28 julio 2021

Publicado julio 28, 2021 por con 0 comentarios

Lamas (Perú): Óvalo de la Yanasa, Plaza, Castillo, Mirador – Running con Tarapoto Run Club

 

Hasta ese entonces mi récord corriendo distancia era de 17K, pero superando apenas los 100 metros de desnivel positivo. El domingo 13 de junio del 2021 fue el día que elegí batir esa marca; no importaba si me detenía a descansar cada cierto tramo para tomarme unas fotos o avanzar a paso de tortuga, pero por nada del mundo debía de caminar.

En esta ocasión no saldría solo, pues, desde que retorné a mi tierra natal, Tarapoto, volví a correr con mis compañeros de rutas, los del equipo Tarapoto Run Club, al cual pertenecía desde aproximadamente octubre del 2020, y desde el momento en que me sentía apto para la práctica constante del running. A partir de julio del 2020, más o menos, empecé a trotar luego de un largo tiempo de vida sedentaria. Sin embargo, mi físico y resistencia habían disminuido en picado tras enfermarme de COVID-19 en la ciudad de Pucallpa en abril del 2021. La variante brasilera me dejó tan mal que a las justas podía trotar kilómetro y medio, con posteriores dolores de pecho y articulaciones.

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Cuando llegó el día de sobrepasar mis anteriores 17K, mi condición física era aceptable, pero seguía cubierto de la duda de que podría lograrlo. Una media maratón, un 21K, un sueño aún para mí. Y para rematar todo, me lanzaría a hacerlo en cuesta y luego bajada, con un gran desnivel positivo.

Nota: De manera seguida, publicaré sobre las salidas a correr en grupo con el equipo Tarapoto Run Club. Es más, les adelanto que muy pronto sacaré un post sobre caminatas y trotes al mirador Alto Shilcayo; todavía está en proceso de narración, ya que se va extendiendo a medida que continúo.

Miguel Marquez, uno de los mejores en el equipo de Tarapoto Run Club, fue el responsable de animarme a realizar esta hazaña, que constaba de una ruta de ida y vuelta hasta el mirador de Lamas, la famosa Ciudad de los Tres Pisos, en el departamento de San Martín [Mapa].

Partimos en total cuatro personas, las otras dos fueron Bertha Pérez y Danny Amasifuen. El punto de salida fue en la carretera de entrada a Lamas, que nace de la carretera Belaúnde Terry a poco menos de diez kilómetros de Tarapoto. La llegada sería allí misma luego de dar media vuelta hasta el mirador de Lamas. Previamente nos reunimos en casa de la madre de Danny en el distrito de Cacatachi, a menos de un kilómetro de la partida.

Tras haber saludado a un grupo de ciclistas, que también se fueron reuniendo para su actividad deportiva, emprendimos la corrida a las 07:16 a.m. Mis compañeros tenían muchos años de experiencia como corredores, al contrario de mí, que recién estaba por alcanzar el año, omitiendo el mes de inactividad por enfermedad. Además, los tres me pasaban en edad.

Empezamos al mismo ritmo como para ir entrando en calor. Danny iba delante, filmaba por ratos; yo iba segundo, y Miguel y Bertha a la cola. El cielo estaba cubierto de nubes y costó calentarse, porque mientras ascendíamos el ambiente se velaba de neblina. Pasado el calentamiento, Danny y Miguel comenzaron a meter velocidad con cambios de ritmo (farlekt). Bertha subió juntos conmigo hasta el kilómetro seis. Después de eso, como la cuesta se inclinó más, bajé mi ritmo, y mi compañera se adelantó dejándome solo.

—Allá te espero, Kokito —dijo ella.

—Ya, señito —a la única a quien no tuteaba era Bertha —. Vaya nomás. Igual nos sacaremos fotos —dije jadeando.

Me pasaron algunos ciclistas que vimos abajo. Intercambiamos monosílabos de ánimos. Entre el kilómetro siete y ocho, la neblina se tornó muy espesa por la altura. Corría lento para reservar energías. Seguía dudando que completaría mis 21K. Ida y vuelta sumaban más kilómetros. “Me subiré a algún motokar al regreso en caso no dé”, pensaba.

