09 agosto 2021

Publicado agosto 09, 2021 por con 0 comentarios

San Pedro de Cumbaza, cerca de Tarapoto (Perú) – Running con Tarapoto Run Club 20K y 21K

 

San Pedro de Cumbaza, así como San Antonio de Cumbaza, vienen a ser los dos centros poblados ubicados dentro en el distrito de San Antonio de Cumbaza, al norte de los distritos de Tarapoto, Banda de Shilcayo, Cacatachi y Morales, todos comprendidos en el interior de la provincia de San Martín [Mapa]. Hay otro distrito, de nombre San Roque de Cumbaza, pero ese se localiza en la provincia de Lamas [Mapa], al oeste.

Nota: No confundir distritos con provincias. Un departamento cuenta con provincias, una provincia cuenta con distritos y dentro un distrito pueden haber varios centros poblados, además de barrios, asentamientos humanos y/o caseríos.

Desde el Óvalo del Soldado, en el distrito de Morales (contiguo a Tarapoto), hasta la plaza de San Pedro suman unos diez kilómetros, a la de San Antonio unos doce y a la de San Roque más o menos unos quince. Lo que el equipo de corredores de Tarapoto Run Club había acordado era realizar un fondo de 20K o 21K, que empezaba desde el óvalo del Soldado, para subir hasta la plaza de San Pedro, luego seguir hasta el río Cumbaza a dos cuadras más allá, descansar un rato en las orillas; minutos después reanudar el running por la misma carretera que ascendimos, hasta terminar en el óvalo de donde partimos. El entrenamiento perfecto, con 10K de subida y con 10K de bajada, con sus respectivos metros adicionales.

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En este post relataré dos entrenamientos que hicimos en la ruta que les acabo de describir. Durante el primero participamos cuatro runners: Miguel Marquez, Danny Amasifuen, Lilia Pedemonte y, obvio, yo. Y, en el segundo, sólo corrí junto a Miguel. En ambas oportunidades, finalicé agotado pero feliz. Ahora sí, paso a contarles:

 

DOMINGO, 04 DE JULIO DE 2021

Llegué al óvalo del Soldado con Miguel a las 6:35 a.m. Un momento después apareció Danny. Hicimos una llamada a Lilia y nos sorprendió con su respuesta: hace veinte minutos que había partido, ya que pensó que no iríamos. Y es que Tarapoto Run Club tiene un grupo de Whatsapp, pero, como desde que amaneció apenas dos o tres sólo dimos los “buenos días”, sin que nadie confirmara el fondo dominguero, Lilia supuso que nadie saldría o tardaríamos un poco más.

Dejamos nuestras mochilas en la casa de una señora, ubicada casi en la esquina frente al óvalo, prometiendo que al regreso consumiríamos lo que vendía en la entrada. Sin más preámbulos, comenzamos a correr a las 6:56 a.m. La temperatura –calculo– fueron de unos 19 grados centígrados a la altura de la partida, y en efecto, así fue cuando consulté en mi celular mientras activaba mi app para running.

El primer kilómetro fue plano, horizontal, sin ninguna subida. A partir del 1.200, más o menos, la carretera se fue inclinando cuesta arriba. A duras penas, pude mantener el ritmo de Miguel y Danny hasta el kilómetro 2.100. El plan fue reunirnos en San Pedro. Lilia quizá ya estaba llegando.

Seguí trepando, pero ahora a mi ritmo. La angosta carretera me hacía sumar especial cuidado con los vehículos que de rato en rato pasaban. A medida que subía, percibía mayor frescor en el ambiente, lo que ayudó a agitarme menos. El desnivel positivo superaba los 50 metros en cada kilómetro, los cuales comprendían el 2, 3 y 4; y desde el 4.200 aproximadamente, la ruta se puso un poco horizontal. Fue exactamente allí cuando vi de nuevo a Miguel y Danny. Me estuvieron esperando para no dejarme tanto. Que piadosos ellos. No sé si algún día cuando llegue a ser tan hábil y fuerte como ellos, pueda tener tanta paciencia con otros que estarán al nivel que yo en este momento. En anteriores entrenamientos, sólo habíamos corrido hasta ese punto (ida y vuelta), y la mayoría de veces de noche. Pero ese domingo fue la primera vez que me aventaría a ir más lejos.

—¡No voy a parar! —alcé la voz pese a la falta de aire.

—¡Dale, Koko! —dijo Danny de inmediato, retomando su corrida con Miguel.

—¡Vamos, amigo! Desde acá es más fácil. ¡Tú puedes! —continuó Miguel, mientras pasaban por mi derecha hasta ubicarse delante.

Pude seguirles el paso por un kilómetro y medio más. Hasta el kilómetro 7 las subidas eran apenas agotadoras, lo que resultó algo de alivio para mis piernas. Estaba más que listo para completar 20K por segunda vez.

