A bordo de un miniván, a través de una ventanilla entreabierta, una fresca corriente de aire ventilaba mi enjuto rostro. Hace como cinco minutos que el vehículo había cruzado el puente más largo del Perú. De Oeste a Este, la estructura de acero construida sobre el río Aguaytía, medía, orgullosamente, seiscientos metros de diámetro. Ahora, el paisaje a ambos lados de la Federico Basadre, la carretera por la cual viajaba, se había tornado mucho más uniforme y menos denso, con una vegetación casi al ras de la vía.
PUENTE DE AGUAYTÍA. Fecha de la toma: 24-06-2014
A lo lejos, hacia el horizonte, no pude distinguir ninguna clase de elevación de tierra, ningún tipo de colina ni nada por el estilo. El paisaje no se parecía en nada a lo que había visto antes. Me encontraba en la selva, claro; pero esto no se asemejaba ni una pizca a lo que estaba habituado a observar. Lo raro para mí es que los cerros brillaban por su ausencia. Pues, en este departamento del Perú, los cerros no formaban parte del cuadro. Ucayali es una región, en su mayoría, plana, sobre todo en la provincia de Coronel Portillo, una de las cuatro que lo conforman, siendo las demás: Padre Abad, Atalaya y Purús.
Restaba poco para pasar de Padre Abad a Coronel Portillo. Tal vez entre cuarenta y cincuenta kilómetros y alrededor de la 1:15 p.m. Corría el 14 de Setiembre del año 2012. Un viernes con un cielo veteado de nubes blanco humo, que a veces se aligeraban para descubrir el celeste, pero no lo suficiente para apreciar completamente al Sol, pese a estar en su ángulo más alto. No sentía calor. Quizás porque casi no había ingerido alimentos durante los últimos siete días, o porque realmente la temperatura era moderada. Al fin y al cabo, en la selva, en ocasiones, se disfrutaba de un tiempo reconfortante.
FACHADA DEL CAMPUS DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE UCAYALI. Fecha de la toma: Fines del 2013
Mi equipaje era tan pobre como mi billetera, pero no tanto como hace cuatro horas. De no ser por los seiscientos nuevos soles que retiré del banco, dinero girado por mis padres desde Tarapoto hacia Tingo María, ciudad de la que partí en la mañana, estaría mucho más escaso de pertenencias y economía. En Tingo María, compré una mochila, unas bermudas, un rompeviento y un polo, aparte de provisiones para el viaje; por lo que me quedé con algo menos de cuatrocientos nuevos soles. Eso, y la ropa que llevaba encima, era lo único que tenía en la vida desde ese momento. Así que, encontrar trabajo y un techo donde vivir, se convertirían en mis principales objetivos una vez que arribe a Pucallpa.
Recuerdo que antes de que mis viejos me salvaran con el aporte monetario, apenas ocho nuevos soles me alumbraban. Como decimos en Perú: “Estaba al borde…”. Es decir, para completar la frase: “Estaba al borde de la prostitución”. Un dicho popular con un significado más que obvio.
Durante la próxima media hora, me atraganté con un tercio de las viandas que cargaba en la mochila sobre mi regazo. Bebí sólo medio litro de jugo para que no me ganaran las ganas de miccionar antes de que el miniván llegara a su destino… mi destino.
…El caserío de Huipoca, el centro poblado de San Alejandro, los distritos de Von Humboldt y Neshuya se fueron quedando atrás en un abrir y cerrar de ojos. La naturaleza a los lados del asfalto seguía sin cambios notables, a excepción de que, cada cierta distancia, hectáreas de cultivo de palma aceitera se extendían hasta donde alcanzaba mi vista. En lo personal, el olor de esta oleaginosa nunca ha sido de mi agrado. Pero mi olfato no se libró hasta que cruzamos el pueblo de Neshuya, puesto que, por un buen tramo de éste, a contados metros de la carretera, la fetidez de estiércol de cerdo gobernaba todo el ambiente; ya sea que afectaba a transeúntes o a gente a bordo de vehículos, los criaderos de estos animales expelían un hedor penetrante.
