Ya eran casi las cuatro de la tarde. Frente al Banco de la Nación, a media cuadra de la plaza de Armas de Pucallpa, pegado sobre un poste de luz, encontré una segunda alternativa de empleo. Sólo había andado cincuenta metros, y ahí estaba: “Gane hasta 400 nuevos soles semanales”. Otro letrero, claro. Y, en caracteres reducidos, continuaba debajo, indicando el nombre del empleador y el número de móvil para contactarse. Lo agregué en la agenda de mi celular. Lo primordial —pensé— antes de asegurarme con un trabajo, debía hacerlo con un techo. Contaba con dos opciones de lo primero. Me empeñaría en buscar otra más, y, paralelamente, mientras caminara por las calles, mi objetivo sería localizar un ambiente para establecerme, uno definitivo. Partí a Pucallpa con esa convicción. Así me dije. Y de lo que estuve caminando a ritmo acompasado, aceleré el paso y agucé la vista hacia cada muro, poste, puerta y fachada que se cruzase ante mí.
ÁREAS VERDES EN LA PLAZA DE ARMAS DE PUCALLPA (UCAYALI - PERÚ). Fecha de la toma: 13-04-2014
Otra vez, estuve en la plaza, pero sólo en una esquina. Doblé a la izquierda y avancé por el jirón Sucre. La tarde se había vuelto más nublada. Al parecer no brillaría el sol hasta el día siguiente, siempre y cuando las nubes se esfumaran del cielo y toda amenaza de tormenta se trasladara hacia otra ciudad o pueblo.
Dos cuadras, a poco de llegar a una esquina, leí una inscripción sobre un triplay asido a un portón de metal: “SE ALQUILA HABITACIONES”. Sin más, toqué con una moneda para provocar más ruido. Dos minutos y no había respuesta. Insistí. Nada. Cuando ya estaba por seguir mi camino, una anciana con más arrugas que un guindón mojado, abrió para atenderme. Me dijo que tenía cuartos desde S/. 200.00. Le pregunté que “por si acaso tenía uno de 100 o 150 soles”. Me respondió con un rotundo “No”. Y soltando un sutil “Gracias”, me retiré.
Anduve —siempre con el mapa en mano—, girando en la mayoría de las esquinas, pero tratando de mantenerme en el perímetro del centro de la ciudad. Las habitaciones en alquiler que encontraba no se acomodaban a mi presupuesto. Debía de gastar al mínimo y ahorrar al máximo. Las otras alternativas de empleo con que me topé, ya casi a la cinco de la tarde, fueron similares a la última: En una prometían el mismo sueldo y la otra era para trabajar promocionando la marca Perú. Volví a apuntar los números de teléfono. Al día siguiente me ocuparía de asistir a las entrevistas. Por ahora, mi más grande preocupación era instalarme en una habitación acorde a mi bolsillo. Me bastaba con tener una cama y un techo en donde pasar las noches. Me rehusé a contar con cualquier tipo de lujo o vanidad. Alejarme del centro era tal vez la mejor opción; y esperaba no hacerlo demasiado, porque no me sentiría tan seguro. Ser víctima de un asalto se había convertido en mi peor temor.
ATARDECER EN LA PLAZA DE ARMAS DE PUCALLPA (UCAYALI - PERÚ). Fecha de la toma: 01-12-2013
Crucé de nuevo la plaza de Armas. Me detuve un rato a pensar entre la intersección del jirón Independencia con Tarapacá. Pronto oscurecería. Algunos postes de la calle ya estaban encendidos. Hospedarme en un hotel descendería mi presupuesto sobremanera. “Tiene que haber uno barato. Un cuarto simple”, me dije y reanudé mi marcha. Sólo avancé dos cuadras y volví a detenerme en una esquina cerca de un tacho de basura. Sentí hambre otra vez, pero no revolví en el interior de mi mochila porque vi a un ambulante en la vereda de en frente. Le compré dos papas rellenas untadas con un poco de mayonesa. Las devoré al vuelo y eché los grasientos papeles que la envolvían en el tacho. Eso fue en el jirón Inmaculada cruce con la primera cuadra de Independencia. Seguí, y la calle pasó de llamarse Independencia a jirón Adolfo Morey. Oscureció rápidamente, pues en los días nublados era claro que eso sucediera. Pregunté a muchos transeúntes dónde alquilaban cuarto a bajo precio. “Sigue andando joven. Más ‘allacito’ hay. A la vueltita, ‘batería’’”, me decían. Por la calle por donde iba, giraba a la derecha y luego retrocedía; otra vez en la misma, giraba a la izquierda y hacía lo mismo. Aparte de eso, di la vuelta como a cuatro manzanas. Ninguna “casa quinta” me convenció para poder establecerme en ella. Corrían más de las siete de la noche. Justo a las 7:15 p.m., aunque no recuerdo muy bien, pregunté a una señora sentada afuera de su vivienda “dónde podría haber habitaciones económicas”. La mujer apuntó a una casa que estaba a sólo dos más allá de la de ella. “Ahí”, me dijo. “Siempre hay cuartos vacíos”. Le agradecí y, a pasos estirados, me dirigí al sitio indicado.
