otro de la carretera, y, mientras desaparecía el trasero de la última oveja, se escuchó el sonido de un váter baldeándose. Cayo dijo:
—Chilampa, ¿oíste eso? No me digas que no. Mi estómago acaba de dar un rugido. El fiambre que llevo me tienta a probarlo un poco. Tengo frutas que esperan ser devoradas y aparte traigo mi almuerzo. ¿Qué opinas promoción?
—Creo que comer ahora me hará daño a las tripas —dijo Chilampa—. Que mi cuerpo esté fresco para tragar todo lo que está a mi alcance. Ahora beberé agua porque esta sed me mata y está pelando mis labios —enseguida chupó el líquido del pico de su botella como un bebé que lacta del seno de su madre.
—Ah, bueno. Pero ojo, que te digo una cosilla: Si el sol no te hubiese vuelto pispacho , estarías tan posheco  como un enfermo de hepatitis B.
—Ten en cuenta que fui capaz de llegar aquí contigo, y eso que no culminamos. Ese debilucho de Shicapa ya estará volviendo.
—Subamos un poco más y me detendré a comer unos guineos —dijo Cayo—. Si quieres, espérame, sin embargo, aunque te adelantes, yo arribaré primero a la plaza de Lamas.
Los dos montaron sus bicicletas y prosiguieron su avance. Mi primo se extenuaba poquísimo a comparación de su amigo. Como sus extremidades posteriores se aliviaron durante el descanso en el recreo turístico, acto que nunca antes realizó, su pequeña mesura de embotamiento no le insinuaba esta vez. A Chilampa, a pesar de eso, el sillín de su vehículo le entumecía la ingle y los músculos de diferentes partes de su anatomía se comprimían y se dilataban.
Pronto ya estaban en el kilómetro nueve. El pilar se erigía a medio metro de un accidentado precipicio. “Sólo resta uno y casi estoy igual de lleno de energía que cuando salí de casa”, pensó Cayo.
“¡Uno más! ¡Carajo! ¡A esa distancia tendré encallado el culo!”, pensó en simultáneo Chilampa. El paraje de su diestra cambió abruptamente. Gran cantidad de tierra extraída de una loma no existía y formaba un terreno carcomido por la explotación y/o extracción de la greda. Este le triplicaba en tamaño al del kilómetro cinco. Su superficie era seca y árida en ciertos lugares. A causa de que era un día no laborable, los obreros habían paralizado sus trabajos; así pues, la explanada se veía libre de estos individuos de cascos ámbares. Una grúa, un camión y una aplanadora se observaban en puntos distantes; en el lado de cada uno de ellos acumularon montículos de ripio.
Otro viento sopló. Los gallinazos cercanos a Cayo y Chilampa se suspendían en el aire. Como tratándose de sendas marionetas, controladas por un gigante invisible, una corriente de aire les restringía su vuelo y sólo podían agitar las alas. Durante un breve lapso, mi primo observó a estos carroñeros, que lucían como idiotas delante las fuerzas de la naturaleza.
Súbitamente, el grito de otro adulto, pero menos elevado y más cálido, puso atentos a los dos.  
—¡ESO ES! ¡MUY BIEN! ¡Adelante muchachos! ¡VAMOS! ¡Lamas les espera, chicos! ¡ESO ES! ¡MUY BIEN! ¡VAMOS, VAMOS…! —vociferaba un señor, mientras descendía lentamente en una moto. Una joven, de veinte años aproximadamente, que iba sentada en la parte trasera del asiento y sujeta de la cintura del tipo, guiñó coquetamente un ojo a Cayo. Sus facciones se desbordaban con kilos de maquillaje, y su ropa, que no dejaba nada a la imaginación, la presentaba como a una mujer mundana. Luego de su sexy atrevimiento, no se quedó atrás y enredó sus sensuales piernas en el tronco del conductor, lamiéndole deseosa el cuello y la rubicunda oreja.
—¡GRACIAS, MAESTRO! ¡Le damos duro! ¡Somos los mejores! —profirió mi primo sin despegar su atisbo del excitante trasero de la fémina. Es por eso que estuvo cerca de desviarse a la derecha del asfalto e irse directo a resbalar en un estiércol de caballo.