Otro ciclista pasó por mi lado. Dije “Vamos” entre resoplidos. Me respondió enseñándome el pulgar. La carretera se despejó de neblina cuando fui llegando al Óvalo de la Yanasa, donde se erigía la estatua de una nativa de Lamas cargando sus papayas en una vasija. Allí aguardaban mis tres compañeros runners. Descansamos un rato mientras nos fotografiábamos y filmábamos. Uno de los ciclistas, quien igualmente se oxigenaba, nos sacó unas tomas grupales, Danny posando con la bicicleta de él.

Evitando enfriar más el cuerpo, volvimos a “runear” por una calle adoquinada de la derecha, tan ancha como la carretera y con una cuesta casi vertical por más de medio kilómetro. Danny y Miguel subieron muy rápido, como a 5:30 min/k; Bertha, algo más lenta que ellos, como a 6:20 min/k, y, quien escribe, según estimé luego, a unos 8:10 min/k, más lento aún que durante mi ascenso un par de kilómetros detrás, en el tramo empinado del kilómetro 8.


Cuando alcanzamos las calles de más arriba, las primeras que se veían al ir llegando a Lamas, el desnivel se volvió casi horizontal, ayudándome a trotar más rápido, hasta ubicarme detrás de Bertha, quien se había adelantado en la cuesta. Llegamos a la vez juntos a la plaza de Armas. Nuevas fotos y videos vinieron durante y después.

Solamente cinco minutos de break y continuamos hasta el castillo Nicola Felice, salvando alrededor de diez cuadras con ascenso moderado. Esta construcción de bloques de piedra, extraídas de la misma zona, es altamente concurrida por visitantes de varios lugares del Perú y del mundo. Para ninguno de los cuatro era novedoso, pues, en anteriores veces con la familia o amigos, entramos a recorrer sus ambientes. Creo que el precio del ingreso sigue siendo de seis soles.


Tal y como pueden apreciar entre párrafos, los recuerdos han quedado inmortalizados. Para que sepan quien es quien, les indico que tomen como referencia a las fotos con el castillo detrás: Miguel es el de la derecha, le sigue Danny a su costado, obviamente Bertha es la señora de blusa morada, y, ya está de más decir cual soy yo. Lo bueno que la gente de Lamas siempre es tan amable, que no pone peros al momento de pedirles que te tomen fotos.

Nada más restaba el último tramo hasta el mirador. Otras diez cuadras más o menos y estuvimos allí, en el punto más alto de Lamas, la Ciudad de los Tres Pisos. Me sentí cansado, pero no lánguido. Sediento un poco, por lo que tomé agua de coco que compré en un puesto al aire libre. El agua que me había invitado Bertha en el castillo, fue un simple traguito, así que lo completé con la refrescante bebida que chupé con sorbete.

Hora de dar media vuelta. Teníamos suficiente material para el recuerdo. Desde ese instante, sólo correríamos sin parar hasta llegar al sitio de donde partimos.

—Siquiera 18K quiero completar —informé a todos—. Chaparé un motokar en la carretera en caso no aguante más.

—Tú puedes, Koko —dijo Miguel, a quien mi persona lo consideraba un couch—. Mentaliza. Vas a llegar.

—Todo está en la mente, comando —le siguió Danny—. Al soldado se le conoce en la guerra.

—Claro que sí, Kokito —acotó Bertha—. Vas a llegar.

Aquellas fueron las palabras de aliento de mis compañeros mientras descendíamos de la cima de Lamas, ahora iluminados por un sol decente. Fue fácil los primeros dos kilómetros, hasta salir del pueblo, yendo a 6 min/k, todos a la par, conversando e incluso bromeando. Cogimos otro camino para salir por el Óvalo de la Yanasa, cruzando calles que se dirigían al barrio Huayco, al primer piso o zona más baja.

Por equis razones, Bertha se vio obligada a detenerse un rato. Danny y Miguel la acompañaron, frenando de pronto su marcha. Les dije que seguiría porque sabía que más adelante, mejor dicho, más abajo, me alcanzarían. De hecho, se estuvieron aguantando por picar.