CALLE DE PUCALLPA, UCAYALI - PERÚ. Fecha de la toma: 11-11-2012
El piso de la entrada era completamente de cemento. En medio, rodeado por un cerco de ladrillos, el tallo de un almendro se erguía hasta la altura del techo de la casa, formando así una copa abierta que hacía de sombra en la mayoría de la zona. Dos puertas permitían el ingreso. La de la izquierda, estaba entreabierta y escuché el televisor prendido y gente que conversaba detrás. La de la derecha, estaba cerrada y casi en penumbras. Pude notar que un angosto pasillo se extendía hasta acabar en lo que parecía ser un pequeño patio. No había indicios de gente o tal vez en ese momento no pude escuchar a nadie por ese lado, porque al volumen del televisor lo pusieron muy alto y eso opacaba cualquier sonido en las cercanías. Era evidente que la puerta con el pasillo detrás la utilizaban los inquilinos para entrar a sus habitaciones al fondo, de modo que tenía que tocar la de la izquierda, en donde, de hecho, vivían los propietarios.
Tras escuchar que bajaban el volumen, un señor, de cincuenta años más o menos, abrió la ventana de vidrio de al lado. Me vio y preguntó qué deseaba. Lo saludé e hice saber mi necesidad en voz alta. Pidió que esperase un momento. Abrió la puerta y detrás venía la que parecía ser su esposa. No me había equivocado. En efecto era su esposa, puesto que luego de revelarme que había habitaciones disponibles, escuché que le llamaba de “amor”. Dejé que hicieran lo suyo, porque desde que me dijeron el precio, ciento veinte nuevos soles, acepté que me mostraran el ambiente. Mientras ingresamos, prendieron las luces; hasta que pasamos por el patio y observé entre cuatro y cinco cuartos a la izquierda, en los que, obviamente, había inquilinos viviendo en éstos; los focos encendidos, el sonido de televisores o radios, y las voces que se oían dentro, fueron prueba irrefutable de ello. Más al fondo hubo dos servicios higiénicos y dos lavatorios. Otro pasillo, también estrecho, seguía hasta el final de la quinta. Una de las puertas de una habitación estaba abierta y dentro un joven merendaba mientras veía televisión. Me observó fugazmente. Los propietarios no se pararon hasta llegar a las últimas dos habitaciones, una frente a otra. “Puedes usar este”, dijo la señora, abriendo con una llave la puerta de la derecha. “El pago es por adelantado. Un mes”, aclaró. Tuvo el dinero en sus manos en menos de lo que canta un gallo. Quiso saber por el resto de mis cosas. Algo avergonzado, le dije que lo que veía en mis hombros consistía la totalidad de mi equipaje. Les expliqué que no se preocuparan por recibir la mensualidad de forma puntual; “ya desde mañana empezaría a trabajar en un local del centro”, les miré a ambos a los ojos para abrir la confianza, “el año que viene pienso viajar a Brasil”, hasta me atreví a acotar.
INTERSECCIONES DE CALLES EN PUCALLPA, UCAYALI - PERÚ. Fecha de la toma: 08-11-2012
Así es como terminé instalándome en la quinta de la señora Julia y el señor Tercero. Seis metros cuadrados serían desde ese momento mi nuevo hábitat. Un camastro, una mesa y una silla era todo lo que yacía en esa pequeña habitación del fondo. “Qué más podría pedir”. Con eso me bastaba, por ahora. El hecho de compartir los servicios higiénicos no me gustaba mucho, pero también tendría que acostumbrarme a eso. Llevarme bien con todos los vecinos se había convertido en mi nuevo reto. Desde ya, la señora Julia y el señor Tercero sabían que procedía de Tarapoto, la Ciudad de las Palmeras. Parecían buenas personas. Notaron mi necesidad, así que llamaron a un tal Daniel, otro de sus inquilinos, que resultó ser el mismo joven que vi al pasar por el corredor. Conversaron entre oídos mientras el quien escribe se quitaba las zapatillas para ponerse las sandalias. Después, el tipo se presentó y me invitó a comer lo que cocinó en su habitación. La edad de Daniel quizá era igual que la mía. Jamás se lo pregunté, pero sí sobre su ciudad de origen y a qué se dedicaba. Dijo ser de Iquitos y que su trabajo se basaba en cultivar plantas tropicales en un vivero. No supe dónde aprendió a cocinar tan bien. El tacu-tacu, que ávidamente engullí, estuvo delicioso, así como la avena Quaker que bebí entre soplidos. Primer día en Pucallpa, y ya me invitaban a comer. Buenos samaritanos siempre habrá.
CALLE EN PUCALLPA, UCAYALI - PERÚ. Fecha de la toma: 08-11-2012
Tras darme una revitalizante ducha, me puse a conversar con mis padres y amigos de Tarapoto por celular. A eso de las once de la noche, me sentí cansado, los párpados me vencían, no dejándome más elección que echarme a dormir. Mi lecho, algo duro, fue terapéutico para mi espalda. No contaba con almohadas ni cobijas, sólo una sábana cubría mi rígido colchón. Con eso me conformé. ¿Qué más se podría desear con una habitación de S/. 4.00 al día? Dependía ya de mí proveerme de todas las comodidades posibles que cabrían en un espacio tan reducido como éste. ¿Hasta cuándo viviría en esta quinta? No lo sabía. ¿Qué riesgos corría al vivir en un lugar así? Tampoco lo sabía. Lo iría descubriendo con el pasar del tiempo. Y por razones de respeto que aún tengo hacia los propietarios, no develaré la dirección de la casa. Las fotos de las calles (de la 3° a la 5°) que ven entre párrafos son meramente referenciales. En ninguna muestro dicha vivienda, aunque ésta se encuentra por allí cerca. Más adelante, en un post especial, explicaré sobre los pros y los contras de arrendar un cuarto de bajo precio. Una nueva experiencia estaría por empezar. Cerré los ojos; hice un flashback mental de lo ocurrido desde mi llegada a Pucallpa hasta quedarme dormido, lo que tardó muy poco… Y de esta manera finalizó aquel 14 de Setiembre del 2012. El primer día del resto de mi vida.
FIN
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Y con esto concluyo la historia sobre mi llegada a Pucallpa. Lo que ocurrió a continuación lo iré narrando a modo de anécdota en los siguientes posts. De la Tierra Colorada, así como de la Ciudad de las Palmeras, Tarapoto, hay mucho que contar. Es para tomarse varios minutos al día en rememorar y posteriormente relatar los sucesos. Ocho mil palabras recién fueron suficientes para que UN DÍA, UN SOLO DÍA, pueda ser narrado decentemente. Sin embargo, las publicaciones que leerán de ahora en adelante, más que narrativas, serán explicativas y de consulta, de carácter informativo y/o referencial, en lo principal, para la gente extranjera en busca de explorar sitios nuevos o para mis propios compatriotas fervorosos de conocer más su país; asimismo, ya cuando traspase las fronteras de mi nación, este blog le será útil o de ayuda a todo aquel que comparta el mismo espíritu aventurero que éste, su fiel servidor. Dedicado, además, a todos los que tengan sed de querer saber más, los que se esfuerzan por descubrir la verdad o el origen de algún hecho o fenómeno, o, tal vez, simplemente, es para esos cibernautas que ambicionen el alimento del conocimiento.
Únete a las aventuras de Me Escapé de Casa. Sé parte de este blog. Yo, Jorge El Caminante, estaré dispuesto a responder sus dudas en lo que me sea posible. Y no se olviden que “el mundo se conoce mejor caminando”. ¡Sí amigos y amigas! ¡Llena tu mochila y rompe la rutina! ¡Sal a conocer el mundo! ¡Escápense de casa!

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