—Chechelé, esa debe de ser la trampa del tío, uff. En definitivo que elegiría coger a ese sabroso rabazo envés de los de las mamacitas de la piscina… ¡Esa sí es una despampanante hembraza!
—¡Es una inmunda ramera, promoción! —opinó Cayo— ¡Un placer fugaz! Quizá jamás en su vida se enamoró, uff. Pero me tienta coger ese potazo, y en sólo ansiarlo me quedaría… ¿Entendiste?
—¡Eres un cabrón, promoción! —arguyó Chilampa—. ¡Tan rápido te dejaron de gustar las hembras!
—Mejor me quedo callado —increpó malhumorado mi primo—, debido que a ti te encantan las mujerzuelas y las cabezas huecas, que no piensan en hacer otras actividades más que en fornicar día y noche, uff. Para nada te gustan las chicas decentes que tienen la cortesía de dar un respiro a tu inflamada próstata… Y además te son fieles.
Transcurrieron treinta segundos y Cayo, eliminando tonos de frialdad, volvió a hablar:
—Yo me quedaré a comer un rato en frente de este muro. Te repito que tú decides si me acompañas o continúas tu marcha. Estuve pensando, si en el remoto caso de que llegaras antes que yo a la plaza de Armas —sonrió sarcásticamente y ambos se detuvieron—, siéntate en la vereda a esperarme y de ahí iremos a almorzar, como es debido, a la casa de «tú ya sabes quién».
—Yo también me quedo —dijo Chilampa—. Acabo de recordar que la plaza está a más distancia. La estadía en la piscina holgazaneó mi físico. Esta nueva calentura me jode el duplo que la primera.
Tal comentario trajo decepción a Cayo. La idea era que su amigo se adelantase y él le sobrepasase cuesta arriba. Hace montón de tiempo el ritmo de su avance al lado del novato era inferior a sus facultades de ciclista. Si hubiera salido solo, envés de ir por arriba, estaría retornando, por abajo, a rauda velocidad. Se preguntó mentalmente si había demostrado lo suficiente su poderío en el ciclismo, su inmunidad al cansancio y su resistencia a los fervientes rayos solares.
Posteriormente, los muchachos se tendieron bajo la sombra de un almendro, apoyados en su llano y frágil tallo. Transcurrían los últimos minutos de las once y el sol estaba por llegar al centro del cielo. La sombra de un muro de barro, puesto al otro extremo de la carretera, al derecho, se acortaba por la rectitud de los rayos. Esta rústica pared se alzaba pintada de blanco en el lado que daba al camino. En su superficie se leían sílabas sueltas; el sol y la humedad eran los responsables de la decoloración del escrito completo. De un ancho sendero que zigzagueaba cuesta abajo, a tres pies del muro, un forzudo anciano venía cargando varias unidades de pesadas y ásperas leñas. Lo sorprendente es que, éste veterano del campo, no sudaba en absoluto. La fuerza bruta de su cuello, sus hombros y espalda debían de ser considerables y reacias al dolor de la presión que reclinaban su postura.
—¡Ese tío si que jala duro, promoción! —dijo Chilampa—. Quisiera que me pasase algo de su energía.
—Apuesto a que el abuelo no tiene nada de abuelo —opinó mi primo—. Te colgaría en vilo de una de tus raquíticas piernas de palo y te arrojaría como un estropajo.
—Graciosito te crees —prorrumpió Chilampa—. Me dijiste que ibas a comer, ¿o qué?
—Ah, sí. Recuerdo que traje, aparte de mi almuerzo, unos cuantos guineos y tres mandarinas que....
—¿Mandarinas? —le detuvo Chilampa—. Eso si quiero probarlas porque me calmaran la sed más que el agua. Por qué no me lo dijiste antes.
—Pues ahora ya lo sabes, promoción. Ten, toma una —dijo mi primo extrayendo unas frutas de su mochila y entregando uno de los apetitosos cítricos a su amigo.