Campo Verde, otro distrito, conformaba una pequeña población a la derecha e izquierda de la Federico Basadre, tal y como las anteriores pero un tanto más grande. La carretera se mantuvo más recta, con curvas poco pronunciadas. El número de viviendas se fue intensificando, igual que la cantidad de recreos turísticos y fábricas. Pregunté a otro pasajero que cuánto faltaba para llegar a Pucallpa. Me respondió que “ya casi estamos ahí”.
La urbe se fue formando a medida que avanzábamos. Estaciones de combustible, restaurantes, asentamientos humanos, canchas deportivas, iban apareciendo ya no por tramos, sino continuamente. A diestra de la vía, surgieron ante mí el campus de la Universidad Nacional de Ucayali y las instalaciones del Instituto Superior Tecnológico Público Suiza. Un kilómetro siguiendo por la misma ruta, ahora ya llamada Avenida Centenario, vi a través y sobre la carretera un cartel que rezaba: “BIENVENIDOS A PUCALLPA”. Consulté mi celular, el reloj marcaba doce minutos antes de las tres de la tarde. Esa era la hora exacta. Soy amante de la minuciosidad. Mi entrada a la Ciudad de la Tierra Colorada, se dio el viernes, 14 de Setiembre del 2012 a las 02:48 p.m. UTC/GMT -5 horas. Desde ese preciso instante, Pucallpa se iría irremediablemente transformando en mi nuevo hogar, a duras penas, pero se convertiría en mi nueva ciudad, hasta el punto de sentirme tanto ucayalino como sanmartinense. Tuvo que pasar un lustro para que este sentimiento aflorara en mí.
ESTATUA DEL "PLATANERO" O "CHACARERO", ENTRADA A PUCALLPA, CARRETERA FEDERICO BASADRE KM. 5.000. Fecha de la toma: 01-12-13
Mi impresión fue inmediata tras pasar debajo del letrero de bienvenida, pues lo primero con que chocó mi vista fue con un campesino de ocho metros de altura. Era una estatua de piedra o concreto, figura representativa del hombre del campo, del nativo de Ucayali. Ambos brazos, levantados, sujetaban herramientas de la chacra; de la derecha, una pala, y de la izquierda, un machete. De la frente, se ceñía un cinto del que colgaba un racimo de plátanos. Un pantalón que le cubría hasta las pantorrillas era la única prenda que mudaba. La musculatura era del típico trabajador de la tierra y mantenía la mirada fija hacia el poniente. Algunos le decían “El Platanero” y otros “El Chacarero”.
No sé. Pero al escribir estas líneas recordé a la estatua del leñador Paul Bunyan, descrita en el libro “IT”, de Stephen King, y que en realidad existe en Bangor, Maine, Estados Unidos. En el momento de ver al “Platanero” por primera vez, aún no había leído esta famosa novela de terror, por lo que no pude compararla con nada similar. Ahora sé que es muy característico en ciertos pueblos o urbes, esculpir o tallar la figura de un personaje que simbolice la historia o costumbres de éstos.
“El Chacarero” se erige en el kilómetro cinco de la Avenida Centenario, justo en frente del Cementerio General de Pucallpa, sobre el final de un camellón rodeado de barandas. Al ir ingresando en el barullo, noté que el tráfico era el doble que de Tarapoto, y es que la Ciudad de la Tierra Colorada, supera en creces a la Ciudad de las Palmeras, en cuanto a extensión y comercio, sin embargo, no en turismo, cosa que comprobaría en el transcurso de los meses.
El conductor del miniván demostró ser muy ágil. Llegamos al paradero en cinco minutos. La estación terrestre en cuestión se localizaba (localiza), en la misma Avenida Centenario a media cuadra de la Avenida Sáenz Peña, cerca al óvalo que se cruza con el Jirón 7 de Junio. Fueron las 02:54 p.m. cuando, al fin, por vez primera, pude pisar tierras pucallpinas. Observé el cielo por un instante y luego bajé la cabeza y concentré la mirada en mi alrededor. Inhalé y exhalé. Súbitamente, recordé aquella frase, aquellas palabras que me dijo el tingalés: “Ve a Pucallpa, joven. Allá está tu futuro. Serás grande”. Le creí. Pues, está acertando. Y eso hace que no me detenga. De hecho, no pienso que exista la casualidad; en cambio, sí la causalidad: el fenómeno de la causa y el efecto.
