22 julio 2021

Publicado julio 22, 2021 por con 0 comentarios

La Catarata el Velo de la Novia y sus Misterios (Turismo cerca de Pucallpa, Perú) - Parte 3 (Final)

 

Catarata Velo de la Novia, Aguaytía, Ucayali, Perú (Jorge Rodríguez)

El recreo turístico de la catarata el Velo dela Novia se fue vaciando de gente. Volví a bajar a la orilla del río Aguaytía, pero esta vez más lejos de la caída de agua, tratando de que nadie me viera. En algunas piedras el invasivo musgo las hacía imposible pisarlas, por lo que tuve que ingeniármelas un camino. Girando la cabeza constantemente con temor a que me pillasen, no demoré en alcanzar la pedregosa playa.

Nota: Retomo la narración de esta aventura luego de dos años de publicada la Parte 2 en este blog. Ahora ésta (la Parte 3), como dije en su momento, será la última. Sin embargo, la fecha de los hechos data de hace más de siete años.

Catarata Velo de la Novia, Aguaytía, Padre Abad, Perú

Rápidamente, me alejé del restaurante, y en tres minutos, a medio trote pese a los guijarros y el barro, estaba a casi trescientos metros. Todavía era visible desde esa distancia. Desde el balcón, cualquier trabajador o encargado del centro se daría cuenta de una fogata o una carpa. De modo que, seguí andando doscientos metros más hasta encontrar una curva, donde el risco y la vegetación me cubrían de posibles testigos. El área resultaba perfecta para levantar un campamento, debido a la arena limpia y libre de piedrecillas o rocas. “Aquí nadie me molestará”, pensé, ¿o dije? No recuerdo bien. Es que siempre suelo pensar en voz alta.

Catarata Velo de la Novia, Aguaytía, Padre Abad (Jorge Rodríguez)

Antes de armar mi carpa, me apuré en la búsqueda de material para encender fuego. Amontoné las ramas, troncos y hojas secas en medio de la arena, que felizmente no estaba húmeda; ya no lloviznaba. Después las acomodé, y cuando terminé pospuse un momento la prendida, para tender la carpa, mejor dicho, para intentar armarla, ya que era la primera vez que la usaría desde que la compré un mes atrás. Cuando, a duras penas, cumplí mi objetivo, la oscuridad se había cernido en el boquerón del Padre Abad. Los últimos haces de luces se repartían débilmente por todo el cañón, ayudando apenas a distinguir a cien metros río arriba y río abajo.

Curso de agua de la Catarata Velo de la Novia, Aguaytía
Usando la linterna de mi celular, busqué una cajita de fósforos en mi mochila. Lo hice rápido. De inmediato, me puse en cuclillas para prender la fogata. Chasqué un cerillo, pero, ni bien la chispa se volvió una pequeña flama, un viento pasó y la apagó a pesar de haberla cubierto con una mano. Lo intenté de nuevo, ahora casi al ras de la arena. Otra corriente de aire, con algo más de fuerza, extinguió la segunda llamita e hizo volar mi sombrero. Proferí una grosería. —La tercera es la vencida —dije tras haber recogido mi prenda y guardarla en la carpa. Pero, antes de siquiera sacar otro palito, un violento viento sopló por el cañón y no calmó, haciendo muy difícil mi labor. Fallé por tercera, cuarta y enésima vez. Me rendí. Esperé a que se aplacara el tiempo y seguí orientándome con la luz de mi móvil. El frío comenzó a ponerme la piel de gallina, así que me coloqué la casaca. Dudé si el camping seguiría aguantando.

Recreo Catarata Velo de la Novia, Aguaytía (bajo del puente)

Recreo en Catarata Velo de la Novia, Aguaytía (restaurante)

Recreo en Catarata Velo de la Novia, Ucayali (restaurante)

Transcurrieron cinco minutos hasta que el viento cesó. Quedaban menos de diez cerillos y me prometí ahora ser certero. Y, ¡bingo! El fuego empezó a pegar en la hojarasca y las ramas, formando la fogata en pocos minutos. Sonreí y exclamé de alegría. Estaba tan emocionado que me quemé levemente la punta del codo y no advertí algo extraño por lo empañada que dejó mi vista la repentina lumbre. A un principio creí que era una roca en la orilla del Aguaytía, que no me fijé muy bien cuando aún había luz natural. Pero no. La vi más detenidamente. No. Claro que no. Esa no era una roca. No. No era posible. Me quedé helado. Tieso. Eso era alguien. Era una persona. Una mujer. Estaba desnuda, sentada y con las piernas recogidas contra sus prominentes senos. Noté lo bello y excitante de su figura cuando la luz de la fogata creció. Tenía la cara entre las rodillas, con la vista hacia los guijarros mojados de la orilla, encrespada de olas más de lo normal. Se balanceaba lentamente hacia delante y hacia atrás. El cabello, como un grácil velo, le cubría algo de sus facciones. Su piel lucía un cobrizo reluciente, sin mácula alguna. Lo confieso. Pese a tanta sorpresa, tuve una erección.