Una charla carente de diálogos inocentes se recargó entre atrevidas alusiones. Ambos jóvenes platicaron un tercio de hora acerca de mujeres, amoríos y sexo. Cayo paró la conversación dándose cuenta de lo extendida que se hacía. Durante ese periodo Chilampa chupó dos mandarinas hasta succionarlas todo el jugo y, sin fijarse en sus movimientos, se llevó a la boca cuatro guineos y se los tragó distraídamente. Por lo visto hablar de cosas excitantes le abrió el hambre.
—¿Estás listo, Chilampa? —le dijo autoritario Cayo—. Antes de que te agarren las ganas de fornicar con una bestia, mejor vayámonos.
—¡Exageras, hombre! Yo no acostumbro tus sucios e insanos vicios de zoofilia —dijo graciosamente; y, mudando el estilo de la conversación, continuó—. ¡Ajá! ¡Aguarda, Chechelé! Permíteme adivinar lo que ibas a proponerme: estabas planeando retarme otra vez a una veloz competencia y la meta sería la plaza de Armas de Lamas. Dime, ¿es así o me equivoco, promoción?
—¿Eres psíquico? —se sorprendió mi primo—. Como ya nos relajamos bastante, creí pertinente competir.
—Mis dotes de adivino están resurgiendo —dijo Chilampa—. Pero, para que la carrera sea justa, deberás darme ventaja… Y un deseo más: quiero dar unas vueltas en tu bici para comprobar que tan veloz es.
Se montó a la bicicleta. A un principio se sintió desequilibrado por la encumbrada posición del sillín y por la angostura de los neumáticos. Se reclinaba más que en la suya y debía mantener su cuello en un ángulo carente de comodidad. Luego bajó acelerando por el inclinado pavimento y, a unos sesenta metros, aplicó los frenos con suavidad. Enderezó su rumbo para arriba, hacia dónde le esperaba pacientemente mi primo. Llegó a él, y repitió el procedimiento dos veces más. Y, antes de querer detener en seco sus raudas pedaleadas, a centímetros de Cayo, se le resbaló un pie del pedal de aluminio, haciendo girar el radio completo de la catalina. Se había parado súbitamente cuando el accesorio chocó en su pierna, para ser preciso, en la parte delantera de su tibia. El sonido fue semejante al golpe de la base de un cucharón en una mesa de madera pulida.
—¡AAAHHH! —gritó a pleno pulmón—. ¡AYAYAY! ¡MIERDA…! ¡Mi pierna, me duele!
Mi primo soltó severas carcajadas ante el estúpido descuido de su amigo. En contadas veces a él le pasó lo mismo, pero ahora se esmeraba en ser delicado y rudo a la vez cuando pedaleaba. Adoptaba un estilo casi de profesional en cada uno de sus movimientos ciclísticos.
—¡Ja…! ¡Qué descuidado eres! —dijo Cayo, y viendo que su compañero no paraba de gimotear, continuó—. ¡Deja de exagerar! Yo también tuve ese incidente y jamás me quejé de esa manera.
Momento después, Chilampa informó de su estado físico. Cayo hubo fulminado su última risa.
—Sinceramente, el dolor se me va esfumando. Sólo fue pasajero, sin embargo, mi canilla se amorató y se nota un rasguño que me arde en instantes. El pedal de plástico de mi bici nunca me dejó secuelas igual a estas, ¡maldición!
—¿Recuerdas que te dije que ni en tus sueños estarás a cincuenta metros delante de mí?— preguntó Cayo, y reanudó—. Adelántate cuarenta y nueve metros, que yo iré tras de ti, primero lento y luego a velocidad de vértigo. El viento que dejo te derribará de tu bici.
—Dame un respiro hasta que deje de fregarme el dolor en mi canilla —le rogó su amigo.
Cumplido ese periodo Chilampa montó su bicicleta y emprendió su pedaleada. Cuando se ubicaba a la distancia de un tiro de piedra mi primo lo siguió parsimoniosamente y seguro de sí. Luego oyó que alguien le llamaba. “Esa voz me suena familiar. Debe ser mi imaginación”, pensó, e hizo caso omiso.