De pronto, empecé a aparecer neblina en medio y en torno de la carretera, provocando que la temperatura descendiera a los 16 °C, la misma que verifiqué en el móvil tras actualizar mi ubicación. Durante los tres kilómetros que restaban para llegar al pueblo de San Pedro de Cumbaza, la ruta iba con más descensos que ascensos, haciendo más sencillo o menos pesado mi trote. Lo que pensé que demoraría en disiparse, no quedó ningún rastro de neblina cuando fui entrando en el centro poblado.

Antes de alcanzar la plaza, observé a muchos ciclistas desayunando en varios restaurantes al aire libre a lo largo de la calle principal. No es por hablar mal, pero la mayoría de ellos no tenía la contextura de atleta, incluso a algunos se les notaba la barriga sobresaliendo de sus apretados uniformes. Después, durante futuras salidas, me fui dando cuenta que más de la mitad de ciclistas de Tarapoto no se dedican seriamente al deporte, la mayoría pedalea por pasear o hacer vida social.

Justo en una esquina de la plaza de San Pedro, hay un hito de metro y treinta de altura que indica el “Km 10”. Cuando pasé por allí, no encontré a ninguno de mis compañeros y supuse que descansaban a orillas del río Cumbaza, de modo que continué hasta esa dirección, que sólo se localizaba a dos cuadras.

Miguel, Danny y Lilia yacían sentados sobre las gradas de una escalinata cerca a la pedregosa playa. Nuestra compañera aguardaba ahí desde hace veinte minutos; Miguel y Danny desde hace quince. Es decir, ya descansaban regular tiempo, pero no se hicieron problema para que yo también tomara aire. Además, faltaron las fotos grupales, sesión obligatoria en cada fondo. Y tal y como pueden apreciar entre párrafos, me he tomado el tiempo de elegir unas cuantas, aparte una individual y otra de mis zapatillas marca “Delmer”, o sea, del mercado nomás.

Antes de emprender nuestra vuelta, me compré un refresco rehidratante en una bodega de la plaza para ir bebiéndola el resto de diez kilómetros. El sol arreció de repente y necesitaría reactivarme. Lilia ya había tomado agua al momento de arribar, Danny chupaba constantemente de su mochila de hidratación y Miguel dijo que recién ingeriría cualquier bebida al llegar al óvalo, en el negocio de la señora donde dejamos nuestras cosas.

El retorno lo hicimos juntos por ochocientos metros. Como Lilia corría más despacio, Miguel y Danny la acompañaron para no dejarla sola. Aparte, recién volvíamos a calentar. Dije que me adelantaría, puesto que sabía muy bien que más adelante, mejor dicho, más abajo, me alcanzarían; incluso Lilia, que es corredora desde que era colegiala, pero que sólo había disminuido un poco su físico tras contraer el jodido virus.

Conocía perfectamente la reacción y el soporte de mi cuerpo cuando estaba por llegar a los 20K, y justo ahí es donde me alcanzaron, pescándome en mi modo reserva. Danny filmaba. Lilia se veía tan fatigada como yo. Y Miguel, ¡un crack, mi amigo! Ni siquiera se agitaba y su semblante se mostraba menos cansado que el de Danny.

El registro de la carrera pueden verlo al pie de este párrafo. Precisamente, este es el mío, pues de Miguel y Danny es a un ritmo más rápido, con la misma distancia en menor tiempo. Quizá, con un desnivel positivo menor, hubiéramos rendido mejor. De todas formas, sería raro que realizáramos un fondo en terreno horizontal habiendo tantos cerros y montañas alrededor de Tarapoto y casi toda la selva peruana.

Los últimos dos kilómetros los cubrimos juntos. Miguel se adelantó faltando unos metros para llegar al óvalo, anticipando que filmaría nuestra llegada. Lilia se quedó un cuarto de kilómetro atrás porque había dejado su motocicleta dentro de un recreo turístico, así que sólo Danny y yo aparecimos en la toma de la meta, marcando 20.45 kilómetros. Para las diez de la mañana faltaban varios minutos, de manera que primero a enfriarnos y enseguida a desayunar como verdaderos reyes. Los 24 °C significaron un cambio brusco de elevada de temperatura durante la bajada. Más tarde tocó automasajes, pues las pantorrillas y las rodillas, hasta la cadera, me acabaron doliendo. No volví a salir de casa el resto del día.