ÓVALO DE LA AVENIDA SÁENZ PEÑA. Fecha de la toma: 13-04-14
En ese entonces, conocía a Pucallpa tanto como a Júpiter. Nulo era mi calificativo. Más perdido que huevo en ceviche, o Adán en el Día de la Madre. Pero, como expuse, así era antes de esa fecha. Actualmente se podría decir que conozco sus calles como la palma de mi mano, además de saber algo de su historia. Datos como que, al comienzo, la ciudad ocupó la parte oriental hasta la Avenida Sáenz Peña y el Jirón 7 de junio. Más adelante, creció hacia el oriente de ésta y, luego, también hacia el sureste. Durante la década de los 80’s y 90’s, surgieron las invasiones, que se asentaron en las zonas rurales menos desarrolladas, muy alejadas de lo que hoy es el centro de la ciudad. Había varios asentamientos humanos, como San Fernando, que pronto se convirtió en distrito, adoptando el nombre de Manantay, adyacente al distrito de Callería, este último que no viene a ser otro en donde está la zona más urbanizada (centro de la ciudad), en la cual yace la plaza de Armas y el Estadio Municipal.
El clima es básicamente tropical. La temperatura es cálida casi todo el año, con un promedio de 26 °C, con altas que pueden llegar a los 41 °C en los días más calurosos. Pero sobre esto trataré en tanto siga narrando.
El sol de esa tarde no significaba una amenaza, ya que las nubes no dejaban de cubrir el cielo. “Mentira es lo que decían de Pucallpa, que hace más calor que en Tarapoto”, mascullé mientras emprendí mi caminata de exploración. Con el pasar de los días descubriría que estaba en un error.
Antes de descender del vehículo, pregunté por “dónde debo ir para llegar al centro de la ciudad”. Presto, el chofer, que acababa de apagar el motor, me indicó que doblara a la derecha una vez estuviera a la altura del óvalo. Hurgué los dedos en los oídos después de dar un prolongado bostezo, costumbres que siempre practicaba tras un viaje de un mínimo de tres horas en cualquier vehículo. El contenido de mi mochila pesaba como un recién nacido promedio, así que caminaba con ligereza, pero sólo por unos pocos segundos, porque creí más prudente observar con detenimiento cada detalle de las calles.
En el óvalo, ya en el centro de éste, me debatí entre si tomar la ruta que me indicó el conductor, o seguir por la calle de frente. Ahí es donde nacía la Avenida Centenario hacia mis espaldas y la Avenida Sáenz Peña hacia delante. Mi decisión fue continuar derecho y, luego de recorrer unas cuantas cuadras, dar media vuelta, y regresar a donde me detuve, para posteriormente marchar hacia el centro por el Jirón 7 de Junio. Dispuse que era lo más conveniente si no quería perderme, y para de esta manera, aprovechar en conocer la ciudad por cuenta propia. Ignoraba cuán grande era Pucallpa. Seguía creyendo que Iquitos la superaba en extensión. ¡Vaya que confiado fui! Mi error, a un principio, ha sido subestimar a la Tierra Colorada. Creer que acá reinaba la paz en todas sus calles. El tráfico de la arteria principal fue un aviso, hecho que no bastó para quitarme el velo. Paso a paso iría conociendo más a la bullida Pucallpa, en verdad, iría conociendo más la otra cara de la vida, su sabor amargo, ése, que casi nunca he probado, a excepción de las últimas dos semanas.
ESTATUA DEL LEÓN EN EL ÓVALO SÁENZ PEÑA. Fecha de la toma: 13-04-14
Otra estatua se puso en medio de mi camino. Esta era mucho más pequeña que la del “Platanero”: Un león amarillo dorado, lanzando un rugido al cielo. No es la gran cosa. Pertenece a la de un club internacional, originario de Chicago, Illinois, Estados Unidos, Lions International, el popularísimo, Club de Leones. En Pucallpa y Tarapoto también tienen su sede; ¡y qué locaciones estratégicas para promocionarse! El óvalo de la Sáenz Peña, así como la plaza de Armas, los puertos, la Avenida Arborización (Alamedas), entre otros, son sitios que toda persona que vive o haya estado en Pucallpa, conoce por obligación. En mi caso, no transcurrirían ni cuarenta y ocho horas de mi permanencia en esta ciudad para que terminara de visitar cada uno de esos lugares.

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