Totolín se llevó una gran sorpresa cuando observó el pequeño pilar del kilómetro ocho. Se acordó que la subida consistía de diez kilómetros y algunos metros. Por fin comprendió lo que le dijo la chica del centro turístico: Estarán por llegar a Lamas. Él pensaba que la joven se había equivocado. Ahora suponía que sus dos amigos se tomaron un descanso. “¡Maldita sea, tendré que subir!… Me recuperé poco”, pensó con una chispa de aflicción.
Lo reconfortante le trajo una brisa que modulaba la temperatura de los terribles rayos solares. La sombra de los árboles duró por un corto lapso. A su derecha, unos niños correteaban trastabillando frente a la garita de control. Pronto las corrientes de aire azotaron a sumada potencia y nuestro amigo se alivió por la dádiva que le entregaba la naturaleza. En el tambo, dónde Cayo y Chilampa vieron a las lamistas, no descansaba individuo alguno. Se agitaba en un grado inferior que en anteriores ocasiones, pues el ángulo de inclinación de la carretera era más acortado. Le tentó posarse en el extremo izquierdo del asfalto y observar el panorama. Una hora antes ni se le pasó por la mente esta idea y tampoco las condiciones se lo permitían. El paisaje de su costado sí valía la pena apreciarlo y sería una falta de educación negar un regalo de la madre naturaleza.
Perdido en sus cavilaciones, pasó por el puesto del vendedor de piñas. Tuvo suerte de eludir un susto. El comerciante se mantenía ocupado en otros quehaceres detrás de su puesto de venta y no gritó mientras pasaba nuestro amigo. Iba lento, a ritmo de caminante, y es por eso que su ritmo cardíaco superaba apenas lo normal. Nuevamente sus poros rezumaron de sudor. De rato en rato le hincaban dolores musculares. Alzó la cabeza para inhalar una bocanada de oxígeno puro y su mirada se clavó en la residencia en construcción. La comodidad de sus instalaciones abrió más su deseo de tomar un receso y observar el paisaje. “En el extremo de esa curva, me detendré”, pensó ansioso. Y, faltando diez metros para alcanzar su objetivo, el ruido chirriante de la cadena de su bicicleta retornó sin previo aviso. Era igual de débil que antes. “Espero que se mantenga en ese volumen el sonido que produce la cadena de mi bici, sino llamaré demasiado la atención”, se preocupó.
No se molestó en buscar la sombra de un árbol. Entre uno y dos minutos bastó para que dé al horizonte un barrido total con la mirada. Cuando quiso volver a pedalear se percató de que su bicicleta se resbalaba por la agreste y polvorienta hondonada. La asió instintivamente de la llanta trasera y logró subirla a tiempo. De esa manera aprendió que, en la próxima, tendería a su vehículo lejos del borde de un barranco. Durante ese receso había bebido un cuarto de litro de agua y regular cantidad se la vertió en la cabeza.
El sol arreciaba, tostando la piel de nuestro amigo, pero aún así, sintió que la temperatura había disminuido un mínimo de dos grados centígrados. Pronto pasó por el pilar del kilómetro nueve y, de «casualidad», atisbó hacia arriba, en dónde la carretera seguía serpenteando. Su visión, tal vez, le jugaba una broma. La silueta de una persona montada en bicicleta comenzaba a pedalear, y más arriba, hasta donde su límite ocular le permitía, otra silueta se recortaba por la distorsión que generaba el calor. Tenían que ser Cayo y Chilampa. A sus perfiles, a pesar de la distancia, podía distinguirlos a la perfección sin la necesidad de usar binoculares. “¿Qué…? ¿Un espejismo…? Puede ser… Ya no sé que pensar… Qué pierdo llamándolos”. Gritó enseguida sin estar seguro de que le escucharían, en especial el de más arriba, que ya doblaba una curva.
—¡Chechelé! ¡Chilampa! ¡Chechelé! ¡Oigan, los dos! ¡Miren para tras! ¡Oigan, promociones! ¡Soy Toto…!
No obtuvo respuesta. Envés de eso le dio una ligera comezón en la garganta a causa de la potencia de su grito, pero se puso contento por descubrir que sus amigos le aventajaron pocos metros. Recordó la fábula de la liebre y la tortuga, donde la primera se confía mucho de sus habilidades y descansa continua y excesivamente durante su carrera con el lento quelonio. Mentalmente no estaba en la carretera. Se deleitó en lo profundo de sus pensamientos más deseosos: “Algo me dice que estos dos se tomaron una larga siesta recostados en las hamacas del recreo turístico y desecharon la posibilidad de que cumpliría mi trayecto. Viendo la ventaja que poseen me resulta descabellado sobrepasarlos. La única opción es que se detengan de nuevo y yo les pase cautelosamente sin que se den cuenta… Les daría la sorpresa de su vida cuando me encuentren sentado en uno de los bancos de la plaza de Lamas”.
Iba aún absorto en sus pensamientos, cuando, de pronto, casi se le sale el corazón por la boca. Estuvo apunto de estrellarse con un auto que venía en sentido opuesto. El costado izquierdo del timón de su bicicleta sufrió una ralladura debido a la somera fricción con el vehículo. El conductor siguió de frente, importándole un comino la salud de Totolín. Y aunque el cansancio de nuestro amigo continuaba en aumento, desde que salió del centro turístico, sus reflejos funcionaron a la perfección. Una rauda maniobra lo salvó de salir volando por los aires y de padecer un revolcón incontrolable. De no haber hecho su ágil movimiento, hubiese aterrizado muerto o mal herido al fondo de la hondonada. Además de eso evitó caerse de bruces sobre el sólido y caliente asfalto, ya que, increíblemente, logró mantenerse estable, disminuyendo el tambaleo de su vehículo y deteniéndose por completo en un terreno yermo al costado izquierdo de la carretera.
Totolín vio que su vida entera corría por su mente, desde su nacimiento hasta el instante presente. Su corazón se negaba a mermar el ritmo de sus presurosos latidos y sus orificios nasales se expandían incesantes a los costados para respirar más aire, ya que por su boca no le bastaba. De un momento a otro le agarraron unas irrefrenables náuseas, y, un momento después, vomitó el agua que bebió metros abajo sobre la estéril tierra arcillosa. Luego su garganta se resecó, provocándole un molesto ardor en las amígdalas. Se reprochó a sí mismo a circunstancia de su descuido y maldijo la hora en que empezó a soñar con eso de llegar antes que sus amigos a Lamas. Resultó exhausto, además de nervioso. Como si acabara de colmarse de voltios, sus sudorosas manos no paraban de temblar. De modo idéntico ocurrían con sus brazos, piernas y pies. “¡Eso estuvo cerca!... Me olvidaba que hasta los siete años me orinaba a cada rato en los pantalones, y ahora, casi rememoro ese humillante acontecimiento… ¡Qué vergüenza si alguien se enterara!”, se decepcionó. Y para consolarse, se dijo: “Pero si sólo vomité, jamás me meé”.
Luego del incidente buscó la sombra de un árbol. La encontró a veinte metros arriba, dónde el terreno excavado concluía. Se arrellanó en el pasto, al pie del nudoso tronco de una huaba, e hizo gárgaras con el objetivo de que la resequedad de su garganta se anulara. Miraba sin ver en dirección a la carretera. Una semana atrás ni la más extravagante y loca de sus fantasías aventureras coincidió con la cruda realidad que se iba desencadenando. “Dios mío, líbrame de esto”. Se golpeó intencionalmente la parte trasera de su cabeza en el tronco de la huaba, una y otra vez. Seguía en ese desquiciado plan de castigo a su propia integridad física y no tardó en decirse a sí mismo:
—Maldición, maldición. ¿En qué mierda estaba pensando cuando decidí formar parte de esta atrocidad? ¿Dónde demonios tenía puesta la cabeza cuando acepté la propuesta de ese loco de Chechelé…? ¡Qué Dios escuche mi suplicio y ojalá aún sigua sin despertar de una larga pesadilla!

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