En tanto me acercaba al kilómetro 15, mis piernas flaquearon, con un poco de dolor en las rodillas. Tuve que desacelerar mi ritmo. “Un kilómetro más y me paro a esperar un motokar”, pensé. Pero pasaron dos de esos vehículos luego de correr esa distancia, y volví a pensar lo mismo “Un kilómetro más y me paro…” Mis piernas temblaban de tensión y desgaste. Ambas suplicaban que me detenga ya, pero mi mente me decía que siguiera sin importar qué. “Un poco más, ya estoy por batir mi récord”.

Miguel cruzó por mi lado como un vendaval sin ruido. Corría como un elfo mitológico, silencioso y con cadencia armoniosa. Definitivamente, un capo del running. Me dio ánimos no solo con sus palabras, sino también con su forma de correr. No tardó en pasarme también Danny, haciendo lo suyo con sus barras y repitiendo que “todo es mental”.

Llegué a los 17K con las piernas pesadas y punzantes. “Un kilómetro más y me paro…”, pensé por enésima vez. Bertha se me adelantó sin sentir su cercanía detrás. Ambos nos quejamos del sol, que ya quemaba, y cambiamos de lado de la carretera, en el cual los árboles hacían mejor sombra. Lanzándome unos cuantos vítores, mi compañera me dejó en torno al kilómetro 17.5. Nuevamente solo, acalorado y con la lengua afuera, mentalicé la situación. Si me detenía, de todas maneras, rebasaría mi marca. Pero no, debía de seguir. “¡Vamos por los 18K!”. Dos minutos después. “¡Vamos por los 18.5K!”. Otro minuto. “¿Pero, qué hago aquí…? ¿A qué vine, conch…?”

—Un kilómetro más —hablé de repente. Tenía la boca reseca. La sed y el dolor me apresaron. La locura me invadió. “¿Qué p… hago aquí? ¿A qué vine?”, pensaba y repensaba. Pero, una voz mucho más al interior, decía que continuara, que, si ya corrí 19K, ¿por qué no 20K?, ¿por qué no 21K?

“¡Dios mío! ¡Qué dolor…! Quiero que esta masacre llegue a su fin”. Las caderas, el coxis, me estaban matando. Las rodillas, no sé cómo resistían tanto. No dejaba de observar la distancia recorrida en mi celular. Cada cien metros, diez metros, cada paso, suponía un vía crucis. Mis pantorrillas gritaban “¡Pareeeen!”. Imposible que lo hicieran, porque mi mente decía “¡Sigaaaan!”.

20K. “Ya casito”, clamé. Sólo estábamos yo y el asfalto. Parecía no haber vehículos, aunque sí creo que pasaron muchos en ambas direcciones. Mis 21K, mis 21K, mis 21K. Las plantas de mis pies ardían, los muslos los tenía tensos, el área externa de las rótulas parecía cubos de Rubik. 20.5K. “Ya casito”. La meta aún estaba a 2K. 20.8K. “Ya casito. Sin dolor no hay gloria”. Durante los últimos cuatrocientos metros, mi cuerpo imploraba a mi mente que acabara con toda esta locura. Recién puso punto final a los 21.25K. Un dolor terrible vino en seguida. Caminaba. La meta estaba a un kilómetro más allá. Recibí una llamada de Miguel. “Estoy cerca”, respondí. “Voy caminando el último kilómetro”.

Lloré. No de dolor. Lloré de alegría. El único testigo: el sol. 21K con 573 metros de desnivel positivo, una media maratón. Poco importó si acabé cojeando. Cuando llegué a reunirme con el grupo todavía persistía la pesadez y la presión muscular y ósea; no se iría por un buen tiempo. Miguel, Danny y Bertha me felicitaron con justa razón, luego de que vieran mi registro de kilometraje. En el caso de ellos fue de 22.34K, de acuerdo con la marcación de Bertha. En las dos últimas imágenes pueden ver los resultados. Ese día, me superé a mí mismo. Tremendo deporte que es el running. Y si me preguntan “¿por qué te matas tanto entrenando?”, mi respuesta siempre será: “Jamás lo entenderías”.

Aquí un par de videos:

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