Recreo en Catarata Velo de la Novia, Aguaytía (balcón)
No daba crédito a lo que veía. ¿Qué hacía una dama sola y desprovista de ropa en un lugar como este? Quizá la temperatura había descendido a los 16 °C, lo que no era saludable estar como Dios nos trajo al mundo. Abrí la boca para decir algo, pero no salió más sonido que un ronquido, pues un halo invisible, misterioso, que rodeó a la mujer, me provocó un cierto escalofrío. Mi entrepierna, o lo que sobresalía de allí, había vuelto a la normalidad. Me armé de valor y, a pasos cortos, caminé hacia ella. Parecía muy joven. Sólo diez o doce metros nos separaban. A las justas había recorrido la mitad, cuando otro incidente volvió a detenerme. Un ruido estremecedor proveniente detrás, tal vez de entre la vegetación, invadió el espacio. Por intervalo de medio minuto más o menos, se escuchó como un lamento con registro de soprano, penetrante, desgarrador. Me hizo saltar. “¡Qué mierda!”. En un acto reflejo, agucé la vista a las seis en punto de mi posición. No fui capaz de encontrar nada extraño. Recordé lo que estuve haciendo antes, y me giré para acercarme a la mujer. Pero, nueva sorpresa. En la orilla del río sólo había piedras y arena. Ninguna señal de que alguien estuvo sentada. Observé de hito en hito. Absolutamente nada, nadie.

—¡¿Pero qué demonios está pasando aquí?! —dije tiritando, y sabía a la perfección que el frío no era el causante. Al fin recobré la voz, aunque sea a medias—. ¡Hey! ¿A dónde se fue, señorita? —pregunté mientras troté hacia la orilla, directo al lugar donde se sentó—. ¡No la haré daño! Si quiere le presto unas ropas —hablaba tontamente. En el fondo presentía que aquella dama no apareció en busca de ayuda—. ¡Quiero ayudarla! —insistí alzando mucho el tono, porque en realidad no sabía qué decir.

Río en Catarata Velo de la Novia, Aguaytía, Padre Abad, Perú
Otro viento comenzó a soplar, callando mis gritos. Aumentó su fuerza, hasta que consideré que lo más prudente en esos momentos, era velar por la fijación de la carpa y mantener vivo el fuego. Corrí primero hacia la carpa llevando un par de piedras de la orilla para impedir que los clavos se soltaran de la arena. Luego traté de encontrar otras dos, pero me caí de nalga, más por espanto que por descuido. Una silueta se recortaba detrás de la fogata. Dejé escapar un grito suave. Lo que se presentó ante mí ya no tenía lógica ni explicación. La luminosidad se redujo demasiado, pues el fuego se hallaba a un paso de extinguirse; aún así se podía distinguir a una mujer de pie con los brazos abiertos formando una cruz con su cuerpo. No se trataba de la misma de la orilla. Pude saberlo al instante que centré la mirada en su torso descubierto como el resto de su cuerpo. Una delgadez seductora se repartía de pies a cabeza. La penumbra no ocultaba su contextura atlética. Dos mujeres desnudas en el mismo día, o, noche quise decir, tal vez fuera un poco inusual, pero, de ahí a que las vea en medio de la nada y en un ambiente de baja temperatura, en especial para la gente de la selva, sí que atolondraría hasta el más macho.

—¡Oye! —ronqué—. ¿Quién eres? Eres amiga de… —la muchacha bajó los brazos y el viento se apaciguó en un dos por tres. Eso me dejó sin palabras. “¿Qué está pasando aquí?”. Con las piernas blandas como plastilina, intenté aproximarme. Hacía todo en contra lo que cualquier otro. No comprendo cómo es que seguí sin intentar huir. Tal vez la curiosidad ganaba al miedo.

Ansiaba poder observar mejor el rostro de mi nueva acompañante. Con la primera también me pasó lo mismo. Ignoro el porqué de este sentimiento. Me cogió cual obsesión. “¿Quién eres?” o “¿Qué eres?” quise volver a preguntar. Sin embargo, continué con el ataque repentino de mutismo. Cuando la misteriosa muchacha notó mis intenciones, ésta se dirigió corriendo a la orilla del río como un esbelto antílope. Se detuvo en seco a unos centímetros del agua y miró hacia el cielo para después emitir el mismo lamento que escuché antes. Trastrabillé. Aquello superaba mi nivel de tolerancia, o estaba por llegar al límite. Mientras me frotaba la rodilla afligida por la caída, seguí con los ojos apuntando a la joven. En seguida, sucedieron una serie de cosas aún más extrañas y de manera tan vertiginosa que mi cerebro tuvo que hacer un gran esfuerzo para asimilarlo todo.