Y, aquí el video del fondo:

 

DOMINGO, 18 DE JULIO DE 2021

El plan era ir de caminata y trote a otro lugar, pero casi todos desistieron, y al final, solamente, salimos Miguel y yo al pueblo de San Pedro de Cumbaza. La mañana despertó lluviosa y el trail que programamos fue reemplazado por un fondo en asfalto, evitando así el riesgo extremo de subir una montaña con 900 metros de desnivel, y además con un sendero mucho más estrecho antes de llegar a la cima. Había desaparecido el entusiasmo; “si no era trail, mejor me quedo en casa”, dijeron algunos. Y es que también, últimamente, la mayoría de los entrenamientos de distancia-resistencia de Tarapoto Run Club se hacían en carretera pavimentada. El domingo pasado hicimos una ruta de montaña de 16K y todos quisieron continuar con otro parecido. Sin embargo —como especifiqué—, la lluvia embarró las ganas. Recalco que el trail cancelado tenía un nivel 10 de 10 de dificultad durante y después de una tormenta, o sea, exclusivo para élites.

Recuerdo que dejó de llover a las 7:30 a.m., hora en la cual Miguel me recogió de casa en su motocicleta para dirigirnos al punto de partida, como ya saben, el óvalo del Soldado. Volvimos a encargar nuestras cosas en la misma vivienda de la vez anterior. Miguel estacionó su vehículo en el frontis.

Acordamos que partiría antes. Con diez minutos de ventaja para que él avanzara a su ritmo. Así que, sobre la pista mojada, empecé a correr a las 7:50 a.m. y mi compañero a las 8:00 a.m. Un cuarto de hora más tarde, mientras ascendía la inclinada carretera, miraba constantemente atrás para comprobar si estaba acercándose. Me esforzaba un poco más de lo normal. Un gran colaborador el frescor de la mañana nublada para cumplir mi objetivo sin desgastarme mucho.

Una vez vencido los tramos más empinados, el cielo comenzó a despejarse y Miguel seguía sin dar señales de su proximidad. Recién por el kilómetro seis y medio, luego de girar por enésima vez la cabeza, vi a mi compañero acercándose como a ciento cincuenta metros a las cinco en punto de mi posición. Acababa de doblar una poco pronunciada curva.

—¡Vamos, Koko! —gritó—. ¡Pensé que nunca te alcanzaría! ¡Vamos!

—¡Sigamos! —me atreví a levantar la voz pese a mis agitaciones tras mi repentina aceleración para procurar que Miguel no me sobrepasara tan rápido—. ¡Ya vamos más de la mitad de la ida!

Dos minutos bastaron para que mi amigo se me adelantara. Volví a ir a mi ritmo cuando pasé el kilómetro siete, segundos antes que él. Al menos me esperaría en la orilla del río un tiempo inferior a la anterior ocasión. Pues, si yo corría ochenta segundos más cada kilómetro, su espera sólo sería de cuatro minutos aproximadamente. Pero mientras mi compañero se fue alejando, se me ocurrió algo para completar una media maratón, ya que hace dos domingos no sumamos ni veinte kilómetros y medio. De forma que no lo pensé más, y aceleré de nuevo para estar a la altura del “sensei”, como solemos llamar a veces a Miguel.

—¡Corramos medio kilómetro más por la carretera a San Antonio! —le grité. Me detuve a tomar aire, y continué—: ¡Con eso, fácil hacemos unos 21K!

—¡Okey, Kokin! ¡Para animar más al grupo! —soltó el “sensei”.

Se fue alejando mientras regresaba a mi ritmo normal. No lo volví a ver hasta que nos reunimos en la orilla del Cumbaza, donde me sacó un video durante mi cruce por el puente y mi bajada por las escalinatas, para terminar, haciéndome un tipo de entrevista, la misma que podrán ver en la edición al final del post. Las fotos —acá las ven— se sucedieron en el descanso, y parecía que el sol sabía que ahora queríamos salir con los rostros más claros, por lo que redobló su fuerza, eliminando, además, toda huella de frescor en el ambiente. Miguel incluso se zambulló al río; yo, en cambio, no, porque si enfriaba el cuerpo, me agarraría la flojera.

Para retornar, caminamos hasta la plaza para correr desde el hito del “km. 10”. Antes compré una botella con agua para ir bebiéndola en la bajada. Tuve compañía por dos kilómetros, a partir de ahí corrí solo, a mi ritmo. Los dolores musculares se incrementaban, más aún desde el kilómetro dieciséis. Los ignoré como ya aprendía a hacerlo. Miguel me esperaría en el óvalo y no debía demostrar flaqueza durante mi llegada, que, de hecho, pedí a mi compañero que la filmara. Eso también forma parte de la edición.

Fue maravilloso llegar a la meta. A comparación de mis primeros 21K, en estos sólo hice un pare, y no cuatro. “Voy mejorando”, me dije. “Lento pero seguro”. Miguel hizo un excelente trabajo como motivador, y siempre se lo agradezco al término de cada entrenamiento. Mi registro de la corrida, como ya es corriente, lo pueden chequear en la cabeza de este párrafo.

Y, aquí el video del fondo:

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