La fogata se recuperó tras el pare del viento, ayudando a la vista de este explorador. De golpe, el grito de la muchacha se apagó. Pero de la otra orilla del Aguaytía, donde sólo había una pared de rocas y musgo, divisé a la joven que apareció sentada al principio. Muy seguro que fue ella, sin ninguna prenda que la cubriera y con esos pechos bamboleantes por los movimientos en vaivén. Se llegó a parar sobre la escarpada pared, teniendo como base a una roca que descollaba de las demás. Frenó sus movimientos para mirar al firmamento como la segunda, y desatar su propio grito, mucho más fuerte hasta que se combinaron con los ecos. Continuó haciéndolo mientras saltaba al río. No la volví a ver. La más joven también se zambulló al agua. Tampoco la vi de nuevo. Ninguna salió. Cojeé hasta la orilla en busca de algún indicio de ambas. Absolutamente nada. Más bien el caudal creció un poco y me alejé hasta acercarme a la fogata. Acabé aturdido, sin aliento, y cuando me reestablecí, empecé a llamar a las mujeres. ¡¿Qué rayos me pasaba?! ¿Qué hacía invocando a unos posibles espíritus?

Trémulo, anduve de un lado para otro de la playa. Desconozco en qué momento me mojé los zapatos, pero lo importante es que el volumen del agua había disminuido, regresando a su curso normal. ¿O es que lo imaginé? ¿Acaso la creciente era fruto de una alucinación? ¿Había imaginado también a las mujeres? ¿Los lamentos? La fogata ardía con vehemencia como si jamás estuvo apunto de apagarse. Con la mirada perdida en las brasas chisporroteantes, me senté con las piernas cruzadas y la capucha de la casaca sobre mi cabeza. Así me mantuve no sé por cuanto, hasta que pasó algo que casi paró mi corazón. Sentí una mano apoyarse sobre mi espalda. Una voz sonó clara y cantarina: —Ve a casa… Me levanté como disparado del suelo, girándome hacia atrás. Nadie. Sólo vi la carpa volcada, que no supe cuando acabó de ese modo. La voz, en definitiva, poseyó un timbre femenino. ¿Habrá sido de una de ellas? ¿igual que la mano? Que, por cierto, la sentí gélida.

—¡Heyyy! —gritó alguien súbitamente. Esta vez fue una voz masculina que rompió el silencio— ¡Váyase de ahí! ¡Está prohibido acampar! —un encargado o el mismo dueño del recreo se había percatado del alboroto y exigía mi retiro.

Boquerón del Padre Abad, Aguaytía, Padre Abad (Jorge Rodríguez)
Tres minutos después, un joven, mucho menor que yo y con linterna en mano, apareció frente de este turbado aventurero. Mostró cara de pocos amigos, apurándome a que guardara mis cosas y me quitara cuanto antes. Me ayudó a hacerlo y, al terminar, apagó el fuego con arena. Me advirtió que revisara bien para no dejar ninguna pertenencia o “basura” como el dijo. Con su linterna apuntó por varios resquicios, al parecer sólo quedaron los restos de la fogata.

—¿Qué fue todo ese ruido? —preguntó mientras retornábamos.

—Esas mujeres —tartamudeé—. No sé qué hacían aquí. Estaban calatas, además.

El muchacho río a carcajadas. Me encogí de hombros. Me embargó la vergüenza.

—Usted es muy gracioso —dijo sin dejar de reír—. Yo no escuché ni vi a ninguna mujer, aunque me caería bien estar con una ahora. En esta chamba no casi tengo tiempo libre…

—¡No entiendo! —exclamé—. No me cree seguro —continué—. Le juro que dos mujeres se tiraron al río y no salieron. ¿Acaso no escuchó sus lamentos?

—¿De qué habla, usted? Ya fue suficiente la broma. Habrá fumado de la mala… ¡Apúrese! También está prohibido drogarse en el río. Alucinando y gritando como loco. Tengo suerte que mi jefe se fue a Pucallpa a traer a unos turistas para las fiestas de San Juan de mañana. Que se entere que aquí han venido a “volar” durante mi ronda, me despediría. Pero no diré nada. Y ya, ¡apúrese! Problemas es lo que menos necesito.

Luego de escuchar al muchacho, no volví a mencionar palabra alguna. Me reservé de contar la historia hasta el momento de publicarla en este blog. Caminé en silencio hasta la salida del recreo turístico de la catarata el Velo de la Novia. Ni siquiera me disculpé, tal vez porque aún temblaba y mi cerebro corría a mil por hora, tratando de encontrar una explicación a todos los hechos. Recién eran las 7:20 p.m. cuando pasé por el camino empedrado y libre de ramas. Lo vi en el reloj de mi celular. ¡Qué locura! Todo acaeció en menos de una hora. Y yo que creí que eran como las diez de la noche. En fin, cada momento quedó registrado en mi cuaderno de apuntes que usé antes de dormir en una habitación de hospedaje en Aguaytía. En la carretera, frente a la Ducha del Diablo, aguardé menos de diez minutos hasta que un auto se detuvo para jalarme hasta la mencionada ciudad. ¡Vaya visita a la catarata el Velo de la Novia!

 

FIN

    enviar correo       editar

0 huellas:

Publicar un comentario

Deja tu huella y sabré que alguien pasó por aquí...


No se publicarán comentarios fuera de la temática del blog, ni mensajes que sólo tengan como interés hacer publicidad, o que contengan agresiones o insultos de cualquier tipo.
Además, no es necesario que escribas el mismo comentario; éste será aceptado o rechazado una vez sea revisado:

Total de Visitas: